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Antes de casarme, desperté

Antes de casarme, desperté

By:  Día de LluviaCompleted
Language: Spanish
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Durante el ensayo de la boda, nos pidió por tercera vez que repitiéramos el intercambio de anillos. Mi mejor amiga, Mariana, estaba a mi lado como dama de honor y, con una sonrisa traviesa, dijo: —A ver quién encuentra el anillo. ¿Dónde creen que lo escondí? Mi prometido, Nicolás, sonrió con resignación y empezó a decir dónde creía que podía estar. Yo, empapada en sudor, no podía apartar la vista de la caja vacía. Era otra vez el mismo jueguito de siempre. Cuando éramos niños, Mariana había escondido mi bufanda en el cuarto de calderas y Nicolás se había puesto de su lado, sin decirme una sola palabra. Pasé cuatro horas buscándola y, al final, lo único que encontré fue un pedazo quemado entre las cenizas. Antes del examen de admisión a la universidad, escondió mi credencial en la caseta del perro. Me arrodillé en el suelo para buscarla mientras Mariana me grababa y mandaba el video al grupo de la clase, riéndose de lo desesperada que estaba. Durante años pensé que, si seguía aguantando, algún día terminaría acostumbrándome. Pero ahora por fin lo entendía: ellos nunca iban a saber cuándo parar. —¿Podemos dejar de hacer esto? —pregunté con la voz temblorosa. Nicolás frunció el ceño. —Luci, es solo un juego. —Sí, siempre haces lo mismo. Nos arruinas la diversión —dijo Mariana, molesta. Los dos siguieron riéndose y hablando entre ellos como si yo ni siquiera estuviera ahí. Al poco rato ya estaban decidiendo qué iban a comer esa noche, como si el anillo hubiera dejado de importarles. Los miré un momento y me quité el velo. Ya no quería seguir buscando el anillo. Tampoco quería casarme.

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Chapter 1

Capítulo 1

Le lancé el velo a Nicolás.

—Cancela la boda de pasado mañana.

Se quedó inmóvil, como si no hubiera entendido lo que acababa de decir.

Mariana, en cambio, soltó una carcajada.

—¿Otra vez te vas a poner así por una broma?

No les hice caso y me di la vuelta para irme.

Nicolás alcanzó a dar un par de pasos detrás de mí, pero Mariana lo tomó del brazo.

—Luci está haciendo un berrinche. ¿De verdad vas a ir detrás de ella para que te diga de todo? Mejor ven y ayúdame a escoger cómo me hago las uñas para la boda.

Nicolás se detuvo y, al final, se quedó con ella viendo qué diseño le gustaba más.

Sonreí con amargura y seguí caminando.

En el camino me llegó un mensaje de mi jefa: "Luci, una oportunidad para irte tres años al extranjero a capacitarte no se presenta todos los días. ¿De verdad no quieres pensarlo mejor?"

Cuando Nicolás recién estaba empezando con su empresa, no podía darse el lujo de contratar gente.

Después del trabajo, yo iba a ayudarle con todo lo que hiciera falta y terminé entregándole a ese negocio casi todo mi tiempo y mi energía.

Por eso, cuando mi jefa me ofreció aquella oportunidad unos días antes, la rechacé sin pensarlo.

Esta vez miré la pantalla durante unos segundos antes de responder: "Está bien. Me voy."

En cuanto llegué a casa, cancelé la boda, compré un boleto para la noche siguiente y empecé a empacar.

Sobre la mesa de noche estaba el collar que Nicolás me había regalado tiempo atrás.

Aquella vez, él y Mariana habían escondido mi memoria USB y, por culpa de eso, me perdí una presentación importante que podía haberme ayudado a conseguir un ascenso. Para disculparse, Nicolás mandó traerme aquel collar del extranjero.

Yo nunca llegué a usarlo. Mariana, en cambio, lo llevó durante un mes y, cuando se cansó de él, me lo devolvió.

Lo tomé y lo tiré a la basura.

Cuando Nicolás volvió y vio la maleta en el suelo, le cambió la expresión.

—¿Qué estás haciendo, Lucía?

Seguí guardando mis documentos sin contestarle. Al ver que no le respondía, me tomó de la mano.

—¿Vas a cancelar la boda por un juego? ¿Qué tienes, tres años?

Tenía el ceño fruncido y esa impaciencia de siempre en la mirada.

No era la primera vez.

La primera vez que jugamos a buscar el tesoro, Mariana escondió mi mochila en la piscina abandonada de la escuela. Pasé toda la tarde buscándola y ya había oscurecido cuando por fin di con ella, empapada, en el fondo.

La saqué feliz, pensando que por fin había terminado, pero Mariana dijo, decepcionada, que se me había acabado el tiempo. Nicolás incluso se quejó de que había tardado demasiado.

Yo era tímida y acababa de cambiarme de escuela. Casi nadie quería juntarse conmigo.

Mariana fue la primera que me habló y Nicolás, el primero que se ofreció a ayudarme con las tareas. Por eso acepté seguirles el juego.

El problema fue que, con el tiempo, empezaron a llevar las bromas cada vez más lejos.

No es que nunca hubiera intentado ponerles un límite.

Una vez les dije, con mucho cuidado, que esa vez quería ser yo quien escondiera el tesoro. Mariana hizo una mueca y bajó la cabeza sin decir nada.

Nicolás miró el plato que ella apenas había tocado y se le endureció la expresión. Después pasó una semana entera sin dirigirme la palabra.

Al final fui yo la que no aguantó más y terminé pidiéndoles perdón.

Durante toda una semana les llevé comida y acepté todo lo que me pedían. Una tarde, poco antes de que empezara la hora de estudio, Mariana dijo que quería probar el frappé que todos estaban comprando en la cafetería frente a la escuela.

Apreté los dientes y salí a escondidas para comprárselo. Una profesora me descubrió y me reprendió duramente.

Solo después de eso Mariana sonrió y dio por terminado el enojo. Nicolás también volvió a tratarme como antes.

—¿Un berrinche? —repetí, y de pronto la palabra me pareció ridícula—. Esta vez no pienso buscar nada. Cancela la boda. Terminamos.

Nicolás me miró como si acabara de escuchar la cosa más absurda del mundo.

—La boda es pasado mañana, las invitaciones ya están enviadas... ¿y ahora me sales con que quieres terminar?

Estaba por seguir hablando cuando Mariana entró casi dando saltitos.

En cuanto la vio, la impaciencia desapareció de la cara de Nicolás. Se acercó y le quitó el bolso de las manos.

—Ya estás grande. Ten más cuidado al caminar.

Mariana entrecerró los ojos y le sacó la lengua antes de volverse hacia mí.

—Luci, ¿no crees que estás exagerando un poco?

Entonces levantó la mano y me mostró el anillo que llevaba puesto.

—Mira, lo tengo yo. Pensaba esperar a que estuvieran desesperados buscándolo y después sacarlo para sorprenderte.

Intentó quitárselo, pero le quedaba demasiado ajustado.

Nicolás la vio forcejear con el anillo y terminó diciendo:

—Ya, déjatelo. Compramos otro.

Lo dijo como si estuviera fastidiado, pero la sonrisa se le notaba en la mirada.

Yo había cambiado el diseño de aquel anillo más de diez veces y hasta le había pedido a un amigo que lo mandara a hacer en el extranjero.

Por dentro llevaba grabadas las iniciales de Nicolás y las mías.

Nuestra boda era pasado mañana y, aun así, él acababa de decir como si nada que Mariana podía quedárselo.

Miré la alianza que Nicolás llevaba en el dedo y, de pronto, pensé que los dos se veían muy bien juntos.

Bajé la mirada.

—No hace falta.

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