LOGINDurante el ensayo de la boda, nos pidió por tercera vez que repitiéramos el intercambio de anillos. Mi mejor amiga, Mariana, estaba a mi lado como dama de honor y, con una sonrisa traviesa, dijo: —A ver quién encuentra el anillo. ¿Dónde creen que lo escondí? Mi prometido, Nicolás, sonrió con resignación y empezó a decir dónde creía que podía estar. Yo, empapada en sudor, no podía apartar la vista de la caja vacía. Era otra vez el mismo jueguito de siempre. Cuando éramos niños, Mariana había escondido mi bufanda en el cuarto de calderas y Nicolás se había puesto de su lado, sin decirme una sola palabra. Pasé cuatro horas buscándola y, al final, lo único que encontré fue un pedazo quemado entre las cenizas. Antes del examen de admisión a la universidad, escondió mi credencial en la caseta del perro. Me arrodillé en el suelo para buscarla mientras Mariana me grababa y mandaba el video al grupo de la clase, riéndose de lo desesperada que estaba. Durante años pensé que, si seguía aguantando, algún día terminaría acostumbrándome. Pero ahora por fin lo entendía: ellos nunca iban a saber cuándo parar. —¿Podemos dejar de hacer esto? —pregunté con la voz temblorosa. Nicolás frunció el ceño. —Luci, es solo un juego. —Sí, siempre haces lo mismo. Nos arruinas la diversión —dijo Mariana, molesta. Los dos siguieron riéndose y hablando entre ellos como si yo ni siquiera estuviera ahí. Al poco rato ya estaban decidiendo qué iban a comer esa noche, como si el anillo hubiera dejado de importarles. Los miré un momento y me quité el velo. Ya no quería seguir buscando el anillo. Tampoco quería casarme.
View MoreUn año después, Daniel y yo ya estábamos juntos.No hubo una gran declaración ni un momento especialmente romántico. Fue un fin de semana cualquiera. Después de ver una película, tomó mi mano con naturalidad y yo no la aparté.Su mano estaba seca y cálida, y la forma tranquila en que sostenía la mía me hacía sentir segura.Ya no necesitaba adivinar lo que sentía, esforzarme para llamar su atención ni preocuparme por si de pronto desaparecía o cambiaba de humor.Cuando me tocaba trabajar hasta tarde, me llevaba algo caliente para comer. Se acordaba de lo que me gustaba y también de lo que no soportaba. Si me veía triste, se quedaba conmigo sin obligarme a explicar nada.Y cuando, unos días antes de mi periodo, me daban ganas de comer helado, me miraba con falsa seriedad.—¿Ya se te olvidó lo mal que te pones después?Yo lo abrazaba por la cintura.—Está bien, Dani. Ya no voy a comer.Daniel escuchaba lo que yo decía y respetaba mis decisiones. Cuando tenía un problema, estaba a mi lado
A lo largo de ese año, Nicolás fue quedando cada vez más lejos de mi vida.Una noche salí muy tarde del trabajo y, apenas crucé la puerta del edificio, lo vi esperando bajo la lluvia.Estaba empapado y se veía mucho más delgado. Llevaba el traje arrugado, como si ni siquiera hubiera tenido ánimo de cambiarse en varios días.Costaba reconocer en él al Nicolás seguro de sí mismo y lleno de planes que yo había conocido.—Luci.Tenía la voz ronca y los ojos enrojecidos.Abrí el paraguas y me acerqué.—¿Cómo encontraste este lugar?—Le pregunté a una de tus antiguas compañeras.Bajó la mirada mientras el agua le resbalaba por la cara.—Yo... quería verte.—¿Qué pasó?Nicolás levantó la cabeza. No sabía si lo que tenía en la cara era lluvia o lágrimas.—Sé que me equivoqué. Lo sé de verdad. Mariana nunca sintió por mí lo que yo creía y fui un idiota por ponerla siempre por delante de todo.Hizo una pausa antes de continuar.—La empresa quebró. Últimamente no paro de pensar que, si te hubiera
El rostro de Nicolás cambió. Dio un paso hacia mí e intentó tomarme de la mano, pero retrocedí antes de que pudiera hacerlo.—Nicolás, ¿te acuerdas de que una vez te hice una pregunta?Se quedó quieto.—Te pregunté si de verdad me querías. Nunca me respondiste, pero ahora entiendo que tu silencio ya era una respuesta.Nicolás abrió la boca, aunque al final no encontró qué decir.—Vuelve a casa —dije mientras me daba la vuelta para entrar al edificio—. Y no vuelvas a buscarme.—¡Lucía! —gritó detrás de mí, ya molesto—. ¡Te vas a arrepentir! ¡Nadie más te va a querer!No volteé.Antes, esas palabras me habrían asustado. Ahora solo me parecían ridículas.Seis meses después me enteré de lo que había pasado con Nicolás y Mariana.La empresa de Nicolás se había quedado sin dinero para seguir funcionando y los inversionistas habían retirado su capital. Los primeros éxitos se le habían subido a la cabeza y durante años había tratado a socios y conocidos con arrogancia, así que, cuando las cosa
Nicolás estaba acostumbrado a que yo terminara cediendo y bajando la cabeza.Creyó que esta vez sería igual. Pensó que bastaría con hablarme con un poco de calma para que acabara regresando con él.—Lucía —dijo en tono serio—, no abuses de mi paciencia. Lo de la boda ya fue bastante vergonzoso. Regresa conmigo y haré como si no hubiera pasado nada.Me solté una risa.Después de todo lo ocurrido, solo sentía cansancio y una extraña sensación de alivio.—Nicolás, tú nunca cambias.Me di la vuelta para irme. Él intentó seguirme, pero el guardia de seguridad de la entrada le cerró el paso.—Señor, necesito ver su identificación de empleado.Nicolás tuvo que quedarse detrás de la puerta de cristal, viendo cómo yo entraba al ascensor y desaparecía de su vista.Apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas. De pronto sintió una presión en el pecho y tuvo que inclinarse un poco para recuperar el aire.Mariana asomó la cabeza por la ventanilla del auto.—¿Y? ¿Va a






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