INICIAR SESIÓNVera no había previsto escribir un contrato en una servilleta de hotel.
Tampoco había previsto cenar con un hombre que se negaba a decir su apellido y parecía considerar aquella omisión una ventaja.
La servilleta estaba entre el salero y una lámpara que iluminaba más la mesa que el resto del bar. Luca la observaba con una sonrisa que empezaba a ponerla nerviosa.
—Regla uno: sin apellidos.
—De acuerdo.
—Regla dos: sin profesiones.
—¿Y si mi oficio es muy interesante?
—Sobre todo en ese caso.
Luca levantó las manos, fingiendo rendirse.
Vera escribió la tercera:
*Sin preguntas sobre el pasado que el otro no quiera responder.*
Esta vez él no hizo ningún comentario.
—Esa me gusta —dijo.
Vera notó que no era un cumplido automático. El mensaje que había visto iluminar su teléfono seguía siendo un asunto pendiente, pero Luca no parecía dispuesto a explicarlo. Ella decidió respetarlo.
—La cuarta necesita precisión —continuó—. Cada uno puede proponer un riesgo. La otra persona puede negarse sin dar explicaciones.
—¿Un riesgo de qué tipo?
—Todavía no lo sé.
—Estás redactando una norma sin saber qué regula.
—Estoy dejando margen para las contingencias.
—Eres aterradora.
—Y nadie fotografía a nadie sin permiso.
Luca miró la funda de su cámara, apoyada junto a la silla.
—De acuerdo.
Vera esperó alguna objeción. Una broma sobre el arte, la espontaneidad o la belleza de los momentos inesperados. No llegó.
Él apartó la cámara y la dejó a sus pies.
Aquello la desconcertó más de lo que habría querido admitir.
Escribió la última regla:
*Al amanecer, termina.*
Luca leyó la frase en silencio.
—¿Sin excepciones?
—Las excepciones complican las cosas.
—Eso dicen las personas que quieren tenerlo todo previsto.
Vera levantó la mirada.
—¿Y tú qué dices?
—Que no siempre hace falta saber qué va a pasar después.
No respondió. Doblaron la servilleta y la dejaron junto a los vasos.
Había algo extraño en aquel acuerdo. No prometían nada, no intercambiaban datos y no se debían explicaciones. Cualquiera podía marcharse cuando quisiera. Era una aventura con cláusulas de salida.
Por primera vez en mucho tiempo, esa idea no le pareció desagradable.
—¿Hay alguna condición para no intercambiar teléfonos? —preguntó Luca.
—Sería lo lógico.
—La lógica suele ser un poco cruel.
Vera sintió el golpe de la frase antes de comprender por qué.
Tomás solía decir algo parecido cuando discutían sobre mudanzas, dinero o trabajo. Conviene hacer lo lógico. Durante mucho tiempo ella había aceptado aquella explicación como si fuera suficiente para justificar cualquier decisión.
Apartó el recuerdo.
—Por eso funciona —contestó.
Luca no insistió.
La cámara seguía junto a su silla. Vera la señaló.
—Quiero dejarlo claro. No me fotografíes.
—No lo haré.
—Ni siquiera si crees que la imagen merece la pena.
—Ni siquiera entonces.
—¿Nunca has fotografiado a alguien sin preguntarle?
Él tardó un instante.
—Sí. Pero no voy a usar mi pasado para discutir tu límite.
Vera lo miró con atención. No había ironía en su voz ni un intento de quedar bien. Solo una respuesta sencilla.
—Bien. Entonces podemos seguir con el contrato.
—¿Hay alguna cláusula sobre las mandarinas?
—Sobre los alimentos compartidos, no. Sobre la extorsión emocional mediante frutas, quizá.
Rieron.
Vera volvió a mirar la servilleta. La tinta había traspasado un poco el papel y una mancha de agua amenazaba con borrar una esquina. No era un documento especialmente elegante, pero le inspiraba más tranquilidad que algunos contratos firmados en salas de reuniones.
—Mi propuesta de riesgo —dijo.
Luca se inclinó hacia delante.
—Te escucho.
—Salir de aquí.
Él miró la lluvia contra los cristales.
—¿A la tormenta?
—Ha parado un poco. Podemos caminar diez minutos.
—¿Has comprobado el radar?
—Por supuesto.
—No esperaba menos.
Vera sacó el teléfono para consultar la ruta, pero se detuvo antes de abrir el mapa. No quería convertir aquella noche en otra tarea que pudiera revisar al día siguiente hasta encontrarle un error.
—Hay una calle de soportales cerca —dijo—. La recepcionista nos ha indicado que todavía hay una cafetería abierta.
—¿Y si nos perdemos?
—No nos vamos a perder.
—Eso no es muy espontáneo.
—Tampoco es muy inteligente salir sin saber adónde vas.
Luca sonrió.
—Tienes razón.
La facilidad con que aceptó la respuesta la dejó sin argumento.
Vera propuso algunas condiciones: permanecerían en calles iluminadas, no se alejarían de la zona del hotel y cualquiera podría regresar cuando quisiera. Luca añadió que llevaran dinero suficiente para tomar un taxi si lo necesitaban.
—Acabas de planificar una salida que se suponía espontánea.
—No he dicho que ser espontáneo consista en actuar como un idiota.
—Eso debería figurar en la cuarta regla.
—Se entiende en la letra pequeña.
Vera guardó el teléfono.
Había esperado que él se burlara de sus precauciones o intentara convencerla de que no pasaría nada. En cambio, Luca aceptaba sus límites sin convertirlos en una discusión.
No parecía necesitar que ella dejara de ser prudente para disfrutar de la noche.
—Mi propuesta de riesgo —dijo ella— es caminar diez minutos sin consultar el mapa.
—¿Solo diez?
—La otra persona puede negarse.
—Acepto.
Vera dobló la servilleta y la sostuvo entre los dedos.
—Hay otra cosa.
—Empiezo a preocuparme.
—Cada uno dice algo que le da miedo. Sin explicar por qué.
Luca dejó de sonreír.
Vera habló primero.
—No saber qué esperan de mí.
Él miró un momento hacia la ventana.
—Que alguien me espere y yo no llegue.
La respuesta quedó entre los dos.
Vera sintió el impulso de preguntar quién lo esperaba, desde cuándo y por qué le preocupaba tanto. No lo hizo. La tercera regla no estaba allí para decorar la servilleta.
Luca tampoco preguntó qué había detrás de su respuesta.
Una empleada pasó junto a la mesa con un carro de tazas. Les preguntó si seguían utilizando el sitio. Vera contestó que sí, quizá con demasiada rapidez.
Luca consultó el reloj.
—No tenemos que agotar la noche. Podemos volver a las habitaciones.
—Lo sé.
—O quedarnos aquí sin hablar.
Vera se colocó el abrigo sobre el brazo.
—Vamos a caminar.
Él se puso de pie sin celebrar la decisión.
Ella recogió el cuaderno y comprobó que llevaba el teléfono. Después miró la servilleta.
—Deberíamos firmar.
—¿Para qué?
—Para dejar constancia.
—Los dos sabemos lo que hemos acordado.
—Los documentos sirven para recordar lo que las personas aceptan.
—Y a veces para obligarlas a cumplir algo que ya no quieren.
Vera sostuvo su mirada.
No estaba acostumbrada a que alguien cuestionara sus certezas sin intentar imponerle otras.
—Entonces no firmamos.
—Me parece bien.
Le tendió la servilleta.
—Quédatela tú. Tienes cara de perder las cosas.
—Es una prueba de confianza muy imprudente.
—No te acostumbres.
Luca guardó el papel en el bolsillo interior de su chaqueta.
Vera cerró el cuaderno. Había dibujado una cuadrícula de calles sin conocerlas, como si el mapa pudiera explicarle algo acerca de las decisiones.
Por una vez, no necesitaba consultarlo.
—Durante diez minutos —dijo—, tú eliges el camino.
Luca abrió la puerta del vestíbulo. Entró una corriente de aire frío, con olor a asfalto húmedo y el ruido lejano de un motor.
—Después de ti.
Vera salió.
La noche seguía siendo imprevisible. El vuelo continuaba cancelado, la presentación en Lisboa seguía pendiente y al día siguiente tendría que enfrentarse a todos los problemas que había dejado en suspenso.
Pero durante diez minutos no iba a resolver ninguno.
Y, aunque no lo habría reconocido en voz alta, tenía ganas de descubrir qué podía pasar.
Luca llevaba años entrando en ciudades sin pensar demasiado en cómo salir de ellas. Aeropuertos, taxis, habitaciones anónimas. Sabía reconocer la hora por el color de las fachadas y dormir con la maleta abierta.Aquella noche, sin embargo, estaba pendiente de una mujer que consultaba la previsión meteorológica como si pudiera exigirle explicaciones al cielo.—Diez minutos —dijo Vera desde la puerta giratoria—. Sin mapa. Después decidimos si seguimos.—Hablas como si hubieras concedido una licencia de exploración.—Es exactamente lo que he hecho.El empleado de recepción les había recomendado una calle de soportales paralela a la avenida del aeropuerto. Había un café y una pequeña tienda que todavía seguían abiertos. No irían al centro de Lisboa: las calles estaban mojadas y el transporte funcionaba con horarios imprevisibles.Luca agradeció la elección. Un poco de aventura estaba bien. Acabar perdido bajo una tormenta, no tanto.El aire olía a asfalto húmedo, pan caliente y combustibl
Vera no había previsto escribir un contrato en una servilleta de hotel.Tampoco había previsto cenar con un hombre que se negaba a decir su apellido y parecía considerar aquella omisión una ventaja.La servilleta estaba entre el salero y una lámpara que iluminaba más la mesa que el resto del bar. Luca la observaba con una sonrisa que empezaba a ponerla nerviosa.—Regla uno: sin apellidos.—De acuerdo.—Regla dos: sin profesiones.—¿Y si mi oficio es muy interesante?—Sobre todo en ese caso.Luca levantó las manos, fingiendo rendirse.Vera escribió la tercera:*Sin preguntas sobre el pasado que el otro no quiera responder.*Esta vez él no hizo ningún comentario.—Esa me gusta —dijo.Vera notó que no era un cumplido automático. El mensaje que había visto iluminar su teléfono seguía siendo un asunto pendiente, pero Luca no parecía dispuesto a explicarlo. Ella decidió respetarlo.—La cuarta necesita precisión —continuó—. Cada uno puede proponer un riesgo. La otra persona puede negarse sin
Luca Ferrer sabía reconocer a las personas que sostenían el mundo con las dos manos.Su hermano Gabriel lo hacía en el taller, apretando tornillos hasta que dejaban de protestar. La mujer del cuaderno, en cambio, parecía capaz de mantener en funcionamiento un aeropuerto entero con solo mirar una pantalla.A Luca le divertía aquella seriedad. Quizá porque le resultaba familiar.—No contestes enseguida —le dijo—. Es una pregunta difícil para alguien que lleva tres bolígrafos ordenados por grosor.—No están ordenados por grosor.—Entonces retiro mi observación.—Los llevo por el tipo de línea que necesito dibujar.—Eso es mucho peor.Vera escondió una sonrisa detrás del vaso.Luca había escuchado su nombre cuando la recepcionista le entregó la tarjeta de la habitación. No lo había repetido. Le gustaba que ella decidiera qué contar y qué guardar para sí misma.Su teléfono vibró sobre la mesa.Gabriel.Lo giró boca abajo, pero la pantalla volvió a iluminarse. Esta vez apareció un mensaje.
La primera señal de que el día iba a torcerse llegó a las diecisiete y doce. La segunda fue una mancha de café en el plano que Vera Salvatierra llevaba seis meses corrigiendo. La tercera apareció en la pantalla sobre la puerta de embarque.CANCELADO.Vera leyó la palabra tres veces. No cambió.A su alrededor, los pasajeros comenzaron a protestar. Las maletas chocaban unas con otras y una mujer exigía explicaciones al empleado de la aerolínea. Vera abrió el calendario del teléfono.A las nueve de la mañana siguiente tenía que estar en Lisboa. El comité que elegiría al equipo responsable de rehabilitar el Hotel Aurora la esperaba para una presentación que no podía permitirse perder.Llamó a atención al cliente. Una voz automática le aseguró que su llamada era importante. Vera miró la fila de pasajeros que tenía delante.—Eso está por demostrarse —murmuró.—Parece que está negociando con la tormenta.La voz llegó desde el asiento contiguo. Un hombre de chaqueta oscura sostenía una funda







