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Capítulo 4

Author: Yise Paz
Siempre supo que Alicia era hermosa, que tenía una figura que llamaba la atención.

Incluso en los momentos de intimidad le costaba contenerse.

Pero cada vez que pensaba en tocarla, en hacerla suya, le nacía una culpa difícil de explicar, como si estuviera traicionando a Paola.

Durante años se contuvo.

Y aun así... Alicia era su esposa.

En la noche, resultaba tentadora.

Alicia sabía que Emiliano la estaba mirando.

También sabía que el hombre que solo quería tener hijos con Paola no debía de sentir nada por ella.

Se movió con naturalidad frente a él y tomó la secadora.

Emiliano permaneció donde estaba, siguiéndola con la mirada.

Ella le daba la espalda. Reunió su largo cabello hacia un lado, dejando al descubierto la piel clara de su nuca.

En el aire flotaba el aroma limpio del jabón.

A Emiliano se le anudó la garganta.

De pronto, una mano cálida rodeó la cintura de Alicia.

—Sé que siempre has querido un hijo.

Emiliano le quitó la secadora de la mano y la abrazó por detrás.

Alicia sí había querido un hijo con la persona que amaba.

Pero en ese instante solo sentía rechazo.

—Ya no —dijo en voz baja.

Emiliano frunció el ceño.

Con la otra mano le levantó el mentón. La piel suave bajo sus dedos le resultó familiar.

Su cuerpo reaccionó.

Alicia abrió los ojos, sorprendida.

—¿Has estado demasiado cansada entre el trabajo y la casa? Tengamos un hijo. Después te quedas en casa como ama de casa, ¿sí?

Ya no le cocinaba, ya no se hacía cargo de los asuntos familiares, y empezaba a mostrar pensamientos que él no comprendía.

Eso no podía seguir así.

Él necesitaba una mujer que organizara el hogar.

Sus padres necesitaban una nuera obediente.

Si Alicia quería un hijo, tenerlo con ella no era ningún sacrificio.

Así la mantendría definitivamente atada al hogar.

¿Qué sentido tenía ese trabajo de cuatrocientos dólares?

Hasta le daba vergüenza que se supiera.

El beso estuvo a punto de caer sobre sus labios, pero ella giró el rostro.

Los ojos de Emiliano se entornaron:

—¿Qué significa eso?

—Ya no quiero un hijo.

Alicia lo miró por el espejo con firmeza.

La sensación de que ella escapaba de su control se hizo más evidente.

Emiliano, siempre pulcro y contenido, endureció el rostro. La mano que sostenía su mentón se apretó.

—Durante cuatro años fuiste tú la que hablaba de tener un hijo. Ahora que estoy dispuesto, ¿ya no quieres?

Un pensamiento oscuro cruzó por su mente. Su mirada se volvió cortante.

—¿Hay alguien más?

La pregunta atravesó el pecho de Alicia.

Lo miró en silencio, con una frialdad que parecía decir: “¿Quién es el que tiene a alguien más?”

Se soltó y entró en la habitación, cerrando la puerta.

¿Cuándo lo había rechazado Alicia?

Desde que se conocieron, siempre había aceptado lo que él decidiera.

Esa diferencia era algo que Emiliano no podía soportar.

La alcanzó, la tomó del brazo y la arrastró al dormitorio. La empujó sobre la cama.

—Emiliano, ¿qué estás haciendo?

—Si dije que vamos a tener un hijo, lo vamos a tener. Nunca me has rechazado. Compórtate.

Se inclinó sobre ella. Los besos cayeron sobre su cuello y su clavícula.

Una mano firme la sujetó por la cintura, la otra intentó avanzar.

Alicia, presa del pánico, trató de apartarlo:

—¡Ya dije que no quiero! ¡No quiero!

—Eso no lo decides tú.

Le sostuvo las muñecas por encima de la cabeza.

Alicia ya tenía lágrimas en los ojos.

El hombre que la había tratado con suavidad durante cuatro años ahora la forzaba.

Los besos insistentes regresaron, urgentes, desmedidos.

Cuando él intentó inmovilizarla, Alicia reunió fuerzas y lo golpeó con la rodilla.

Él, sorprendido por el dolor, la soltó.

Ella se incorporó y le dio una bofetada.

—¿Me estás pegando, Alicia?

Cegado por la furia, Emiliano también levantó la mano. El golpe cayó con fuerza.

La mejilla de Alicia se enrojeció al instante. Las lágrimas rodaron.

La mano de Emiliano temblaba. Era la primera vez que la veía llorar en silencio.

El cuarto quedó en un silencio opresivo.

—Alicia...

Emiliano encogió los dedos, incapaz de sostener la mirada asustada de ella.

Alicia se envolvió en una manta y salió del dormitorio.

Tomó el celular del sofá y salió de la casa.

En el instante en que cruzó la puerta, un pensamiento se hizo claro en su mente: divorcio.

***

Alicia, con la mejilla aún hinchada y enrojecida, se quedó de pie al borde de la calle.

Su primer impulso fue regresar al orfanato, pero temió que la ya anciana Mercedes, al verla así, se angustiaría.

Norma se encontraba descansando en las afueras de la ciudad; tampoco podía ir con ella.

Al final, entró en un hotel.

Al mismo tiempo, frente a la entrada se detuvo un Maybach.

Un hombre impecablemente vestido con traje descendió del vehículo, el rostro ligeramente ensombrecido.

Una joven asomó la cabeza por la ventanilla:

—¿De verdad no vas a volver a casa? Mamá y papá solo te están insistiendo.

El hombre no respondió. Entró solo al hotel.

La joven negó con la cabeza y suspiró:

—Ni siquiera el presidente de Grupo Pineda se libra de que lo apuren para casarse...

El Maybach se alejó.

El hombre atravesó el vestíbulo y escuchó cómo en recepción preguntaban con cautela un par de veces:

—Señora, ¿de verdad no necesita ayuda? Si la requiere, puede llamarnos en cualquier momento.

—Gracias.

La respuesta fue la voz débil de Alicia.

Ese hotel pertenecía a Grupo Pineda.

Gabriel Pineda no deseaba que ocurriera ningún incidente en su propiedad.

Levantó la mirada.

Una mujer descalza, envuelta en una manta.

El cabello desordenado le cubría medio rostro.

A medida que se acercaba, la marca de una bofetada se hacía visible bajo la luz.

Él y Alicia entraron al elevador casi al mismo tiempo.

Ella parecía una sombra sin alma.

Sostenía la tarjeta de la habitación en la mano, pero no presionaba ningún piso.

De perfil, se alcanzaban a ver las lágrimas que aún rodaban por su mejilla.

Tras unos segundos de silencio, él habló:

—¿Qué piso?

Alicia reaccionó al fin. Con movimientos débiles presionó el botón correspondiente.

Luego se secó las lágrimas, acomodó el cabello detrás de la oreja y dejó al descubierto su rostro completo.

Los ojos y la punta de la nariz estaban enrojecidos; su expresión era fría y quebradiza a la vez.

No quería que un desconocido la viera en ese estado.

—Gracias —dijo con cortesía.

La voz le salió ronca.

Gabriel observó un instante la marca en su rostro, pero no hizo preguntas.

Cuando el elevador llegó a su piso, Alicia volvió a inclinar ligeramente la cabeza en señal de agradecimiento y salió.

Gabriel miró su figura delgada alejarse hasta que las puertas se cerraron.

Luego sacó el celular y envió un mensaje.

Alicia apenas se había sentado en el sofá cuando sonó el timbre de la habitación.

Al abrir, encontró al gerente del hotel.

—Señora, quizá necesite una pomada para desinflamar y un par de pantuflas cómodas.

El gerente sonreía con profesionalismo; al observar con atención, se notaba un brillo de emoción en sus ojos.

—No se preocupe. Solo queremos asegurarnos de que nuestros huéspedes estén cómodos. Que descanse bien.

Esa noche, el hombre con quien llevaba cuatro años de matrimonio le había dado una bofetada.

Y, sin embargo, fue un desconocido quien le ofreció calidez.

Alicia tomó la pomada y las pantuflas y agradeció de corazón.

El gerente, que hasta entonces mantenía una sonrisa amable, se quedó petrificado al notar el anillo en el dedo anular de Alicia.

Esto...

Se marchó con expresión atónita.

Alicia cerró la puerta, se lavó las manos y comenzó a aplicarse la pomada en la mejilla.

A su lado, el celular vibraba sin parar.

“Esposo” enviaba mensaje tras mensaje.

Ese nombre se lo había puesto el propio Emiliano.

“¿A dónde fuiste? Regresa. No hagas berrinche.”

“El hijo lo querías tú. Ahora estoy de acuerdo. Mañana mismo renuncia a Grupo Pineda y quédate en casa para prepararte.”

El tono autoritario la dejó inmóvil.

No sabía si Emiliano había cambiado o si siempre había sido así.

Apagó la pantalla.

Por primera vez, no respondió de inmediato.

De hecho, no respondió en toda la noche.

A la mañana siguiente, Emiliano llamó. No contestó.

Llegó otro mensaje: “Alicia, sin tu desayuno me duele el estómago.”

La mano de Alicia se tensó alrededor del celular.

En ese momento sí se acordaba de ella.

Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.

No respondió.

Emiliano permanecía sentado en el sofá, esperando.

La pantalla no se iluminaba.

“¿Ni siquiera eso funcionaba?” La sorpresa cruzó su rostro.

En ese instante, el celular sonó.

Era Paola.

Una sombra de decepción pasó por sus ojos, pero al contestar su voz se volvió suave.

—¿Qué pasa?

Del otro lado hubo una breve pausa:

—Ya estoy en la entrada del fraccionamiento. ¿Dónde estás?

Entonces recordó que le había prometido recogerla todos los días.

Había estado tanto tiempo esperando un mensaje de Alicia que casi lo olvidaba.

¿Alicia se atrevía a ignorarlo así?

No importaba. Solo era un arrebato pasajero.

Alicia lo amaba, no podía dejarlo.

Condujo hasta la entrada.

Apenas Paola subió al asiento del copiloto, notó la hinchazón en su rostro.

Alicia no se había contenido la noche anterior; la marca era evidente.

Paola desabrochó el cinturón y se inclinó hacia él, sosteniéndole el rostro con cuidado.

—¿Qué te pasó? ¿Quién te hizo esto?

Los ojos se le humedecieron.

A Emiliano no le gustaba verla llorar:

—No te preocupes, ya no duele. ¿Ya desayunaste? Te invito algo.

Paola percibió que ocultaba algo:

—¿Discutiste con Alicia? ¿Fue por mí? Lo siento...

—No fue por ti. No sé qué le pasa, está actuando raro.

Se inclinó para abrocharle de nuevo el cinturón y condujo hacia un café.

Paola lo observó. Notó que, aun estando con ella, parecía distraído.

—El café está muy caliente... ¿me lo soplas?

—Claro.

Emiliano tomó la taza y comenzó a mover la cuchara.

De pronto se detuvo, sacó el celular y envió un mensaje.

—¿A quién le escribes? —preguntó Paola, alerta.

Emiliano volteó el celular boca abajo:

—A un mayor.

Le había escrito a Norma.

Al enterarse de que Alicia, a quien Rogelio siempre había protegido con tanto cariño, estaba incomunicada, Norma regresó de inmediato a la ciudad.

Tras obtener la dirección del hotel, acudió allí enseguida.

Cuando Alicia vio a Norma, con el cabello ya encanecido, se quedó paralizada un segundo y levantó la mano para cubrirse la mejilla.

Norma entró con expresión severa:

—¿Qué tapas? Ya lo vi. ¿Fue Emiliano?

—Sí.

Alicia bajó la mirada. Las lágrimas volvieron a caer.

—No llores. Si ayer se atrevió a golpearte, mañana puede hacer algo peor.

Norma nunca estuvo conforme con que Emiliano la tuviera sirviendo a toda su familia.

No preguntó detalles. Solo fue directa:

—¿Qué vas a hacer?

Alicia levantó la cabeza:

—Me voy a divorciar.

En los ojos de Norma pasó un destello de dolor, pero enseguida recuperó la calma:

—Yo te consigo un abogado.
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