INICIAR SESIÓN
El Club de Caballeros en Londres exhalaba un aire denso de madera pulida, humo de cigarro y secretos. Era un lugar donde los hombres no hablaban de emociones, pero donde todo podía ser leído entre líneas. Allí, entre sillones de cuero gastado y vasos medio vacíos, el conde de Fairburn permanecía en silencio, su copa intacta y la mirada perdida en el fuego de la chimenea. Sus hombros se inclinaban ligeramente hacia adelante, como si el peso de los años y las preocupaciones se alojara en ellos, y sus manos huesudas apretaban la copa con cierta rigidez que delataba su tensión.
—Te ves particularmente sombrío esta noche, Fairburn —comentó con tono casual el duque de Blackmoor, dejando su copa en la mesa con un leve chasquido de cristal—. ¿Problemas con los caballos o con las cartas? Fairburn esbozó una sonrisa sin humor, negando lentamente con la cabeza. —No es nada —dijo, demasiado rápido. El duque permanecía erguido en su sillón, con movimientos medidos que revelaban una autoridad silenciosa. Sus ojos, pequeños y penetrantes, seguían cada gesto de su interlocutor, y la ligera inclinación de la cabeza sugería que evaluaba cada palabra antes de responder. Su porte rígido y la forma en que giraba la copa entre los dedos lo hacían parecer más grande que su edad, cincuenta y ocho años, y aunque no era un hombre agraciado, había algo en él que imponía respeto sin necesidad de belleza. —Ah, entonces definitivamente es algo. Vamos, llevamos más de veinte años compartiendo mesa y copa. No me tomes por un tonto. El conde suspiró y guardó silencio por unos segundos, como si contuviera pensamientos demasiado pesados para compartir de golpe. Luego giró ligeramente hacia Blackmoor, la expresión grave: —Estoy... en una situación delicada —admitió—. Las deudas se han acumulado más allá de lo que imaginé. Si no encuentro una solución pronto, me veré obligado a enfrentar la cárcel de deudores. El duque alzó una ceja, visiblemente sorprendido. —¿Tan grave es? Fairburn asintió, con el rostro tenso. —Mi esposa falleció hace años, mi hijo mayor tiene su propia familia, el segundo sirve a la corona en alta mar... y Evelina... sólo tiene dieciocho. No sé qué será de ella si yo... desaparezco. No tiene madre, ni protección. No ha sido presentada aún en sociedad. ¿Quién velará por su destino? Blackmoor giró la copa entre los dedos, pensativo, observando cómo la luz del fuego se reflejaba en el cristal. Luego habló: —Puedo ayudarte. Podría prestarte una suma considerable. O venderte algunas tierras del norte a bajo precio. O incluso convencer al banco de prolongar tus plazos… —Nada de eso resolvería lo fundamental —interrumpió el conde con tristeza—. Todo eso apenas me daría respiro. No me salvaría del fondo al que estoy cayendo. El duque lo miró en silencio, midiendo cada reacción, y sus ojos denotaban que comprendía la magnitud del problema más allá de las palabras. —Hay... una posibilidad. Pero es demasiado descabellada para que la tomes en serio. —¿Qué posibilidad? —preguntó el conde, casi con desesperación—. Dímela. No estoy en posición de despreciar ninguna opción. Blackmoor negó con la cabeza, como si lamentara haberlo mencionado. —No. No tiene sentido. No es una solución... convencional. —¿Qué propones, Blackmoor? —insistió el conde, con un dejo de súplica—. Dímelo. Sea lo que sea. El duque se inclinó ligeramente hacia él, bajando la voz, y la tensión en el aire se volvió casi palpable. —Mi hijo, Nathaniel... ya tiene edad para casarse. No muestra interés en hacerlo, pero el deber pesa más que el deseo, incluso para él. Si tú aceptas... podríamos arreglar un matrimonio con Evelina. Fairburn lo miró, atónito. —¿Unir nuestras casas? —Exacto —afirmó Blackmoor—. Y a cambio de ese enlace, saldaré tus deudas. Todas. Tendrás un nuevo comienzo... y tu hija un futuro asegurado. El conde parpadeó, confundido por la generosidad. —Pero eso no tiene sentido. Tú me estás ofreciendo lo que debería dar yo. Debería ser yo quien pague una dote por mi hija, no al revés. El duque sonrió con una amargura que no alcanzó sus ojos, pero que su porte rígido hacía inquebrantable. —Lo que yo gano, Fairburn, es asegurar la continuidad de mi apellido. Mi hijo tiene muchos talentos, pero amar o buscar esposa no están entre ellos. No tengo garantías de que se case por voluntad propia, y el tiempo pasa. Con Evelina, al menos, habría descendencia. Y eso, créeme, vale más que el oro. El silencio que siguió fue largo. Afuera, la ciudad seguía respirando su rutina nocturna, ajena a los pactos que tejían el destino entre dos hombres de apellido ilustre y secretos insondables.Dos días habían transcurrido desde que el duque partió hacia Brighton, a la casa que heredó Nathaniel, y la mansión parecía contener la respiración en su ausencia. La rutina continuaba, pero el ambiente estaba cargado de expectación y silenciosa inquietud. Aquella tarde, el calor de agosto se filtraba por los ventanales abiertos; una brisa tibia movía apenas las cortinas, trayendo el olor dulce de los jardines humedecidos por una lluvia pasajera. Isolda se encontraba en la sala de diario, acompañada por Aurelia, quien mantenía el porte altivo que la caracterizaba, cuando el mayordomo entró y, con una leve inclinación, anunció: —Su Gracia… ha llegado un caballero que solicita ser recibido de inmediato. Isolda alzó una ceja, sorprendida, pero asintió con su calma habitual. —Hágalo pasar. Un instante después, un hombre alto, de porte impecable y mirada severa, cruzó el umbral. Su abrigo oscuro aún mostraba las salpicaduras de
El viaje hacia Escocia fue agotador. Nathaniel había dispuesto que solo se detuvieran lo imprescindible para cambiar de carruaje o de caballos, evitando cualquier demora innecesaria. El miedo de que el duque pudiera descubrir su verdadera ruta y alcanzarlos era una sombra constante sobre ellos. Margaret y Thomas, el ayuda de cámara de Nathaniel, soportaban el cansancio como podían. Tras tantas horas de camino, apenas se sentían personas. Sus cuerpos pesaban como plomo, y cada movimiento les recordaba lo interminable del viaje. En cambio, Nathaniel y Evelina, aunque agotados, se mantenían en pie gracias a la tensión que sentían; su inquietud superaba por mucho al sueño o al dolor de espalda. En una de las paradas para cambiar caballos, Nathaniel le pidió a Margaret que fuera a la posada cercana a conseguir comida y agua. A Thomas le encargó solicitar mantas y calentadores de pies para proteger a las damas del frío de la madrugada. Mientras esperaban a qu
El silencio que quedó tras la partida del duque era espeso, como si la casa misma contuviera la respiración. Isolda lo sentía en las paredes, en el crujir de la madera, en cada eco lejano de pasos que se apagaban antes de llegar a ninguna parte. Sin proponérselo, sus pies la llevaron a la biblioteca. Allí, reclinada en un sillón junto a la ventana, estaba Aurelia. Tenía un libro abierto sobre el regazo, pero sus ojos no seguían las líneas. No había concentración en ellos, solo un vacío distante. —¿Por qué lo hiciste? —preguntó Isolda desde el umbral, con una voz tan suave que parecía no querer romper el aire que las separaba. Aurelia alzó la vista despacio, como si esa pregunta hubiera tardado en atravesar las capas de su distracción. Un destello de aburrido desinterés cruzó su rostro. —¿Por qué hice qué? —replicó, casi con desgana. Isolda entró, sus dedos rozando distraídamente el lomo de los libros mientras avanzaba por la estancia
A la mañana siguiente de su regreso de Londres, el duque avanzó por el pasillo con el ceño fruncido, la determinación marcada en cada línea del rostro. Sus pasos resonaban como golpes de tambor hasta que se detuvo frente a la habitación de Nathaniel y Evelina. Llamó con fuerza. Silencio. Golpeó de nuevo, más fuerte. —Abran. Soy yo —ordenó con voz de mando. Nada. La mandíbula se le tensó. “Me está ignorando”, pensó, y un calor de ira comenzó a treparle por el cuello. —¡Nathaniel! —tronó, elevando la voz—. Desde el día en que naciste tienes responsabilidades. No solo por tu título, también por tu herencia. ¡No puedes dejarlo todo tirado para quedarte encerrado con tu estúpida esposa! Su tono se volvió un látigo: —El ducado no se mantiene solo. —No pienso tolerar que me avergüences descuidando tus deberes. —¡Sal de ahí ahora mismo y compórtate como el heredero que se supone que eres!
El tercer día en la mansión transcurrió sin incidentes, aunque el ambiente seguía cargado de tensión. Isolda mantenía la rutina como si todo estuviese en orden, y nadie se atrevía a cuestionar demasiado. Nathaniel y Evelina continuaban, según la versión oficial, encerrados en su habitación: ella supuestamente enferma, él vigilante y desconfiado. Los criados evitaban el ala este por temor a una discusión violenta. La sola posibilidad de presenciar otra escena entre los recién casados bastaba para que todos caminaran en puntillas. Solo Maggie, la doncella de Isolda, se acercaba a la puerta con las bandejas de comida, y aseguraba que alguien las tomaba desde adentro. Nada más. En medio de ese silencio expectante, el carruaje del duque apareció por la reja principal poco antes del mediodía. Su regreso fue tan repentino como su partida. No pidió ser anunciado. Apenas cruzó la entrada, avanzó directamente hacia su despacho y cerró la puerta tras de sí. El air
La mañana amaneció clara y luminosa, y el comedor menor de la mansión estaba dispuesto como de costumbre para el desayuno. Un aroma tibio de pan recién tostado flotaba en el aire. Isolda se encontraba ya sentada, con la serenidad de siempre, degustando su té y una rebanada de pan con miel. Frente a ella, Lydia y Celia cuchicheaban en voz baja mientras escogían fruta fresca de una bandeja de plata. La puerta se abrió de golpe. Aurelia irrumpió con el ceño fruncido y la mirada encendida de cólera. Caminó con paso firme hasta la mesa y, sirviéndose ella misma una taza con movimientos bruscos, lanzó su pregunta con voz cortante: —¿Qué pasó anoche? Isolda levantó la vista de su plato, arqueando una ceja con calma. —¿De qué hablas, Aurelia? —preguntó con voz neutra. —No me vengas con rodeos, Isolda —la interrumpió, golpeando la cucharilla contra el platillo con tanta fuerza que el sonido metálico heló la sangre de las muchachas—. Lo único







