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MI HIJASTRO 5.

Author: MISS EM
last update publish date: 2026-06-10 17:36:30

MI HIJASTRO 5.

Me desperté la mañana siguiente, con el cuerpo dolorido y débil.

Me moví un poco y entonces me di cuenta de que seguía entre sus brazos, con su polla todavía enterrada dentro de mí mientras su pecho subía y bajaba con su respiración dormida.

Intenté apartar sus manos lentamente para ir a beber agua, ya que tenía la garganta seca.

Su agarre era firme, sujetándome como si fuera un tesoro del que no estaba dispuesto a desprenderse.

Justo en ese momento, mi teléfono sonó con fuerza. Lo agarré y contesté sin pensar.

—Buenos días, cariño. ¿Cómo dormiste? —Tragué saliva. Era Kenny.

—Buenos días, amor. Bien. ¿Y tú? —respondí con naturalidad, como si la enorme polla de su hijo no hubiera estado enterrada en mi coño hinchado desde anoche.

—Lucien dijo que volvería anoche y lo he estado llamando, pero no contesta.

—Ah, sí. Ya está en casa. Debe seguir durmiendo, anoche llegó muy cansado —contesté, intentando ocultar los nervios.

En ese instante, sentí la mano áspera de Lucien en mi coño, frotando mi clítoris, mientras su polla se endurecía al instante dentro de mí.

—Bueno, menos mal. Por cierto, vuelvo hoy. La reunión se reprogramó para dentro de dos meses.

Jadeé fuerte cuando Lucien empezó a embestir dentro y fuera de mí desde atrás. Su mano amasaba mis tetas con rudeza mientras me mordía el hombro.

—Cariño, ¿estás bien?

—Sí… ¿Puedo… llamarte… luego? —intenté contener mis gemidos.

—No cuelgues. Sigue la llamada —me susurró Lucien al oído, con voz oscura y autoritaria.

—¿Estás ocupada?

—No, nada. ¿Qué decías?

Lucien aceleró el ritmo, follándome con fuerza, estirándome, mientras sus dedos frotaban mi clítoris con una mano. Con la otra, dejó mi pecho, me giró la cabeza hacia un lado y capturó mi boca cerca del teléfono, invadiéndola con su lengua y chupándome los labios con brusquedad.

—Decía que volveré por la tarde porque reprogramaron la reunión.

—Ah, eso es… genial, cariño… —Mi voz salió entrecortada cuando Lucien soltó mis labios. Siguió follándome, golpeando mi punto más sensible, su polla rozando mis paredes con rudeza, haciendo que el cabecero golpeara contra la pared con cada embestida.

—¿Estás bien? Suenas agitada.

—Sí… es solo… el clima.

Lucien se salió de atrás, me abrió los muslos de golpe, se colocó entre ellos y volvió a penetrarme de inmediato, hasta el fondo, con un solo empujón brutal. Me follaba en misionero mientras yo sostenía el teléfono en la oreja.

Grité. La estirada era obscena, ardiente, perfecta, demasiado y aun así no suficiente. Se hundió hasta el fondo, con los huevos pegados a mi culo caliente, y se quedó ahí, dejándome sentir cada centímetro palpitante.

—Ahhh… —El gemido se me escapó sin control.

—Anna, ¿estás bien? —se oyó Kenny al otro lado.

Colgué la llamada frenéticamente, incapaz de aguantar más.

Dejé salir mis gemidos al aire, con los ojos en blanco mientras me perdía en el placer.

—¡Puta de m****a! —gritó, dándome un fuerte azote en las tetas que me hizo estremecer.

—Voy a castigarte por eso. La próxima vez harás exactamente lo que te diga.

Mi coño se contrajo con fuerza a su alrededor, intentando ordeñarlo.

—¡Joder! —gruñó, agarrándome las tetas con fuerza mientras me embestía como un animal salvaje. Sus gruñidos profundos llenaban la habitación mientras me follaba sin piedad.

Moví las caderas en círculos lentos, frotándome contra él.

Se retiró casi por completo, luego volvió a clavármela rápido y fuerte, sin dejar de apretar mis tetas. El aire abandonó mis pulmones de golpe.

—¿Te gusta así, eh? —gruñó, repitiendo el movimiento.

Siguió con un ritmo provocador y castigador, las caderas sacudiéndose, sacando la polla casi hasta la punta antes de volver a hundirla con fuerza.

Cada embestida me abría más las piernas, hasta que mis rodillas quedaron a los lados de su cabeza. Estaba tan cerca del orgasmo que respiraba con dificultad, luchando por mantener los ojos abiertos.

Una mano encontró mi clítoris, frotándolo con dos dedos ásperos en círculos rápidos mientras me follaba.

—Córrete en mi polla —ordenó, con los labios rozando mi oreja y el aliento caliente—. Muéstrame cuánto te gusta tenerme dentro.

Ya estaba al borde. La presión creció rápida y violenta, mis piernas temblaban tanto que me habría caído si no me estuviera sujetando.

—Luc… Lucien, voy a…

—Sí, hazlo —ordenó, pellizcándome el clítoris con fuerza—. Córrete en mi polla. Quiero que tus jugos cubran cada centímetro.

Me deshice. Convulsioné con violencia al correrme.

Mi coño lo apretó tan fuerte que él gruñó alto. Hubo una pausa breve mientras me corría a chorros a su alrededor, mis jugos corriendo por sus huevos y mis muslos.

Todo mi cuerpo se debilitó, la visión se me nubló de blanco mientras gritaba su nombre una y otra vez.

No se detuvo. Siguió embistiendo, sus venas estirando mis paredes por completo mientras yo estaba sobreestimulada.

Sus embestidas se volvieron más rápidas y fuertes, hasta que mis tetas rebotaban con violencia en mi pecho y los únicos sonidos en la habitación eran los chasquidos húmedos, mis gemidos rotos y sus sucios elogios.

Su mano dejó mi cintura para rodearme el cuello, apretando más fuerte, controlando mi respiración, mientras con la otra seguía frotando mi clítoris en círculos brutales.

Rugió, se clavó una última vez hasta el fondo y me inundó con gruesos chorros de semen. Sentí cada pulso, sentí cómo se escapaba a su alrededor mientras seguía follándome perezosamente entre el desastre.

Arqueé la espalda mientras el placer me atravesaba y la vista se me oscureció.

Nos quedamos así un rato, intentando recuperar el aliento.

Después de unos minutos, de repente me dio un fuerte azote en el coño, sobresaltándome. Mis ojos débiles se abrieron de golpe y mi coño se contrajo instintivamente a su alrededor.

—No he terminado contigo. Todavía tienes que ser castigada por desobedecerme.

Me azotó ahí otra vez, esta vez con el dorso de la mano.

Se salió y salió de la habitación.

Volvió unos minutos después.

Se acercó a la cama, me acomodó y me ató una muñeca a un lado del cabecero.

—Lucien… —lo llamé, confundida.

—Lucien, qué…

—Relájate, vas a disfrutarlo. Confía en mí.

Fue al otro lado y me ató la otra muñeca. La tela era fina pero suave contra mi piel. Tiré de ella y, efectivamente, estaba bien ajustada, manteniéndome en mi sitio.

Mis brazos estirados por encima de la cabeza, hombros hacia atrás, tetas levantadas. Tiré otra vez, nada. No iba a ir a ninguna parte.

Dio un paso atrás y se quedó mirándome.

—Mírate —murmuró con voz gruesa—. Atada para mí. Chorreando por los muslos. Ya marcada. —Sus ojos recorrieron mi cuerpo, trazando cada curva mientras yo yacía allí, vulnerable y abierta para él—. Toda mía para destrozarte.

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