เข้าสู่ระบบPOV Luna
El sonido fuerte de los tacones de Julianna Partridge contra el suelo de mármol se escuchó en toda la sala, como cuando una serpiente hace ruido antes de atacar. Hace cuatro años, solo de verla me habría encogido de miedo y habría bajado la cabeza. Todavía recuerdo su voz en este mismo piso, llamándome interesada, diciendo que yo solo quería dinero y acusándome de contar secretos de la empresa a la competencia. En ese entonces yo no tenía poder ni a nadie que me defendiera. Hoy, sus palabras me parecían tan inútiles como el polvo que se levanta al pasar. —¿Qué hace esta mujer aquí, Braxton? —repitió ella, dando dos pasos fuertes hacia nosotros. Su cara, muy arreglada por cirugías, estaba rígida por el asco—. Dime que no has hecho la tontería de traer a esta... a esta aprovechada de vuelta a nuestra casa. Braxton no se movió ni un pelo. Dio un paso adelante y se puso entre su madre y yo. Fue un movimiento rápido, como si quisiera cuidarme, pero yo no me dejé engañar por ese gesto que llegaba demasiado tarde. —Luna no es una invitada, madre —le dijo con una voz tan fría que parecía cortar el aire—. Es la encargada que eligieron los dueños para revisar todas las cuentas. Y te pido que tengas cuidado con lo que dices aquí. Julianna soltó una risa ahogada, llena de rabia. —¿Revisar cuentas? ¿Ella? ¡Ya nos hizo daño una vez, Braxton! ¿Es que has perdido el juicio? Ella se fue porque sabía que la habíamos descubierto. Huyó como la cobarde que es. Sentí una vieja rabia arder en mi pecho, pero mantuve una sonrisa fría y tranquila. Me acomodé el bolso al hombro y di un paso hacia ella, mirando a los ojos a la mujer que había destruido la única casa que creí tener. —Se equivoca, señora Partridge —le dije, hablando despacio para que cada palabra se entendiera bien—. Me fui porque no quería perder mi dignidad en un lugar lleno de gente mala. Y no renuncié a nada; pedí el divorcio para alejarme de su hijo y de todo lo sucio de su apellido. Hoy no estoy aquí como la nuera que aguantaba todo. Estoy aquí como la profesional que decidirá quiénes de ustedes tendrán que ir a la cárcel por robar dinero. Los ojos de Julianna se abrieron muy grandes. Por primera vez en su vida, no supo qué decir. —Nos vemos a las dos de la tarde para revisar todo, señor Partridge —dije mirando de reojo a Braxton—. Y asegúrese de que su madre no toque los papeles de la empresa. Sería muy malo para ella si descubrimos cosas raras en sus obras de caridad. Sin esperar respuesta, pasé por su lado con la cabeza bien alta. Dejé atrás el olor fuerte de su perfume caro y caminé rápido hacia los ascensores. En cuanto se cerraron las puertas y me quedé sola, solté todo el aire que tenía guardado. Mis manos temblaban un poco. Me apoyé en el espejo del ascensor y cerré los ojos. No era por Julianna. Era por lo que Braxton me había preguntado hace un rato. «¿Quién es Mateo?» Saber que ese nombre ya estaba en su cabeza me dio mucho miedo. Braxton era un hombre que no se detenía ante nada, tenía mucho dinero y conocía a mucha gente importante. Si mandaba a alguien a buscar en los registros o a la guardería, en un par de días sabría la verdad: que Mateo era un niño de tres años, con el pelo un poco revuelto y los mismos ojos azules que él. Saqué el teléfono y le escribí rápido a mi asistente de confianza: «Paga tres meses por adelantado en la guardería de Mateo. Cambia quiénes pueden venir a buscarlo y quita mi dirección de todos los papeles. Braxton ya está preguntando por él». Me respondió en menos de un minuto: «Ya lo hice. Pero Luna, si él contrata a alguien muy bueno para investigar, no podremos esconderlo mucho tiempo aquí». Apreté los dientes. Tenía tres meses para salvar su empresa, cobrar el dinero que le daría a Mateo un futuro seguro y salir del país para vivir en otro lugar. No podía dejar que Braxton arruinara todo. Cuando el ascensor llegó a la planta baja, fui hacia la cafetería para tomar un té que me calmara. Pero apenas había caminado unos pasos, una mano fuerte me agarró del brazo y me llevó con suavidad pero sin dejarme decir nada hacia una habitación donde guardaban papeles viejos, un lugar apartado y sin cámaras. La puerta se cerró con un sonido seco. —¿Estás loco, Braxton? —le grité, soltándome de su mano y dándome la vuelta para mirarlo en la penumbra. Él se puso delante de la puerta y apoyó una mano en la pared, justo al lado de mi cabeza. Su cara estaba muy cerca de la mía; podía sentir que respiraba rápido y que estaba lleno de rabia contenida. —No voy a dejar que mi madre te hable así —me dijo con voz ronca y baja, tan intensa que me dejó sin aire—. Pero tampoco quiero que me mires como si fuera tu enemigo, Luna. ¿Crees que no me doy cuenta de cómo te pones cada vez que miras tu teléfono? Estás escondiendo algo. O huyendo de algo. —No huyo de nada —le mentí, mirándolo con fuerza—. Solo estoy cuidando mi vida de tu familia. —¿Y qué hay de la mía? —preguntó él, acercándose tanto que casi rozaba sus labios con los míos, con mucha desesperación—. Me dejaste vacío, Luna. Durante cuatro años pensé que te perdí porque no fui capaz de cuidarte de las mentiras de mi madre. Y ahora que estás aquí, me tratas como si fuera un monstruo. Si hay algo que debo saber... dímelo. Pídeme ayuda, exige lo que quieras, pero no me dejes sin saber la verdad. El calor de su aliento cerca de mi boca me hizo sentir algo muy fuerte, y tuve que clavarme las uñas en las manos para no dejarme llevar. Era muy fácil abrazarme a él, llorar y decirle que nuestro hijo tenía sus mismos ojos. Pero de repente recordé cómo me había dejado sola hace cuatro años, y sentí como si me hubieran echado agua fría encima. —Ya es demasiado tarde para eso, señor director —le dije bajito al oído, tocando su corbata solo para empujarlo con fuerza hacia atrás—. Tu oportunidad de cuidarme se acabó el día que dejaste que tu madre me echara a la calle. Ahora quítate. Tengo que preparar una reunión. Braxton se quedó quieto, mirándome cómo salía de la habitación con la cara de alguien que acaba de entender que la mujer que ama ya no le pertenece... pero que está dispuesto a buscar por todo el mundo hasta saber por qué.POV LunaA las dos de la tarde exactas, la sala de reuniones parecía un juicio donde ya se sabía el fallo. Los diez jefes principales estaban sentados muy quietos, rodeados de todos los papeles y pruebas que yo misma había mandado preparar. Julianna Partridge estaba en el lado más lejano de la mesa, mirándome con un odio tan fuerte que parecía capaz de congelarlo todo. Braxton, en cambio, estaba en la cabecera, y no dejaba de mirarme a mí con sus ojos azules, como si nadie más existiera en la habitación.—Señores —empecé diciendo, mientras en la pantalla grande aparecían todas las cuentas—, esos cincuenta millones de dólares que faltan no fueron un error ni una mala racha. Fue un robo planeado durante tres años seguidos.Todos empezaron a murmurar asustados.—Eso es algo muy grave que dices —dijo el jefe de finanzas, sudando mucho—. Demuéstralo antes de decir mentiras sobre nosotros.—Tienen la prueba en la página catorce de lo que les di —les respondí con mucha calma—. Hay tres empre
POV LunaEl sonido fuerte de los tacones de Julianna Partridge contra el suelo de mármol se escuchó en toda la sala, como cuando una serpiente hace ruido antes de atacar.Hace cuatro años, solo de verla me habría encogido de miedo y habría bajado la cabeza. Todavía recuerdo su voz en este mismo piso, llamándome interesada, diciendo que yo solo quería dinero y acusándome de contar secretos de la empresa a la competencia. En ese entonces yo no tenía poder ni a nadie que me defendiera. Hoy, sus palabras me parecían tan inútiles como el polvo que se levanta al pasar.—¿Qué hace esta mujer aquí, Braxton? —repitió ella, dando dos pasos fuertes hacia nosotros. Su cara, muy arreglada por cirugías, estaba rígida por el asco—. Dime que no has hecho la tontería de traer a esta... a esta aprovechada de vuelta a nuestra casa.Braxton no se movió ni un pelo. Dio un paso adelante y se puso entre su madre y yo. Fue un movimiento rápido, como si quisiera cuidarme, pero yo no me dejé engañar por ese ge
POV LunaA las siete y cincuenta y cinco de la mañana, la sala de reuniones olía a café recién hecho y a mucho miedo. Mi equipo ya había puesto las pantallas y ordenado todos los papeles con las cuentas. Los jefes iban llegando poco a poco, con caras muy cansadas y sonrisas forzadas; sabían que conmigo no se iba a salvar nadie de lo que estaba mal hecho.A las ocho en punto se abrió la puerta. Entró Braxton con un traje gris que le quedaba perfecto. Pero no miraba las pantallas ni a los que lo saludaban con respeto: sus ojos azules me buscaron a mí de inmediato.—Muy puntual, señor Partridge —le dije, preparando mi puntero sin darle más importancia—. Siéntese. Vamos a empezar revisando lo que ha pasado con las compras de la empresa.Braxton no dijo nada. Se sentó en la cabecera de la mesa, cruzó las piernas con calma, pero no dejó de mirarme cada cosa que hacía. Durante dos horas fui mostrando todo lo que estaba mal: facturas que estaban repetidas, contratos con gente que no existía y
POV LUNAEl despacho principal del piso cincuenta de Partridge Corp no había cambiado ni un solo detalle en estos cuatro años. Seguía ahí esa gran mesa de madera oscura y brillante, las ventanas enormes que iban desde el suelo hasta el techo, desde donde se veían todos los edificios iluminados de la ciudad. Y también seguía ese olor particular a madera fina, cuero y un vino fuerte y caro que parecía haberse quedado grabado en las paredes.Hace años, este lugar me hacía sentir mucha admiración y respeto. Yo solía sentarme en el sofá de cuero que está en una esquina, esperando en silencio durante horas a que Braxton terminara sus llamadas de trabajo. A veces solo me regalaba una sonrisa cansada o me daba un beso rápido en la frente, y luego volvía a ocuparse de sus cosas. Yo era entonces la esposa que nunca se quejaba, la mujer que pasaba desapercibida y que se acomodaba a sus horarios y a la sombra de todo lo que él tenía.Hoy todo es muy distinto. Me senté en su silla principal, apoyé
POV LUNAHace cuatro años salí de esta misma sala de juntas hecha pedazos. Todavía recuerdo perfectamente cómo tenía las manos heladas, cómo las lágrimas no dejaban de caerme y arruinaban todo mi maquillaje, y cómo me temblaban tanto los dedos que casi no podía agarrar mi bolso. Allí dentro, muy escondida, llevaba la primera ecografía de mi hijo. Ese día no solo perdí a mi marido y mi matrimonio; perdí también mi dignidad y todo ese futuro bonito que creía que íbamos a construir juntos.Hoy, al volver a cruzar esa gran puerta de madera, lo único que ha cambiado es que ya no tengo nada más que me puedan romper.Me acomodé bien el saco de mi traje blanco y caminé con paso firme por encima de la alfombra gruesa. En el piso cincuenta de Partridge Corp el aire siempre huele a mucho dinero y poder, pero hoy se sentía distinto: se respiraba miedo por todas partes. Todos los hombres de la junta me miraban en silencio absoluto, con las caras pálidas y muy preocupados. Su gran empresa se estaba







