MasukValery Roswell necesita escapar de una familia tóxica que solo sabe utilizarla. Su única salida es conseguir un buen empleo. Lo que no imagina es que su nuevo jefe será el hombre más arrogante, insoportable y atractivo que ha conocido. Isaac Dawson, poderoso CEO de una importante compañía, no tolera los errores ni las insolencias de su nueva asistente, pero Valery tiene demasiado carácter para dejarse intimidar. Entre discusiones, provocaciones y miradas cargadas de deseo, la tensión entre ambos se vuelve imposible de ignorar. Sin embargo, Isaac enfrenta una amenaza mucho mayor: su hermano conspira para arrebatarle la empresa. Necesita una esposa que lo ayude a proteger sus intereses. Valery, por su parte, necesita dinero y protección para librarse de su familia. La solución parece sencilla: un matrimonio por contrato. La única regla: nada de amor. Pero compartir el mismo techo, fingir una relación perfecta y soportar una atracción cada vez más intensa convierte el acuerdo en un peligroso juego de celos, deseo y sentimientos prohibidos. Que empeora cuando un embarazo inesperado rompe las reglas del contrato.
Lihat lebih banyakLa lluvia caía de forma copiosa cuando Valery bajó del bus. Intentó cubrirse la cabeza con su maletín, pero igual el agua chorreaba de sus cabellos oscuros y lisos hacia su ropa empapándola por completo.
Al llegar a su casa, entró con premura, siendo sorprendida en medio de la oscuridad apenas puso un pie dentro.
La tomaron con rudeza del cuello y la estamparon contra la pared logando que soltara todas sus cosas.
—Buenas noches, preciosa ratoncita. Que gusto volver a vernos.
Ella abrió sus ojos en toda su extensión mientras estos brillaban por el miedo.
—¿Billy? ¿Qué haces…? —preguntó con la voz entrecortada por una mezcla de terror y desconcierto. Además, el hombre la apretaba el cuello complicándole la respiración.
—¿Quieres saber cómo salí de la celda a la que tú me enviaste? —habló con burla y tomó la solapa de la chaqueta de su traje y la delgada blusa que llevaba puesta jalándola con brutalidad.
Las prendas se rompieron y expusieron los senos de la mujer, apenas cubiertos por un sujetador delgado con la tela tan húmeda que dejaba a la vista sus pezones sonrosados y endurecidos por el frío.
Billy se relamió los labios mirando, con una locura ansiosa, el cuerpo que desde hacía mucho tiempo quería devorarse.
Valery comenzó a forcejear con desesperación.
—¡Quieta, ratoncita! —ordenó él, apretando más el cuello de ella e inmovilizándola contra la pared—. ¿Pensaste que no vendría a reclamar lo que me pertenece? —dijo, y metió su otra mano bajo la falda para tocar sus partes íntimas por encima de la tela de la tanga.
Valery siguió con su lucha, buscando arañarle la cara, pero, en medio de una risa mordaz, la mano del hombre apartó la tanga y estaba a punto de penetrarla con los dedos cuando alguien lo detuvo y encendió la luz de la sala.
—¡Billy! ¡Quítale las manos de encima o dejaré que los Contreras te disciplinen!
Él gruñó y mostró sus dientes amarillentos como si fuese un perro furioso. Giró el rostro para ver con desprecio a la mujer parada en la puerta de la cocina. Sacó la mano de entre las piernas de Valery y aligeró un poco el agarre de su cuello aunque no se alejó.
Ella detuvo su lucha al escuchar la voz de su madre. Aprovechó que Billy relajó la presión en su cuello para boquear por aire.
—Dijiste que tendría mi oportunidad con ella —mascó el hombre, con su atención puesta en Amaranta, atento a cada uno de sus movimientos.
—Sí, pero hoy no —dictó la mujer—. Suelta a mi hija y apártate de ella que necesito hablarle.
Billy volvió a gruñir y mostrar los dientes, aclarando no estar de acuerdo con esa exigencia, pero Amaranta se mantuvo firme y alzó más el mentón, con soberbia, como una reina recordándole a su miserable servidor cuál era su puesto.
Aunque él era un tipo con una gran fuerza y destreza, siendo capaz de rebanarle la garganta en segundos para que no siguiera interrumpiendo su diversión, ella ahora tenía el control de su vida.
Si no la obedecía, los Contreras y toda su organización criminal caerían sobre él aplastándolo en segundos.
Para no sentirse tan frustrado, giró el rostro de nuevo hacia Valery y movió la mano del cuello de la chica hacia su cara, para acariciarle la mandíbula. Se inclinó aspirando el aroma a lluvia que tenía su piel.
—Hoy no, ratoncita, pero pronto nos veremos de nuevo y de esa nadie te salvará —le susurró al oído antes de lamer su mejilla.
Ella hizo una mueca de asco y esquivó su boca para evitar que él la alcanzara. Billy la soltó dejándola caer al suelo y se apartó hasta un sofá ubicado cerca de una ventana sacando su cajetilla de cigarro.
Amaranta se acercó a Valery viendo como su hija tosía y boqueaba por oxígeno. Hizo señas a un sujeto de tez morena y facciones latinas que observaba con expresión de fastidio la situación desde la cocina. Él se movió con rapidez y tomó el maletín de la joven para revisarlo.
—Deja de exagerar y mírame. —Valery alzó el rostro para observar a su cruel madre a través de la cortina de sus cabellos húmedos—. Tuviste ese recibimiento por haberte atrevido a denunciar a Billy con la policía.
—¡Él es el verdadero responsable del crimen por el que inculpan a mi padre!
—Eso no importa. Si no sigues las reglas, la pasarás cada vez peor. Y tu padre también —amenazó Amaranta.
Valery miró a su madre con odio, sabiendo que había sido ella quien ordenó que le dieran una paliza a su padre en prisión llevándolo al hospital, como castigo por su error.
Pensó que denunciando a Billy lograría destapar la verdad sobre lo sucedido y beneficiar al hombre, pero lo que hizo fue empeorar su situación.
—¡Eres una bruja! —gritó, superada por la rabia, pero Amaranta le dio un fuerte golpe en el rostro haciendo que se ovillara más en el suelo y de su nariz saliera un hilo de sangre.
—Solo hay esto, señora —reveló el moreno que había revisado el maletín mostrando unos pocos billetes de alta denominación.
—¡¿Eso es todo lo que conseguiste?! —preguntó Amaranta hacia su hija con indignación.
—¡Eso es todo mi sueldo!
—Pues, entonces, tendrás que buscarte otro empleo, porque el que tienes ahora no te da lo suficiente. —La apresó por los cabellos para alzarle la cabeza y así obligarla a verla a los ojos—. Si quieres que tu padre viva mientras esté en la cárcel debes entregar más.
—Él no tuvo la culpa de ese robo —porfió Valery entre lágrimas.
—Alguien tiene que pagar mientras el problema se resuelve —expuso la mujer con desinterés incorporándose para dirigirse hacia la puerta.
—¿Hasta cuándo estará allí? —exigió Valery con furia y quiso ponerse de pie para enfrentar a su madre, pero el moreno sacó una pistola y apuntó hacia su cabeza, inmovilizándola.
—Hasta que Jaime Contreras así lo decida —reveló Amaranta con calma—. Mientras tanto, paga para que él esté bien. Si lo quieres vivo, entonces, necesitarás un mejor empleo con el que obtengas más dinero. Si te niegas, dejaremos de protegerlo.
Amaranta siguió su camino, con intención de marcharse. El moreno lanzó el maletín al suelo y la siguió guardándose el dinero en el bolsillo del pantalón y el arma tras la cinturilla.
Valery sintió la ira recorrer sus venas. Estaba harta de las humillaciones, su paciencia había llegado a su límite.
—Que bajo has caído, mamá. —Sus palabras empañadas de burla detuvieron a Amaranta—. Creíste que engañando a papá con Jaime Contreras lograrías la vida de diva que siempre habías anhelado, pero terminaste como su niña de los mandados, mientras otras brillan a su lado. Y lo peor es que estarás así por siempre, porque a ese criminal no le gustan las mujeres viejas y con grasa en la cintura.
Amaranta sintió un fuego arder en su interior. Mandó al moreno a que preparara a su hija mientras ella se quitaba el cinto de su pantalón.
El moreno se acercó con violencia a Valery y le quitó los restos de la chaqueta y la blusa, dejándola en sujetador y arrodillada frente a la mujer. Billy veía la escena cada vez más excitado.
—Te daré los golpes que tu padre nunca me dejó darte de pequeña —expresó Amaranta, antes de propinarle a su hija unos duros correazos en la espalda y en los brazos que la hicieron gritar de dolor.
Al regresar a la empresa, Valery pensó que las cosas marcharían mejor con su jefe luego de aquella reunión, pero no, Isaac Dawson siguió siendo el mismo sujeto exigente y asfixiante que todo lo pedía a medias y con días de retraso.En una ocasión, la obligó a dejar lo que hacía porque él necesitaba «para ayer» que duplicara un grueso informe que necesitaba evaluar. Ella obedeció resignada y, al estar en la fotocopiadora, se topó con un empleado de Recursos humanos que trabajaba en otra máquina duplicando diversos documentos.Él la recordó de las jornadas de entrevistas, por eso le sonrió con complicidad.—Hola, ¿cómo te ha ido con el puesto de asistente ejecutiva?Valery captó un rastro de burla en sus palabras. Eso le molestó y le recordó a Brenda, la recepcionista, y a sus amigas, quienes ansiaban que Isaac cayera para que el tal Román Dawson ocupara el cargo de CEO solo porque era muy generoso con ellas.—Muy bien, la verdad. Hoy…Tuvo intención de contarle sobre la invitación a un
Valery se obligó a mantener la calma para dar las respuestas necesarias. Procuró no pensar que tenía frente a ella a dos CEOs millonarios, poderosos y dueños de las empresas más rentables de Seattle, sino a un par de exigentes profesores universitarios ansiosos por llevarle la contraria solo para ponerla a prueba.—Danny Foods no está quebrada. El problema es que intentan venderla como una empresa estable cuando en realidad se sostiene de una deuda a corto plazo. La marca funciona, la distribución sigue siendo fuerte y todavía tienen buenos contratos regionales, pero el precio que piden fue calculado con cifras infladas.—¿Infladas, cuánto? —exigió Rebecca con el ceño fruncido.—Entre un quince y un veinte por ciento.Valery sacó el informe de su maletín y lo abrió en una página en especial.—Mire esto. Están usando inventario que casi no rota para aumentar el valor de activos. Además, movieron parte de la deuda operativa a largo plazo para que el flujo de caja pareciera más saludable
Llegaron a un restaurante elegante, discreto y exclusivo. Del tipo al que asistían grandes empresarios e inversores para tomar decisiones importantes en medio de copas de vino o platos de caviar, sin que nadie los molestara.El cliente interesado en adquirir Danny Foods era Rebecca Reynolds, una mujer alta, atractiva y sofisticada que poseía una sonrisa calculada.Al ver a Isaac, su expresión se iluminó. Enseguida se levantó de la mesa para darle un beso de apenas un toque en los labios y un abrazo apretado.Valery se detuvo a un paso de distancia mirando con cierto asombro la forma íntima y cariñosa con que se saludaron. Era evidente que entre ellos había algo más que una simple relación entre cliente y asesor empresarial.—Isaac, no sabes cuánto me alegra que hayas podido venir —expresó la mujer manteniéndose más cerca de lo necesario.—Tenemos firmado un contrato que señala ciertos privilegios. Nunca me negaría.Pero entonces, Rebecca descubrió la presencia de Valery e hizo una pau
Un par de días después, Valery llegó temprano al edificio del Grupo Estratégico con su café en mano, como lo había hecho todos esos días, pero se detuvo de golpe en la puerta de la oficina al encontrar algo inesperado: Isaac Dawson ya estaba allí.Se había quitado la chaqueta del traje y reordenó las carpetas que ella había dejado listas la noche anterior para revisarlas siguiendo el orden que a él le gustaba.—Buenos días, Valery. Hoy llegaste tarde.Ella entrecerró los ojos.—Llegué con más de cuarenta minutos de antelación, señor.—Pero no es suficiente. Ya tengo diez minutos trabajando aquí y sin mi asistente.Ella respiró hondo para llenarse de paciencia y entró dejando el café sobre el escritorio. Isaac enseguida lo tomó para darle un trago.—Bien, agenda del día —empezó, sacando su tableta de su bolso—: reunión con finanzas a las diez, llamada con proveedores a las once y treinta y revisión de contratos pendientes. Eliminé dos encuentros innecesarios de esta tarde.El hombre al






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