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Penulis: Annabella M P
last update Tanggal publikasi: 2026-08-19 07:11:42

Oriana, después de que el abogado explicara cada cláusula del contrato, regresó al hospital y fue directamente a cuidados intensivos. Se acercó a la ventana y vio a Florencia como cada día. Sin una mejoría en su salud.

Igual. Quieta. Conectada.

Pero viva.

Oriana apoyó la palma abierta sobre el vidrio frío y la observó un momento largo. El cabello de su madre estaba recién peinado, seguramente obra de alguna enfermera bondadosa del turno de la mañana. Ese detalle pequeño, insignificante para cualquier otro, le apretó el corazón de una manera que no supo explicar. Alguien había tenido el cuidado de peinarla. Su madre seguía siendo una persona, no solo un cuerpo conectado a máquinas.

-Ya casi, mamá -susurró-.

-Ya casi. Aguanta un poquito más. Por favor.

Se quedó ahí diez minutos sin moverse. Sin pensar en cláusulas ni en porcentajes ni en procedimientos médicos. Solo mirando a Florencia respirar.

Luego sacó el teléfono y marcó.

-Doctora Reyes. Soy Oriana.

-Oriana. ¿Cómo estás?

-Lista -dijo, y la palabra salió sola, sin adornos, sin preámbulos-.

-Quiero firmar hoy.

Una pausa breve al otro lado.

-¿Revisaste todo con el abogado?

-Cada línea. Cada cláusula. Cada condición. Lo entiendo todo.

-¿Tienes alguna duda pendiente?

-Una sola.

-Dime.

-Los padres biológicos -hizo una pausa-.

-No quiero conocerlos.

Silencio.

-Oriana, en estos procesos generalmente se recomienda que haya un encuentro previo entre...

-Lo sé. El abogado me lo explicó. Y entiendo la recomendación -su voz era firme, sin agresividad pero sin fisuras-.

-Pero he pensado mucho en esto y he llegado a una conclusión. Si los conozco, les pongo rostro. Si les pongo rostro, en algún momento durante los próximos nueve meses mi cabeza va a mezclar cosas que no deben mezclarse. Prefiero mantener esto en el plano en que es un acuerdo. Un proceso médico. Una decisión que tomé con claridad y que quiero sostener con esa misma claridad hasta el final. No quiero sentir curiosidad después del parto y terminar buscándolos.

La doctora tardó un momento en responder.

-¿Estás segura?

-Completamente.

-De acuerdo. Respetaré tu decisión. ¿Puedes venir esta tarde a las cinco?

-Ahí estaré.

Llegó puntual. Sola. Valentina le había ofrecido acompañarla y ella había negado con determinación. Era algo que necesitaba hacer sin testigos, sin una mano que sostener, sin ojos que la observaran buscando señales de duda.

-Estaré atenta a tu llegada, si me necesitas -habló Valentina abrazándola fuerte-.

-Lo sé. Sé que estarás conmigo en este proceso.

-Siempre, mi Ori... siempre.

Oriana caminó a paso lento pero decidido.

El consultorio de la doctora Reyes tenía una luz diferente a esa hora de la tarde. El sol entraba por la ventana y dibujaba un rectángulo dorado sobre el suelo de madera clara. Oriana lo notó cuando entró y pensó, sin saber por qué, que era una buena señal.

El contrato estaba sobre el escritorio. Veinte páginas con membrete del hospital y del bufete del abogado. Oriana lo reconoció de inmediato porque había pasado dos horas esa mañana con su propia copia subrayada y anotada.

La doctora la saludó y le ofreció asiento. No había nadie más en la sala.

-¿Quieres que repasemos algo antes de firmar? -preguntó.

-No. Ya estoy lista.

La doctora deslizó el documento hacia ella junto con una pluma. Oriana la tomó. Se detuvo un segundo en la primera página, leyó su nombre impreso en el encabezado, y comenzó a firmar.

Página cinco. Firma y huella.

Página nueve. Firma.

Página doce, donde estaban las condiciones económicas. Quince mil dólares al momento de la firma. Quince mil al confirmar el embarazo. Veinte mil al momento del parto. Oriana firmó sin que la mano le temblara.

Página dieciséis, las condiciones de confidencialidad. Firmada.

Página diecinueve, la renuncia expresa a cualquier vínculo legal con el bebé al momento del nacimiento. Esta página la leyó dos veces antes de firmar. No porque dudara, sino porque quería que su mente registrara exactamente lo que su mano estaba haciendo.

«Claro que voy a poder entregarlo», pensó.

Última página. Fecha y firma completa.

Puso la pluma sobre el escritorio.

La doctora recogió el documento, lo revisó brevemente para asegurarse de que todas las firmas estuvieran en orden, y asintió.

-Está todo -miró a Oriana-.

-¿Cómo te sientes?

-Bien -respondió ella-.

-Liviana, curiosamente.

-Es normal. Las decisiones difíciles pesan más antes de tomarlas que después.

Oriana asintió. Miró sus manos sobre las rodillas un momento.

-¿Cuándo empieza el proceso médico?

-Esta semana comenzamos los estudios preliminares. Análisis de sangre completos, perfil hormonal, ecografía uterina. Si todo está en orden, y no tengo razones para pensar que no lo estará, la transferencia del embrión podría realizarse en tres semanas aproximadamente.

-¿Y los quince mil?

-En tu cuenta antes de las cuarenta y ocho horas siguientes a esta firma. Tienes mi palabra, y está respaldada por el contrato.

Oriana asintió de nuevo. Se puso de pie, tomó su cartera y extendió la mano.

-Gracias, doctora.

La doctora la estrechó.

-Gracias a ti, Oriana. Lo que estás haciendo requiere una valentía que muy pocas personas tienen.

Oriana no respondió a eso. Simplemente asintió una vez más y salió.

Caminó por el pasillo blanco, su mente era un caos, repitiéndose una y mil veces las palabras de la página de renuncia al vínculo legal.

«No pasará nada», se dijo mentalmente, suspirando profundo.

Llegó al piso de cuidados intensivos y vio a Florencia.

-Ya falta poco, madre. Resiste un poco más. Por favor.

Valentina llegó y se acercó a ella.

-¿Ya? -preguntó-.

Oriana no se giró, tenía la mirada fija en su madre.

-Sí... todo está listo, mi madre pronto saldrá de aquí.

Valentina apretó su hombro sin pronunciar palabras.

Los días siguientes fueron una sucesión de citas médicas que Oriana cumplió con la misma disciplina metódica con que había enfrentado todo lo demás. Llegaba puntual, seguía las indicaciones, hacía las preguntas necesarias y ninguna más. Los técnicos y enfermeras que la atendían la veían como una paciente tranquila y colaboradora. Nadie sabía, mirándola tranquila, que ella cargaba un peso en su interior por lo que estaba haciendo.

El primer análisis de sangre fue un martes. Quince viales de diferentes colores que una enfermera joven extrajo con destreza mientras le preguntaba si había desayunado.

-Sí -respondió Oriana, mirando cómo su sangre llenaba cada tubo-.

-¿Primera vez que hace algo así?

-Sí.

La enfermera no preguntó más. Oriana tampoco explicó.

La ecografía uterina fue ese día y dio un excelente resultado.

Oriana estaba recostada en la camilla mirando el techo mientras la doctora Reyes movía el transductor con movimientos precisos y controlados.

-El útero está en perfectas condiciones -dijo la doctora sin desviar la vista de la pantalla-.

-El endometrio tiene un grosor ideal. No hay quistes, no hay pólipos, no hay ninguna contraindicación.

-Bien -dijo Oriana mirando al techo-.

-¿Cómo has dormido esta semana?

-Regular.

-Es normal. El cuerpo percibe los cambios que se aproximan antes de que ocurran -una pausa breve-.

-¿Has hablado con alguien sobre esto? ¿Valentina, quizás?

-Le dije que firmé. No le di detalles.

-¿Y tu madre?

Oriana tardó un segundo.

-A ella le dije que el dinero estaba en camino. Que todo iba a estar bien -hizo una pausa-.

-No le expliqué cómo.

La doctora no comentó nada al respecto. Apagó el equipo y le indicó que podía incorporarse.

Los días siguientes fueron de visita al hospital; quince mil dólares ya estaban en su cuenta.

En la noche, sola en su cama, dio vueltas sin poder conciliar el sueño.

-Dios mío, no me abandones en este proceso. Cuida de mí. De mi corazón. Es un bebé que pronto crecerá dentro de mí. Y será mañana, mañana ya estarás aquí dentro de mí -dijo acariciando su vientre-.

Y el día del procedimiento llegó. Era un día gris de mediados de mes. Oriana se levantó, fue al baño y se miró en el espejo. La imagen que proyectaba era la de una mujer con expresión fría. Se duchó, se vistió, tomó su cartera y salió de su casa rumbo al hospital. Se presentó a las siete de la mañana en ayunas, con el cabello recogido y ropa cómoda, tal como le habían indicado. La recibió una enfermera que la llevó a un cubículo de preparación donde le entregó una bata y le pidió que se cambiara.

Oriana se cambió. Se sentó en la camilla y esperó.

La sala de procedimientos era pequeña, blanca e iluminada con esa luz clínica que no proyecta sombras. Había dos técnicos además de la doctora Reyes, todos con mascarilla y movimientos coordinados que transmitían competencia y rutina.

-¿Cómo estás? -le preguntó la doctora mientras se colocaba los guantes-.

-Lista.

-El procedimiento dura aproximadamente veinte minutos. Puede haber algo de molestia pero no debería ser dolor. Si en algún momento necesitas que pare, me lo dices.

-De acuerdo.

-¿Alguna pregunta de último momento?

Oriana miró el techo un segundo. Luego negó con la cabeza.

-Ninguna.

El procedimiento comenzó. Oriana mantuvo los ojos abiertos, fijos en un punto del techo, respirando con la regularidad que había practicado la noche anterior sin saber que lo estaba practicando. Sintió la molestia que la doctora había anunciado, una presión interna que no llegaba a ser dolor pero que le recordaba, sin posibilidad de ignorarlo, exactamente lo que estaba ocurriendo.

Pensó en Florencia.

No como estrategia de distracción sino como ancla. Su madre peinada por una enfermera desconocida. Su madre respirando al otro lado de un vidrio. Su madre que no sabía que en ese momento, en esa sala blanca, su hija estaba haciendo la cosa más extraña y más valiente que había hecho en su vida.

-Listo -dijo la doctora Reyes-.

Oriana parpadeó.

-¿Ya?

-Ya. Todo salió perfectamente -la doctora se incorporó y la miró con una expresión que era al mismo tiempo profesional y extraña-.

-Ahora necesitas descansar veinte minutos aquí antes de irte. Y los próximos tres días, reposo relativo. Nada de esfuerzos físicos, nada de estrés si puedes evitarlo.

-Sí puedo evitarlo -dijo Oriana, aunque las dos sabían que no era del todo cierto-.

La enfermera la ayudó a acomodarse en la camilla y la dejó con una manta liviana sobre las piernas. La sala quedó en silencio. Los técnicos recogieron el instrumental. La doctora salió brevemente y regresó con un vaso de agua que puso en la mesita junto a la cama de Oriana.

-Dentro de catorce días haremos la prueba de embarazo -dijo-.

-Hasta entonces, el cuerpo hace su trabajo solo.

Oriana asintió. Tomó el vaso de agua y bebió un sorbo.

-Doctora -dijo antes de que saliera-.

-¿Sí?

-Si resulta positivo... ¿cuándo le llega el dinero a mi cuenta?

-En cuarenta y ocho horas desde la confirmación.

Oriana asintió una vez más. Apoyó la cabeza en la almohada y cerró los ojos.

Catorce días. No era nada. Era todo.

En algún lugar de su cuerpo, algo que no tenía nombre todavía y quizás nunca lo tendría para ella, estaba comenzando o no comenzando. Eso era lo único que importaba ahora.

Respiró despacio. Contó hasta diez en silencio.

Y esperó.

Media hora después, Oriana, con ayuda de la enfermera, se cambió y fue al consultorio de la doctora Reyes.

-El procedimiento fue un éxito. Ahora tenemos que esperar catorce días y ver ese positivo -dijo, y colgó la llamada-. Oriana sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. Cerró los ojos y decidió entrar.

-Doctora Reyes. Necesito una ayuda de su parte -habló Oriana-.

La doctora levantó la mirada haciendo un gesto ladeado.

-Dime -respondió entrelazando sus dedos y apoyando su mentón sobre sus manos-.

-Necesito un crédito urgentemente. Quince días es mucho tiempo para mi madre, que no tiene.

-¿Cuánto te falta?

-Quince mil dólares.

La doctora se puso de pie y dudó un momento.

-Está bien. Te daré ese préstamo.

-Gracias, doctora. En el momento que el dinero llegue a mi cuenta, se lo transfiero.

La doctora firmó un cheque y lo entregó a Oriana. Salió del consultorio encontrando a Valentina.

-Vamos. Es hora de programar la cirugía de mi madre -dijo Oriana.

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