LOGIN—¿Qué tal la cita?
—Un desastre, Mara —solté una risa. —¿En serio? Pero si traté de buscarte al mejor. —Máximo la arruinó. Me interrumpió a mitad para ir a buscar a su hermano… estaba borracho. —Ay no… ¿y tú fuiste con él? —asentí—. Maya, deberías empezar a ignorarlo. —No puedo… —negué con una sonrisa cansada—. Es tan… agh, simplemente no puedo. Algo en él me atrae. —No me digas que es por lo bien que está. —¡Mara! No es solo eso… es otra cosa, no sé cómo explicarlo. —Bueno, por el abrigo que traes, asumo que vienes de su casa. ¿Qué pasó anoche? —Nada —murmuré, sonrojándome. —Ajá… no soy estúpida. —¿Me prestarías algo de ropa? Necesito ir al restaurante. Me miró, incrédula. —¿No me digas que viniste desnuda? —¡Claro que no! Solo que Nathe me prestó algo para dormir y mi ropa estaba lavándose —me quité el abrigo. Ella rompió en carcajadas. —¡No es gracioso! —Toma lo que quieras. —Gracias. _____ Como todos los días, fui al restaurante para revisar unos temas pendientes. —¿Tú crees…? —empecé. —Sí, compártenos tu idea. —Pensaba que podríamos implementar esto —les mostré una propuesta. —Mmm… creo que primero deberíamos consultarlo con el dueño. —¿Qué? —Sí, con el señor Larson. Me quedé paralizada. ¿Nathan? Esto era de mi padre. —¿No lo sabías? —No… no entiendo nada. —Él compró el lugar hace dos meses. ¿Cómo pudo hacer eso sin avisarme? Me quedé sentada, en silencio. Luego saqué el teléfono. /Hola, ¿podemos hablar? En el restaurante. Hola. Si quieres, puedes venir a mi casa. Noah tuvo un problema y no puedo salir. ¿Qué le pasó? Tuvo una crisis al salir de clases. Alguien extraño se le acercó y se asustó, supongo. No me dieron más detalles. Si vienes, avísame./ _____ Noah estaba en el patio, bajo un árbol, arrancando flores. Me acerqué despacio. —¿Quieres hablar? —negó con la cabeza. Me senté a su lado, sin decir nada más. —Señor Larson, la señorita Reynolds está aquí —dijo Silvia desde la puerta. —Dígale que pase. Voy enseguida. —Maya. —¿Sí? ¿Quieres verla? —Noah asintió. —Voy a llamarla. Entré. Maya estaba en la sala, con ropa deportiva y una bolsa en la mano. Se levantó al verme. —¿Vienes del gimnasio? —No, estaba en el Goodfrench. Perdón si interrumpo. —No te preocupes. Todo bien. —¿Qué le pasó a Noah? —Al parecer, tuvo una crisis. Dicen que alguien extraño se le acercó al salir de clase, y se asustó. No explicaron mucho. —¿Puedo verla? —Claro. Está en el patio. Vamos. Noah seguía arrancando flores. Maya se acercó con suavidad y se sentó junto a ella. —¿Puedo sentarme? —preguntó. Noah asintió sin mirarla. —¿Estás bien? —acarició su espalda. Noah se acercó y se acurrucó entre sus brazos. —Tranquila, todo va a estar bien —la abrazó con ternura. Noah la miró y sonrió. —Te quiero —susurró. —Yo también, pequeña —respondió Maya, visiblemente emocionada. —¿Qué es eso? —preguntó Noah, señalando la bolsa. —Es para ti. Escuché que a alguien le encantan los unicornios —le entregó la bolsa. —¿A mí? ¡Siii! —la abrió con emoción. Sacó un unicornio de peluche y salió corriendo—. ¡Mira, papá! Fui tras ella. Nathan la había llevado a lavarse las manos. —Gracias —dijo Noah, abrazando el peluche, y fue directo a la cocina. —Gracias, Maya. Noah va a comer ahora. ¿Te parece si hablamos en mi despacho? ⸻ —¿Qué significa esto? —me tendió un papel. Era un documento relacionado con el Goodfrench. —Lo compré. ¿Cuál es el problema? —¿Y por qué me entero por otra persona casi dos meses después? ¿No creías que podía sacarlo adelante? —¡Claro que sí! Solo que… —¡No! Ni siquiera me avisaste. ¿Y ahora entiendes por qué nadie me toma en serio? —Solo intenté ayudarte. ¿Sabías que estaba a punto de ser embargado? Yo propuse invertir para salvarlo. No me interesa administrarlo, solo quería que algo de Liam siguiera vivo. Me miró, los ojos llenos de lágrimas. Me levanté para abrazarla. —Lo siento. Debí decírtelo, pero con todo lo que ha pasado, lo olvidé. Perdón. —No… no creíste en mí —se apartó. Me arrodillé frente a ella y tomé sus manos. —Claro que sí. Pero iban a quitarte todo, Maya. ¿Qué querías que hiciera? ¿Quedarme mirando mientras se destruía lo que Liam construyó? —Déjame —susurró, soltando mis manos—. Está bien… me voy. Cuando salí detrás de ella, Noah ya estaba con Maya. —Porfis… —le decía. —Noah, basta —le advertí. Maya me miró mal. —Solo unos minutos, ¿sí? Después me voy. —Está bien. Vamos. ⸻ —Wow, tu habitación es genial. —Sí… ¿ya no estás triste? —preguntó Noah. —Estoy bien. —¿Y por qué llorabas cuando saliste de la oficina de papá? —No es nada, pequeña. Todo va a estar bien. Jugamos un rato hasta que se cansó. Ordenamos y me mostró dónde quería poner su unicornio. Se notaba que aún lo recordaba. —¿En serio lo harás? —Sí, solo necesito un poco de tiempo. —¡Siii! —se acurrucó en la cama conmigo para ver caricaturas. ⸻ Después de que Maya le dijera que sí, me encerré toda la tarde en el despacho, revisando documentos. Entre los papeles que traje de la casa de Liam, había archivos médicos, uno de unos doctores en Manchester y otro sobre una adopción. No entendía qué tenían que ver con Maya. Uno de los informes, de un tal Tyrone, decía que tenía una hija con su esposa Vivian. La niña se llamaba Elena y estaba enferma. Aún faltaba revisar un pequeño diario, pero antes de que pudiera abrirlo, alguien golpeó la puerta. —Adelante. —La cena está lista —dijo Silvia. —Voy enseguida. ¿Y Noah? —Se quedó dormida… junto con la señorita Reynolds. —¿Qué? ¿Maya sigue aquí? —Sí. ¿Desea que las despierte? —No, no te preocupes. Podemos cenar nosotros dos. Guardé los documentos y salí. Antes de bajar, pasé por la habitación de Noah. Tal como dijo Silvia, dormía profundamente, acurrucada entre los brazos de Maya. Las cubrí con una manta y cerré la puerta en silencio.Habían pasado algunos meses desde aquella noche de la fiesta. El invierno, frío y silencioso, había quedado atrás. Ahora la primavera se abría paso poco a poco, llenando el aire de luz, de colores suaves, de vida nueva. Y la casa de Nathan… ya no era la misma. Se había llenado de risas. De pasos pequeños corriendo por los pasillos. De voces que ya no temían romper el silencio. Ahora era un hogar. Uno de verdad. ⸻ En la sala, Noah corría descalza sobre la alfombra, abrazando con fuerza un pequeño peluche desgastado. Reía sola, inventando historias en voz baja, como solía hacer. Pero entonces— un sonido la detuvo. Un llanto suave. Delicado. Venía desde la habitación. Se quedó quieta un segundo… y luego corrió. Se detuvo frente a la puerta entreabierta, dudando, como si ese pequeño espacio marcara una línea invisible entre lo conocido y algo completamente nuevo. —¿Puedo pasar? —preguntó en un susurro, asomando apenas la cabeza. Dentro, Maya estaba sentada en un sillón
Pasaron los días y, poco a poco, todo pareció volver a la calma. Maya se recuperaba. Noah volvía a llenar la casa con su risa contagiosa, como si nada hubiera pasado, como si el mundo no se hubiera detenido por un instante. En la casa grande, los silencios pesados habían sido reemplazados por conversaciones más ligeras. Había risas en la cocina, pasos constantes en los pasillos, vida. Pero en el corazón de Nathan… algo no encajaba. No podía dejar de pensar en el accidente. En cómo ocurrió. En los detalles. En esa sensación persistente de déjà vu que no lo dejaba en paz. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ese otro día. Cinco años atrás. El momento en que creyó haberlo perdido todo. Maya. Su vida. Su futuro. Y cuanto más lo pensaba… más claro se volvía. No era coincidencia. No podía serlo. ⸻ Una noche, en su despacho, lo habló con Fred. La luz era tenue. El aire, pesado. Nathan sostenía un vaso de whisky que no había probado. —No me cierra —confesó, con la m
El bufete estaba de fiesta. Tres años. Tres años desde la fundación de Larson & Co., aquel proyecto que Nathan había levantado desde cero, con más noches sin dormir que certezas, con más dudas que garantías. Aunque ya no ejerciera como abogado, ese lugar seguía siendo suyo. Su legado. Su historia. Y, de alguna forma… todo lo que había sobrevivido. Para la ocasión, la familia Larson había organizado una celebración privada en la Finca. Algo íntimo. Cercano. Solo familia, antes de la gran fiesta que vendría días después con socios, colegas y amistades. Pero para Nathan… no había nada de íntimo en ese día. Solo caos. Correos acumulándose. Llamadas que no dejaban de entrar. Decisiones de último minuto. Cosas que resolver, organizar, confirmar. El reloj avanzaba demasiado rápido. Y él… no alcanzaba. Cuando por fin logró apartarse del escritorio, masajeándose el puente de la nariz, su teléfono vibró. Un mensaje. De Maya. “No te preocupes por nosotras. Yo puedo manejar. M
Un mes había pasado desde aquella conversación con Mara. Un mes en el que, poco a poco, las piezas comenzaron a encajar. No fue de la noche a la mañana. Nada lo fue. Hubo días en los que todavía despertaba desorientada, con esa sensación incómoda de no reconocer del todo su propia vida. Hubo momentos en los que el miedo volvía, silencioso, instalándose en su pecho sin previo aviso. Pero también hubo otros. Días más ligeros. Más amables. Días en los que, sin darse cuenta, dejó de pensar en huir. Y eso… ya era un cambio enorme. La vida no se había vuelto perfecta. Pero sí… más suave. Más habitable. ⸻ Con Mara y Leonora, las cosas habían encontrado un equilibrio inesperado. Ya no había tensión constante, ni palabras contenidas a punto de estallar. En su lugar, había conversaciones reales. A veces incómodas, a veces torpes, pero sinceras. Salían a comer juntas de vez en cuando. Pequeños planes. Nada extraordinario. Pero cada uno de esos momentos tenía algo reparador. C
Mara me observaba con una mezcla de decepción y enojo. De esas miradas que no necesitas interpretar. Que simplemente… sabes que duelen porque dicen la verdad. Nathan ya se había marchado. El sonido del portazo aún parecía vibrar en las paredes, como un eco incómodo que no terminaba de apagarse. El silencio que quedó después fue peor. Más pesado. —¿Desde cuándo? —preguntó Mara, cruzándose de brazos. No levantó la voz. No lo necesitaba. Tragué saliva. —No lo sé… —respondí con honestidad. Y eso era lo peor. Que no tenía una respuesta clara. Que todo había pasado sin que pudiera detenerlo. Sin que quisiera detenerlo. —Maya… —exhaló, negando levemente con la cabeza—. No puedes jugar con fuego. Sus palabras fueron directas. Precisas. —Primero dices que no recuerdas nada, que no sabes quién eres, que necesitas espacio… —continuó— y ahora te acuestas con él como si nada. El golpe fue inmediato. Bajé la mirada. —No fue planeado —susurré. —No importa si fue planeado —repli
Esa tarde, Noah se quedó en mi departamento más tiempo de lo habitual. No me molestó. Al contrario. Había algo en su presencia que lograba calmar el ruido constante en mi cabeza. Como si, por unas horas, todo pudiera ser sencillo. Pedimos pizza. Elegimos una película que ella insistió en ver aunque ya la había visto mil veces. Se acomodó a mi lado en el sofá, apoyando la cabeza en mi brazo como si fuera lo más natural del mundo. Y quizá lo era. Quizá siempre lo había sido. Reímos. Comentamos escenas. En algún momento, sin darme cuenta, dejé de pensar en la terapia, en el accidente, en todo lo que me perseguía. Solo estaba ahí. Con ella. Pero el timbre sonó, rompiendo esa burbuja. Miré la hora. Casi las diez. Me levanté, sintiendo un leve nudo en el estómago. Al abrir la puerta, ahí estaba Nathan. Su sola presencia… siempre cambiaba el aire. —Perdón por la hora —dijo, pasando una mano por su cabello—. El tráfico estuvo insoportable. Noah no le dio tiempo a más. Corr







