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Un hombre sin apellido

Author: RENATA
last update Petsa ng paglalathala: 2026-10-30 08:02:48

Luca Ferrer sabía reconocer a las personas que sostenían el mundo con las dos manos.

Su hermano Gabriel lo hacía en el taller, apretando tornillos hasta que dejaban de protestar. La mujer del cuaderno, en cambio, parecía capaz de mantener en funcionamiento un aeropuerto entero con solo mirar una pantalla.

A Luca le divertía aquella seriedad. Quizá porque le resultaba familiar.

—No contestes enseguida —le dijo—. Es una pregunta difícil para alguien que lleva tres bolígrafos ordenados por grosor.

—No están ordenados por grosor.

—Entonces retiro mi observación.

—Los llevo por el tipo de línea que necesito dibujar.

—Eso es mucho peor.

Vera escondió una sonrisa detrás del vaso.

Luca había escuchado su nombre cuando la recepcionista le entregó la tarjeta de la habitación. No lo había repetido. Le gustaba que ella decidiera qué contar y qué guardar para sí misma.

Su teléfono vibró sobre la mesa.

Gabriel.

Lo giró boca abajo, pero la pantalla volvió a iluminarse. Esta vez apareció un mensaje.

*¿Has aterrizado? Mamá habría cumplido años hoy. No voy a insistir.*

La sonrisa se le borró.

Durante unos segundos dejó de escuchar la música del bar. Guardó el teléfono y tomó el vaso, aunque ya no tenía sed.

—¿Una mala noticia? —preguntó Vera.

—Una conversación pendiente.

Ella inclinó la cabeza, aceptando la respuesta sin intentar abrir una puerta que él acababa de cerrar.

Luca agradeció aquel gesto más de lo que habría querido reconocer.

—Tengo una presentación mañana —dijo ella—. No sé si podré hacerla desde aquí.

—Entonces no soy el único que ha venido a este hotel por equivocación.

—¿También ibas a Lisboa?

—Voy a Lisboa.

—La seguridad con la que lo dices es admirable, considerando que estamos atrapados en un aeropuerto.

—Hay que conservar alguna ilusión.

Vera soltó una risa breve. Luca la observó sin disimular demasiado. Parecía una risa que no utilizaba con frecuencia, como si hubiera tenido que recordar cómo se hacía.

Sobre la mesa descansaba un cuaderno abierto. En una esquina había dibujado un cuadrado, una escalera y varias líneas que se cruzaban. Luca no preguntó qué significaban.

Durante años había mirado a las personas a través del rectángulo de una cámara. Buscaba el gesto, la luz, el instante que resumiera una historia. A veces olvidaba que detrás de cada imagen había alguien que no le había pedido convertirse en protagonista.

Aquella noche no quería hacer eso.

Había llegado al aeropuerto después de entregar a un museo una serie de fotografías antiguas. El trabajo le había exigido revisar fechas y lugares de un viaje que todavía aparecía en sus sueños. Su editora, Clara, lo había felicitado por la selección. Él había contestado con un pulgar levantado.

Una respuesta perfecta para no decir nada.

—¿Siempre tratas a los desconocidos como si fueran expedientes? —preguntó cuando Vera quiso saber cuántas noches pensaba quedarse en Lisboa.

—Solo a los que eluden las preguntas.

—Entonces estamos empatados.

—No estoy segura.

—Eso significa que voy perdiendo.

Ella volvió a sonreír.

Luca había cambiado de asiento dos veces desde que anunciaron la suspensión de los vuelos. Primero para dejar sitio a una mujer que necesitaba un enchufe. Después para escapar de un hombre que llevaba media hora enseñándole fotografías de su jardín.

Normalmente habría escuchado. Le gustaban las historias pequeñas. Pero aquella tarde necesitaba silencio.

Había pasado demasiado tiempo llegando primero, trabajando deprisa y marchándose antes de que alguien pudiera preguntarle qué sentía. Durante mucho tiempo había confundido esa costumbre con la libertad.

Ahora empezaba a sospechar que solo era una manera bastante elegante de no quedarse.

Vera tampoco parecía saber quedarse quieta. Revisaba rutas, consultaba mensajes y apretaba el bolígrafo entre los dedos cada vez que algo no salía como esperaba.

Luca reconocía aquella necesidad de control. La había visto en otras personas y, sobre todo, en sí mismo.

—¿Qué harías si esta noche no tuvieras que resolver nada? —le había preguntado antes.

Ella no había sabido contestar.

A él tampoco le habría resultado fácil.

—¿Y tú? —preguntó Vera.

—¿Yo qué?

—¿Qué harías si no tuvieras que resolver nada?

Luca apoyó los codos en la mesa.

—Probablemente dormir.

—Qué decepcionante.

—Tengo una reputación que mantener.

—No parece muy exigente.

—No tienes idea.

La camarera retiró los platos. Luca había pedido sopa y pan; Vera, después de estudiar la carta como si estuviera revisando un contrato, había elegido una ensalada y algo caliente. Hablaron de maletas extraviadas, hoteles con vistas a muros y trenes detenidos por animales que no tenían ninguna intención de apartarse.

Luca contó la historia de unas ovejas que habían bloqueado una carretera durante casi una hora. Vera quiso saber si alguien había intentado moverlas.

—Un hombre con una chaqueta demasiado cara.

—¿Y lo consiguió?

—No. Pero las ovejas parecían impresionadas.

Ella se rio.

A Luca le gustó haber conseguido aquella risa sin tener que contar una historia extraordinaria sobre sí mismo.

—¿Cómo te llamas? —preguntó ella cuando la conversación perdió velocidad.

—Luca.

—Eso ya lo sé.

—Entonces vamos avanzando.

—¿Y el apellido?

Él miró el vaso.

Podía decírselo. No era ningún secreto. Pero su nombre completo estaba asociado a fotografías publicadas en periódicos, reportajes y una historia que prefería no explicar durante una cena improvisada.

—Los apellidos complican las presentaciones —respondió—. Después tienes que pasarte la noche representándolos.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Lo sé. Es una de mis mejores cualidades.

Vera lo estudió, desconfiada.

Luca no quería convertir aquella conversación en una entrevista. Tampoco quería que ella pudiera buscarlo al día siguiente y encontrar una versión de él construida a partir de fotografías que ya no sabía si quería seguir tomando.

Por unas horas prefería ser simplemente Luca.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez no lo miró.

Gabriel llevaba una semana intentando hablar con él. Habían empezado juntos la restauración de un aparador antiguo, una pieza de nogal que su hermano quería terminar para un cliente. Luca había prometido ayudarlo con las fotografías del proceso y con algunos arreglos que había aprendido a hacer durante sus viajes.

No había cumplido.

La última imagen que Gabriel le había enviado mostraba el mueble apoyado sobre unos tacos de madera. Debajo había escrito:

*Si no vas a venir, dímelo. Contrataré a alguien.*

Luca no había contestado.

Su hermano tenía una vida que podía localizarse con facilidad: abría el taller a la misma hora, atendía a los clientes y cumplía las promesas pequeñas. A Luca le había parecido una existencia demasiado estrecha cuando todavía creía que el mundo se dividía entre quienes viajaban y quienes se quedaban.

Ya no estaba tan seguro.

En el último encargo había aprendido que una fotografía podía contar lo sucedido después de que todo estuviera perdido. Podía conservar un rostro, una habitación, un instante. Pero no podía devolver a nadie.

Desde entonces, cada vez que regresaba a casa, encontraba más difícil explicar por qué seguía marchándose.

Había recibido una propuesta de una productora portuguesa para documentar la renovación de un edificio histórico. La tenía guardada en el correo desde hacía varios días. Había abierto el mensaje tres veces y otras tantas lo había cerrado sin responder.

Fotografiar paredes no le parecía una mala idea.

Lo que le inquietaba era la posibilidad de quedarse el tiempo suficiente para que alguien empezara a contar con él.

—Te has ido —dijo Vera.

Luca levantó la mirada.

—¿Perdón?

—Estás sentado aquí, pero llevas un rato en otro sitio.

No había reproche en su voz. Solo una observación.

—A veces me pasa.

—¿Y vuelves?

La pregunta lo sorprendió.

—Estoy intentándolo.

Vera no pidió explicaciones. En lugar de eso, empujó hacia él una de las mandarinas que la camarera había dejado sobre la mesa.

—Te has perdido esto.

Luca miró la fruta.

—¿Me has guardado una?

—Había dos.

—Podrías haberme dejado la peor.

—No sabía cuál era la peor.

—Eso demuestra una preocupante falta de experiencia.

Vera negó con la cabeza, pero sonreía.

Luca peló la mandarina con cuidado y dejó la cáscara en el plato.

—Es el detalle más romántico que he recibido en un aeropuerto.

—Estamos en un hotel.

—Entonces el segundo.

—No confundas una mandarina con una promesa.

—Demasiado tarde.

Ella bajó la mirada hacia el cuaderno. Había empezado a dibujar cuadrados pequeños en una esquina de la página.

—¿Qué es eso?

—Nada.

—Parece algo.

—Estoy intentando distribuir unas mesas en un espacio estrecho.

—¿Y funciona?

—No.

Luca observó el dibujo.

—Quizá sobra una mesa.

Vera lo miró como si acabara de proponer derribar una catedral.

—No puedes eliminar una mesa solo porque no sepas dónde ponerla.

—¿Y si el problema es que hay demasiadas?

Ella volvió a estudiar el papel. Después tachó uno de los cuadrados.

Luca sonrió.

—Acabo de participar en una decisión importante.

—No te acostumbres.

La conversación siguió por caminos inesperados. Hablaron de comida, de películas que fingían haber visto y de lo absurdo que era aplaudir cuando aterrizaba un avión.

—La gente aplaude porque ha sobrevivido —dijo Vera.

—Entonces hoy deberíamos abuchear.

—No me parece justo. El avión no tiene la culpa de la tormenta.

—Siempre defendiendo a los responsables.

—Alguien tiene que hacerlo.

Luca la observó un instante. Le gustaba que no fuera fácil impresionarla. También le gustaba que, cuando bajaba la guardia, apareciera una mujer capaz de reírse de una mandarina y discutir seriamente sobre aviones.

No quería averiguar su apellido. Ni su profesión. Ni si alguien la esperaba en Lisboa.

La atracción estaba ahí, aunque todavía no sabía qué hacer con ella.

Y precisamente por eso decidió no apresurarse.

—Podríamos hacer algo —dijo.

—Eso suena peligroso.

—Durante unas horas no nos contamos las cosas que suelen contarse dos desconocidos para averiguar cuánto valen.

Vera dejó el bolígrafo sobre el cuaderno.

—¿Y qué contaríamos?

—Opiniones absurdas. Preferencias culinarias. Cosas que nos avergüenza admitir.

—Eso sigue siendo una forma de averiguar cuánto valemos.

—Pero con menos currículum.

Ella lo miró, pensativa.

Luca señaló la servilleta limpia junto a su vaso.

—Podríamos establecer unas reglas.

Vera la tomó y alisó una esquina. Después sacó un bolígrafo de tinta azul.

—Las reglas las redacto yo.

Luca se recostó en la silla.

—Por supuesto.

Por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de controlar cómo terminaría una noche.

Le bastaba con saber que, por una vez, no quería marcharse antes de tiempo.

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