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ผู้เขียน: Annabella M P
last update วันที่เผยแพร่: 2026-08-06 11:07:18

Maira se sentó en el sofá y Bruno fue a la oficina y sirvió un vasos de whisky. Lo bebió de un solo sorbo. Y salió nuevamente. Se acercó a Maira y la miró fijamente.

-Dime qué estás pensando. -dijo él,

sentándose frente a ella.

Maira lo miró.

-Estoy pensando que la próxima vez será diferente.

-¿La próxima vez?

-Si. -respondió ella.

-Si ahora nos dicen que no hay próxima vez. No de esta manera. -dijo él.

-Lo sé. -respondió ella. Hizo una pausa. Y continuó.

-¿Tú cómo te sientes con eso? Con la idea de que otra mujer...

-Si el bebé es nuestro, si tiene tus genes y los míos, si lo traemos al mundo con intención y con amor...

-dijo Bruno, y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

-Para mí ese es nuestro hijo, Maira. No me importa el recipiente. Me importa lo que hay adentro.

Ella lo miró por un momento largo.

Algo cambió en su expresión.

-Llamaré a la doctora mañana. -dijo al fin.

-Le diré que queremos seguir adelante.

Maira se levantó, subió las escaleras y fue a su habitación.

Esa misma noche, Maira envió un mensaje a la doctora Reyes.

"Mañana iré al consultorio."

Mientras, Bruno en su oficina, estaba tratando de procesar cada palabra de la doctora.

Tomó su último sorbo y salió. Subió a su auto y condujo sin rumbo.

Sus pensamientos era un caos. De nada servía tenerlo todo, de nada servía ser uno de los hombre más ricos y poderosos de Francia y con influencias a nivel mundial. Sino podía comprar la naturaleza. Y mucho menos arremeter contra ella.

Sus cavilaciones lo llevaron a la zona rosa.

Entró a un bar y en la barra vió a Adriano Valente, su mejor amigo y socio.

-Que cara traes amigo. ¿Te pasó algo? -preguntó al verlo con el rostro más serio de lo habitual

-Nada que no se pueda resolver. -respondió haciendo señales al bartender para que sirviera un vaso con whisky.

-Pues espero no se resuelva pronto. -dijo Adriano sonriendo. Bruno lo fulminó con la mirada.

-Es en buen plan. Mira, por el lado positivo. Si lo resuelves pronto, no saldrás a darte un gustaso viendo un show.

-No necesito ver este tipo de shows y lo sabes.

-Hermano...no todo en la vida es trabajo.

-Lo se. Pero llega un tiempo en que todo esto aburre. -respondió Bruno mirando a su alrededor.

-Haber, no es que seamos ancianos. Apenas treinta y nueve añitos.

-Si...y tu no maduras Adriano. ¿Acaso no piensas en formar una familia?

Adrian se carcageo y bebió el contenido de su vaso.

-¿Familia?

-Si Adriano. Esposa , hijos.

Adriano, bebió todo el contenido de su vaso y miró a Bruno.

-Ya, cuéntame. ¿Que te sucede? -habló tratando de no responder a esa pregunta.

-Son negocios. Algo no concretado aún.

Adriano lo miró, sabía que no eran negocios empresariales. Pero prefirió esperar a que decidiera contarle.

Bruno bebió un poco más y después de unas horas salió.

Subió al auto y manejó de regreso a su residencia. Llegó y fue directamente a su habitación, entró y entre las luces tenue vio la silueta de Maira sobre la cama. Se acercó despacio y se acostó a su lado en completo silencio.

La doctora recibió la llamada de Bruno a las nueve de la mañana siguiente.

-Doctora, busque a la persona indicada, por el dinero no hay problemas. -dijo. Ella escuchó, sonrió y tomó notas y prometió ponerse en movimiento. Colgó y se quedó mirando su agenda un momento antes de empezar a hacer sus propias llamadas.

Tenía en mente algunos perfiles, mujeres que en algún momento habían expresado interés o necesidad. Pero la búsqueda de una gestante no era como buscar a alguien para un trabajo cualquiera. Había que evaluar la salud física, el equilibrio emocional, la situación familiar, la capacidad de comprender y aceptar el vínculo especial y temporal que implicaba cargar una vida que no sería suya para quedársela.

Pasó una semana.

Al mediodía fue al hospital para su ronda habitual de pacientes. Y fue ahí, en el pasillo de terapia intensiva, donde se cruzó con el doctor Wiliams, su colega, quien le habló brevemente de una situación que había conocido esa semana.

-Una chica joven. -le dijo el Galeno.

-Hija de una de mis pacientes. Está en una situación económica muy difícil. Necesita una cantidad importante de dinero con urgencia. Es sana, sin hijos, psicológicamente fuerte a pesar de todo lo que está viviendo.

La doctora Reyes escuchó con atención.

-¿Crees que estaría dispuesta a escuchar una propuesta?

-No lo sé. Pero no cuesta nada averiguar. -respondió su colega.

-Pero creo que merece tener la opción. -continuó.

-Dame su contacto. -pidió la doctora.

Y esa misma tarde, la doctora Reyes le envió un mensaje a Oriana.

Maira parecía más pensativa y distante, Bruno la observaba. Una noche, mientras ella leía en la cama, él apagó la lámpara de su lado y se giró hacia ella.

-Va a salir bien. -dijo él. Maira bajó el teléfono y lo miró.

-¿Cómo puedes estar tan seguro?

-No lo estoy. -admitió el y continuó.

-Pero he decidido creerlo. Hay una diferencia.

Ella no respondió, apagó su lámpara también. Y se acomodó en su lado. En la oscuridad, Bruno empezó a besarla, pero ella lo detuvo con su mano.

-Estoy cansada. -murmuró.

-Descansa. -redpondió él.

Día del asaltado.

Ninguno dijo más. No hacía falta. Afuera, la ciudad hacía su ruido habitual, indiferente y constante,

Oriana sostenía una tarjeta entre los dedos y miraba a su madre dormir.

Dos historias que aún no se habían encontrado, pero que ya estaban, sin que ninguna lo supiera, moviéndose la una hacia la otra.

-Lo voy a hacer, madre. Tú me diste la vida y yo voy a prolongar la tuya.

Oriana tomó su teléfono y marcó el número de la doctora. El tono sonó dos veces antes de que contestaran.

-Doctora Reyes.

-Soy Oriana Serra. -Hizo una pausa breve, la última, como quien toma aire antes de saltar.

-Acepto. -habló con una seguridad que le helaba la sangre.

Al otro lado de la línea hubo un silencio de apenas un segundo.

-¿Estás segura?

-Sí. -respondió Oriana, y lo dijo sin temblor, sin rodeos, con esa clase de certeza que no nace de no tener miedo, sino de haber decidido que el miedo no va a mandar.

-Bien. Necesito que vengas mañana a primera hora a mi consultorio. Hay mucho que explicarte antes de firmar cualquier cosa. Quiero que entiendas cada paso del proceso, cada implicación. No voy a apresurarte en nada, pero el tiempo sí nos apremia.

-Estaré ahí a las ocho.

-Perfecto. Y Oriana... -La doctora hizo una pausa.

-Estás haciendo algo muy valiente.

Oriana miró a través del vidrio. Florencia dormía con esa serenidad que solo pertenece a los que no saben cuánto los aman.

-Estoy haciendo lo que cualquier hija haría. -respondió, y colgó.

Valentina estaba apoyada en la pared a pocos metros, con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba admiración con inquietud. Lo había escuchado todo.

-¿Estás segura? Mi Ori. -preguntó, en el mismo tono que había usado la doctora, pero cargado de algo más personal.

-No me preguntes eso otra vez, Vale. Si me lo preguntas suficientes veces voy a empezar a dudar, y ahora mismo no puedo permitirme dudar.

Valentina asintió despacio. Se acercó y la abrazó sin decir más. Un abrazo largo, de los que no necesitan palabras porque las palabras habrían sobrando.

-¿Le vas a contar a tu madre? -preguntó cuando se separaron.

-Cuando despierte y esté fuera de peligro. Cuando todo haya pasado. -Miró a Florencia a través del vidrio. -No quiero que cargue con esto. Ya tiene suficiente.

-¿Y tú? ¿Puedes cargar con esto sola?

Oriana la miró.

-No estoy sola. Te tengo a ti.

Valentina parpadeó rápido, como quien intenta que los ojos no delaten lo que siente.

-Sí. Me tienes a mí. Yo estaré siempre, eres la hermana que la vida me dio. -dijo ella.

Esa noche Oriana fue su casa por primera vez en muchos días. Abrió la puerta, y dejó caer su bolso, a cada paso dejo sus zapatos. Sentía su alma por el suelo.

Se tiró sobre el sofá y respiró profundo. Cerró los ojos, y sin darse cuenta cayó en un profundo sueño.

Si dueño era una mezcla de lo que había vivido en el asalto y las palabras de la doctora.

A las seis de la mañana, despertó con el cuello adolorido, sentia que por más que hubiera dormido, seguía cansada. Se levantó masajeando su cuello y fue a su habitación, entró al baño, quitó su ropa. Entró a la ducha. Se duchó despacio, dejando que el agua caliente deshiciera el nudo de tensión acumulado en los hombros. Se miró en el espejo del baño mientras se secaba el cabello. Tenía ojeras profundas, los pómulos un poco más marcados de lo habitual por los días de comer poco y mal. Pero sus ojos seguían siendo los mismos. Firmes. Oscuros. Los ojos de Florencia.

Se acostó en su cama en posición fetal. Pensó en lo que implicaba lo que había aceptado. Nueve meses. Su cuerpo dejaría de pertenecerle completamente a ella durante casi un año. Habría cambios que no podía imaginar del todo, molestias, restricciones, citas médicas, controles. Y al final, entregaría a alguien que había crecido dentro de ella pero que no era suyo.

¿Podría hacerlo? Era la pregunta que aún no nacía en su mente.

Cerró los ojos. Pensó en Florencia cantando desafinado en la cocina. En sus manos preparando sopa cuando ella tenía fiebre. En la manera en que la miraba, como si fuera lo más valioso que existía en el mundo.

Sí. Claro que podía hacerlo.

Se levantó se arregló y salió convencida de la decisión que había tomado. Fue a la parada del autobús, y después de un rato llegó. Todo el trayecto fue pensar únicamente en su madre, no quería pensar en otra cosa para no cambiar su decisión.

A las ocho en punto, Oriana estaba sentada frente al escritorio de la doctora Reyes. El consultorio era sobrio y ordenado, con diplomas en la pared y una pequeña planta verde en la esquina que parecía estar ahí para recordarle a todo el mundo que la vida siempre encuentra la manera.

La doctora entró con dos tazas de café y las puso sobre el escritorio antes de sentarse.

-Gracias por venir puntual. -Le empujó una taza.

-¿Dormiste? -preguntó.

-Algo.

-Bien. Necesito que estés despejada porque hoy vamos a hablar de todo. Sin omisiones, sin suavizar nada. Quiero que tomes esta decisión con información completa.

-La decisión ya está tomada, doctora.

-Lo sé. Pero aun así necesitas entender cada detalle antes de firmar. -dijo.

Abrió una carpeta y sacó varios documentos.

-Empecemos por el proceso médico.

Durante la siguiente hora, la doctora Reyes le explicó todo con una paciencia que Oriana trataba de entender.

La fecundación in vitro con el material genético de Bruno. La preparación del útero de Oriana mediante un protocolo hormonal que duraría varias semanas. La transferencia del embrión. La espera. Los controles. Todo era claro y confuso a la vez.

-¿Hay riesgos? -preguntó Oriana.

-Como en cualquier proceso médico, sí. Los más comunes son la respuesta hormonal, que puede generar molestias físicas durante la preparación. Un embarazo gemelar si se transfieren dos embriones, aunque en tu caso transferiríamos uno para minimizar riesgos. Y por supuesto, como en cualquier embarazo, hay factores que no podemos controlar del todo.

-¿Y si el embrión no implanta?

-Se intenta de nuevo. El contrato contempla hasta tres intentos de transferencia. Después de eso, se evalúa la situación.

Oriana asintió. Procesaba cada dato con esa frialdad que uno desarrolla cuando no puede permitirse el lujo de derrumbarse.

-Cuéntame de ellos -dijo de pronto.

La doctora la miró.

-¿De la pareja?

-Sí. Si voy a cargar a su hijo durante nueve meses, quiero saber qué clase de personas son. Al menos lo básico.

La doctora consideró la petición un momento y luego asintió.

-Son una pareja muy enamorada, él de treinta y siete años. Casados hace cinco años, ella es diseñadora de interiores. Llevan tres años intentando tener un hijo. Han pasado por pérdidas, por tratamientos fallidos, por momentos muy difíciles. Son personas serias, estables, que han pensado esto con mucho cuidado. -Hizo una pausa.

-Y están dispuestos a conocerte, si tú también lo deseas.

Oriana sintió un frío recorrer su espalda, y de pronto y de forma involuntaria ese hombre que la atropelló llegó a su mente.

-No. -dijo.

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