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Capítulo 3: La sombra de la duda

ผู้เขียน: G.V.STELLARIS
last update วันที่เผยแพร่: 2026-07-31 12:57:39

POV Luna

A las siete y cincuenta y cinco de la mañana, la sala de reuniones olía a café recién hecho y a mucho miedo. Mi equipo ya había puesto las pantallas y ordenado todos los papeles con las cuentas. Los jefes iban llegando poco a poco, con caras muy cansadas y sonrisas forzadas; sabían que conmigo no se iba a salvar nadie de lo que estaba mal hecho.

A las ocho en punto se abrió la puerta. Entró Braxton con un traje gris que le quedaba perfecto. Pero no miraba las pantallas ni a los que lo saludaban con respeto: sus ojos azules me buscaron a mí de inmediato.

—Muy puntual, señor Partridge —le dije, preparando mi puntero sin darle más importancia—. Siéntese. Vamos a empezar revisando lo que ha pasado con las compras de la empresa.

Braxton no dijo nada. Se sentó en la cabecera de la mesa, cruzó las piernas con calma, pero no dejó de mirarme cada cosa que hacía. Durante dos horas fui mostrando todo lo que estaba mal: facturas que estaban repetidas, contratos con gente que no existía y dinero que se había ido sin dejar rastro, todo hecho por los jefes de antes. Mi voz no tembló ni un momento; cada número que decía era una prueba clara de lo mal que habían manejado todo.

Cuando terminé de explicar todo, en la sala se oía un ruido fuerte de murmullos.

—Tienen hasta las dos de la tarde para traerme los papeles que justifiquen todo este dinero —dije apagando la pantalla—. El que no me traiga lo que pido, dejará de trabajar de inmediato.

Todos salieron corriendo de la sala, dejando papeles tirados y hablando entre ellos muy rápido. Me quedé sola con Braxton, guardando mi computadora con mucha calma.

—Eres increíble, Luna —dijo él de repente, rompiendo el silencio con voz muy baja y suave—. Siempre lo fuiste, aunque mi madre intentara hacer creer a todo el mundo que solo eras alguien que no servía para nada.

Me quedé quieta un instante antes de cerrar mi maletín.

—No necesito que me digas cosas bonitas, Braxton. Lo que necesito son los papeles que tu gente de las finanzas se está guardando.

Él se levantó y caminó despacio hacia mí, rodeando la mesa paso a paso.

—Ayer no pude dormir nada —me confesó, parándose muy cerca de mí. Se le notaba el cansancio bajo los ojos, algo que nunca mostraba ante nadie—. Me quedé pensando en tu cara cuando viste tu teléfono. No era miedo por el trabajo. Era miedo por algo personal. Luna... ¿quién es Mateo?

Sentí un escalofrío que me recorrió toda la espalda. El aire se puso pesado, pero me obligué a levantar las cejas como si no entendiera nada.

—¿Te pusiste a mirar mi teléfono? —le pregunté, poniéndome seria para cambiar de tema.

—Lo tenía justo delante —respondió él, acercándose todavía más hasta que casi podía sentir su aliento en mi cara—. Decía algo de un niño. Mateo. Dijiste que no me importaba, pero si me estás escondiendo algo...

—¿Esconderte algo? —lo interrumpí con una risa fría y amarga—. Braxton, tú no me debes nada y yo no tengo por qué explicarte mi vida. Lo que haga fuera de estas horas de trabajo es cosa mía. No tienes ningún derecho a preguntarme como si yo todavía fuera tu esposa.

—¡Pero sigo siendo el hombre al que dejaste destrozado! —gritó él, y de repente me agarró suavemente de los brazos. Su contacto me quemó la piel y me hizo sentir cosas que luché con todas mis fuerzas por ocultar—. Cuatro años, Luna. ¿Apareces de la nada con tu vida hecha y con secretos, y pretendes que a mí no me importe nada? Si ese niño es...

—Ese niño es mi familia —le dije mirándolo fijamente a los ojos con tanta fuerza que él se quedó dudando—. La única familia que tengo y a la que cuidaré con mi vida. Y si vuelves a pasarte de la raya en lo que tenemos que hacer, no esperaré los tres meses, Braxton. Me iré hoy mismo y dejaré que tu empresa se vaya a la quiebra.

Braxton fue soltándome despacio, como si solo la idea de que me fuera lo dejara sin fuerzas. En sus ojos se notaba claramente que empezaba a sospechar cosas, una duda que ya no se le iba a quitar de la cabeza. Sabía que un hombre con su dinero y su poder no tardaría en empezar a investigar por su cuenta. El tiempo se me estaba acabando.

En ese mismo momento, la puerta se abrió sin que nadie tocara. Entró una mujer alta, muy elegante y con la cabeza muy alta, haciendo sonar sus tacones fuertemente contra el suelo.

—Braxton, cariño, en la entrada me dijeron que estabas aquí —dijo Julianna Partridge, su madre, la misma que había inventado todas las mentiras que destruyeron mi matrimonio hace años.

En cuanto me vio, su sonrisa se quedó congelada. Me miró con mucho desprecio.

—¿Tú? —dijo con asco, mirando a su hijo como si hubiera visto algo terrible—. ¿Qué hace esta mujer que solo busca dinero en nuestra oficina?

Sonreí de lado, acomodando mi bolso con mucha calma mientras pasaba entre los dos.

—Hago el trabajo que ustedes no supieron hacer, señora Partridge —le respondí con mucha frialdad—. Nos vemos a las dos de la tarde, señor director. Y espero que para entonces tenga todas las cuentas claras.

Salí al pasillo con el corazón latiéndome muy rápido, saqué mi teléfono y le escribí a mi asistente:

«Prepara un avión privado para mí dentro de ochenta días. Y cambia de guardería a Mateo. Braxton ya sabe su nombre».

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