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Capítulo 4

last update publish date: 2026-09-01 16:09:50

La boda entre Helena y Larry había sido pospuesta, era lo mínimo que podían hacer después del asesinato de Ethan.

Marcus había cumplido su palabra, movería todos los contactos necesarios para averiguar qué había ocurrido realmente aquella noche, no permitiría que la muerte de Ethan quedara enterrada bajo rumores, silencios o acusaciones lanzadas al aire por una familia desesperada.

Helena, por su parte, no pensaba sentarse a esperar, si le daban tiempo, lo usaría para planear su venganza y Marcus lo sabía.

Lo que no estaba dispuesto a permitir era que esa venganza se convirtiera en una guerra abierta sin el control en territorio los Jackson, Helena podía estar dolida, furiosa, rota si quería, pero no iba a tomar decisiones en la ciudad sin la autorización del clan.

Menos aún después de haber dado su palabra, porque Marcus era muchas cosas, pero no un hombre que rompiera su palabra y tampoco uno que se doblegara ante caprichos, ni ante los de Cecilia, ni ante los de nadie.

La boda que debía haber sido doble terminó reducida a la unión civil de Marcus y Cecilia, apenas un trámite en el juzgado de paz, algo frío, rápido y desprovisto de ceremonia, y aun así, eso bastaba para que Cecilia estuviera de un humor detestable.

—No es justo —protestó antes incluso de bajar del auto— ¡Pienso casarme una sola vez en la vida!

Marcus caminaba unos pasos por delante, con la paciencia tensándosele en la mandíbula, por un instante pensó que Larry había lanzado la moneda con una precisión casi ofensiva, como si el destino mismo quisiera castigar a cualquiera que tuviera que soportar a Cecilia.

Pero no, Larry no era tan astuto, ni de lejos.

—Por favor, hija —dijo Camila, tratando de apaciguarla— Con lo que sucedió con la familia Evans, una gran boda habría sido de muy mal gusto.

—No es por los Evans —intervino Marcus, seco, sin detenerse.

No pensaba permitir que nadie insinuara que estaba aplazando su boda por respeto a otro clan, Ethan merecía duelo, sí, pero Marcus era la cabeza de los Jackson, y en su mundo, mostrar debilidad equivalía a invitar a los demás a morder primero.

—La boda por iglesia se hará cuando Larry se despose con Helena —añadió Arthur, cortando la discusión con autoridad— Ahora haremos lo que corresponde y punto.

Cecilia abrió la boca para protestar otra vez, pero Marcus fue más rápido.

—Tú misma insististe en no esperar —dijo con frialdad— No veo cuál era la diferencia entre casarnos ahora o dentro de tres meses.

La miró apenas de reojo.

—En fin, será mejor que nos apuremos, mi vuelo sale en tres horas.

Cecilia se giró de inmediato, ofendida.

—¿Qué? ¿Cómo que tu vuelo? ¿Y mi noche de bodas?

No estaba gritando, pero hablo tan alto como para que varias cabezas se volvieran a mirarlos en la entrada del juzgado.

Marcus cerró los ojos un segundo, contuvo el aire y se obligó a mantener el rostro imperturbable, mientras que Camila tomó a su hija del brazo con firmeza.

—Por favor, hija, todos están mirando, compórtate.

Marcus no pudo evitar la comparación.

Cecilia era solo un año mayor que Helena, pero la distancia entre ambas parecía de décadas, una actuaba como una niña caprichosa a la que le habían quitado un juguete, la otra, como una mujer capaz de esperar en silencio el momento exacto para asesinar a alguien.

El trámite fue rápido, sin música, sin flores, sin ceremonia.

Solo una sala fría, una funcionaria cansada, dos firmas y nada más.

Marcus tomó la pluma, leyó una vez más su nombre completo junto al de Cecilia Rivers y firmó con trazo firme, como si incluso eso fuera una concesión que no estaba dispuesto a repetir, no hubo beso, no hubo palabras dulces, mucho menos hubo caricia, apenas un apretón de manos con el juez, un asentimiento para Arthur y una mirada al reloj.

—Debemos irnos —anunció.

Cecilia lo miró incrédula.

—Marcus, al menos quédate a almorzar con tu esposa.

Verónica habló en un intento torpe por salvar las apariencias.

—No tengo tiempo, mamá, Moscú no va a esperarme a que termine mi luna de miel.

Lo dijo sin ironía, sin dureza, solo con la simple honestidad de un hombre que conocía el peso real de sus obligaciones y Cecilia parpadeó, completamente incapaz de aceptar que aquello estaba ocurriendo.

—¿Estás diciendo que te vas ahora? ¿Así, nada más?

—Así, nada más —respondió él, y luego giró apenas hacia Arthur— Te llamaré cuando aterrice.

Y se fue, sin mirar atrás, sin concederle ni siquiera una fotografía de recién casados.

Cuando la puerta del juzgado se cerró tras él, Cecilia se quedó inmóvil con la sonrisa congelada y la libreta de matrimonio entre las manos, como si el papel pudiera compensar el vacío que acababa de dejarle.

Pero Marcus ya no estaba allí y eso era precisamente lo que más le molestaba a la nueva señora Jackson.

La mansión Jackson celebró igual, o, al menos, fingió hacerlo.

Aunque el novio estuviera a medio mundo de distancia, la familia no podía darse el lujo de mostrar el más mínimo desorden, por eso Cecilia entró en la mansión vestida de blanco, luciendo un traje que solo conservaba lo tradicional del color, todo lo demás desafiaba la idea de pureza, el encaje ceñido al cuerpo, la tela demasiado ajustada, la arrogancia con la que caminaba como si la casa entera le perteneciera.

Arthur y Margaret fueron los primeros en retirarse, porque no encontraban sentido en celebrar una boda en la que el esposo había salido disparado al aeropuerto antes de la cena.

Larry, en cambio, no apartaba la vista de Cecilia, o más bien del vestido, de las piernas, o de todo lo que Cecilia sabía exhibir sin vergüenza alguna, al final de cuentas, él también la había querido, y la moneda lo había dejado con Helena.

El destino, pensó Larry con amargura, podía ser un bromista miserable.

Las copas comenzaron a acumularse sobre las mesas, las risas subieron de volumen.

Cecilia se movía por el salón como si fuera el centro del mundo, disfrutando la atención que le daba su recién adquirido título de señora Jackson, aunque por dentro estuviera furiosa.

Furiosa porque Marcus se había ido, furiosa porque nadie le estaba dando la reverencia que creía merecer, furiosa porque, a su manera torpe y caprichosa, sentía que el poder debía someterse a ella.

Cuando la fiesta empezó a decaer, se aferró al brazo de William con una debilidad fingida que no engañó a nadie que supiera observar.

—No es justo que me abandonen en mi noche de bodas —se quejó con voz lánguida— Tu hijo es muy malo.

William soltó una risa breve, casi indulgente.

—Me gustaría darte una buena explicación de por qué es así, pero ni yo lo entiendo, a Marcus lo criaron más mis padres que yo, tal vez por eso es tan serio e insoportable.

Cecilia sonrió, pero no con inocencia, había medido cada gesto, la forma exacta de apoyarse en él, la forma en que sus pestañas rozaban su piel, la manera en que acercaba su cuerpo con una naturalidad demasiado ensayada para ser casual.

No era la primera vez que Cecilia manipulaba una habitación a su favor.

Había crecido rodeada de un poder mal administrado, de caprichos satisfechos antes de tiempo y de adultos que confundían consentir con educar, en los Rivers nunca la corrigieron de verdad, nunca le enseñaron límites, solo maneras más refinadas de salirse con la suya.

Y eso la había vuelto peligrosa, no inteligente, solo peligrosa.

Porque Cecilia no sabía lo suficiente como para entender el alcance de sus actos, y precisamente por eso se creía más astuta de lo que era.

Se consideraba una estratega, cuando en realidad, solo era impulsiva y vengativa, y muy buena usando el deseo como arma.

Marcus no había hecho lo que ella quería, y Cecilia, acostumbrada a que el mundo cediera, ya estaba pensando en cómo castigarlo.

Si lograba acercarse a William, pensó, quizá podría usarlo después como mediador, o como aliado.

Pero había algo que Cecilia todavía no comprendía, y eso era que en la mansión Jackson, por encima del padre, por encima de la madre, por encima incluso de las apariencias, la palabra que verdaderamente pesaba era la de Marcus.

Ella no conocía bien la estructura del clan, no entendía sus jerarquías reales, y como muchas personas criadas para creer que el apellido bastaba, confundía protocolo con poder.

Y solo entendía un idioma sin error posible, el cuerpo.

Por eso, cuando William la acompañó hasta la habitación que habría debido compartir con Marcus aquella noche, Cecilia ya tenía decidido qué quería provocar.

El vestido blanco brillaba bajo la luz tenue y William la observó sin ocultar el deseo.

—Ese vestido parece complicado de quitar —comentó con una sonrisa que no tenía nada de paternal— ¿Quieres que llame a alguien para ayudarte o…?

La risa de Cecilia fue suave, calculada.

—No permitiré que otra mujer quite mi vestido de novia —susurró— Eso debería hacerlo mi esposo… pero ya que no está, ¿podrías ayudarme tú?

No fue el alcohol, no fue un impulso repentino, Cecilia sabía exactamente lo que estaba ofreciendo.

No pensó en consecuencias, no pensó en el escándalo, no pensó en la traición.

Solo pensó en el modo más rápido de castigar a Marcus y recuperar algo de control, aunque fuera a través de un acto sucio y miserable.

William sonrió, cerrando la puerta tras ellos.

—Claro que sí, preciosa —dijo— Deja que tu suegro te ayude.

Las manos de William fueron rápidas, los besos, torpes y ansiosos y Cecilia los recibió con una mezcla de deseo y ambición, no por amor, ni por pasión real, sino porque en su cabeza todo servía mientras le diera ventaja, cualquier cuerpo, cualquier atajo mientras fuera útil.

Pero en esa misma mansión, esa misma noche, Cecilia estaba a punto de aprender una verdad que aún no sospechaba, y eso era que no importaba cuánto intentara mover las piezas una mujer imprudente, en la casa de los Jackson el poder no lo estaba tomando ella, sino más bien lo estaba perdiendo.

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