LOGINAquellos ojos azules. Dios, aquellos ojos azules.
De cerca eran todavía más intensos de lo que había notado desde el otro lado de la habitación. Eran el tipo de azul que se ve en las fotos del Mediterráneo: profundo, limpio e imposiblemente brillante. Tenían un filo, una inteligencia, como si en unos pocos segundos estuviera tomando nota de todo lo que yo era y guardándolo en alguna parte de esa mente afilada.
Sentí que se me calentaba la cara bajo su mirada.
—¿Y quién es esta? —preguntó Víctor, la voz grave, suave, sin prisa. Miró a Rob, pero los ojos se le volvieron a mí casi enseguida—. Esta chica tan hermosa.
Hermosa. Me había llamado hermosa. La palabra aterrizó en algún sitio del pecho y se quedó ahí, cálida e inesperada. Hacía mucho que nadie me llamaba hermosa. Desde luego Rob no.
Rob apenas me echó un vistazo.
—Esa es Lia —dijo, ya mirando alrededor del recibidor como si se aburriera.
Esa es Lia. No «esta es mi novia». No «esta es la mujer con la que llevo un año». Solo Lia. Como si yo fuera una maleta que se había traído. Una idea de último momento. Una nadie.
El desprecio tan casual dolió más de lo que esperaba. En el fondo ya sabía que Rob no le había hablado de mí a su familia como debía. Pero oírlo —o más bien no oírlo— lo hizo real de una forma que antes no lo era.
Víctor, en cambio, no parecía compartir la indiferencia de su hijo. Se giró hacia mí del todo, dándome toda su atención de una manera que resultaba casi abrumadora después de tanto tiempo siendo invisible. Dio un paso adelante y me tendió la mano.
—Víctor Marchetti —dijo, los ojos azules sosteniendo los míos sin pestañear—. Es un placer conocerte, Lia.
Alargué la mano y la cogí.
En el momento en que se tocaron las palmas pasó algo. Algo que no pude explicar ni para lo que estaba preparada.
Fue como una corriente, una descarga eléctrica tibia que empezó en la mano, me subió por el brazo y siguió, extendiéndose por el pecho, bajando al estómago y más abajo todavía, instalándose en lo más hondo y bajo de mi centro. Duró una fracción de segundo, solo un apretón breve, pero lo que dejó detrás era innegable.
Retiré la mano rápido. Quizá demasiado rápido.
En los ojos de Víctor parpadeó algo —diversión, quizá— pero desapareció antes de que pudiera estar segura.
Me dije que me lo estaba imaginando. Tenía que estar imaginándomelo. Estaba agotada, destrozada por todo lo que había pasado en el avión. La mente me estaba jugando una mala pasada. El cuerpo estaba confuso. Eso era todo.
Porque sentir algo así al darle la mano al padre de mi novio no estaba bien. No era normal. No era algo que me fuera a permitir pensar ni un segundo más.
¿Qué coño me pasaba?
—Espero que disfrutes de la isla —dijo Víctor, la voz cálida y sincera. Los ojos seguían en mí, como si de verdad mereciera la pena mirarme. Como si de verdad mereciera la pena hablarme—. No recibimos a mucha gente. Estaría bien que hubiera un poco de vida por aquí.
Me aclaré la garganta e intenté recomponerme.
—Gracias por recibirme —dije, la voz saliendo más firme de lo que esperaba—. Es… es una isla preciosa. La vi desde el helicóptero. Nunca había visto nada igual.
Las comisuras de la boca de Víctor se curvaron un poco. No una sonrisa grande ni llamativa. Solo un gesto pequeño y quieto que de alguna manera le calentaba toda la cara.
—Me alegra que lo pienses. Espero que el interior de la casa esté a la altura del exterior.
—Ya lo está —dije con sinceridad, mirando el mármol, las lámparas y la escalera monumental—. Es increíble.
Me sostuvo la mirada un instante más de lo necesario antes de girarse por fin hacia Rob.
—Tu hermano llega esta noche —dijo Víctor, el tono cambiando un poco. Seguía calmado, controlado, pero había algo deliberado en la forma de decirlo. Como si estuviera esperando una reacción—. Tenía unos asuntos que terminar. Estará aquí para la cena.
Noté el cambio en Rob al instante.
Fue sutil —Rob se daba bien para quedarse en blanco—, pero llevaba un año estudiándole la cara y lo pillé. Un apretón mínimo en la mandíbula. Un destello detrás de los ojos. Los hombros se le tensaron apenas, casi imperceptible, antes de obligarse a relajarlos otra vez.
No se le veía contento. Ni de lejos.
—Vale —dijo Rob, seco, la voz sin entregar nada.
Víctor miró a su hijo un momento, algo ilegible en aquellos ojos azules afilados. Luego asintió, como si hubiera confirmado lo que estaba pensando, y siguió adelante.
Un ruido suave de pasos me hizo girarme. Una doncella joven había aparecido por uno de los pasillos laterales, acercándose en silencio con las manos cruzadas delante. Debía de tener más o menos mi edad, pelo oscuro y una sonrisa tímida, con un uniforme sencillo de negro y blanco.
—Ah —dijo Víctor, señalándola—. Ella os llevará a vuestras habitaciones para que os instaléis. La cena es a las ocho.
Asentí, agradecida de tener algo en lo que fijarme que no fueran mis propios pensamientos dando vueltas.
—Bien —dijo Rob, dando un paso adelante. Luego, casi de pasada, como si no fuera nada, añadió—: Vamos a necesitar habitaciones separadas.
Me detuve.
Giré la cabeza hacia él despacio.
Habitaciones separadas.
Parpadeé, segura de que había oído mal. Éramos pareja. Habíamos viajado juntos hasta aquí. El sentido de este viaje —al menos como yo lo había entendido— era que Rob por fin me presentara a su familia. ¿Y ahora quería habitaciones separadas? ¿Como si yo fuera una desconocida? ¿Como si fuera solo una chica que se había traído de acompañante?
El dolor que me atravesó fue rápido y limpio. Otro corte en un día que había estado lleno de ellos.
Sentí los ojos de Víctor en mí. No lo miré. No podía. No quería que viera lo que tenía escrito en toda la cara.
Pensé en discutir. Pensé en apartar a Rob y preguntarle qué coño creía que estaba haciendo, qué mensaje pensaba que le estaba mandando a su padre, al personal, a todo el mundo. Pensé en exigirle una explicación ahí mismo.
Pero estaba tan cansada. Tan completa y absolutamente agotada de llorar, de doler y de pelear batallas que no podía ganar. No me quedaba nada para otra pelea. No hoy.
Respiré despacio y me giré hacia la doncella con lo que esperé que pareciera una sonrisa calmada.
—¿Podría llevarme solo a mi habitación, por favor? —dije en voz baja.
La doncella asintió con suavidad, la expresión educada y profesional, sin delatar nada.
—Por supuesto, señorita. Por aquí.
La seguí hacia la escalera monumental sin mirar atrás a Rob. Sin mirar atrás a Víctor.
Pero al llegar al primer escalón y empezar a subir, lo sentí: esa sensación leve e inconfundible de unos ojos en la espalda.
Y de alguna manera, sin saber cómo lo sabía, estaba segura de que no eran los de Rob.
Punto de vista de LiaSentí que el calor me subía a las mejillas, el placer floreciendo en el pecho ante la admiración genuina de su voz y sus ojos.—Gracias —logré, la voz saliéndome un poco sin aire—. Tú también te ves bastante increíble.Dante sonrió —aquella sonrisa devastadora que le iluminaba toda la cara— y me ofreció las rosas.—Son para ti —dijo—. Aunque palidecen en comparación con lo hermosa que te ves ahora mismo.Cogí el ramo con cuidado, llevándomelo a la nariz para inhalar la fragancia dulce y sutil de las rosas.—Son preciosas —dije—. Muchísimas gracias. Déjame ponerlas en agua…Empecé a girarme hacia la cocina, pero Dante me paró con una mano suave en el brazo.—Déjalas —dijo—. Nos ocupamos luego. Ahora mismo solo quiero mirarte.Los ojos oscuros me recorrieron otra vez, más despacio esta vez, tomando cada detalle: el pelo, el maquillaje, cómo me quedaba el vestido, los pendientes de diamantes, los zapatos.—Eres absolutamente impresionante —dijo otra vez, la voz más
Punto de vista de LiaMe pasé las siguientes dos horas y media en lo que solo podía describirse como una preparación intensiva.Primero, la ducha: larga y a fondo, usando mi mejor gel de cuerpo, asegurándome absolutamente de que cada centímetro de mí estuviera perfectamente limpio y suave. Ya me había afeitado por la mañana, pero lo repasé todo otra vez solo para estar segura. Exfolié. Me hidraté con mi loción favorita, que me dejaba la piel suave y con un aroma ligero a vainilla.Luego vino el pelo.Lo seccioné con cuidado, trabajando con la plancha de rizos para crear rizos perfectos y con rebote que me enmarcaran la cara y cayeran en ondas elegantes sobre los hombros. Me llevó casi cuarenta y cinco minutos dejar cada sección exactamente bien: rizando, sujetando, dejando enfriar y luego soltando y arreglando.Cuando terminé, el pelo se veía como si acabara de salir de un salón profesional. Rizos suaves y románticos que cogían la luz y se movían hermosos al girar la cabeza.Luego el
Punto de vista de LiaOtra caja más pequeña, esta de terciopelo negro.Con las manos temblando, la abrí.Y casi la dejo caer del shock.Pendientes. Pendientes de diamantes. O quizá no fueran diamantes de verdad.Eran impresionantes: pendientes clásicos de gota, cada uno con un racimo de diamantes que cogían la luz y la devolvían en destellos brillantes. Elegantes y atemporales, el tipo de joyería que serviría para cualquier cosa, desde una cena bonita hasta una gala.El tipo de joyería que costaba… ni siquiera quería pensar cuánto costaba.Me quedé ahí en el salón con la bata, mirando el vestido, los zapatos, los pendientes —fácilmente miles y miles de dólares en objetos— y me sentí completamente abrumada.Esto era demasiado. Demasiado. No podía aceptar regalos así. No podía dejar que Dante gastara este tipo de dinero en mí cuando apenas acabábamos de empezar lo que fuera esto.Con los dedos torpes, cogí el teléfono y llamé a Dante.Respondió al segundo tono.—¿Has recibido el paquete
Punto de vista de LiaAsí que lo hice. Le conté a Joella todo: desde el momento en que había abierto la puerta y encontrado a Dante de pie ahí, pasando por cada detalle de nuestra mañana juntos.Le describí el café: el exterior elegante de piedra blanca, las lámparas de araña de cristal, las molduras ornamentadas, la forma en que Marie, la anfitriona, había saludado a Dante como si fuera un habitual valorado. Los precios astronómicos que casi me habían hecho saltar los ojos de la cabeza, y la insistencia firme de Dante de que pidiera lo que quisiera sin preocuparme del coste.Le hablé de la comida: aquellos panqueques imposible de perfectos con vainilla de Madagascar y bayas frescas, los huevos benedictinos con su holandesa sedosa y el salmón ahumado delicado, la forma en que todo había sabido como si lo hubieran preparado ángeles en una cocina parisina.Y luego le hablé del incidente del sirope.—Espera, para —me cortó Joella, la voz subiendo de incredulidad emocionada—. ¿Hizo QUÉ? ¿
Punto de vista de Lia—¿Qué? —pregunté, de pronto cohibida.—Tienes sirope —dijo Dante, la voz más ronca que antes—. En el labio.Empecé a alargar la mano hacia la servilleta, pero Dante me paró con una sola palabra.—No.La mano se me congeló a mitad de camino.Dante dejó el tenedor a propósito y se inclinó sobre la mesa.La mano subió a rodearme la garganta suave pero firme —sin apretar, solo sosteniendo, solo reclamando— y usó aquel agarre para acercarme, inclinándose a encontrarme a mitad de camino.Luego, manteniendo el contacto visual todo el rato, me lamió despacio el sirope del labio inferior.El gesto era obsceno. Completamente inapropiado para un restaurante público. Íntimo de una forma que me inundó el cuerpo entero de calor.Cuando estuvo seguro de haberse llevado todo el sirope, Dante cerró la distancia que quedaba y me besó.No un pico suave y apropiado para el público. Un beso de verdad. Hondo y a fondo y posesivo, la lengua barriéndome la boca como si fuera suya, el sa
Punto de vista de LiaSe deslizó con la misma eficiencia elegante que había mostrado todo el rato.Abrí la carta con cuidado, pasando la mano por el cuero caro, y de inmediato sentí que se me abrían los ojos —probablemente de forma cómica— ante lo que vi dentro.Los precios.Dios, los precios.Una tortilla sencilla —vale, se describía como hecha con «huevos orgánicos de granja frescos, gruyer importado y verduras de temporada»— costaba treinta y cinco dólares.Los panqueques —«panqueques de suero con vainilla de Madagascar y bayas frescas»— veintiocho dólares.El pan francés de brioche, treinta y dos dólares.Hasta el café —«de origen único, de comercio ético, prensado a la francesa a la perfección»— ocho dólares la taza.Por café. Ocho dólares.Podía desayunar entero en un comedor por menos de lo que costaba un plato aquí.Mi cerebro embotado por la resaca intentó hacer cálculos rápidos de lo que costaría el desayuno para dos en un sitio así y salieron cifras que me apretaron el estó







