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Capítulo 2

作者: Ferrari
[POV de Zita Rinaldi]

En cuanto me quedé sola en casa, me puse a empacar mis cosas sin perder tiempo.

Sobre el escritorio del estudio reposaba la carta de aceptación de la facultad de medicina de la Universidad de Bellecourt para una residencia con beca completa. Al pie de la hoja destacaba mi firma, recién estampada.

La tomé, la guardé en el compartimento secreto de mi maleta y le envié un mensaje a Silvia Salvaggi, una compañera de los años superiores que ya estaba instalada en Bellecourt.

«Silvia, mi vuelo sale pasado mañana».

Su respuesta no tardó ni un segundo.

«¡Al fin entraste en razón! Olvídate de tu guerra infinita contra la familia de Emilio. Vente de una vez, ¡te voy a llevar a recorrer todo! Además, los médicos de aquí están para morirse. ¡Son unos bombones!».

Una leve sonrisa se me dibujó en los labios al leer la pantalla.

…

Al día siguiente, me despertó el tono de llamada de Emilio.

Entre que me había quedado dormitando hasta el amanecer y el cansancio acumulado, ya era mediodía cuando revisé la hora en el teléfono.

A través del altavoz, alcancé a oír los sollozos ahogados de Carlotta en segundo plano.

—Carlotta perdió el anillo por accidente. Está aterrorizada y no para de llorar. La estoy ayudando a buscarlo, así que no podré ir a verte esta tarde —dijo Emilio, con una voz cargada de urgencia.

—Emilio —lo interrumpí con calma.

—¿Qué pasa?

—Habíamos quedado en ir a ver el apartamento de High East Quarter hoy.

Se hizo un silencio pesado del otro lado de la línea.

Ese apartamento lo habíamos elegido juntos seis meses atrás. Él me había prometido que sería nuestro hogar definitivo y que, al cumplir los treinta, lo pondría a mi nombre.

—No hay prisa por ir a ver el lugar hoy —respondió, con un tono súbitamente rígido—. Al fin y al cabo, el anillo es una reliquia de mi familia y tengo que encontrarlo. Cuando todo se calme, te llevaré a elegir algo mucho mejor. Además, ese barrio queda lejísimos del territorio familiar, no es seguro.

Lo escuché en silencio mientras hilvanaba una excusa tras otra. Tras un largo momento, me limité a decir:

—Está bien.

Soltó un suspiro de alivio.

—Pórtate bien, ¿sí? Espérame en casa.

En cuanto colgó, me levanté y fui a la cocina. Abrí la nevera: estaba repleta de comida. Saqué un par de huevos y el cartón de leche.

Mientras preparaba el desayuno, me resultó imposible evitar que los recuerdos me invadieran la mente.

Años atrás, para poder estar conmigo, Emilio prácticamente rompió lazos con su propia familia. Nos fuimos a vivir a un departamento desgastado en Regency, con paredes tan delgadas que podíamos oír a los vecinos pelear a mitad de la noche.

No era la vida ideal, pero él se despertaba media hora antes que yo cada mañana solo para inventarse formas distintas de prepararme el desayuno.

Una vez, le comenté al pasar que se me antojaba un bagel de Southbridge. Emilio pedaleó durante una hora bajo una lluvia torrencial solo para comprármelo, y regresó a casa empapado hasta los huesos.

«Aunque me pidas la luna, estiraré la mano hasta el cielo y te la bajaré», me dijo aquella vez.

¿Y ahora? Ni siquiera era capaz de acompañarme a ver el apartamento que me había jurado que sería nuestro.

Mientras comía, mi mirada se posó de casualidad en los frascos de especias junto a la estufa. Vi un frasco nuevo de salsa de trufas.

Yo era severamente alérgica a las trufas; el simple aroma concentrado me provocaba ronchas en la piel. Sin embargo, Emilio lo había comprado dos días atrás porque Carlotta no paraba de decir que tenía antojo de pasta con trufa.

Había olvidado por completo algo tan básico como mi alergia.

Tomé el frasco y lo arrojé a la basura junto con un par de cosas más. Después, continué empacando.

El sol comenzaba a ocultarse cuando Emilio finalmente llegó. Abrió la puerta de golpe y se quedó helado al descubrir la maleta lista en medio de la sala.

—¿Qué significa esto? —preguntó, frunciendo el ceño.

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