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last update Fecha de publicación: 2026-07-01 10:55:25

El zumbido mecánico del ascensor descendiendo fue el único sonido que acompañó a Cassandra. Mientras observaba los números rojos del panel digital acercarse a la planta baja, sintió cómo la piel de la mujer que había fingido ser durante los últimos años se desprendía de ella. No empacó cajas ni recogió fotografías. Su taza de café, su agenda y su bolígrafo favorito se habían quedado sobre el escritorio; reliquias de una secretaria eficiente que, a todos los efectos prácticos, acababa de morir en el último piso.

Salió por las puertas giratorias. El viento helado de la ciudad le golpeó el rostro, pero ella no se encogió. Caminó un par de manzanas a paso constante, asegurándose de fundirse con la multitud antes de detenerse en una esquina vacía.

Sacó su teléfono. Hubo un ligero temblor en sus dedos, un último rezago de la chica que había soñado con una vida normal y sin escoltas. Tomó aire, lo retuvo un segundo y presionó un número que llevaba años sin marcar.

Contestaron al primer tono.

—Señorita —llamó una voz grave, áspera y completamente desprovista de inflexiones.

—Envíame un coche a la intersección de la 4ta con la Avenida... —ordenó Cassandra. Su voz ya no era la de la asistente que agendaba reuniones; era plana, absoluta, cargada de la autoridad que llevaba en la sangre—. Y avísale a mi hermano que voy de camino a casa.

Menos de diez minutos después, un imponente vehículo negro con los cristales blindados se detuvo silenciosamente frente a ella. El chófer, un hombre enorme que apenas disimulaba el bulto del arma bajo su chaqueta, bajó para abrirle la puerta con una reverencia rígida.

El interior del auto estaba sumido en un silencio sepulcral. A medida que dejaban atrás el bullicio de la ciudad y se adentraban en las exclusivas propiedades privadas de las afueras, Cassandra bajó la mirada hacia su regazo. Apoyó una mano sobre su vientre aún plano, un gesto puramente instintivo. No lloró, ni maldijo en voz alta.

—No te preocupes —susurró, con una suavidad gélida, mirando su propio reflejo en el cristal tintado—. Nadie volverá a hacernos sentir pequeños.

Una hora más tarde, las inmensas puertas de hierro forjado de la propiedad Wellington se abrieron de par en par. La finca no era solo una mansión; era una fortaleza impenetrable, el corazón de una de las familias más temidas y letales de la ciudad.

Al atravesar las pesadas puertas de roble del vestíbulo principal, el sonido de sus tacones se hizo escuchar. Al pie de la gran escalera la esperaba Alexander Wellington, su hermano mayor y líder familiar. Al verla enfundada en su modesto traje sastre gris, él arqueó una ceja y soltó una carcajada seca.

—Pareces una ciudadana común, Cass —la recibió, con una mezcla de diversión y reproche—. ¿Por fin te cansaste de jugar a la oficinista independiente? Supongo que el mundo real no es tan fascinante como creías.

Cassandra no sonrió. Ni siquiera parpadeó. Avanzó hasta él y lo abrazó en silencio.

Alexander se quedó rígido por una fracción de segundo antes de devolverle el abrazo. Fue en ese contacto físico donde todo cambió. Notó la tensión antinatural en la espalda de su hermana menor, el frío que emanaba de su cuerpo. Su actitud burlona se evaporó al instante, reemplazada por el instinto depredador, de alguien que se preocupa por los suyos. La apartó lo suficiente para examinar la opacidad en sus ojos verdes.

—¿Quién fue? —preguntó Alexander. Su voz había bajado una octava, convirtiéndose en un susurro peligrosamente afilado—. Dame un nombre, Cassandra. Hoy mismo habrá un funeral.

Cassandra se soltó suavemente de su agarre y caminó hacia el despacho privado de la familia. Se acercó a la barra, se sirvió un vaso de agua y le dio un sorbo antes de girarse para mirarlo.

—Siéntate, Alex. No vas a matar a nadie. Aún no.

Con un tono clínico, casi como si estuviera leyendo el reporte de una junta directiva, le contó la verdad. Le habló de la inminente quiebra de la empresa, del acuerdo matrimonial de Sebastian para salvarla y, finalmente, del rechazo frontal cuando ella le confesó la verdad.

Cuando pronunció la palabra embarazo, el cristal del vaso que Alexander tenía en la mano crujió peligrosamente.

Se puso de pie lentamente. No gritó, lo cual era infinitamente peor. Sus ojos se habían oscurecido de una forma aterradora.

—Un hijo de nuestra sangre no es un error. Es un Wellington —sentenció su hermano, apoyando ambas manos sobre el escritorio de caoba—. El único error aquí es que ese imbécil respire el mismo aire que tú. Dame la orden, Cass. Despedazaré su compañía esta misma tarde. Haré que se arrodille ante ti para rogar clemencia, y luego lo borraré del mapa.

—¡He dicho que no! —lo cortó ella, alzando la voz por primera vez. El eco rebotó en las paredes forradas de madera—. Nadie va a tocarlo. Ni a él, ni a su empresa.

Alexander la observó, genuinamente desconcertado, pero fascinado por la seguridad de su hermana. La mujer que había huido de su apellido para buscar una vida moralmente simple ya no existía; frente a él estaba la verdadera heredera de los Wellington.

—¿Vas a dejar que te trate como a basura y se salga con la suya? —le reclamó, entornando los ojos.

—Él tomó su decisión pensando que yo era una simple secretaria que podía barrer debajo de la alfombra —afirmó Cassandra, caminando despacio hacia el ventanal. Una sonrisa, pálida y carente de toda calidez, curvó sus labios—. Si lo destruyes ahora, morirá creyendo que fue víctima de la mafia. Yo quiero algo mucho peor para él.

Se giró hacia Alexander. En su mirada brilló, por fin, la absoluta letalidad de su familia.

—Quiero que viva su vida. Quiero que se case con esa mujer, que inyecte ese capital, que levante su compañía y que se convenza de que es el rey del mundo, que lo tiene todo bajo control —explicó, marcando cada palabra con una precisión venenosa—. Y cuando esté en la cima, seré yo misma quien le quite todo. Uno por uno, frente a sus ojos.

Alexander se quedó en silencio unos segundos, asimilando la magnitud del odio de su hermana. Finalmente, una sonrisa de orgullo y pura oscuridad se dibujó en su rostro.

—Ven aquí —murmuró, abriendo los brazos—. Eso significa ser una Wellington.

Cassandra se refugió en el abrazo de su hermano. Cerró los ojos con fuerza. En lo más profundo de su ser, el corazón seguía doliéndole a horrores, sangrando por el rechazo del hombre que amaba. Pero a partir de ese momento, envolvería ese dolor y lo usaría como combustible.

¡Sebastian Westminster iba a pagar!

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Último capítulo

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   EPÍLOGO

    Sebastian soltó un suspiro, como si estuviera reuniendo valor. Deslizó una mano dentro del bolsillo de su pantalón y sacó una pequeña y elegante caja de terciopelo oscuro, con un sutil acabado metálico en los bordes. Nunca antes se había sentido nervioso como en ese momento; y es que estaba a punto de hacer algo desde lo más profundo de su corazón. Ella sintió como su órgano vital se paralizaba en ese preciso momento y sus ojos se abrían de par en par.—Sebastian... —susurró, con los ojos muy abiertos.Él no se arrodilló; en cambio, se mantuvo de pie, mirándola a los ojos con una intensidad que la dejó sin aliento, acorralando su corazón con pura devoción. Abrió la caja y dentro brillaba un hermoso anillo de diamantes, resplandeciente bajo la luz de la luna.—Cassandra, mírame —pidió él con voz suave pero firme, asegurándose de tener toda su atención—. Quiero que entiendas algo antes de que digas nada. No te estoy pidiendo esto porque tengamos un hijo en común. No es una obligación,

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   FINAL

    Tres días pasaron hasta que la tormenta finalmente se disipó. Tres días llenos de declaraciones interminables ante las autoridades, exhaustivas revisiones de seguridad y reuniones maratónicas con el equipo legal de la compañía. Pero esa mañana, algo había cambiado y el aire se sentía diferente; se podía respirar justicia al tiempo que libertad.Frente al espejo de cuerpo completo se encontraba ella, estaba terminando de prepararse por último se alisó la falda de su traje oscuro y terminó de ponerse unos elegantes tacones. Al mirarse, ya no veía a la mujer asustada que había sido casi que arrastrada a Italia. Veía a una mujer fuerte, a una madre dispuesta a todo, lista para reclamar su lugar en el mundo.Sebastian la esperaba en el vestíbulo. Cuando la vio descender por las escaleras, se quedó sin aliento por un instante. Con una sonrisa llena de orgullo, le ofreció el brazo y juntos salieron hacia el auto que los llevaría al centro de la ciudad.Una hora más tarde, se encontraban en l

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   160

    El salón quedó sumido en un silencio denso. Jordan no paraba de caminar, desbloqueando el teléfono cada treinta segundos para ver si había algún mensaje de Sebastian. Samantha no soltaba la mano fría de Cassandra.El reloj del pasillo dio las tres y media de la madrugada. En ese mismo instante, las bombillas parpadearon una sola vez. Y la mansión se quedó a oscuras.Cassandra ahogó un grito y se puso de pie de un salto.—¡Luca!—¡Nadie se mueva! —ordenó Jordan. La voz le tembló, pero el instinto de proteger a su novia y a la familia de su mejor amigo pudo más que el miedo. Encendió la linterna del móvil—. Vamos arriba. Despacio, hacia el cuarto del niño.Subieron los escalones a oscuras, a trompicones. A Cassandra el corazón le golpeaba las costillas. Cuando abrieron la puerta de la habitación, el alma les volvió al cuerpo: Luca seguía acurrucado, abrazando su peluche, respirando al ritmo pausado de un sueño profundo. Cassandra se tiró a la cama y lo cubrió con su cuerpo, como un escu

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   159

    Esperaba que se rompiera, que le suplicara que no fuera. Pero Cassandra solo cerró los ojos, respiró hondo y, al abrir los ojos, sosteniéndole la mirada, se plantó firme. Le puso las manos sobre el pecho, apretando la tela de su camisa. —Hazlo —le dijo, con una firmeza que a él mismo le costó procesar—. Ve y acaba con esto de una vez por todas. No dejes que se acerquen a nuestro hijo. Pero prométeme una cosa, Sebastian... vas a volver a cruzar esa puerta. Sebastian la atrajo hacia sí y la besó con una mezcla de desesperación y urgencia, sin palabras, antes de soltarla. —Volveré. Te lo juro. Media hora después, un auto cruzó la seguridad de la propiedad. Jordan y Samantha llegaron escoltados por dos camionetas de refuerzo. Samantha corrió a encerrarse con Cassandra, mientras Sebastian y su equipo táctico salían hacia la oscuridad de la carretera. A kilómetros de ahí, el convoy se detuvo en el perímetro del almacén. El edificio era una mole de sombra y silencio. Con señas mudas, l

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   158

    El monitor de seguridad parpadeó una vez más, confirmando el intruso. Sebastian salió disparado del despacho, con el rostro tenso y el instinto de cazador a flor de piel. Sin embargo, cuando sus hombres peinaron el perímetro exterior, no encontraron hombres armados ni un asalto frontal.Encontraron algo mucho más perturbador: una caja de terciopelo negro abandonada sobre el capó del coche de Sebastian, justo en el centro del camino de entrada. Dentro, no había amenazas directas, sino una fotografía instantánea, tomada apenas unas horas antes. En ella, aparecían Cassandra, Luca y el propio Sebastian en el jardín, riendo mientras jugaban. La imagen era tan nítida que el mensaje era inconfundible: «Estamos aquí. Sabemos lo que haces. Te arrepentirás».En ese preciso momento la tranquilidad que llegó a sentir se terminó de ir. La reacción de Sebastian fue inmediata y asfixiante. En menos de una hora, dictó duplicar la seguridad y ordenó cancelar la salida al cine y el paseo a caballo, pro

  • Demasiado Tarde Para Pedir Perdón Señor, CEO   157

    La mañana siguiente comenzó con una quietud inusual. El sol entraba con suavidad por los grandes ventanales, bañando el salón de la mansión con una luz dorada que intentaba disipar cualquier rastro de la tensión vivida la noche anterior. Sebastian, fiel a su palabra, no había salido de la propiedad; había transformado la sala de reuniones de la mansión en su oficina improvisada, asegurándose de estar siempre a pocos metros de Cassandra y Luca.En el jardín, Samantha y Cassandra caminaban lentamente mientras Luca jugaba a unos metros de distancia. El ambiente era fresco, pero el peso del miedo aún flotaba en el aire.—Tienes que dejar de mirar por encima del hombro, Cass —dijo Samantha—. Sebastian ha puesto seguridad extra. Estás más segura aquí de lo que has estado en años.Cassandra suspiró. —Lo sé, Sam. Pero el miedo no se apaga como un interruptor. Siento que en cualquier momento el pasado va a romper esta burbuja. Todavía todo es demasiado peligroso con mis hermanos allá afuera..

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