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De abandonada a magnate: que paguen
De abandonada a magnate: que paguen
Author: Júbila

Capítulo 1

Author: Júbila
Sofía yacía en la camilla de operaciones, desangrándose sin parar.

La luz quirúrgica la cegaba hasta casi impedirle abrir los ojos, pero se aferraba con todas sus fuerzas. Tenía la mirada fija en la puerta.

Media hora antes había ido a recoger a Lucía del jardín de infancia cuando sufrieron el accidente. Cuando el coche se lanzó contra ellas, empujó a su hija para apartarla.

La niña se salvó, pero a ella la embistió y salió volando, cayendo en un charco de sangre sin poder levantarse.

Ahora la habían llevado al hospital. Pero no había nadie junto a su camilla de urgencias, ni siquiera su hija.

No sabía cómo estaba la niña, si se había lastimado al caer...

Forcejeó por incorporarse para ir a verla, pero su cuerpo parecía clavado a la camilla; cada movimiento le arrancaba un dolor desgarrador.

—Mamá...

Creyó oír llorar a su hija.

A Sofía se le llenaron los ojos de lágrimas y estaba a punto de responder cuando desde fuera de la cortina llegó un tropel de pasos apresurados.

—Doctor, por aquí, rápido, sígame.

Era la voz de Diego, su esposo. Fría como siempre, aunque con un deje de urgencia que rara vez se le notaba.

Y apenas terminó de hablar, la vocecita infantil de Lucía se sumó:

—¡Doctor, se equivocó de camino, no es por ahí, es por acá!

El corazón de Sofía dio un vuelco.

Hizo todo lo que pudo para apartar la cortina.

Su esposo y su hija estaban llevando al médico hacia la camilla de al lado.

—Pero la paciente de la sala uno está mucho más grave, necesito atenderla primero...

—¡No quiero!

Lucía pataleó, impaciente:

—Mi mamá está bien, solo sangra un poquito. Ella es muy fuerte, no le pasa nada. En cambio mi tía Liliana se lastimó el dedo al ayudarme a subir al coche, seguro que le duele muchísimo. ¡Atiéndela a ella primero!

¿Tía Liliana?

Sofía recordó: después de salvar a su hija, una mujer se había acercado a levantar a la niña. ¿Esa mujer se había lastimado?

No tuvo tiempo de pensar más. Vio pasar figuras borrosas por la entrada: la silueta alta y firme de su esposo, la cabecita de su hija con sus dos coletas, ambos arrastrando al médico y corriendo hacia el otro lado.

En ningún momento, ni una sola persona volteó a mirarla.

Sofía abrió la boca para llamarlos, para decirles que ella seguía tendida allí, que necesitaba un médico, que se estaba muriendo.

Pero su garganta parecía obstruida, no lograba emitir sonido alguno.

Un sabor metálico y dulzón le subió del pecho y escupió un chorro de sangre.

Poco después perdió el conocimiento.

***

Despertó dos días después.

Cuando Sofía abrió los ojos, la habitación del hospital seguía vacía, sin una sola alma.

Movió los dedos con dificultad. Todo su cuerpo dolía como si lo hubieran desmontado y vuelto a armar.

Bajó la mirada: vendas por todas partes, el brazo enyesado, las piernas también.

Quería beber agua. En la mesilla había un vaso; estiró la mano para alcanzarlo, sus dedos rozaron el borde, pero no tenía fuerzas para levantarlo.

Intentó incorporarse, pero el dolor la cubrió de sudor frío al instante y cayó de nuevo en la cama.

Alguien pasó por el pasillo. Iba a llamar cuando oyó fragmentos de conversación.

—Qué suerte tiene la señora Monterrey, en la habitación VIP. Con solo un rasguño en el dedo, el señor Guzmán le ha traído el mejor equipo médico, hasta especialistas del extranjero...

—Sí, y la niña, con cinco añitos, le daba de comer la sopa con cuchara, soplándole cada cucharada para que no se quemara. Hasta a mí me llegó al alma.

—Oye, ¿esa señora Monterrey será la señora de Guzmán? Porque los tratan como a una familia, el padre y la hija la miman un montón.

—Seguro que sí. La jefa de enfermeras dice que ya están planeando llevarla a países extranjeros de vacaciones cuando salga del hospital, en familia, los tres celebrando...

Las voces se fueron alejando.

Sofía olvidó que iba a pedir ayuda; su mano seguía suspendida en el aire, intentando alcanzar el vaso.

Miró la puerta entreabierta y de repente sintió que todo era ridículo.

Una mujer con un rasguño en el dedo ocupaba una habitación VIP, rodeada del mejor equipo médico del mundo.

Y ella, la esposa que había vuelto del borde de la muerte, estaba abandonada en una sala común, sin siquiera un vaso de agua.

Su hija, a quien había criado con sus propias manos, nunca le había soplado ni una cucharada de sopa, pero le daba de comer a otra mujer.

Y ella era la legítima esposa de Diego.

Pero ante los ojos de todos, Liliana era la mujer que Diego trataba como una reina...

Cosas así habían pasado ya demasiadas veces.

Debería haber despertado mucho antes.

Este matrimonio estaba mal desde el principio.

Diego nunca la amó.

Desde el día de la boda, solo le había mostrado indiferencia, desprecio e impaciencia.

Llegó a pensar que era un hombre incapaz de sonreír.

Hasta que apareció Liliana, y Sofía vio con sus propios ojos cómo ese esposo de hielo esbozaba una sonrisa ante Liliana, tierno como si fuera otra persona.

Incluso lo vio agacharse para calzarle los zapatos a Liliana con sus propias manos.

Y ella, Sofía, después de seis años de matrimonio, ni siquiera había recibido de él un vaso de agua.

También había pensado en terminar esa relación.

Sabía que Diego se había casado con ella solo por presión familiar.

Aquel accidente, años atrás, los había llevado a pasar una noche juntos, y él siempre creyó que ella le había puesto algo en la bebida, que era una mujer calculadora y tramposa.

Pero ella también había sido víctima.

Sofía intentó explicárselo, pero Diego nunca le creyó.

Pensó que con el tiempo podría demostrarle la verdad.

Pero después comprendió que cuando no hay amor, no lo hay, y no tiene nada que ver con malentendidos.

Había contactado a un abogado para redactar papeles de divorcio.

Pero al final no soportaba la idea de dejar a su hija; quería darle a Lucía un hogar completo.

Lo que no imaginó fue que su propia hija, poco a poco, también se alejaría de ella.

Y era ella quien la había criado.

Cuando Lucía tenía cuarenta grados de fiebre, Sofía la había cargado sola a medianoche hasta la sala de urgencias.

Cuando otros niños la molestaban, Sofía era la primera en lanzarse a defenderla frente a los padres.

Lucía era quisquillosa con la comida, y Sofía pasaba noches enteras probando recetas, levantándose a las cuatro de la madrugada para prepararle algo especial.

Pero su hija, aun así, se le fue distanciando.

Cuando Sofía le limitaba los dulces, la niña lloraba y la llamaba "mala mamá", diciendo que su tía Liliana era buena porque le compraba montones de caramelos.

Cuando le ponía límites con los dibujos animados, la niña decía que la odiaba, que su tía Liliana se quedaba viendo con ella hasta el amanecer.

Incluso llegó a decir que quería que su tía Liliana fuera su mamá.

Cada una de esas cosas le partía el alma a Sofía, pero se consolaba diciendo que la niña era pequeña, que no entendía, que con el tiempo se corregiría.

Pero hoy, tirada en una cama de hospital a punto de morir, su hija ni siquiera había ido a verla.

La niña que ella salvó con su propia vida había arrastrado al médico para atender a una mujer con un rasguño en el dedo.

Sofía miró el suero que casi se terminaba y soltó una carcajada.

Y mientras reía, las lágrimas empezaron a rodar.

Se secó la cara con la mano, respiró hondo y presionó el timbre de la cabecera.

La enfermera entró a cambiar la medicación y le preguntó cómo se sentía; ella respondió con calma que estaba bien.

En cuanto la enfermera salió, tomó el teléfono y marcó el número de su abogado.

—Señor Peña, redácteme un acuerdo. Quiero divorciarme.

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