LOGINSe detuvo en un semáforo y, casi por impulso, compró un ramo de flores a una vendedora ambulante. Quizá era su manera de redimirse, de compensar aquel pensamiento fugaz dedicado a alguien que no era Maira.
Bruno llegaba a la oficina de Maira cuando ella salía de urgencias con el abrigo a medio poner y el teléfono pegado a la oreja. -Amor, tengo una reunión muy importante. -dijo en cuanto lo vio, cubriendo el micrófono con la mano. -¿Todo bien? -preguntó él, mirándola con esa atención silenciosa que la conocía mejor que ella misma. -Sí, sí. Es trabajo. Un cliente nuevo. -Le dio un beso rápido en la mejilla-No me esperes para almorzar, puede tomar tiempo. Bruno la observó alejarse con paso apresurado hacia el estacionamiento. Algo en él, quiso preguntar más, pero lo dejó ir. Maira siempre había sido una mujer de agenda apretada. No había razón para sospechar nada. O eso se dijo. Maira condujo los quince minutos que separaban el hospital, de la doctora Reyes con las manos apretadas en el volante y la mandíbula tensa. Había recibido la llamada esa mañana temprano, antes de que Bruno se despertara. Había salido a contestar al balcón, hablando en voz baja con la mirada fija en la calle vacía. Lo que la doctora le había informado era simple en su formulación y enormemente complicado en todo lo demás que parecía ahora con el vientre de alquiler ya casi aceptando. Dejó el auto en el estacionamiento, subió rápido y entró al consultorio sin pasar por recepción. La doctora Reyes la esperaba con la puerta entre abierta. -Cierra. -dijo en cuanto Maira entró. Maira cerró la puerta. Se quedó de pie un momento antes de sentarse, como si necesitara ese segundo para decidir si realmente quería estar ahí. Luego se sentó. La doctora Reyes no perdió tiempo en preámbulos. Tenía sobre el escritorio una carpeta delgada y una tableta con imágenes médicas abiertas en la pantalla. Se inclinó hacia adelante y habló en voz baja, con la misma calma clínica con la que hablaba siempre, aunque el tema que estaba por tratar no tuviera nada de clínico. -Ya tienes el contexto general, pero quiero que entiendas el detalle antes de que decidas. -Explícame. -dijo Maira. -El proceso oficial contempla la fecundación in vitro con los óvulos tuyos y el esperma de Bruno. El embrión resultante se transfiere al útero de Oriana y ella gesta al bebé. Así es como está redactado el contrato. Así es como Bruno lo entiende. -Pero. -dijo Maira, porque sabía que había un pero. -Pero tus últimos estudios muestran que la reserva ovárica ha disminuido considerablemente desde el ciclo anterior. -La doctora giró la tableta hacia ella y señaló los valores en pantalla. -La estimulación podría producir uno o dos óvulos en el mejor de los casos, y la calidad es variable. Las probabilidades de una fecundación exitosa con tu material genético en este momento son bajas. Muy bajas. Maira miró los números sin parpadear. -¿Cuánto es muy bajas? -Menos del doce por ciento. El silencio que siguió fue breve pero denso. -¿Y la alternativa? -preguntó Maira, aunque ya sabía muy bien la respuesta. Por eso estaba ahí. Por eso había venido sin Bruno. La doctora no desvió la mirada. -Óvulos de donante. Anónima, seleccionada por compatibilidad genética, fenotípica y de grupo sanguíneo. Las probabilidades de fecundación exitosa suben al setenta y ocho por ciento. El embarazo de la vientre de alquiler procedería exactamente igual. El bebé nacería sano. Bruno nunca sabría la diferencia porque los registros médicos quedarían bajo confidencialidad de la clínica. Maira apoyó los codos sobre el escritorio y cubrió su boca con ambas manos. Era el gesto de quien necesita contenerse físicamente para no decir lo primero que le viene a la mente. -¿Está segura de que Bruno nunca se dará cuenta? -dijo finalmente, con una voz que no era acusación sino constatación. -Estoy hablando de darte un hijo. Lo necesitas independiente de quién sea la madre. -respondió la doctora con la misma calma. -Bruno quiere ser padre. Ese deseo no depende de si el ADN materno es tuyo o de una donante. El bebé crecerá como hijo de los dos. El lo amará igual. Lo criará igual. La única diferencia es un dato en un laboratorio que nadie verá jamás. -Yo lo vería. -dijo Maira. -Yo lo sabría. -Sí. -admitió la doctora sin rodeos-Tú lo sabrías. Pero ese hijo es tu seguro para poseer todo el imperio Franco Raffaelle. Maira se levantó de la silla y caminó hasta la ventana. Cruzó los brazos sobre el pecho y miró hacia afuera. El cielo estaba nublado, de ese gris uniforme que no promete lluvia pero tampoco sol. Años. Cuatro años de tratamientos, de esperanzas, de resultados que siempre llegaban con alguna mala noticia adjunta. Cuatro años viendo a Bruno sostenerla con una paciencia y una lealtad que le partían el alma de gratitud y de culpa al mismo tiempo, porque en el fondo, aunque nunca lo habían dicho en voz alta, el problema siempre había sido su cuerpo. Ella era el eslabón roto. Y ahora su cuerpo volvía a fallarle, esta vez de una manera que ni siquiera podía contarle a él sin ver en sus ojos, por más que lo disimulara, el peso de esa información. -Si le digo la verdad. -murmuró sin voltearse. -¿Qué estás diciendo? -habló la doctora. -Si le dices la verdad, lo puedes perder todo. -Él me ama. -Pero no te verá en los ojos de ese niño. El está seguro de que ese hijo será de ustedes dos, se sellará ese vínculo entre ustedes. -¿O puede romperse. Si descubre la verdad. No hay nada oculto. -agregó Maira en voz baja. -No pude enterarse nunca. -dijo Sandra. -Espero eso también. La doctora no respondió a eso. Era un territorio que excedía su consultorio. Maira se volteó. Tenía la expresión de quien ha estado dudando por dentro desde hace mucho tiempo. -Bruno lleva años diciéndome que el problema no importa, que él me ama a mí, no a mi capacidad de tener hijos. - ¿Y lo crees?. La verdad. -Hizo una pausa. -No lo se. -Maira. -dijo la doctora con un cuidado manipulador. -No te estoy presentando la opción de ser la dueña absoluta de todo eso. Te estoy dando la opción real. Y tú lo dudas. -No lo dudo. Estoy poniendo en la balanza la ambición y el deseo de ser padre. Alguna vez yo también lo desee, Pero la vida me ha negado esa posibilidad. Y de algo si estoy segura. No voy a ver a ese niño con ojos de madre y no se cuánto aguante ver como mi esposo volteará su atención en alguien que no lleva mi sangre. -Solo tu y yo lo sabemos. -¿Y la dueña del vientre? ¿Ella sabría? -No. No lo sabe, solo sabe que gesta el embrión de la pareja. No tiene acceso ni derecho a los detalles del laboratorio. Para ella, el proceso es el mismo independientemente de cuál sea el origen del óvulo. Maira caminó de regreso a la silla pero no se sentó. Se quedó de pie detrás de ella, con las manos apoyadas en el respaldo. -¿Y si saca rasgos de su madre biológica? La doctora la miró directamente. -No lo notará, tiene el cabello oscuro, es de piel blanca. Hasta diría que se parece a tí. Maira la miró. Era una respuesta que bordeaba lo éticamente incómodo y ambas lo sabían. Maira se sentó. Pasó un minuto en silencio. La doctora esperó sin apurarse, sin llenar el espacio con palabras innecesarias. Afuera, en el pasillo, se escuchaban pasos lejanos y el murmullo amortiguado de alguna conversación. -Si usamos el óvulo donante. -dijo Maira finalmente, midiendo cada palabra. -¿No hay la más mínima posibilidad de que ella se entere? ¿ Seguro? La doctora reconoció la pregunta por lo que era. No era una confirmación todavía. -Absolutamente no. -respondió. -Los registros de donación están encriptados y separados del expediente clínico del paciente. Ni siquiera el personal de enfermería tiene acceso a esa información. Solo yo y el embriólogo a cargo. -¿Y el embriólogo? -Si. Lleva doce años trabajando conmigo. Es de absoluta confianza. Maira asintió muy despacio, como quien firma algo con el cuerpo antes de firmarlo con la mano. -Necesito dos días. -dijo. -Para pensarlo. -Tienes un día, no más. -Y necesito que nadie, absolutamente nadie, le confirme la firma del contrato a Bruno hasta que yo lo lea primero. -Por supuesto. Se pusieron de pie. Maira tomó su cartera y se la colgó al hombro. Antes de llegar a la puerta, se detuvo y se giró hacia la doctora. -¿Has hecho esto antes verdad? -preguntó. -¿Ocultar el origen del óvulo? La doctora Reyes sostuvo su mirada sin pestañear. -He ayudado a familias a tener hijos cuando la medicina convencional no es suficiente. -respondió. -Cada caso tiene sus particularidades. Y este en especial tiene su razón de ser. Y tú lo sabés -Me refiero ya que si lo hiciste antes nunca nadie se ha enterado. -Confia en mi. -dijo la doctora. No era una respuesta directa. Ambas lo sabían. Pero Maira decidió no insistir, porque en el fondo temía que la respuesta directa le quitara algo que todavía no estaba segura de querer conservar. El hijo de su esposo con otra. Que heredaría toda su fortuna. Salió del consultorio. Caminó por el pasillo con paso firme y la cabeza alta, como hacía siempre, como había aprendido a hacer en años de cargar cosas que nadie a su alrededor veía. Llegó al ascensor y presionó el botón. Mientras esperaba, sacó el teléfono. Tenía dos mensajes de Bruno. "¿Cómo va la reunión?" "Te amo" Maira leyó ese segundo mensaje dos veces. Tres. Lo guardó el teléfono sin responder. Las puertas del ascensor se abrieron. Entró. Y cuando las puertas metálicas se cerraron y se quedó sola en ese espacio pequeño, por primera vez en toda la mañana, dejó que la expresión de su cara dijera lo que había estado callando. Se miró en el reflejo y una sonrisa sarcástica se dibujó en ella. -Claro que voy a querer un vientre de alquiler. Aúnque no vaya a querer a ese bebé, pero su voy a querer esa fortuna, y será solo mía, toda mía. -se dijo mentalmente con una enorme sonrisa en sus labios. Mientras Maira salía del consultorio. Sandra Reyes sonreía sintiendo una mezcla de felicidad. -Claro que vas a a estar querida sobrina, cuando ese niño Nazca será el pasaporte a mi venganza. Mientras tu, serás mi instrumento. -habló empuñando las manos. Apretó sus dientes sintiendo el rencor bullir en su interior. -Jamás te perdonaré Bruno. Jamás te perdonaré que por tu culpa yo creciera sin un hogar. Los recuerdos golpearon a Sandra con una fuerza inesperada. Saber que su padre la había abandonado por culpa de la madre de Bruno era una herida que nunca terminó de cerrar, una verdad que seguía latiendo bajo la superficie de su vida. Apretó los labios, tratando de contener el torbellino de emociones que amenazaba con desbordarse. Había crecido con esa ausencia, con preguntas sin respuesta y un vacío que nadie logró llenar del todo. Y ahora, desde hacía cuatro años, había regresado a la vida de Bruno, y al volver se dispuso a enfrentar esa realidad, que parecía removerse otra vez, como si el tiempo no hubiera pasado. Se preguntó cuántas decisiones de su vida habían estado marcadas por ese abandono, cuántas veces había intentado demostrar que era suficiente, que no necesitaba a nadie. Pero en el fondo, muy en el fondo, seguía siendo aquella niña que esperó en vano que su padre regresara. Respiró hondo, obligándose a mantenerse firme. No podía cambiar el pasado, pero sí decidir qué hacer con él en el presente. Sentía la necesidad de vengarse, ejecutando meticulosamente un plan, había logrado que su sobrina se casara con Bruno, y ahí estaba, logrando poco a poco entrar en la vida de Bruno Franco Raffaelle.En un abrir y cerrar de ojos pasaron los años.Seis años no son una línea recta. Son una acumulación de martes ordinarios que, vistos desde lejos, forman una vida. Los cumpleaños, los eventos en la empresa.Oriana fue ascendida a coordinadora senior al tercer año. Margueret se lo comunicó en la oficina.—Te lo has ganado —dijo simplemente.Oriana pensó en Florencia. En la silla plástica de hospital. En la carpeta azul. En todos los kilómetros que había entre ese momento y el primero.—Gracias —dijo.Las amistades en Renard se afianzaron con la lentitud de las cosas verdaderas.Con Pierre, cada viernes se convirtió en una cita no oficial para almorzar, donde él contaba sus planes de viaje que se actualizaban semana a semana y Oriana escuchaba con un afecto que no necesitaba explicarse. Con Thomas, la confianza se midió en notas adhesivas cada vez menos escuetas, hasta que un día, sin anuncio, le dejó una que decía "buen trabajo, Oriana", con su nombre completo, lo cual en el idioma de
Luego asintió.—Tiene sentido.Y no dijo más.Oriana confió en que Lena guardaría la información con la misma discreción con que la había recibido. Y Lena lo hizo. Una semana. Dos.La tercera semana hubo una reunión de equipo ampliada que incluyó a los directivos de la sede de Lyon que habían venido a Zúrich por dos días. La reunión se extendió más de lo previsto y cuando terminó eran las seis y cuarto.Oriana ya había enviado un mensaje a Ana María, su nana, pidiendo quince minutos adicionales y había salido de la sala con discreción.Margueret la vio salir y su mirada siguió la salida con la atención de quien nota algo que no entiende todavía.Al día siguiente Margueret la llamó a su oficina.—Siéntate, Oriana.Se sentó.—Llevas dos meses con nosotros. El trabajo es bueno. Thomas dice que eres precisa y que no hace falta repetirte las cosas, que para él es el mayor elogio posible.—Me alegra saberlo.—Pero hay un patrón que he notado y que necesito entender. —Margueret la miró direc
Nuevamente empezó a empacar, miró a sus bebés y sonrió.—Nuevamente a empezar de cero, mis pequeños. Pero tranquilos, que mamá no dejará que ustedes pasen necesidades. Vamos a salir adelante. Juntos. Como la familia que somos.Habló mientras Isabella la observaba atenta como si entendiera cada palabra.El día del viaje llegó con el equipaje listo. Llamó un Uber y fueron a la estación en compañía de Elena, quien la despidió al llegar. Abordaron el tren de Roma a Suiza. Ya instalada en su vagón, emprendieron un viaje a un país desconocido, visto solamente a través de documentales y fotos de Google o Pinterest. El tren tardó más de once horas con dos cambios. Oriana lo hizo sola con los dos pequeños porque había decidido que era hora de demostrar que podía.Fue la segunda experiencia de viaje más difícil de su vida, siendo la primera el vuelo desde Buenos Aires, donde Guillermo se había negado a dormir durante las primeras horas e Isabella había perdido el chupete en algún punto del tray
Buscó una maleta y fue a la habitación de los pequeños, preparó lo más importante que necesitaría. Miró sus ahorros.—Esto servirá —se dijo con una nueva idea fija en su mente. No esperaría los treinta días. No.Era ahora.No fue una decisión impulsiva aunque lo pareciera desde afuera. Llevaba días construyéndose en silencio, en esas horas de madrugada cuando los pequeños dormían y ella miraba el techo calculando números que no cerraban y plazos que se acortaban y un futuro que en esta ciudad, en esta casa, con esta deuda y sin red de apoyo que pudiera sostenerla indefinidamente, simplemente no tenía forma posible.Había hecho los cálculos. Los había hecho mal al principio, con el agotamiento de quien lleva meses sin dormir bien, y luego los había rehecho con frialdad. El acuerdo con el banco resolvía el desalojo inmediato pero no la deuda de fondo. Las cuotas reestructuradas eran manejables solo si su situación laboral se mantenía estable, y su situación laboral dependía de una jefa
Oriana miró a los pequeños llorar. Hizo un gesto de apresurarse para poder atenderlos.—Ya, mi amor —dijo Oriana, sin dejar de fotografiar documentos.—Yo también tengo mucho que decir hoy. Espéreme un momento.Oriana terminó de enviar los documentos y esperó respuesta.Las dos semanas siguientes fueron una negociación silenciosa que ocurría en despachos y correos electrónicos que Rodrigo le resumía cada dos días con la precisión de quien traduce un idioma.El banco escuchó. El banco revisó la documentación. El banco consultó con su comité.El banco ofreció una quita del cuarenta por ciento de los intereses de mora y una reestructuración de la deuda en treinta y seis cuotas adicionales, con la condición de un pago inicial del veinte por ciento del total reestructurado para activar el acuerdo.Rodrigo le explicó los números.—El pago inicial sería de dos mil ochocientos dólares.Oriana miró el techo.—Tengo ochocientos.—Lo sé.—¿Hay margen para negociar ese inicial?—Ya lo negocié. Em
Frío, específicamente. El frío de quedarse sin el último recurso que uno creía tener.-Entiendo -dijo Oriana finalmente.-Lo lamento. De verdad.-Lo sé.Colgó.Se quedó sentada en el borde de la cama con el teléfono en la mano. El niño dormía. La niña también, con ese ceño siempre levemente fruncido que a estas alturas Oriana había dejado de intentar suavizarle porque claramente era parte de su carácter y no de su estado de ánimo.Pensó en Florencia.No con nostalgia. Como hacía a veces cuando el problema era demasiado grande para resolverlo sola y necesitaba escuchar una voz que ya no estaba disponible.¿Qué harías tú, mamá?La respuesta llegó sola, con la voz interna que uno construye de las personas que ama durante años y que permanece aunque ellas no estén.Lo que siempre haces. Levantarte. Seguir.Oriana miró a los dos pequeños.El banco llamaría en treinta días. No tenía abogado. No tenía pista de los padres biológicos. No tenía el dinero que le debían. Tenía cuatrocientos ochen







