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Capítulo 2

作者: Summer
Evelyn siempre se cuidaba de borrar sus huellas. Yo no era más que su excusa, su coartada. ¿Cómo iba a saber realmente dónde estaba?

—Es una mujer adulta y va a donde se le antoja —le respondí con frialdad—. ¿Qué se supone que haga? ¿Seguirla a todas partes como una niñera?

Eso no era lo que Dominic quería oír, y se le descompuso el rostro.

Me soltó el cabello y me abofeteó tan fuerte que me zumbaron los oídos. El impacto incluso me desvió la cabeza a un lado.

La rabia ardió en mi pecho, pero también lo hizo la expectación.

«¿Tan furioso estás ya?», pensé. «Solo espera. No tienes ni idea de la clase de persona que ella es en realidad. Cuando lo descubras, la expresión de tu cara no tendrá precio».

Percibió el desafío en mis ojos, y se llevó la mano al cinturón.

Sacó una navaja. No era muy grande, de esas que se guardan en el bolsillo para el trabajo sucio. Me apoyó el lado plano de la hoja contra la mejilla y la deslizó hacia abajo con lentitud. La punta se enganchó en el cuello de la blusa y lo rasgó como si fuera papel; los botones saltaron por los aires y la tela cedió.

En ese instante, el teléfono se me escurrió del bolsillo y cayó al suelo.

Dominic lo recogió. Miró la pantalla y luego a mí.

—El mismo código de cumpleaños, ¿eh? Nunca cambias. —Tecleó los números y desbloqueó el aparato.

Revisó la lista de contactos. Al dar con el primero, acompañado por el emoji de un corazón, soltó un bufido.

—Déjame adivinar. ¿Evelyn? —Me miró con absoluto asco—. Por supuesto. Llevas años chupándole la sangre. ¿Para qué ibas a tener a alguien más en tu vida?

Y entonces, sonó.

La pantalla se iluminó con la llamada entrante de «Mi amor ❤️ Julian».

Dominic sonrió, respondió y activó el altavoz.

—¿Scarlett? ¿Estás ahí? —sonó la voz de Julian, cálida y algo teñida de preocupación—. Llevo rato intentando comunicarme contigo. ¿Todo bien?

Dominic no me dio oportunidad de articular palabra. Uno de sus hombres me tapó la boca con una mano áspera.

—Scarlett no puede hablar en este momento —respondió él. Sonaba tranquilo, casi amigable—. Habla su ex, Dominic.

Se hizo un largo silencio en la línea.

—¿Por qué contestas tú su teléfono?

—Solo creí que deberías saber un par de cosas sobre la mujer con la que estás a punto de casarte.

Hubo otra pausa.

—¿De qué estás hablando?

—Toda su vida es un desastre —soltó Dominic mientras se recostaba contra el escritorio, como si fuera el dueño del lugar—. Lleva años exprimiendo a mi esposa. La obligó a vender sus joyas para poder comprarse bolsos de diseñador, paga por la compañía de hombres, organiza fiestecitas depravadas en las que ni siquiera se molesta en usar protección... ¿Sabías que abortó hace poco? Obligó a mi esposa a acompañarla al hospital. Supongo que el bebé no era tuyo.

Dominic me miraba mientras hablaba, deleitándose con la situación.

—Así que te lo pregunto de nuevo —continuó hacia el teléfono—. ¿De verdad quieres casarte con esa clase de escoria? ¿No te preocupa que te contagie algo?

Silencio. Julian no pronunció palabra durante un largo rato.

Julian y yo teníamos una buena relación. Muy buena, en realidad, y ya estábamos inmersos en los preparativos de la boda. Era un hombre decente, amable y tierno. Por más fuertes que fueran nuestras discusiones, siempre regresaba dispuesto a solucionarlo todo.

Sin embargo, ahora solo guardaba silencio.

Dominic cortó la llamada y me sonrió.

—¿Aún te niegas a decirme dónde está Evelyn?

Le asesté una patada al matón que me tapaba la boca. Fue un golpe seco que lo hizo soltar un alarido, y me liberó.

—No puedes soltar mentiras así como así —le espeté, con la voz temblorosa de rabia—. Ni siquiera te tomaste la molestia de comprobar si algo de todo eso era cierto.

Su sonrisa permaneció inalterable.

—¿Comprobarlo? No necesito comprobar nada. Sé cómo eres.

Paseó la vista por la oficina, observando las computadoras hechas pedazos y el mobiliario destrozado. Sus hombres seguían haciendo añicos el lugar. Uno arrancó un póster de la pared; otro le abrió un agujero de una patada a los paneles de yeso.

—¿Quieres hablar de delitos? —preguntó—. Yo soy la delincuencia. Esta ciudad me pertenece y la policía no me toca. Aquí la ley soy yo.

Acortó la distancia entre ambos y me agarró por el mentón.

—¿Acaso crees que no sé cuánto le has robado a Evelyn a lo largo de los años? ¿Esta empresa entera? Salió de su bolsillo. Cada escritorio, cada computadora, cada estúpida plantita del rincón. No hago más que destrozar mis propias cosas. ¿Cuál es el problema?

Se jactó como si fuera una especie de héroe justiciero.

Eché un vistazo al reloj de pared. Faltaba menos de media hora. Eso era lo que tardaría Evelyn en desangrarse en alguna habitación de hotel junto al tío de Dominic.

«Falta muy poco. La función está a punto de comenzar».

Le dediqué una mirada exhausta.

—Tal vez deberías esperar unos minutos. Tu esposa está a punto de llamarte.

Ese comentario colmó su paciencia, y su expresión se tornó furiosa.

—¡¿Sigues haciéndote la valiente?! ¡De acuerdo! ¿Quieres jugar? ¡Te destruiré, aquí y ahora!

Les hizo una seña a sus subordinados.

—Llévenla afuera.

Me agarraron de los brazos y me arrastraron fuera de la oficina, a lo largo del pasillo, hasta cruzar la puerta principal del edificio. En el trayecto, uno de ellos me tironeó de la blusa, haciendo saltar los botones por el suelo. Otro me agarró la falda y dio un jalón. Para cuando me arrojaron a la acera, me habían dejado casi desnuda.

La gente que pasaba por ahí, empleados en su hora de almuerzo, secretarias, un par de sujetos de traje… todos se detuvieron a mirar.

Dominic salió detrás de mí. Se irguió a mi lado y empezó a hablar a los cuatro vientos. Le relató a todo aquel dispuesto a escuchar la terrible persona que yo era; cómo había arruinado a Evelyn, que era una ramera barata y que no valía nada.

La multitud empezó a congregarse, y me señalaba con el dedo mientras un murmullo de voces mordaces llenaba el ambiente.

—¿Es en serio? ¿Esa mujer está casada, espera un hijo y permite que su amiga le haga semejante cosa? ¡Tiene que ser una completa idiota! Yo habría cortado lazos con ella hace años.

—La típica amiga falsa: te sonríe de frente y te apuñala por la espalda. Solo busca que el resto sea tan miserable como ella. Mi esposa tenía una «amiga» igualita. Le arruinó tanto la vida que hasta el día de hoy sigue tomando medicación.

—Una sanguijuela en toda regla. Le chupa la vida a su familia, luego a sus amigos y, al final, a cualquier incauto lo bastante estúpido como para casarse con ella. Todo el que se le acerca termina en la ruina.

—Y no olviden lo de que se acuesta con cualquiera. Por lo que escuché, ya se ha acostado con media ciudad. No me gustaría vivir cerca suyo.

Todos sonaban muy seguros; convencidísimos de que yo era la mismísima encarnación del diablo.

Dominic me miró con desdén desde arriba.

—¿Y bien? ¿Aún te haces la dura?

Creía que me tenía acorralada. Estaba convencido de que le iba a suplicar clemencia.

Pero esbocé una sonrisa gélida.

—¿Esta es tu gran jugada maestra? ¿Unos cuantos oficinistas gritándome obscenidades? Me mudo a otro lado y asunto arreglado. ¿De verdad quieres destruirme? Llama a un par de influencers. Transmítelo en directo. Deja que la ciudad entera lo vea.

Se le ensombreció el semblante.

—De acuerdo. Tú te lo buscaste.

«Sí», pensé. «Que arda todo. Que todo el mundo vea cómo tu tío y tu mujercita te han estado viendo la cara de idiota todo este tiempo».

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