LOGINEl sonido repentino del teléfono interrumpió sus pensamientos.
Era su madre, quien le pidió que regresara a casa al día siguiente para almorzar.
Victoria pensó en aquella residencia, en aquel hogar que nunca había sentido verdaderamente suyo. Aun así, tendría que enfrentarse a ella.
Llegó a la residencia de los Altamirano, sus padres poco antes de la hora del almuerzo. Los guardias reconocieron su automóvil y abrieron la entrada. Ella avanzó lentamente, con una sensación de inquietud en el pecho. Regresar al lugar en el que siempre la habían comparado con Fernanda la hacía sentirse incómoda.
La residencia se encontraba sobre una colina. El jardín continuaba tan impecable como lo recordaba: el césped perfectamente recortado, las rosas blancas en plena floración y la fuente que recibía mantenimiento casi todos los días.
En cuanto Victoria entró en la sala, el mayordomo se acercó a recibirla.
—Señora Montenegro, sus padres la esperan en el comedor.
En la casa de sus padres, aquel apellido tenía más peso que su propio nombre.
Ya no era la hija menor de la familia. Se había convertido en la pieza fundamental que mantenía la armonía entre ambas familias después del accidente de Fernanda.
Siguió al mayordomo hacia el comedor, pero, al pasar por el pasillo, sus pasos se detuvieron involuntariamente. En la pared colgaba un gran retrato familiar.
La fotografía había sido tomada cuatro años atrás, cuando Fernanda todavía no había sufrido el accidente. Fernanda ocupaba el centro de la imagen. Llevaba un vestido blanco, sonreía con seguridad y Adrián permanecía a su lado, mirándola con ternura.
Después de tres años de matrimonio, Victoria jamás había recibido una mirada semejante.
Ella aparecía en el extremo de la fotografía, sonriendo discretamente, como un elemento prescindible dentro de la composición. La observó durante unos segundos, apartó la mirada y continuó hacia el comedor.
—Victoria.
Su madre, Isabel, fue la primera en levantarse. Como siempre, llevaba una sonrisa amable y perfectamente adecuada. Se acercó para abrazarla.
—¿Has bajado de peso?
Victoria sonrió.
—No.
Isabel la examinó con atención y frunció ligeramente el ceño.
—No tienes buen semblante. ¿No has descansado bien últimamente?
Tiempo atrás, Victoria habría pensado que su madre realmente estaba preocupada por ella.
Sin embargo, sabía que la siguiente frase estaría relacionada con Fernanda.
Tal como esperaba, Isabel suspiró.
—En el hospital no han recibido buenas noticias durante este tiempo. Adrián debe estar agotado. Procura cuidarlo un poco más.
La pequeña expectativa que aún quedaba en el interior de Victoria desapareció silenciosamente.
—Está bien —respondió.
Su padre, Ernesto, permaneció sentado en la cabecera de la mesa. Solo después de que Victoria tomó asiento dejó a un lado los documentos que estaba revisando.
—¿Dónde está Adrián?
—En el hospital.
—¿Ocurrió algo con Fernanda?
—El médico dijo que hubo cambios en los resultados de sus estudios.
Ernesto asintió y no hizo más preguntas. Su expresión incluso pareció relajarse, como si finalmente hubieran mencionado un tema digno de su atención.
—Mi pobre hija —dijo Isabel en voz baja, colocando una mano sobre su pecho—. Lleva tantos años acostada en esa cama y nosotros todavía seguimos esperando.
Victoria tomó asiento, las palabras de su madre se quedaron suspendidas sobre su corazón. No dijo nada. Se limitó a mirar los platos cuidadosamente servidos sobre la mesa.
Todos estaban preocupados por Fernanda. El ambiente durante el almuerzo era tan silencioso como siempre. Victoria acababa de tomar los cubiertos cuando su padre deslizó un documento hacia ella.
—El abogado envió ayer este acuerdo complementario.
Victoria bajó la mirada, pero no tomó el documento.
—¿Qué acuerdo?
—Es el último documento de confirmación del fideicomiso. Todavía falta la firma de Adrián.
Ernesto levantó su taza de café y añadió con tranquilidad:
—Recuérdale que debe resolverlo cuanto antes.
Victoria lo miró.
—Papá, no vine aquí para hablar de negocios.
—No se trata solamente de negocios. Este acuerdo también te protege.
Isabel dejó suavemente los cubiertos sobre la mesa. Su tono continuaba siendo amable, aunque tenía un evidente matiz de reproche.
—Victoria, tu padre tiene razón. Gracias a tu matrimonio, esta familia consiguió mantenerse estable. No deberías considerarlo una carga.
Victoria bajó la mirada hacia su plato.
—Nunca dije que fuera una carga.
—Pero algunas veces actúas como si lo fuera —respondió Isabel—. Después del accidente de Fernanda, todos tuvimos que hacer ciertos sacrificios.
Victoria tuvo deseos de reír, pero se contuvo.
Siempre resultaba muy fácil utilizar la palabra «sacrificio» cuando se hablaba de lo que otra persona había tenido que perder.
Su madre la miró con paciencia.
—Nadie niega lo que hiciste. Aceptar casarte con Adrián fue una decisión muy noble.
Ernesto tomó su vaso de agua.
—También fue necesario.
Victoria levantó la cabeza.
—¿Necesario?
—La voluntad del abuelo de Adrián era muy clara —explicó su padre—. La unión entre ambas familias tenía que concretarse para que Adrián pudiera conservar una parte de la herencia. Cuando Fernanda quedó en coma, todo estuvo en peligro.
—Así que yo ocupé su lugar —dijo Victoria, sin elevar la voz.
Isabel suspiró.
—No lo digas de esa manera. Ayudaste a todos cuando atravesábamos el momento más difícil.
Victoria la observó.
Había escuchado aquella frase demasiadas veces. En labios de su madre parecía una expresión de gratitud, pero siempre terminaba sonando como una deuda que Victoria debía seguir pagando.
—Fernanda y Adrián se amaban desde la universidad —continuó Isabel, como si necesitara recordarle una historia que Victoria conocía perfectamente—. Todo estaba planeado: la boda, la vida que formarían juntos y los acuerdos entre las dos familias. Nadie imaginó que aquel accidente lo cambiaría todo.
Victoria bebió un poco de agua.
—Mamá, yo también estaba allí.
—Lo sé, hija. Pero siempre has sido más reservada. Fernanda tenía talento para todo. Era natural que Adrián la eligiera.
No lo dijo con malicia y eso hizo que resultara todavía peor.
Victoria dejó el vaso sobre la mesa.
—Entonces, ¿qué soy yo?
Isabel parpadeó, incómoda.
—No empieces.
Ernesto intervino con firmeza.
—Victoria, no viniste para discutir. Tu madre solo quiere decir que todos hicimos lo correcto.
La joven sostuvo la mirada de su padre.
—Eso también te incluye. No olvides que la posición que tienes ahora es envidiada por muchas mujeres.
Victoria bajó la cabeza y observó el almuerzo que apenas había tocado.
De pronto, aquella afirmación le pareció profundamente irónica.
Si su vida realmente era tan envidiable entonces, ¿por qué había pasado sola su tercer aniversario de bodas? ¿Por qué su esposo la abandonaba una y otra vez para correr junto a otra mujer? ¿Por qué estaba sentada frente a sus propios padres sin que ninguno de ellos le preguntara si era feliz?
Sin embargo, guardó silencio.
Isabel apoyó una mano sobre la mesa.
—Victoria, Adrián siempre ha sido correcto contigo.
Correcto.
Ninguna otra palabra podía definir mejor su matrimonio.
—Sí —respondió ella—. Siempre ha sido correcto.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
En ese momento, una risa se escuchó fuera del comedor.
—¿Llegué tarde?
Victoria levantó la cabeza y vio entrar a su tía Linda con el bolso en la mano.
Apenas tomó asiento, Isabel le comunicó:
—Dice Vitoria que Adrián recibió noticias del hospital. Los estudios de Fernanda mostraron un nuevo avance.
Los ojos de Linda se iluminaron.
—¿De verdad? ¡Qué maravilloso! Cuando Fernanda despierte, finalmente todo podrá volver a ser como antes.
El comedor quedó en silencio y Victoria sintió las miradas de sus padres sobre ella.
Nadie corrigió las palabras de su tía, ni nadie recordó que ella era la esposa de Adrián. Tampoco recordaron que llevaba años desempeñando silenciosamente ese papel. Victoria tomó la servilleta y se limpió los labios, aunque apenas había probado la comida.
—Sí —dijo con una sonrisa tranquila—. Sería una bendición.
Al ver su reacción, su madre pareció respirar aliviada.
—Sabía que lo comprenderías.
Victoria asintió.
—Por supuesto que lo comprendo.
Para su familia, Fernanda continuaba siendo la hija perfecta y el gran amor perdido de Adrián.
Victoria solo era la persona que había aparecido cuando necesitaban salvar el acuerdo.
Nadie sentado a aquella mesa se había preguntado qué ocurriría con ella cuando Fernanda despertara.
Victoria se levantó para marcharse. Isabel la miró con sorpresa.
—¿Ya te vas? Casi no has comido.
—Tengo algunas cosas que hacer. Estoy bien, mamá.
En realidad, sí tenía cosas que hacer, pero, pero contar los detalles no habría cambiado nada.
Ernesto tomó nuevamente el documento.
—Recuerda hablar con Adrián sobre los papeles del fideicomiso.
—Está bien —respondió Victoria.
Salió tranquilamente del comedor.
Cuando pasó junto al retrato familiar, miró por un instante a Fernanda, situada en el centro de la fotografía, y después apartó la vista.
Al entrar en el automóvil, respiró profundamente.
Porque aquel día, Victoria finalmente comprendió algo que llevaba años negando.
Adrián no era el único que esperaba el regreso de Fernanda.
Todos lo hacían.
Muy lejos de la mansión, otra camioneta distinta a la que se habia llevado a Victoria avanzaba por calles cada vez menos transitadas mientras Camille permanecía pegada a Mathis en el asiento trasero, intentando sostener la mano de su hermano sin llamar la atención de los dos hombres que viajaban frente a ellos y vigilaban cualquier movimiento que pudieran hacer.La pequeña todavía tenía demasiado presente el momento en que los hombres entraron a la casa, los gritos de Regina, los disparos en los corredores y la manera en que uno de ellos los sacó mientras otro discutía con seguridad. No entendía dónde estaban ni por qué los habían llevado, pero sí sabía que debía mantenerse cerca de Mathis porque Victoria siempre les había dicho que, si alguna vez ocurría algo que los asustara, tenían que permanecer juntos hasta encontrar a un adulto en quien confiaran.Ninguno de los hombres dentro del vehículo pertenecía a esa lista.—¿Mamá y papá sabe dónde estamos? —pregunto Mathis.Camille quiso
Asi que durante varios minutos aquella convicción fue lo único que consiguió mantener a Adrián sentado sin arrebatarle el volante al hombre que conducía, porque las luces de la camioneta continuaban visibles unas calles adelante y, mientras pudiera seguirlas, podía repetirse que Victoria todavía estaba al alcance, que no había vuelto a fallarle y que aquellos dedos que había perdido segundos atrás terminarían otra vez dentro de su mano.La camioneta atravesó una avenida congestionada justo antes de que cambiara el semáforo y tomó una salida lateral, mientras el vehiculo en el que iba Adrián quedó atrapado algunos segundos detrás de varios vehículos cuyos conductores intentaban apartarse al escuchar las sirenas.—No pueden perderla —advirtió Adrián, inclinándose hacia delante mientras el conductor aceleraba en cuanto se abrió espacio.Doblaron detrás de la patrulla, pero al llegar a una intersección encontraron dos caminos posibles y ninguna señal del vehículo.El conductor eligió uno
Adrián tiró de Victoria con toda la fuerza que tenía mientras ella intentaba impulsarse hacia afuera de la camioneta, pero uno de los hombres la sujetaba desde el interior y otro apareció desde un costado para golpear a Adrián en el brazo con la culata de un arma, sin conseguir que aflojara los dedos en el primer intento porque en ese momento no existía nada más importante que mantener aquella mano unida a la suya.El segundo golpe alcanzó su rostro y le abrió la piel cerca de la ceja, aunque el dolor apenas consiguió atravesar la desesperación que lo dominaba, porque durante un instante volvió a verla en una cama de hospital, escuchó nuevamente a los médicos hablar del riñón, recordó el miedo que había sentido cuando supo que el embarazo podía ponerla en peligro y todas las veces que había creído que siempre existiría otro día para corregir aquello que había hecho mal.Después de tantos años creyendo que Victoria permanecería a su lado sin importar cuánto la descuidara, ahora entendí
La revisión de los registros se extendió hasta entrada la tarde, pero antes de salir finalmente, Adrián alcanzó a Victoria junto a la puerta y acomodó con cuidado un mechón de su cabello detrás de la oreja, aprovechando esos pocos segundos de tranquilidad para besarla con la familiaridad con la que últimamente había aprendido a demostrarle afecto sin necesidad de esperar una crisis.—Ya quiero llevarte a casa y pasar unas horas contigo sin mencionar a Daniel, William, los policías ni investigaciones.Victoria sonrió mientras colocaba una mano sobre su pecho.—Eso suena casi demasiado normal para nosotros.—Por eso quiero hacerlo.Ella se puso de puntillas para ser quien lo besara esta vez y después salió junto a él, sin imaginar que aquella breve promesa sería lo último parecido a normalidad que tendrían durante un largo tiempo.Porque mientras Laura y Camila caminaban apenas unos pasos detrás, un estruendo rompió el ruido habitual de la calle y el vidrio de una camioneta estacionada
Esa misma tarde, los investigadores pidieron que Laura acudiera a la estacion de policias porque varios de los nombres y números encontrados alrededor de las sociedades relacionadas con William podían resultarle familiares por el tiempo que pasó cerca de Daniel. Su presencia no significaba que hubiera recuperado la confianza de Victoria ni su lugar dentro de la agencia que compartia con ella y Victoria; simplemente era una de las pocas personas capaces de reconocer contactos útiles para la investigación.Cuando Victoria pasó junto a Adrián para sentarse, él apoyó brevemente una mano en su cintura y ella respondió rozándole los dedos antes de ocupar su lugar, un gesto cotidiano que no necesitaba explicaciones entre ellos.—Los investigadores quieren que revises algunos nombres —explicó Victoria—. Si reconoces alguno, necesito que digas de dónde lo recuerdas y en qué contexto lo escuchaste.Laura asintió.—Lo haré, y no voy a acomodar nada para que me favorezca.Uno de los agentes coloc
Tras mucho intentar Victoria finalmente recordo de donde se le hacia tan conocido el nombre de William Harrignton. Lo que no entendia era porque sus abuelos “aparentaban no saber” o “hacerlo a medias” Aun asi continuó observando las fotografías de algunas de sus vacaciones en Londres durante su niñez, mientras Adrián revisaba cada imagen con una atención que ya no estaba centrada solamente en reconocer a William, sino en medir cuántas veces aparecía cerca de Fernanda durante aquellas visitas.—Aquí está otra vez —señaló.Victoria amplió una fotografía tomada durante una cena en el club al que pertenecian sus abuelos. Fernanda aparecía conversando con una grupo de niñas, mientras William permanecía a poca distancia mirando hacia ella.—Puede ser casualidad.—Puede serlo.Adrián pasó a la siguiente sin insistir. En esa imagen, varias familias posaban frente a una terraza y William aparecía detrás de Fernanda.—Eso tampoco demuestra nada.—No estoy diciendo que demuestre algo sobre él. E







