En su primera noche de casada, Sonia tuvo un sueño cargado de deseo. Soñó con aquella noche desenfrenada y confusa de un año atrás.
El hombre estaba inclinado sobre ella, con las manos apoyadas a cada lado de su cuerpo. El sudor caliente le corría por la frente y caía sobre la piel blanca de Sonia, deslizándose lentamente por su cuerpo y encendiendo un temblor imposible de ignorar.
Su voz, grave y profunda, tenía la intensidad embriagadora de un trago de whisky añejo. Cuando sus labios le rozaron el oído, hasta el aire pareció llenarse de una vibración tibia.
—Cariño, ¿sabes quién soy?
Sonia arqueó el cuello, blanco y delicado, atrapada por una mezcla de anhelo, expectativa y estremecimiento. Todo lo que estaba sintiendo venía de él.
El corazón le latía desbocado. Sus pestañas temblaban como alas mojadas bajo la lluvia, y sus brazos se aferraban con fuerza al cuello del hombre.
Nunca antes la habían tratado así. Era tierno como la brisa de primavera y, al mismo tiempo, avasallador como una fuerza imposible de contener. ¿Cómo podía ser tan hábil para hacerla perder el control?
Él la sostenía entre sus brazos, anchos y cálidos. Le besaba los labios y las lágrimas que le temblaban en las pestañas, con una delicadeza lenta, persistente, cargada de ternura.
Sonia jamás había imaginado que su primera vez pudiera sentirse tan intensa.
Él sabía demasiado bien lo que hacía. Incluso con el cuerpo de una desconocida, se movía con una soltura impecable, como si lo tuviera todo bajo control.
Y ella, por su culpa, había sentido una felicidad tan intensa que todavía la perseguía.
En el sueño, Sonia abrió los ojos, queriendo ver con claridad el rostro de ese hombre.
Y entonces lo vio: ¡era Javier!
—¡Ah…! —Sonia se despertó de golpe.
Había soñado que el hombre con quien había pasado aquella noche ardiente, un año atrás, era Javier. ¿Cómo podía ser posible? ¿Cómo iba a ser Javier?
Aquella noche, había entrado borracha en la habitación equivocada. ¿Y el hombre que estaba allí iba a resultar ser Javier, el heredero de la familia más poderosa de la capital?
Era demasiado absurdo, demasiada casualidad.
Encima, en el sueño, Javier la había llamado "cariño". Una forma tan dulce, tan íntima, de dirigirse a ella… ¿Cómo iba un hombre como Javier a llamarla así?
Seguro que todo era culpa suya.
Había visto lo atractivo que era Javier, el cuerpo impresionante que tenía, y por eso se había colado en sus fantasías nocturnas.
Sonia se dio un par de golpecitos en la cabeza y se dijo: "Ya basta, deja de imaginar tonterías. Antes no me dejaba deslumbrar tan fácilmente por una cara bonita… ¿y ahora hasta sueño con esto?"
Al final, ni ella había logrado escapar del encanto de una cara bonita. Un hombre demasiado guapo también podía ser una calamidad. Todo era culpa de lo escandalosamente guapo que era Javier.
Sonia saltó de la cama, fue al baño, se duchó y se puso ropa interior limpia.
Todavía faltaba bastante para ir a trabajar, así que Sonia se cambió a un top deportivo y unos leggings de yoga y se puso a entrenar.
Hizo una hora completa de cardio. Después tomó un aro de resistencia con ambas manos e hizo cien repeticiones para trabajar los hombros; para rematar, hizo cincuenta sentadillas.
Los leggings se le ajustaban al cuerpo a la perfección. Sus piernas, largas y rectas, se veían estilizadas, y la tela, suave pero firme, se ceñía a sus curvas con cada movimiento.
Cada vez que bajaba al hacer las sentadillas, el contorno de sus caderas se marcaba, dibujando una curva redonda y armoniosa.
Ya se había acostumbrado a hacer ejercicio todos los días. Si pasaba un día sin entrenar, en vez de sentirse descansada, se sentía extraña.
Las gotas de sudor le resbalaban por la piel clara, le empapaban los mechones sueltos junto a las sienes, le recorrían el cuello largo y acababan empapando el top gris claro, donde formaban manchas más oscuras.
Sonia volvió al baño, se dio otra ducha, se cambió de ropa y fue a la cocina a calentar los sándwiches.
Luis se despertó apenas le llegó el olor de la comida. Se incorporó de golpe y salió disparado hacia la cocina, con la mano ya extendida para agarrar un sándwich.
Sonia le dio un golpecito en el dorso de la mano.
—Lávate las manos antes de comer.
—No quiero.
Sonia volvió a alzar la mano.
Luis levantó ambas manos en señal de rendición.
—Ya, ya, ya… Voy. Me las voy a lavar.
Los dos se sentaron frente a frente a desayunar.
Luis tenía diecisiete años y, cuando terminaran las vacaciones de verano, entraría al último año de bachillerato.
Se comió tres sándwiches en un abrir y cerrar de ojos. Sonia ya ni se sorprendía por eso.
Ella comía despacio, masticando con calma, cuando sonó el teléfono.
La llamada venía de la casa de reposo.
—Señorita Sánchez, ¿cuándo va a pagar la cuota de su abuela? Ya tiene diez días de retraso.
—Denme un poco más de tiempo, por favor. Este mes se me atrasó el sueldo. En cuanto me paguen, la pago.
—Ya le dimos diez días de prórroga. Si en dos días más no paga, tendrá que llevarse a su abuela de regreso a casa.
Su abuela había quedado muy afectada por ciertas cosas del pasado y, desde entonces, su salud mental se había deteriorado. Necesitaba que alguien estuviera a su lado todo el tiempo.
Si Sonia se quedaba a cuidarla, no podía salir a trabajar ni ganar dinero. Pero si salía a trabajar, no podía hacerse cargo de ella.
Durante todos esos años, tanto los estudios de Luis como los gastos de su abuela habían corrido únicamente por cuenta de Sonia.
Sonia dio un par de mordidas más al sándwich, se limpió las manos y se levantó.
—Ya terminé. Me voy al trabajo.
Luis alzó la cabeza para mirarla.
—¿De verdad vas a seguir en ese trabajo? Ese tipo no te va a dejar en paz.
—Todavía no me pagan ni el sueldo ni el bono de este mes. Si renuncio ahora, según el reglamento de la empresa me darán el sueldo, pero no el bono. Y ese dinero me lo gané con mi trabajo, así que claro que voy a cobrar hasta el último centavo. Renuncio después de que me paguen todo.
A Luis no le gustaba ver que toda la presión económica recayera sobre los hombros de Sonia.
—¿Y si mejor me pongo a trabajar yo?
—Ni siquiera has terminado el bachillerato, y encima sigues siendo menor de edad. ¿Qué trabajo crees que vas a conseguir? Aunque quieras, ninguna empresa te va a contratar.
Luis insistió:
—Entonces me voy a un restaurante a lavar platos. Algo podré ganar.
Sonia se inclinó sobre la mesa, se acercó a él y le dio un golpecito en la frente con los dedos.
—¿Tú crees que necesito que te pongas a lavar platos en un restaurante? Lo que ganarías no alcanzaría ni para cubrir toda la carne que te comes en un solo día. Hoy me pagan, así que no te preocupes por el dinero. En poco más de un mes entras a tu último año, así que ponte a estudiar en serio. Y si te sobra tiempo, úsalo también para estudiar. Mientras yo pueda encargarme de esto, tú estudia todo lo que puedas. Anda, vete a estudiar.
Luis se tapó la frente y respondió obediente:
—Está bien…
Sonia salió de casa y se fue al trabajo en bicicleta.
***
En cuanto Sonia entró a la empresa, sintió que algo extraño estaba pasando ese día.
Las miradas de todos estaban llenas de curiosidad y reproche, pero también de esa frialdad que dejaba claro que nadie quería meterse en problemas ajenos.
Sonia entró a la oficina y se sentó en su lugar. Quería preguntarle a la compañera sentada a su lado, con la que solía llevarse bastante bien, qué había pasado.
Pero ni siquiera alcanzó a abrir la boca: su compañera se levantó y se fue.
De todos modos, Sonia no tardó en descubrir el motivo.
Una mujer de cabello rizado irrumpió en la oficina como una tormenta.
Se plantó frente a Sonia y le apuntó con el dedo a la cara, soltándole, en tono acusador:
—¿Tú eres Sonia?
A primera vista se notaba que venía a armar un escándalo.
Sonia respondió con total calma:
—No.
Toda la agresividad de la mujer se desinfló de golpe.
Sonia tomó sus cosas y caminó tranquila hacia la puerta.
Justo en ese momento, Héctor apareció frente a ella. Al verla, soltó con su voz estridente de siempre:
—¡Sonia, ya llegaste!
La mujer corrió hacia ella y volvió a plantarse delante de Sonia. De nuevo le apuntó con el dedo a la cara.
—No te hagas la tonta. ¡Tú eres Sonia!
Sonia la miró con serenidad.
—¿Quién eres? No te conozco.
La otra elevó todavía más la voz. Su tono era afilado, cruel e insoportable, y resonó por toda la oficina.
—Tú no me conoces, pero yo sí te conozco. ¡Eres una zorra, una descarada que se anda metiendo con hombres casados!
La mañana, que hasta entonces había sido monótona y gris, de pronto se encendió de golpe.
Todos los empleados reaccionaron al instante. El trabajo quedó en pausa. Unos se pusieron de pie, otros asomaron la cabeza, pero todos voltearon a verla.
Y, en medio de todo eso, Sonia seguía tranquila: ni una pizca de pánico, ni una señal de nervios.
Su calma contrastaba brutalmente con la actitud de la otra mujer, que ya estaba roja de rabia.
Sonia preguntó, serena:
—¿Quién es tu esposo?
La mujer levantó la barbilla, llena de orgullo:
—Tu jefe.
Héctor se acercó e intentó apartarla tomándola suavemente de la mano.
—Ya, ya, no armes un escándalo. Lo que tengamos que hablar, lo hablamos en casa. Sonia solo tuvo un momento de confusión. No fue su intención enredarse conmigo.
Parecía que la estaba defendiendo. Pero en realidad, con esas palabras, estaba confirmando delante de todos que Sonia había intentado seducirlo.
Él era quien no dejaba de acosarla descaradamente, pero como su esposa, Marcela Lobera, se enteró, ahora quería darle la vuelta a todo y echarle la culpa a Sonia.
Hombres así eran lo peor: cobardes, miserables y asquerosos.
Cuando Marcela escuchó a Héctor, se enfureció todavía más. Le arrebató las cosas a Sonia y las lanzó con fuerza al suelo.
El golpe retumbó por toda la oficina.
—¡La fundadora de esta empresa soy yo! Tu sueldo sale del dinero que pongo yo, y encima te metes con mi esposo. Me dijeron que antes eras una gorda de noventa kilos, y ahora que estás así de flaca, seguro adelgazaste para gustarle a mi esposo. Una ingrata como tú, con la vida privada hecha un desastre y todavía metiéndose con hombres casados, da asco. Tan joven y ya aprendiste a ser amante. Eres una cualquiera, una sinvergüenza.
Marcela levantó el brazo para abofetearla.
Sonia le sujetó la muñeca con una mano.
Y con la otra… ¡Paf!
Le estampó una bofetada en plena cara.
El ambiente quedó sumido en un silencio absoluto.
Todos se quedaron atónitos. Nadie se movió.
Héctor fue el primero en reaccionar.
—¡Sonia! ¿Cómo se te ocurre levantarle la mano a mi esposa? Pase lo que pase, no está bien andar golpeando a la gente. Ahora mismo, pídele perdón.
—¡Paf!
Sonia le soltó otra bofetada, esta vez a Héctor.
Luego lo miró de frente y dijo:
—Con esa cara grasienta y esas orejas de cerdo, con solo sacudir la cabeza seguro te abofeteas tú solo. Tienes un poco de dinero y ya te crees el centro del mundo, como si todos tuvieran que arrastrarse ante ti. Confundes lo vulgar con encanto y la desvergüenza con personalidad.
Después volvió la vista hacia Marcela.
—Y tú, tan enamorada de un hombre tan asqueroso… Se nota que en tu vida nunca has conocido a alguien mejor. Estás tan ciega que recogiste un pedazo de basura y lo tratas como si fuera un tesoro. Te aferras a esa porquería como si fuera oro, y encima crees que todo el mundo quiere quitártela, como si de verdad alguien quisiera esa basura.
Cada frase le salía afilada, rápida y contundente, y retumbaba por toda la oficina.
Oírla hablar así resultaba extrañamente satisfactorio.
Ese matrimonio llevaba mucho tiempo retrasando el pago de los sueldos, así que todos tenían la rabia atorada en la garganta. Ver a Sonia soltándoles bofetadas y dejándolos en ridículo con cada palabra les supo a gloria. Más de uno hasta sintió ganas de aplaudirla.
Sonia sabía perfectamente que, después del escándalo que Marcela había armado ese día, ya no iba a poder seguir trabajando en esa empresa.
Así que ya no tenía motivo para seguir tragándose las humillaciones.
Los demás empleados, por mucho que en el fondo la apoyaran, todavía tenían que seguir trabajando ahí. Para protegerse, todos se quedaron a un lado mirando la escena, sin que nadie diera un paso al frente para defenderla.
Marcela también lo sabía. De pronto, le agarró la ropa a Sonia con violencia. Se oyó un desgarro seco. La tela a la altura del pecho se le rasgó de inmediato.
Héctor se quedó a un lado, observando con frialdad cómo Marcela la agredía.
En el fondo, pensaba que Sonia era demasiado orgullosa y que a una mujer así había que bajarle un poco los humos.
Sonia se cubrió de inmediato el pecho con la mano para no quedar expuesta. Pero Marcela volvió a lanzarse sobre ella, esta vez intentando rasgarle la ropa a la altura del muslo.
Todos miraban, pero nadie se puso delante de Sonia.
Y justo entonces, una figura irrumpió entre la multitud, apartando a la gente a empujones, veloz como un leopardo.
—¡Carajo! ¿Cómo te atreves a meterte con mi hermana?
Luis corrió hasta Sonia y se plantó frente a ella.
Era joven, impulsivo, con esa valentía feroz que solo existe cuando uno ama sin reservas.
En sus ojos brillaba una determinación limpia, sin cálculo, sin miedo al qué dirán.
Había una sola verdad en él, la más pura del mundo: nadie podía meterse con su hermana.
Y él iba a protegerla, costara lo que costara.
Luis estiró el brazo, agarró a Marcela del cabello rizado y la lanzó al suelo con fuerza.
Marcela cayó sentada de golpe y sintió que casi se le partía el trasero en dos.
Levantó la cabeza, indignada, y miró a Héctor con ojos de reproche.
—Amor, mira lo que me hizo…
En cuanto Héctor vio a Luis, el recuerdo de la golpiza de la noche anterior, cuando casi lo habían dejado con todos los huesos rotos, le vino de golpe a la mente. Se dio la vuelta y echó a correr.
Pero Luis lo alcanzó en un instante, lo agarró del pelo y volvió a estamparlo contra el piso.
Unas cuantas hebras finas salieron despedidas antes de caer lentamente. Y el ya escaso cabello de Héctor quedó todavía peor.
Al final, Luis terminó enfrentándose a los dos. O, más bien, él solo bastó para encargarse de Héctor y Marcela y molerlos a golpes contra el piso. Descargó los puños con una furia fría y desatada.
Cuando terminó, Marcela y Héctor estaban llenos de moretones, con la cara hinchada y un aspecto lamentable.
Él, en cambio, no tenía ni un rasguño.
Los empleados vieron cómo Luis molía a golpes al jefe y a su esposa. Y, aun así, no hubo ni uno solo que llamara a la policía.
Entonces Sonia habló:
—Páguenme el sueldo y el bono que me deben, y renuncio en este mismo instante.
Marcela apretó los dientes y soltó, rabiosa:
—¿Después de golpearnos todavía vienes a pedir dinero? Ni lo sueñes. No te vamos a dar ni un centavo. Tu hermanito nos golpeó a propósito; eso es agresión intencional. ¡Y todavía vamos a llamar a la policía para que se lo lleven!
Marcela y Héctor llevaban muchos años codeándose con la gente adinerada.
Habían conocido a bastante gente y acumulado una red de contactos considerable; entre ellos, más de un peso pesado de la alta sociedad de la capital.
Héctor miró a Sonia y dijo con arrogancia:
—Ustedes dos esperen y verán. ¿Has oído hablar de la familia Cejudo? Es la más poderosa de toda la capital. Yo tengo muy buena relación con Javier, el que manda en esa familia. Con una sola llamada, a tu hermanito lo encierran por años.
Si no hubiera mencionado a Javier, Sonia todavía habría podido dejarlo pasar. Pero en cuanto lo hizo, recordó de golpe que ella también contaba con un esposo con poder suficiente para aplastar a cualquiera.
Sonia respondió:
—Qué casualidad. Yo también conozco a Javier, y me llevo muy bien con él.
Si se trataba de su relación como esposos, lo cierto era que todavía no podía decirse que fueran cercanos. Pero, por distante que fuera esa relación, ella seguía siendo la señora Cejudo ante la ley.
Y eso, como mínimo, la ponía por encima de Héctor, que al final no dejaba de ser un extraño.
Le gustara o no a Javier que se llevaran bien, Sonia ya había jugado esa carta con total seguridad..
La cara de Marcela se llenó de desprecio. Con una risa burlona, dijo:
—Este sí que es el mejor chiste del año. Si de verdad conocieras a Javier, ¿crees que andarías detrás de mi esposo? Hace rato te habrías ido detrás de él; no estarías aquí montando un escándalo. Las muchachitas de ahora no sirven para mucho, pero vaya que sí hablan de más.
Héctor también soltó una carcajada despectiva:
—Tú vienes al trabajo en bicicleta y todavía dices que conoces a Javier. ¿Sabes cómo se llama eso? Es como si una hormiga quisiera medirse con un elefante.
Entonces sacó el celular y marcó un número. Cuando la llamada entró, su voz se volvió servil al instante:
—Señor Cejudo, soy yo, Héctor. En mi empresa hay una empleada que se llama Sonia Sánchez. Dice que lo conoce, e incluso asegura que tiene una relación muy cercana con usted. ¿No le parece ridículo?
Del otro lado llegó la voz de Javier, grave, intensa, con un tono profundo y levemente embriagador, como un vino tinto capaz de marear con solo oírlo.
—No es ridículo. Sonia es mi esposa.
La sonrisa en el rostro de Héctor se congeló.
La de Marcela desapareció por completo.
Todos los que estaban alrededor quedaron atónitos, clavados en su sitio, como si se hubieran vuelto de piedra.
Sonia sonrió apenas. Y, mirando el teléfono, dijo con suavidad:
—Amor.