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Capítulo 6

Penulis: Olga Sombra
Bajo la luz clara de la luna, Sonia salía de la oficina cuando su celular sonó con una notificación.

Abrió WhatsApp y vio que tenía un mensaje.

La foto de perfil era completamente negra, salvo por una rosa roja que destacaba a la derecha.

El nombre de usuario era solo un número: 7.

Ya era muy tarde, así que Sonia no le dio importancia. Pensó que no era más que otro mensaje raro.

Justo cuando iba a guardar el celular en el bolso, volvió a sonar. La otra persona le mandó dos mensajes seguidos.

Faltaban apenas veinte minutos para que saliera el último metro. Si quería llegar a casa sin contratiempos, tenía que recorrer dos kilómetros en tacones y llegar a la estación a tiempo.

No tenía tiempo para ponerse a pensar en quién podía ser. Así que, sin pensarlo más, bloqueó el número.

Mientras apresuraba el paso, recibió una llamada de un número desconocido. Pensaba colgar, pero se le resbaló el dedo y, por error, terminó contestando la llamada. Entonces escuchó la voz de Javier.

—Me bloqueaste.

Sonia se quedó en blanco por un segundo.

—¿El 7 eras tú?

—Sí —respondió él—. Soy yo, tu esposo.

Sonia se apresuró a explicarse:

—No fue a propósito. Pensé que era spam. Te desbloqueo ahora mismo.

Quitó a Javier de la lista de bloqueados y guardó su contacto.

Entonces Javier dijo:

—Quería decirte que voy a terminar cuanto antes lo que tengo pendiente aquí, en el extranjero, y volveré para verte.

Su voz era grave y profunda, como el viento tibio de una tarde de verano rozando la superficie de un lago. Al oírla tan de cerca, aquella voz le pareció extrañamente seductora.

Sonia sintió cómo se le calentaban las orejas.

—Está bien.

Pero apenas lo dijo, sintió que sus palabras habían sonado demasiado frías. Así que añadió en voz baja:

—Voy a esperarte.

En cuanto terminó de decirlo, sintió las mejillas arder. Era como si de verdad fuera una esposa ilusionada, esperando el pronto regreso del hombre que amaba.

Pero, al mismo tiempo, en su cabeza resonaron las palabras que él le había dicho antes sobre su matrimonio ideal: respetarse mutuamente y no interferir en la vida del otro.

"¿No habrá sido demasiado?", pensó Sonia.

Mientras Sonia se enredaba en sus propios pensamientos, escuchó la respuesta de Javier:

—Lo tendré en cuenta. Volveré lo antes posible.

Después de que la llamada terminó, Sonia se quedó quieta unos segundos, sosteniendo el celular con fuerza, como si todavía no terminara de asimilar lo que acababa de pasar.

Luego, poco a poco, la tensión en su entrecejo se desvaneció, sus ojos se llenaron de brillo y una sonrisa dulce floreció en su rostro.

Entonces reanudó el paso, sintiéndose más ligera, casi feliz.

***

Al salir de la empresa, Sonia iba caminando cuando un BMW rojo llamativo se le atravesó de golpe y le bloqueó el paso.

Héctor bajó la ventanilla y le dijo:

—Ya es tarde. Yo te llevo a casa.

Para ganarse su favor, Héctor se había pasado seis horas enteras esperándola afuera, justo en las horas de más calor.

Sabía perfectamente que, si la esperaba dentro de la empresa, Sonia se iría más temprano con tal de quitárselo de encima.

Por eso prefirió apostarse en la entrada principal, en un lugar público, para montarse un "encuentro casual" y tener así la excusa perfecta para llevarla a casa.

—Vine a arreglar unas cosas por aquí y mira, me encontré contigo. ¿Ves? Lo nuestro sí que es cosa del destino.

Sonia respondió sin inmutarse:

—Hace rato me topé con un perro callejero. Entonces, ¿con él también fue cosa del destino?

Héctor sacó del auto un enorme ramo de rosas y se lo tendió con una sonrisa aduladora.

—Son rosas rojas importadas. Cada una costó diez dólares. Te compré cincuenta rosas. Son para ti.

Sonia dio un paso atrás.

—Soy alérgica al polen. En el mejor de los casos, me provoca estornudos y moqueo. En el peor, me da un choque anafiláctico y termino en cuidados intensivos. Así que, si no quieres meterte en un lío penal, guarda esas flores y aléjate de mí.

Mientras hablaba, soltó un estornudo.

Héctor se asustó tanto que arrojó el ramo de vuelta al auto como si le quemara las manos.

Sonia intentó rodearlo por la izquierda, pero él le cerró el paso. Probó por la derecha y él volvió a bloquearla.

Era como una mosca imposible de ahuyentar.

La mirada descarada de Héctor recorrió el cuerpo de Sonia de arriba abajo, paseándose sin pudor por su cintura y sus caderas, hasta quedarse clavada en su busto generoso. Incluso se relamió.

A Sonia se le revolvió el estómago. Le dieron ganas de vomitar.

La noche había caído por completo y no había nadie alrededor.

Héctor pensó que, a esas horas, otros hombres ya estarían abrazando a una belleza y disfrutando de ella, mientras él ni siquiera había logrado tocarle la mano a Sonia. Héctor perdió la paciencia.

Sin importarle si ella quería o no, estiró la mano para sujetarla.

—Estoy ofreciéndote llevarte a casa en un BMW. Eso es mil veces mejor que irte en metro. Hay un montón de mujeres rogándome que las lleve y ni las miro. Que yo quiera llevarte ya es una bendición, así que deja de hacerte la difícil.

En el instante en que su mano enorme, como una pata de oso, estuvo a punto de tocarla, Sonia alzó el bolso que llevaba en la mano y se lo estampó con fuerza.

Héctor soltó un grito de dolor.

Sonia aprovechó ese instante y echó a correr.

Después de pasarse seis horas para no conseguir nada y encima terminar con la mano hecha polvo, la rabia de Héctor estalló. Salió corriendo detrás de Sonia y estiró la mano para jalarla del cabello.

En el instante en que la mano de Héctor alcanzó a rozar el cabello de Sonia, una figura delgada vestida de negro irrumpió a toda velocidad y de una patada lo mandó por los aires.

Sonia reconoció de inmediato a la persona que había llegado.

—¡Luis!

Luis se acercó enseguida a ella y le preguntó, preocupado:

—¿Estás bien?

—Sí, estoy bien. No me hizo nada.

Solo entonces la dureza feroz que le tensaba el rostro empezó a ceder.

Después se dio la vuelta y miró a Héctor, que seguía tirado en el suelo. Caminó hacia él y le plantó el pie en la cara.

—¿Quién carajos te crees que eres?

Héctor miró al muchacho que había aparecido de la nada. Era alto, delgado, con un aire rebelde e indomable, y tenía ciertos rasgos parecidos a los de Sonia.

—Soy su jefe. De verdad, esto es un malentendido. Yo no iba a hacerle nada.

—¿Te crees que no vi lo que ibas a hacer? Si hubiera llegado un segundo más tarde, ¿la ibas a agarrar del cabello para golpearla o no?

Con solo imaginar a Sonia siendo golpeada, Luis Sánchez sintió que una mezcla de miedo y furia le helaba la sangre. Le soltó otra patada brutal.

—Mírate nada más. De cerca todavía pareces una persona, pero de lejos cualquiera te confunde con un cerdo. ¿Y tú quién te crees para meterte con Sonia?

Luis le dio varias patadas más antes de darse por satisfecho.

Héctor se encogió en el suelo, aullando de dolor.

Luis le tomó la mano a Sonia.

—Vámonos.

Sonia preguntó:

—¿Por qué viniste hasta mi trabajo?

—¿Pues por qué más? —respondió Luis—. Ya se había hecho tarde y tú no regresabas, así que me preocupé y vine a buscarte.

Sonia sintió que una corriente cálida le recorría el pecho.

Los dos se detuvieron frente a un edificio viejo.

Era tan antiguo que parecía más viejo que ellos mismos. No tenía ascensor, así que había que subir por las escaleras.

Sonia y Luis vivían en el último piso, el sexto.

Cuando por fin llegaron a su departamento, la ropa ya se les había pegado al cuerpo de tanto sudor.

Luis odiaba el calor y no dejaba de jalonearse la camisa blanca, despegándosela del cuerpo para hacerse aire.

—¿En serio puede hacer más calor que esto?

El aire acondicionado de la casa estaba tan viejo y amarillento que la tapa se había caído hacía años, dejando las piezas expuestas. Ya ni funcionaba.

Sonia encendió el ventilador y lo giró para que le diera de lleno a Luis.

El rostro pálido del muchacho estaba rojo por el calor, y las gotas de sudor le resbalaban por las facciones bien marcadas.

—Con este calor, hasta para ir al baño hay que llevarse medio rollo de papel. Nueve hojas para secarse el sudor y una para limpiarse el culo.

Sonia puso el ventilador a máxima potencia, pero al ver que él seguía empapado, dijo:

—¿Y si mejor te regresas a vivir con los Sánchez? Allá vives en una mansión, con aire acondicionado y gente que te atiende.

Luis se levantó de la silla, caminó hasta Sonia, se inclinó y apoyó la cabeza sobre su hombro con una media sonrisa.

—Aunque en la casa de los Sánchez lo tuviera todo, igual no me interesaría volver. Porque tú no estás ahí, Sonia.

Como la familia Sánchez había despreciado a Sonia de todas las formas posibles, y el rechazo era mutuo, ella terminó yéndose de esa casa para vivir con su abuela.

Aunque su padre jamás los quiso de verdad, Luis, por ser el único varón de los Sánchez, siempre había sido quien recibía lo mejor.

Pero cuando Sonia se fue de la casa de los Sánchez, Luis la siguió sin dudarlo. Se mudó con ella a aquel departamento viejo y destartalado, y nunca se quejó de nada.

Donde estuviera Sonia, allí estaba su hogar.

Y ahora que su abuela estaba enferma, internada en una casa de reposo, esa sensación de que solo se tenían el uno al otro se había vuelto aún más fuerte.

Sonia le revolvió el cabello con una mano.

—Ya tienes diecisiete años, mides un metro ochenta y ocho y todavía te gusta hacerte el consentido. ¿No te da vergüenza?

—No me da vergüenza. Además, nadie más nos está viendo.

Se le dibujó una leve sonrisa en los labios. Su expresión se relajó, cálida y serena.

—Ya no me vas a volver a echar, ¿verdad? —preguntó Luis.

—Yo nunca te he echado.

Para Luis, el hogar estaba donde estuviera Sonia. Y para Sonia, era exactamente igual.

Luis se enderezó, caminó hasta el ventilador y se puso frente a él para recibir todo el aire.

—¿Qué me vas a cocinar mañana?

—¿Qué quieres comer?

—Para desayunar, diez sándwiches de carne. Al almuerzo, tres platos de pasta con carne. Y para la cena, diez bistecs.

—Desayunas, almuerzas y cenas carne. ¿Qué obsesión tienes con la carne?

Luis respondió, muy tranquilo:

—Porque está buenísima.

Sonia fue a la cocina y se puso a preparar sándwiches.

Luis era muy quisquilloso con la comida. No le gustaban los sándwiches del supermercado, así que Sonia se los preparaba ella misma.

Cuando terminó de dejar todo en orden, volvió a su habitación. Después de bañarse y ponerse cómoda para dormir, se acostó en la cama.

Ella no solía acostarse a mirar el celular. Normalmente, en cuanto salía del baño, se tumbaba y se dormía.

Pero esa noche fue distinta.

Apenas se acostó, dio media vuelta, estiró la mano hacia la mesa de noche y tomó el celular.

Abrió el perfil: un fondo negro y, a la derecha, una rosa roja erguida. El fondo oscuro tenía una profundidad casi insondable, y el contraste con la rosa roja, intensa y viva, resultaba especialmente llamativo.

Tanto la foto de perfil como el apodo de Javier proyectaban una imagen sobria, directa y a la vez misteriosa, muy propia de él.

Después, Sonia lo buscó en Facebook.

Todas sus publicaciones eran noticias compartidas del Grupo Cejudo. Sin duda, era un líder impecable y responsable al frente del grupo.

Sonia siguió deslizando la pantalla y revisando sus publicaciones. Poco a poco, sin darse cuenta, su mente volvió a llenarse de aquella cintura estrecha y ese trasero firme de Javier…

"No, a ver… ¿en qué estaba pensando? ¡Me estaba volviendo loca!" Sonia sacudió la cabeza con fuerza, intentando apartar de su mente esas imágenes que le venían a la cabeza con demasiada facilidad.

Se levantó de la cama, fue a beber un vaso de agua helada y solo entonces consiguió calmarse un poco.

Cuando volvió a acostarse, se quedó mirando fijamente el apodo de Javier.

No pudo evitar sentir curiosidad: ¿por qué su apodo era 7? ¿Qué significaba?
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