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CAPÍTULO 7

Auteur: Nancy Grey
last update Date de publication: 2026-09-03 06:26:20

Me giré de golpe, con un jadeo seco, la mano volando al pecho.

Víctor estaba a unos pocos pasos, mirándome con aquellos ojos azules que atravesaban. Se había acercado tan callado que no lo había oído venir. Se había cambiado desde antes: ahora llevaba un traje oscuro, perfecto, de esos que probablemente costaban más que tres meses de mi alquiler. Camisa blanca debajo, un poco abierta en el cuello. Sin corbata.

Estaba devastadoramente bueno.

Y yo ahí, con mi vestido cruzado de rebajas y el brillo de farmacia.

—Yo… sí —logré decir, la voz un poco entrecortada y vergonzosa—. Sí, es precioso. No pude pasar de largo.

Se le levantó una comisura. Miró el cuadro un momento, algo callado y pensativo cruzándole la cara.

—Lo pintó mi hijo —dijo.

Volví la vista al lienzo, sorprendida.

—No sabía que Rob pintaba.

—No Rob. —Los ojos de Víctor volvieron a mí—. Dante. El mayor.

Ah. Miré el cuadro otra vez con otros ojos. Dante, a quien todavía no había conocido. Dante, cuyo nombre le había hecho a Rob un destello incómodo en la cara abajo. Dante, que pintaba así.

—Es increíblemente talentoso —dije con sinceridad.

—Lo es —convino Víctor, simple. Sin pose, sin orgullo. Solo un hecho dicho en voz baja.

Se instaló un silencio pequeño entre nosotros. De pronto fui muy consciente de cómo iba vestida. Víctor parecía a punto de entrar a una cena de negocios en Milán. Yo parecía a punto de ir a hacer recados un sábado por la mañana.

—Lo siento mucho —dije, mirando el vestido y luego a él—. No sabía que la cena iba a ser formal. Rob no me lo dijo. Habría metido algo más adecuado si lo hubiera sabido. Solo tengo… —señalé vagamente mi cuerpo—. Esto.

Mientras hablaba, los ojos de Víctor se movieron. Despacio y a propósito, bajaron de mi cara, por los hombros, a lo largo del vestido, hasta los pies, y luego subieron otra vez. No fue grosero. No fue lascivo. Fue calmado, sin prisa y completamente sin vergüenza, y me hizo sentir la piel como si me quedara dos tallas pequeña.

Sus ojos volvieron a los míos.

—Estás perfecta —dijo. La voz baja y pareja, con aquel acento italiano leve pasando por cada palabra como seda. Lo dijo como quien enuncia una verdad simple y evidente: no como un cumplido pensado para consolarme, sino como un hecho que no veía motivo para disfrazar.

El calor me subió por el cuello y a las mejillas tan rápido que me mareé. Sentí el rubor extenderse por la cara y no pude hacer absolutamente nada para pararlo.

Bajé la vista, apreté los labios y no dije nada, porque no había nada que decir.

—Ven —dijo Víctor, simple. Se colocó a mi lado y posó la mano en la parte baja de mi espalda.

Aun a través de la tela del vestido sentí enseguida el calor de su palma. Era un toque ligero: apenas ahí, lo justo para guiarme con suavidad en la dirección correcta mientras empezábamos a caminar juntos hacia la escalera. El tipo de toque que un caballero le da a una invitada. Educado. Correcto. Completamente apropiado.

¿Por qué entonces se sentía cualquier cosa menos eso?

Mantuve la vista al frente mientras caminábamos, el corazón latiéndome demasiado rápido y demasiado fuerte dentro del pecho. Me concentré en la escalera de mármol que aparecía delante, en poner un pie delante del otro sin tropezar, en inspirar y soltar el aire a un ritmo normal, sin nada destacable.

Pero debajo de toda aquella concentración cuidadosa y deliberada, algo que no quería nombrar se estaba haciendo notar en silencio.

Me atraía.

El pensamiento llegó sin aviso y sin ningún interés en que lo ignorara. Intenté apartarlo enseguida: intenté etiquetarlo como estrés, agotamiento, los restos emocionales del día alcanzándome y torciéndome la cabeza. Intenté recordarme quién era. Víctor Marchetti. El padre de Rob. El padre de mi novio.

Mi novio. El que me había llamado putita por quererlo. El que había dejado que otra mujer lo tocara delante de mí. El que había caminado delante de mí todo el día sin mirar atrás ni una vez.

Ninguno de esos recordatorios sirvió.

Porque el hombre que caminaba callado a mi lado, la mano tibia y firme en mi espalda, me había llamado hermosa sin que se lo pidiera. Había mirado mi vestido corriente y me había dicho que estaba perfecta. Se había parado en este pasillo y me había hablado como si mereciera la pena hablarme.

Y me daba terror lo mucho que eso significaba para mí ahora mismo.

Me daba terror lo mucho que quería que dejara la mano exactamente donde la tenía.

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