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Autor: Sassenach W
last update Data de publicação: 2026-08-12 00:28:16

Ella había venido sola... y eso lo cambiaba todo.

David quería pasarse las manos por el pelo para aliviar parte de la presión en su cráneo, pero no podía porque ella lo vería y se lo imaginaría.

Joder.

No sabía por qué, pero por alguna razón había pensado que vendría acompañada. Una mujer tan preciosa como Tessa Monroe... estaba convencido de que era imposible que estuviera soltera. Sin embargo, ahora que lo pensaba, tal vez sencillamente no había traído a nadie porque, técnicamente, estaba allí para trabajar. Al fin y al cabo era la organizadora del evento. Algo en lo que debería haber caído si no se hubiera dejado llevar tanto por aquel beso en su oficina. ¿Y en qué coño estaba pensando al decirle que era la mujer más sexy que había conocido jamás? Era verdad, sí, pero ¿de verdad tenía que habérselo dicho? El sentido común se le debía de haber ido a dar un paseo.

El hecho de que estuviera allí en solitario no significaba que no tuviera a un novio escondido por algún lado, o quizás a un nuevo sugar daddy esperando en la recámara. Esa era su preferencia si mal no recordaba. Ella no quería compromisos para siempre ni un matrimonio. Le gustaba vivir el momento, divertirse, ir de compras y gastar dinero.

No es que él se estuviera quejando. También había disfrutado gastándose el dinero en ella. Le chiflaba cuando ella llegaba a casa después de que él le hubiera dejado su tarjeta, y se sentaba en el salón a ver cómo se probaba los conjuntos que se había comprado, junto con alguna lencería muy pecaminosa y extremadamente provocativa. Le gustaba tanto todo aquello que los recuerdos aún lo perseguían dos años después.

Suspiró. Sería muy propio de ella haberse presentado sola por el mero hecho de jugársela y marearlo, como si no lo hubiera torturado ya bastante. Pero ¿cómo iba a haber hecho eso si ni siquiera sabía que él iba a asistir? Él solo había aceptado la invitación de su tía a la velada cuando se enteró de que Tessa estaría allí; pero tras ese beso en su despacho, decidió que de ninguna manera iría solo. Así que había arrastrado a Felicity.

Felicity Belmont era una vieja amiga suya. Sus padres y los de él eran muy íntimos, y no era ningún secreto que, en su día, sus familias esperaron que se juntaran y formaran una pareja; sin embargo, pronto descubrieron que funcionaban mejor como amigos. Ella estaba al tanto de su ruptura con Tessa, y cuando él le contó su plan de aparecer esa noche con una cita para no parecer patético o desamparado, no hizo falta mucho para convencerla.

Besar a Tessa no había formado parte de sus planes. Ni siquiera estaba seguro de qué tenía en mente cuando regresó a solas a su oficina, pero volver a verla le había trastocado el cerebro, y solo cuando se alejaba en coche de su despacho se dio cuenta del enorme impacto que ella todavía tenía sobre él.

Casi podía imaginársela clavándole la mirada con esos preciosos ojos azules suyos, diciendo: «¿Por qué iba a traer a alguien? No me voy a tomar la molestia de intentar darte celos». Pues que le dieran, pensó con amargura. Tampoco es que él estuviera suspirando por ella, y le importaba una m****a si ella suspiraba por él.

Eso era una mentira como un templo, y él lo sabía.

¡Que te den por culo, Tess! Se miró la mano, apretada en un puño a su costado. Le temblaba por una mezcla impura de lujuria impotente y pura rabia. Felicity puso su mano sobre ese puño. —¡Para, Dave! —dijo.

David soltó un siseo al tomar aire. —No me llames así.

—¿Por qué no? Se supone que estoy enamorada de ti, ¿no? Y de todos modos, es como te llama tu madre.

—Tú no eres mi madre.

—Quieres decir que no soy ella.

Él le posó un dedo sobre los labios con una dulzura engañosa, por el bien de los espectadores. —Quita la mano de encima y cállate.

Felicity, que era una malcriada, se metió la punta de su dedo en la boca.

—Para ya —dijo él entre dientes.

—¿Qué tal si te beso en la boca? —murmuró ella de vuelta—. ¿A ver qué le parece a ella?

No respondió. Estaba demasiado irritado consigo mismo por haber arrastrado a Felicity hasta allí para un espectáculo que ahora resultaba innecesario. Felicity se estiró para acercar la boca a su oído. Para el que no supiera de qué iba la cosa, probablemente parecería que le estaba arrullando palabras de amor, pero lo que en realidad dijo fue: —Vas a ir a por ella, ¿verdad?

Él tomó aire. Y lo soltó. —Sí.

—¿Voy a poder pararte los pies?

—No.

—------------

—Puedo confiar en que te vas a portar bien, ¿verdad?

M****a.

David desvió la mirada de Felicity a su tía Flo y se recompuso ante el tono afilado de esta. Una mirada de disculpa hacia ella le mostró unos labios fruncidos y un destello en sus ojos. Él solía ser más discreto, pero nunca con Tessa Monroe; estar en su mismo radio de acción le echaba por tierra la concentración.

Se aclaró la garganta. —Por supuesto que me portaré bien. Palabra de honor.

La mujer que había sido como una madre para él desde que tenía uso de razón resopló con incredulidad. —Como si te hubieran dejado acercarte a un campamento de scouts. Los habrías escandalizado a todos en cuestión de una hora.

David le sonrió ante su respuesta tajante, porque su tono venía envuelto en una calidez familiar y reconfortante. Observó cómo dirigía su atención a Felicity.

—Nodéjale de ojo, ¿quieres? —dijo.

Felicity le dedicó una sonrisa complaciente: —Oh, descuida, tía Flo.

David las ignoró y se descubrió buscando a Tessa una vez más con la mirada. No era difícil dar con ella. La imponente rubia abriéndose paso entre los invitados mientras sorbía champán de reserva no pasaba desapercibida. Las cinco estufas de exterior colocadas alrededor de la terraza y en los jardines iluminados de la mansión hacían todo lo posible por caldear la temperatura pésima sin conseguirlo; pero David, personalmente, no necesitaba su ayuda. Su cuerpo se había caldeado en el instante en que la divisó, luciendo un mono ceñido que abrazaba con amor cada curva de su espectacular cuerpo. Su melena desflecada a la altura de los hombros rozaba un pañuelo de aspecto vaporoso que le cubría los hombros. Unos taconazos de aguja en los pies y una pulsera de diamantes rodeándole la muñeca completaban su atuendo. Los invitados llevaban dos y tres capas de ropa, pero era evidente que ella no tenía ni un ápice de frío. Y a él no le importaba en absoluto, porque estaba para morirse de lo follable que estaba...

—David...

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