LOGINNoah dormía plácidamente, así que aproveché para levantarme e ir por un vaso de agua.
Entré a la cocina y ahí estaba Nathan, bebiendo algo. —¿Todo bien? —preguntó al verme. Asentí con suavidad. —Siento lo de hoy… debí habértelo dicho. Tenía tantas cosas en la cabeza que lo olvidé. —Ajá —murmuré, sin ganas de discutir. Tomé el vaso y di media vuelta para salir. —¡Espera! No has comido nada. Siéntate, te prepararé algo. —No, Nathan, no hace falta. Solo venía por agua. ⸻ —Gracias. —No hay de qué. Además, te cortaste cocinándome… —me reí al ver su dedo vendado. —Al menos te gustó. Y te hice reír —sonrió con satisfacción. —Sí. Gracias. Miré el reloj. Ya eran las 2:30 a.m. —Voy a dejar todo limpio y luego te acompaño a tu habitación —dije. —¿No crees que irás con resaca a tu viaje? —Se pasará. Solo necesito darme un baño —se encogió de hombros. Me senté al borde de su cama. —Bueno. Que descanses. Me levanté para irme, pero me detuvo. —No, no te vayas. ¿Te puedes quedar esta noche? Puso una cara tan infantil que no pude evitar reír. —No te rías —dijo, haciéndose el ofendido. —Estás loco. Murmuró algo ininteligible y se metió en la ducha. Cuando salió, le mostré la pijama que había tomado prestada. —¿Qué es esto? —se rió al ver que había colocado almohadas en medio de la cama para dividirla—. ¿Vas a dormir o a marcar territorio? ⸻ Desperté con Maya abrazada a mí, y no pude evitar reírme. —¿De qué te ríes? —murmuró, aún con los ojos cerrados. —De ti… y tus “límites”. Estás en mi lado. Se incorporó de golpe, lo que me hizo reír aún más. —¡No es gracioso! ¿No tenías que viajar? —Para mí sí lo es —dije, bostezando—. Además, aún es temprano. La atraje hacia mí de nuevo, pero en su intento de moverse terminó quedando sobre mí. —Pero qué… —murmuró. —No dije que me molestara que estuvieras a mi lado, pero… mmm, vaya error —susurré al sentir su cuerpo completamente sobre mí. —¿Tú crees? —hizo un pequeño movimiento con sus caderas. —¿Qué haces? —volvió a moverse. Coloqué mis manos en sus piernas para detenerla. —No… no hagas eso —me dijo, quitándolas. —¿Hacer qué, Maya? —pregunté con voz ronca, mientras volvía a moverse. —Maya, basta… no va a acabar bien. Se acercó más y nuestros labios se encontraron. El beso fue intenso, casi desesperado. Mientras continuaba con sus movimientos, mis manos encontraron sus pechos, arrancándole un gemido. —Mmm… ⸻ —¡Mierda! Son las 8:30 —exclamé, incorporándome de golpe—. ¡Debería estar saliendo ya! Envié un par de mensajes rápidos y me metí a la ducha. Cuando salí, Maya ya estaba vestida y lista para irse. Mi celular no paraba de sonar. La ignoré por unos segundos, ocupado respondiendo. —Lo siento —dijo ella de pronto. Solo entonces la miré—. Es mi culpa. —¿De qué hablas? —pregunté mientras me ponía el perfume. —De que te quedaras dormido… y de que pasara eso. Reí suavemente y me acerqué. —No es culpa de nadie. Si fuera por mí, no me iría. Y lo que pasó… fue lo mejor —le di un beso antes de salir del cuarto. —Hoy te quedas en casa —le dije a Noah al llegar a la sala. —¿Por qué? —No irás. Tengo que ir a Manchester. Te quedarás con Silvia. —Bueno… —murmuró, poco convencida. —¡Nooo! Puedes quedarte conmigo —interrumpió, haciendo un puchero—. Porfis, hasta que papá regrese. —Eh… yo… —¡Noah! Ya hablamos. —Está bien… —aceptó con un suspiro antes de volver a la cocina. —Lo siento —le dije a Maya—. A veces es así de caprichosa. —No te preocupes, la verdad es que sí puedo quedarme. —No tienes por qué darle el gusto. Además, vuelvo mañana. —Nathan, no tengo problema en quedarme… si es lo que quieres. Además, puedo aprovechar para trabajar en la pintura que le prometí. —Está bien —dijo, rindiéndose. —Solo iré a casa a cambiarme y traer algunas pinturas. —Para lo que necesites, no dudes en llamar a Abby. Te dejaré su número. —Gracias.Habían pasado algunos meses desde aquella noche de la fiesta. El invierno, frío y silencioso, había quedado atrás. Ahora la primavera se abría paso poco a poco, llenando el aire de luz, de colores suaves, de vida nueva. Y la casa de Nathan… ya no era la misma. Se había llenado de risas. De pasos pequeños corriendo por los pasillos. De voces que ya no temían romper el silencio. Ahora era un hogar. Uno de verdad. ⸻ En la sala, Noah corría descalza sobre la alfombra, abrazando con fuerza un pequeño peluche desgastado. Reía sola, inventando historias en voz baja, como solía hacer. Pero entonces— un sonido la detuvo. Un llanto suave. Delicado. Venía desde la habitación. Se quedó quieta un segundo… y luego corrió. Se detuvo frente a la puerta entreabierta, dudando, como si ese pequeño espacio marcara una línea invisible entre lo conocido y algo completamente nuevo. —¿Puedo pasar? —preguntó en un susurro, asomando apenas la cabeza. Dentro, Maya estaba sentada en un sillón
Pasaron los días y, poco a poco, todo pareció volver a la calma. Maya se recuperaba. Noah volvía a llenar la casa con su risa contagiosa, como si nada hubiera pasado, como si el mundo no se hubiera detenido por un instante. En la casa grande, los silencios pesados habían sido reemplazados por conversaciones más ligeras. Había risas en la cocina, pasos constantes en los pasillos, vida. Pero en el corazón de Nathan… algo no encajaba. No podía dejar de pensar en el accidente. En cómo ocurrió. En los detalles. En esa sensación persistente de déjà vu que no lo dejaba en paz. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a ese otro día. Cinco años atrás. El momento en que creyó haberlo perdido todo. Maya. Su vida. Su futuro. Y cuanto más lo pensaba… más claro se volvía. No era coincidencia. No podía serlo. ⸻ Una noche, en su despacho, lo habló con Fred. La luz era tenue. El aire, pesado. Nathan sostenía un vaso de whisky que no había probado. —No me cierra —confesó, con la m
El bufete estaba de fiesta. Tres años. Tres años desde la fundación de Larson & Co., aquel proyecto que Nathan había levantado desde cero, con más noches sin dormir que certezas, con más dudas que garantías. Aunque ya no ejerciera como abogado, ese lugar seguía siendo suyo. Su legado. Su historia. Y, de alguna forma… todo lo que había sobrevivido. Para la ocasión, la familia Larson había organizado una celebración privada en la Finca. Algo íntimo. Cercano. Solo familia, antes de la gran fiesta que vendría días después con socios, colegas y amistades. Pero para Nathan… no había nada de íntimo en ese día. Solo caos. Correos acumulándose. Llamadas que no dejaban de entrar. Decisiones de último minuto. Cosas que resolver, organizar, confirmar. El reloj avanzaba demasiado rápido. Y él… no alcanzaba. Cuando por fin logró apartarse del escritorio, masajeándose el puente de la nariz, su teléfono vibró. Un mensaje. De Maya. “No te preocupes por nosotras. Yo puedo manejar. M
Un mes había pasado desde aquella conversación con Mara. Un mes en el que, poco a poco, las piezas comenzaron a encajar. No fue de la noche a la mañana. Nada lo fue. Hubo días en los que todavía despertaba desorientada, con esa sensación incómoda de no reconocer del todo su propia vida. Hubo momentos en los que el miedo volvía, silencioso, instalándose en su pecho sin previo aviso. Pero también hubo otros. Días más ligeros. Más amables. Días en los que, sin darse cuenta, dejó de pensar en huir. Y eso… ya era un cambio enorme. La vida no se había vuelto perfecta. Pero sí… más suave. Más habitable. ⸻ Con Mara y Leonora, las cosas habían encontrado un equilibrio inesperado. Ya no había tensión constante, ni palabras contenidas a punto de estallar. En su lugar, había conversaciones reales. A veces incómodas, a veces torpes, pero sinceras. Salían a comer juntas de vez en cuando. Pequeños planes. Nada extraordinario. Pero cada uno de esos momentos tenía algo reparador. C
Mara me observaba con una mezcla de decepción y enojo. De esas miradas que no necesitas interpretar. Que simplemente… sabes que duelen porque dicen la verdad. Nathan ya se había marchado. El sonido del portazo aún parecía vibrar en las paredes, como un eco incómodo que no terminaba de apagarse. El silencio que quedó después fue peor. Más pesado. —¿Desde cuándo? —preguntó Mara, cruzándose de brazos. No levantó la voz. No lo necesitaba. Tragué saliva. —No lo sé… —respondí con honestidad. Y eso era lo peor. Que no tenía una respuesta clara. Que todo había pasado sin que pudiera detenerlo. Sin que quisiera detenerlo. —Maya… —exhaló, negando levemente con la cabeza—. No puedes jugar con fuego. Sus palabras fueron directas. Precisas. —Primero dices que no recuerdas nada, que no sabes quién eres, que necesitas espacio… —continuó— y ahora te acuestas con él como si nada. El golpe fue inmediato. Bajé la mirada. —No fue planeado —susurré. —No importa si fue planeado —repli
Esa tarde, Noah se quedó en mi departamento más tiempo de lo habitual. No me molestó. Al contrario. Había algo en su presencia que lograba calmar el ruido constante en mi cabeza. Como si, por unas horas, todo pudiera ser sencillo. Pedimos pizza. Elegimos una película que ella insistió en ver aunque ya la había visto mil veces. Se acomodó a mi lado en el sofá, apoyando la cabeza en mi brazo como si fuera lo más natural del mundo. Y quizá lo era. Quizá siempre lo había sido. Reímos. Comentamos escenas. En algún momento, sin darme cuenta, dejé de pensar en la terapia, en el accidente, en todo lo que me perseguía. Solo estaba ahí. Con ella. Pero el timbre sonó, rompiendo esa burbuja. Miré la hora. Casi las diez. Me levanté, sintiendo un leve nudo en el estómago. Al abrir la puerta, ahí estaba Nathan. Su sola presencia… siempre cambiaba el aire. —Perdón por la hora —dijo, pasando una mano por su cabello—. El tráfico estuvo insoportable. Noah no le dio tiempo a más. Corr







