LOGINIris
Musa Enmascarada.
El nombre de usuario se veía tan claro como el día, junto con la imagen de adelanto de mi rostro enmascarado y mis hombros desnudos, salvo por el tenue indicio de encaje justo donde quedaba cortado mi pecho. «Un pequeño adelanto de lo que vendrá después» lo había llamado cuando subí la foto.
Era visible. La notificación de la transmisión de esta noche seguía brillando en la parte superior.
Oh, Dios.
El calor me inundó las mejillas. Caí de rodillas, agarré el teléfono y lo estreché contra mi pecho como si eso pudiera hacerlo desaparecer.
—Lo siento muchísimo, p-profesor. Eso fue… No sabía qué decir. Mi voz apenas se mantenía firme.
No dijo nada, pero su sola presencia resultaba imponente mientras se alzaba sobre mí en el tranquilo pasillo. Podía sentir el peso de su mirada sobre la coronilla de mi cabeza, intensa e ilegible.
A la m****a.
Me puse de pie, manteniendo la cabeza gacha.
—Disculpe. Que tenga un buen día, señor —murmuré, añadiendo la última parte por pura educación mientras, en contraste, pasaba apresuradamente junto a él con bastante menos educación.
Mis piernas se movieron en piloto automático, alejándome tan rápido como podía sin llegar a correr. No me detuve ni siquiera al salir del edificio, ignorando las miradas que recibía. Solo reduje el paso cuando llegué a la fuente del campus.
El fresco aire nocturno golpeó mi piel acalorada. Sentada sobre las losas de piedra, todavía me temblaban las manos mientras aferraba con fuerza el teléfono. Sentía el cuerpo ardiendo por el esfuerzo, pero el verdadero fuego era la vergüenza que me abrasaba el rostro.
Lo había visto.
El profesor Dmitri Sterling había visto mi secreto al descubierto en aquella pantalla. La única cosa que había mantenido oculta de todos en Hawthorne.
¿Qué pasaría si me denunciaba?
—No lo sabe. Probablemente piensa que es un canal de vídeos cualquiera —me susurré, solo para soltar un resoplido ante la idea.
Me habría engañado a mí misma de no ser por la sugerente imagen que aparecía en primer plano y la notificación que mostraba claramente el sitio «Camgirlbeauties.com».
Maldita sea.
Cerré los ojos con fuerza y respiré profundamente.
Estaba bien. En el campus también era conocido por su actitud tranquila y distante, y jamás respondía a los coqueteos de estudiantes o profesores por igual. Estaba completamente absorto en la academia.
Probablemente ni siquiera sabía qué significaba el sitio o qué era una camgirl. Era demasiado joven, demasiado exitoso como para saber de esas cosas. ¿Qué edad tenía otra vez? ¿Treinta?
Un escalofrío me recorrió ante el breve recuerdo de su rostro y del cuerpo firme y tonificado contra el que había chocado. Parecía tan maduro, y no de una manera desagradable.
—Basta —sacudí la cabeza.
No importaba. No se había quedado mirándolo mucho tiempo. No sabía qué era. Y DEFINITIVAMENTE no sabía que me pertenecía a mí.
¿Verdad?
…
Llegué al edificio de mi residencia cuando cayó la noche. En cuanto entré en la habitación, Jean, mi compañera de cuarto y mejor amiga, levantó la mirada desde el sofá, con los ojos brillando de emoción.
—¡Has vuelto tan temprano! Vamos, suelta todo. ¿Cómo fue la cita sorpresa? ¿Caleb te dejó sin aliento?
No pude siquiera sonreír. Dejé el bolso en el suelo y me dejé caer junto a ella, enterrando el rostro entre las manos.
—No hubo ninguna cita —dije. Cuando volví a mirarla, Jean estaba incorporada, con el rostro serio.
—Iris, ¿qué pasó?
Se lo conté todo. La conversación que había escuchado fuera del aula. La apuesta, la verdad detrás de las intenciones de Caleb, cómo me había llamado aburrida, remilgada, fácil una vez que consiguiera quebrarme y cómo pensaba cobrar los cinco mil dólares y humillarme en el proceso.
Mi voz se mantuvo plana y fría durante todo el relato. Mi consideración por él, igual que mis sentimientos, se había congelado. Jean, en cambio, parecía dispuesta a cometer un asesinato. Desde el sofá, comenzó a caminar de un lado a otro por nuestra sala común.
—Ese cabrón —siseó, cruzando la habitación y atrayéndome en un abrazo apretado—. Lo siento muchísimo, Iris. Te mereces mucho más que un niño rico consentido de una fraternidad. Olvídalo. Eres demasiado buena para esas tonterías.
La abracé de vuelta, agradecida por su calidez. Jean era la única persona que conocía todos mis secretos, la única amiga de verdad que tenía en aquella universidad tan despiadada. Durante los últimos tres años, habíamos sido el mayor apoyo la una de la otra.
Ojalá pudiera quedarme disfrutando de su consuelo, pero aún no había terminado.
—Hay más —murmuré, apartándome. De frente a ella, le conté el resto de la humillante historia. Su expresión se abrió de par en par y palideció al mismo tiempo en cuanto terminé.
—Oh… Dios mío —dijo con expresión atónita. No me sorprendió su reacción y asentí en solidaridad.
—Salí corriendo de inmediato. Espero que de verdad no se fijara en ello. O quizá no se dio cuenta de lo que era. Pero, joder, no lo sé. ¿Y si sí?
—Relájate, cariño —Jean hizo un gesto despectivo con la mano, aunque sus mejillas se habían puesto un poco rosadas—. El profesor Sterling es un monje sexy. Es frío, reservado y va a lo suyo. No creo que reconozca nada que no venga con un marcapáginas. Estás a salvo.
Sus palabras reafirmaron lo que yo misma había pensado y dejaron que la duda desapareciera. Me relajé en el sofá cuando ella se acomodó a mi lado.
—Aun así… joder —suspiró soñadoramente—. Dejando las circunstancias a un lado, de cerca está todavía más bueno, ¿verdad? Esa mandíbula. Esos ojos. Juro que medio campus fantasea con que les dé clases particulares. Qué pena que prefiera los libros aburridos. Un desperdicio de semejante espécimen, diría yo.
El calor me inundó las mejillas al recordar aquellos ojos grises justo antes de que comenzara la humillación. La forma en que me habían mirado en aquel segundo fugaz, fríos, pero atravesándome de lado a lado, hizo que el calor se elevara entre mis piernas.
Todo un desperdicio.
Me obligué a salir de aquellos pensamientos y me puse de pie, estirándome.
—Necesito entrar —señalé la puerta de mi dormitorio— para refrescarme antes de… ya sabes.
Jean lo entendió de inmediato y me guiñó un ojo.
—Buena suerte con la transmisión de esta noche. Gana ese dinero, reina. Me pondré los auriculares para no escuchar a escondidas.
—Gracias, Jean —sonreí levemente mientras reparaba en la hora.
…
Horas después de refrescarme, estaba lista.
Mi habitación estaba a oscuras, salvo por unas luces de neón colocadas estratégicamente, con las cortinas cerradas para preservar mi privacidad. La residencia estaba en silencio y el reloj había pasado de la medianoche. Con la máscara puesta y la cámara lista, dejé que el peso del día se asentara sobre mí.
De día era Iris Williams, la estudiante distante de sobresalientes que, sobre el papel, lo tenía todo. Inteligencia, belleza, una beca y una reputación impecable y respetable en la Universidad de Hawthorne. Nadie sabía cuánto luchaba realmente por mantener estable mi vida.
La beca de Hawthorne era, hay que admitirlo, generosa: cubría mi matrícula, alojamiento y atención médica durante toda mi permanencia allí. Pero no cubría todo lo demás. El transporte, las comidas adecuadas, las contribuciones estudiantiles obligatorias e incluso los libros de texto. Y todo costaba una fortuna; hasta los libros más baratos tenían precios de artículo de lujo.
Cada gasto dejaba enormes agujeros que amenazaban con tragármelo todo. Pero había encontrado una salida.
Y así, por la noche, me convertía en la Musa Enmascarada, una camgirl anónima.
Miles de espectadores se conectaban desde detrás de sus pantallas, pagando por verme provocar, tocarme y perderme en un placer controlado.
No era lo ideal, pero hacía tiempo que había dejado de importarme. Me mantenía a flote. Y, más importante aún, me daba poder. Tener a la gente esperándome, observándome, sabiendo que no podían tenerme, me producía una emoción como ninguna otra. Era adictivo y excitante hasta límites inimaginables. Mi único consuelo cuando el resto de mi vida se sentía como una lucha por sobrevivir.
Pero entre los miles de seguidores, había uno cuya presencia esperaba con más ganas que la de los demás.
Ajusté por última vez la máscara de encaje negro sobre los ojos y respiré profundamente antes de pulsar el botón para iniciar la transmisión.
Este era mi escenario y había llegado la hora del espectáculo.
—Hola a todos —dije, dejando que mi voz descendiera hasta adquirir ese tono sensual que tanto les gustaba a mis habituales—. Vuestra Musa os ha echado de menos esta noche.
Comencé a provocarlos. Mis dedos trazaron círculos perezosos sobre mi piel color moca, deslizándose bajo los finos tirantes de mi camisola y dejando que uno de ellos resbalara por un hombro. Arqueé la espalda, dejando que la cámara captara la curva de mis pechos mientras deslizaba las manos por mi abdomen.
—Os gusta eso, ¿eh? —sonreí de lado cuando apareció una gran donación—. Qué chicos tan traviesos. Ni siquiera he empezado todavía.
Lentamente, dejé que mi mano jugueteara con mi tanga de encaje, gimiendo al sentir la humedad que se deslizaba por debajo. Gemidos suaves escaparon de mis labios mientras leía los mensajes entrantes, sonriendo ante la habitual avalancha de cumplidos y propinas.
Pero algo no iba bien.
Mientras provocaba a los espectadores, miré con atención entre el grupo de personas que estaban viendo la transmisión. Él no estaba allí.
DomDevoto no había enviado nada. Ni un mensaje. Ni una gran propina como solía hacer durante los primeros minutos.
Su ausencia hizo que frunciera el ceño bajo la máscara. Siempre estaba allí, observando y pagando. Su silencio de esta noche era extraño.
Aun así, tenía que concentrarme. Aparté el pensamiento y bajé más la mano, provocando el borde de mis bragas mientras mis caderas se mecían suavemente.
—¿Debería quitármelas? —exhalé—. Pero sería demasiado fácil, ¿no? Tienes que suplicarlo. Ganártelo. Esta concha ha estado descuidada durante tanto tiempo por tu culpa. Lleva todo este tiempo esperándote.
El calor aumentó entre mis muslos mientras imaginaba unas manos fuertes sujetándome en lugar de las mías. Dejé escapar un suspiro entrecortado, con los ojos entrecerrados mientras rodeaba la zona con los dedos y descendía en círculos hasta sentir el clítoris.
Entonces mi bandeja de entrada privada emitió un sonido.
El corazón me dio un vuelco en mitad de la provocación. Eché un vistazo y supe de quién se trataba.
Sin embargo, no esperaba sus palabras.
«DomDevoto: Apaga la transmisión. Videollamada privada. Ahora.»
IrisEsas palabras casi me llevaron al límite.A diferencia de lo que sugería mi ocupación, técnicamente todavía era virgen. Nunca había tenido sexo. Mi única experiencia había sido a solas y, más tarde, cuando empecé a hacer transmisiones en vivo.Había usado muchas cosas, incluidos juguetes para las transmisiones en vivo. Juguetes que, irónicamente, algunos habían sido comprados por él.Pero nunca antes había sentido los dedos de otra persona presionando contra mí hasta ahora.El peso cálido de sus dedos se asentó entre mis pliegues, presionando ligeramente, pero sin hacer nada más. Bien podría haber estado
IrisEl nuevo término me hizo estremecer involuntariamente. Sabía exactamente a qué se refería, aunque no quería creerlo.De cerca, nuestras respiraciones se mezclaron. Su aliento rozó mi piel, acercando su rostro antes de deslizarse hasta rozar mis orejas.—Eres una estudiante de honor, capaz de conseguir una beca completa solo con pura fuerza de voluntad —murmuró—. Alguien tan inteligente como tú no necesita pensar en la respuesta cuando la he hecho tan obvia. Eres jodidamente brillante.Una sacudida de emoción me recorrió ante el elogio. Los infinitos ecos de mi imaginación se deslizaron como meras imitaciones de lo real.«Brillante. Chica l
IrisMi mente iba a mil por hora, igual que mi corazón, pero no se me ocurría ninguna solución. Estaba, a todos los efectos, atrapada.—Profesor Sterling, ¿qué está haciendo? —pregunté, manteniendo la formalidad y fingiendo ignorancia—. Esto es inapropiado.Mi corazón latía a toda prisa, pero mantuve mi expresión neutral, aunque mi voz temblaba. Si actuaba bien, si fingía indiferencia, tal vez las cosas serían diferentes.—¿Ah, sí? —Su voz fue un ronroneo grave que me provocó un escalofrío por la espalda. Mi mente viajó al instante a mi sueño y a los recuerdos de aquella transmisión en vivo.
IrisHacía tiempo que su rostro, junto con toda la seguridad que había mostrado, había caído por completo, dejando solo la ira y la humillación apenas contenidas. Su amigo farfulló a su lado, pero estaba igual de incapaz de responder. En lugar de volver la mirada de inmediato, la dirigí hacia la joven que estaba junto a él y levanté una ceja.—Por cierto, buena suerte con él —solté.—Que te jodan —escupió ella, pero el sonrojo de vergüenza en su rostro era imposible de ocultar.Lo que sea, pensé. Yo no era ninguna salvadora, ni me importaba demasiado. Quienes se quedaban con él sabían perfectamente en qué se estaban metiendo.Volví a mis libros para despejar la mente. Apenas me
IrisCuando llegué a clase, mis pasos se detuvieron.Por lo visto, el mundo realmente se había puesto en mi contra ese día porque, a lo lejos, en uno de los asientos del centro del aula, estaba sentado Caleb.No se veía muy diferente de la última vez que lo había visto. Su cabello rubio seguía llevando aquel molesto corte degradado bajo, típico de chico de fraternidad, que hacía que pareciera aún más gilipollas, pero eso era de esperar.Estaba sentado con un amigo que no era Brandon a su lado y otra chica —una pelirroja esta vez— apoyada contra su otro hombro.Eran el centro de atenció
Iris—Sí.Jadeé entre el calor sofocante, conteniendo un gemido. Sentí que los ojos se me ponían en blanco ante el placer abrasador que me recorría en oleadas.Bajo el difuso resplandor de los neones, conseguí abrir los ojos. Una mata de cabello oscuro estaba oculta entre mis muslos, brillante bajo las luces. Su aliento caliente y pesado me golpeaba los muslos y el clítoris. Me habría apartado de aquella sensación abrumadora si no fuera por sus manos, que rodeaban mis muslos como jaulas.Todo era tan cálido… y húmedo… y… joder.—&i







