Masuk[POV de Zita Rinaldi]El tiempo pasó volando. Sin darme cuenta, ya llevaba seis meses viviendo en Bellecourt.Salí del laboratorio de anatomía con una abultada carpeta de apuntes dentro de la mochila. El cielo ya se había oscurecido por completo y las farolas a lo largo del río Sevrene estaban encendidas, proyectando un cálido resplandor dorado sobre el agua.Las clases habían sido sumamente exigentes durante este primer semestre: empezábamos a las ocho de la mañana y terminábamos a las seis de la tarde, con apenas una hora libre para almorzar. A veces incluso tenía que regresar a la sala de muestras por las noches para repasar.Cuando la rutina se vuelve tan intensa, la mente no tiene espacio para detenerse a sufrir por el pasado. Mi cerebro estaba repleto de nombres de huesos, conexiones nerviosas y vasos sanguíneos; no quedaba lugar para nada más.Y me gustaba que fuera así. Era agotador, pero me daba una sensación de plenitud real. Cada minuto invertido me impulsaba hacia adel
[Punto de vista en tercera persona]Emilio escuchó la grabación dos veces seguidas. Luego, dio media vuelta y salió sin pronunciar una sola palabra.El coche alcanzó los 160 km/h en cuestión de segundos. Cuando el semáforo cambió a amarillo, ni siquiera consideró reducir la velocidad: cruzó la intersección a toda marcha, haciendo chirriar los neumáticos contra el asfalto al tomar la curva hacia la residencia.Derribó la puerta principal de la finca Gimondi de una sola patada.Carlotta estaba en el comedor arreglando un arreglo floral. Levantó la vista al oír el impacto, y una sonrisa comenzaba a dibujarse en sus labios cuando Emilio se le acercó de golpe, le arrebató la cala que sostenía y la arrojó violentamente contra el suelo.—Fuiste tú la que destrozó el apartamento —espetó con una voz helada.Su sonrisa se congeló al instante.—¿D-de qué estás hablando, Emil?—María me lo contó todo —dijo él, alzando el teléfono frente a su cara antes de presionar el botón de reproducción
[Punto de vista en tercera persona]Emilio ni siquiera se molestó en levantar la mirada.—Si a Zita de verdad le importaras, ya habría vuelto —insistió Carlotta, deslizando el plato de fruta hacia él con delicadeza—. Nunca le importaste en realidad. Tú sabes mejor que nadie lo que pretendía desde el principio.Emilio pinchó una rodaja de manzana con el tenedor, pero no llegó a llevársela a la boca. La dejó caer de nuevo sobre el plato.—Estoy cansado.Sin añadir una sola palabra, se puso de pie y subió las escaleras hacia su habitación.Carlotta observó cómo la silueta de Emilio desaparecía al dar la vuelta en el descansillo. Solo entonces la sonrisa dulce se desvaneció por completo de su rostro.…En la noche del noveno día, Emilio asistió a una cena de negocios donde los tragos no se hicieron esperar.Frente a él estaba sentado el Capo de una familia rival. Discutían sobre la redistribución de los límites territoriales, pero la mente de Emilio estaba a kilómetros de distanci
[Punto de vista en tercera persona]El dormitorio no estaba mejor: las puertas del armario estaban abiertas de par en par, con la ropa desparramada por el suelo. Sin embargo, la caja fuerte permanecía intacta.Esto no había sido un robo.—¡Zita Rinaldi! —gritó Emilio, con la voz quebrándose por la rabia.Nadie respondió. Permaneció inmóvil en medio de los escombros, apretando los puños con fuerza.De pronto, se oyeron pasos apresurados en el pasillo.Carlotta apareció en el umbral, vestida con un conjunto de casa de color rosa pálido y sosteniendo una bolsa térmica para comida. En el instante en que procesó el desastre del interior, la bolsa se le resbaló de los dedos y cayó al suelo con un golpe seco.—¡Dios mío! —Se cubrió la boca con las manos y, al instante, sus ojos se llenaron de lágrimas—. Emil... ¿Zita hizo esto?Emilio no respondió.Carlotta avanzó un par de pasos, se agachó y recogió el trozo de un marco de fotos roto. Las lágrimas ya le rodaban por el rostro.—¿Cóm
[Punto de vista en tercera persona]Emilio se quedó mirando fijamente la línea de texto que brillaba en la pantalla.«Me voy. No pienso regresar jamás».Se quedó en blanco por un instante. Sin darse cuenta, ya había vuelto a marcarle. El teléfono estaba apagado. Intentó otra vez, pero la operadora le dio la misma respuesta.Apretó el aparato con tanta fuerza que que se le pusieron los nudillos blancos.Carlotta se le acercó despacio.—Emil, ¿Qué tienes?No se giró para mirarla. La pantalla de su móvil mostraba una lista interminable de llamadas salientes al nombre de Zita, todas marcadas con un rojo punzante por la falta de respuesta.Carlotta bajó la mirada. Un destello de satisfacción le cruzó los ojos, aunque su voz se mantuvo suave y frágil.—¿Zita volvió a hacer una rabieta?—Dijo que se va.Carlotta se quedó paralizada un segundo y, de pronto, soltó una risita.—¿Y de verdad le creíste?Emilio giró la cabeza para fijar la vista en ella.—Emil, ¿no se supone que la c
[POV de Zita Rinaldi]El pie de foto de Carlotta destilaba un encanto tierno y empalagoso:«Tuve un susto horrible, pero la persona que más amo corrió a mi lado lo más rápido que pudo. Hasta me trajo mi pasta favorita... De pronto, haber chocado el auto ya no da tanto miedo».El comentario de Emilio destacaba justo debajo de la publicación:«Come despacio. Nadie te va a quitar la comida».Bloqueé la pantalla, busqué en el fondo de mi bolso y saqué mi licencia de conducir de New Arden. Le eché un último vistazo a la fotografía.En la imagen, yo lucía una sonrisa radiante. Ese día, Emilio me estaba esperando justo afuera del estudio fotográfico y me había dicho: «Asegúrate de salir bien. Va a ser la identificación que uses durante mucho tiempo».Deslicé la licencia dentro del bolsillo del asiento delantero del taxi. Después, metí la mano en mi abrigo hasta encontrar una vieja moneda de un centavo.Emilio solía decir que era su moneda de la suerte. Me la regaló un día asegurándome







