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Capítulo 4

Author: Isabella Solís
Sin embargo, al ver la sangre en mis labios, Jaime soltó a Valentina por instinto. El pánico asomó en sus ojos.

—Camila, ¿estás bien? No quise…

Iba a acercarse, pero Valentina rompió a llorar y se aferró a su brazo.

—Yo solo vine a agradecerle a Camila que atendiera mi parto. Pero ella sacó el convenio de divorcio, me llamó descarada y dijo que yo había destruido su matrimonio.

Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras se cubría el rostro y fingía estar aterrada.

—Le dije que lo nuestro era amor verdadero y entonces me golpeó. También me ordenó que me largara de su casa.

Al ver que el rostro de Jaime se endurecía, los ojos de Valentina brillaron con satisfacción. Alzó ligeramente la barbilla y me lanzó una mirada desafiante.

Sin pensarlo dos veces, Jaime me observó con frialdad.

—Discúlpate con Valentina.

Caí sentada en el suelo. Levanté los ojos hacia él y, de pronto, me eché a reír.

—Aunque hubiera dicho todo eso, ¿qué parte sería mentira? Ah, sí. Hay algo que corregir: ella ni siquiera es "la otra"; es "la séptima".

—¡Tú…!

Valentina se refugió entre los brazos de Jaime, llorando de rabia.

Me puse de pie con esfuerzo, miré a Jaime con frialdad y salí lentamente de la habitación.

Valentina rompió a llorar con más fuerza.

—Si hasta Camila me humilla de esta manera, ¿qué haré cuando la gente empiece a decir que nuestro hijo es ilegítimo? ¡Si eso ocurre, preferiría morirme!

Al instante, Jaime me sujetó la muñeca con violencia y me miró como si yo fuera su peor enemiga.

—Discúlpate.

Luego añadió con voz cortante:

—No olvides que tu abuela sigue viva gracias al tratamiento que conseguí para ella.

El medicamento que necesitaba todavía no se comercializaba en el país. El Grupo Rosales financiaba su importación mediante un programa de acceso especial, y Jaime autorizaba personalmente cada nueva entrega.

Sacó el celular y llamó a su asistente.

—Suspende de inmediato la autorización para la próxima entrega.

Abrí los ojos de par en par y lo miré sin poder creerlo.

Él sabía que mi abuela era la única familia que me quedaba en el mundo. Aun así, estaba utilizándola para obligarme a complacer a Valentina.

Jaime miró su reloj con impaciencia.

—Sin la próxima dosis, su estado se deteriorará en menos de tres días.

Me quedé clavada en el sitio. Me volví despacio y, con los ojos llenos de lágrimas, apreté los dientes.

—Lo siento. No debí decir eso.

Apoyada en Jaime, Valentina respondió con falsa timidez:

—¿Eso es una disculpa de verdad? Además, me golpeó. ¿Y no vas a castigarla? Todavía me duele la cara.

El Grupo Rosales era uno de los principales inversionistas del hospital, y aquel piso privado estaba custodiado por los guardaespaldas que Jaime había llevado consigo. Antes de que pudiera reaccionar, dos de ellos bloquearon el pasillo. Uno de ellos me golpeó detrás de las rodillas con el pie y caí de golpe. Un sudor frío me cubrió la frente.

Jaime me miró desde arriba y ordenó:

—Ponte de rodillas y pídele perdón a Valentina delante de todos. No te levantarás hasta que ella quede satisfecha.

No me moví.

Él hizo otra llamada. Desde el otro extremo llegó la voz de mi abuela:

—¿Jaime? ¿Dónde está Camila?

—¡No!

Me abalancé sobre él, le arrebaté el celular y colgué.

—No le digas nada a mi abuela. No podría soportarlo. Me disculparé. Haré lo que quieras.

Así terminé arrodillada frente a la puerta de la habitación, repitiendo "lo siento" una y otra vez.

El personal y los familiares de los pacientes observaban desde lejos. Algunos parecían escandalizados, pero, al reconocer a Jaime y a sus guardaespaldas, nadie se atrevió a intervenir.

Llevaba tanto tiempo de rodillas que apenas sentía las piernas cuando Valentina se cubrió la boca para bostezar y se acurrucó contra Jaime.

—Tengo sueño.

Él la levantó de inmediato entre sus brazos. Al pasar junto a mí, dijo con frialdad:

—Que esto te sirva de lección. No vuelvas a meterte con Valentina.

Me desplomé en el suelo, sin fuerzas. No sé cuánto tiempo pasó antes de que una mujer que había visto el video me reconociera y me arrojó encima lo que llevaba en el vaso.

—¡Es la médica sin escrúpulos que abofeteó a una mujer que acababa de dar a luz!

—¡Así que ella es Camila Navarro, la esposa del millonario que tiene siete hijos fuera del matrimonio!

—No imaginaba que fuera tan cruel. ¡El video ya está por todas partes!

Al oír que el video se reproducía en el televisor de una de las habitaciones, me puse de pie de golpe y corrí hacia la habitación de mi abuela.

Dentro reinaba el caos. Los médicos intentaban estabilizarla mientras en la pantalla se reproducía el video en el que yo aparecía de rodillas, suplicando perdón.

Cuando mi abuela me vio, abrió mucho los ojos y se aferró a mi mano.

—Mi niña, déjalo. Ya no puedo seguir siendo una carga para ti.

Sus ojos se quedaron abiertos.

Ya no respiraba.

La abracé y permanecí inmóvil.

No reaccioné hasta que alguien se detuvo a mi lado y su sombra me cubrió.

—Perdóname. Llegué demasiado tarde.

Con la voz quebrada, respondí:

—Mi abuela murió. Ninguno de ellos va a salir impune.

Entonces alcé la cabeza, sonreí con los ojos enrojecidos y pregunté:

—Me ayudarás, ¿verdad?

***

Al día siguiente, Jaime no podía librarse de una creciente inquietud.

Llamó a su asistente.

—¿Cómo está ella?

El hombre respondió, alarmado:

—Señor Rosales, tenemos un problema. La doctora Navarro ordenó liquidar en el mercado todas las acciones del Grupo Rosales que tenía a su nombre, aun aceptando fuertes pérdidas. La operación provocó el desplome de la cotización…

Al pasar frente al área administrativa del hospital, Jaime alcanzó a ver en una computadora una orden de traslado a la morgue.

En la pantalla figuraba el nombre de la abuela de Camila.

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