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Capítilo 4

last update Petsa ng paglalathala: 2026-07-30 04:28:30

La oficina de Diego De La Capa estaba sumida en un silencio inusual.

Normalmente, aquel lugar estaba lleno de conversaciones, llamadas importantes y decisiones capaces de cambiar el destino de varias empresas. Pero ese día no se escuchaba absolutamente nada.

Diego permanecía sentado detrás de su escritorio, con la mirada fija en el expediente abierto frente a él.

Un simple título había sido suficiente para derrumbar todas sus certezas.

Identidad confirmada: Stephanelle Robio, heredera legítima del Imperio Robio.

Leyó las primeras líneas.

Luego volvió al principio.

Una vez más.

Como si releer aquellas palabras pudiera convertirlas en una mentira.

Pero cada página confirmaba la misma verdad.

Sus dedos se cerraron lentamente alrededor del documento.

Un peso insoportable se instaló en su pecho.

—Es imposible...

Su voz era baja, apenas un susurro.

Su asistente, de pie frente al escritorio, bajó la cabeza con respeto.

—Señor, lo hemos verificado varias veces. La información proviene de distintas fuentes y todos los resultados coinciden.

Diego permaneció en silencio.

Su mirada seguía clavada en el apellido de Stephanelle.

Robio.

Conocía ese apellido.

Todo el mundo lo conocía.

La familia Robio no era una familia cualquiera. Su influencia iba mucho más allá de las fronteras del país. Su imperio se había construido a lo largo de generaciones.

Y él...

Él había rechazado a su heredera.

Se levantó bruscamente de su silla.

—¿Por qué nadie me avisó antes?

La ira en su voz hizo que su asistente se sobresaltara ligeramente.

—Señor...

El hombre dudó antes de continuar.

—Recibimos este informe pocos minutos antes de que la señora Stephanelle abandonara la mansión.

Bajó la mirada.

—Pero...

Un breve silencio llenó la habitación.

Diego giró lentamente la cabeza hacia él.

—¿Pero qué?

El asistente respiró hondo.

—La señorita Rosalie tomó su teléfono. El mensaje nunca fue abierto.

El rostro de Diego se endureció.

Rosalie.

Otra vez ella.

Sintió cómo una ira fría crecía dentro de él.

De repente, recordó cada detalle de la partida de Stephanelle.

Su rostro pálido.

Sus ojos llenos de dolor.

La manera en que lo había mirado, como si todavía esperara algo de él.

Ella quería decirle algo.

Ahora estaba completamente seguro.

Pero él no le había dado la oportunidad de hablar.

Diego cerró los ojos por un instante.

Una pregunta cruzó su mente.

¿Y si...?

No.

Ni siquiera quería imaginar lo que ella había sentido.

Abrió los ojos nuevamente.

—¿Dónde está?

El asistente guardó silencio durante unos segundos antes de responder:

—Todavía no lo sabemos.

Aquella respuesta bastó para cambiar por completo la expresión de Diego.

Tomó de inmediato las llaves que estaban sobre su escritorio.

—Encuéntrenla.

Su voz sonó fría y decidida.

—No importa el precio.

—Sí, señor.

---

Al mismo tiempo...

En la residencia de la familia Robio, Stephanelle descubría su nueva habitación.

Permaneció unos segundos frente a la puerta, incapaz de moverse.

La habitación era enorme, pero, a diferencia de las lujosas estancias de la mansión De La Capa, no le hacía sentir que estaba fuera de lugar.

Todo había sido preparado con esmero.

Los colores eran suaves. Los muebles, elegantes. Un enorme ventanal daba directamente a un jardín lleno de rosas blancas.

Stephanelle se acercó lentamente a la ventana.

Por un instante, casi olvidó todo lo que había sucedido.

Entonces, su mirada se posó en un retrato colgado en la pared.

Se acercó.

En la pintura, una niña sonreía alegremente rodeada de diez niños.

Reconoció de inmediato el colgante que la pequeña llevaba alrededor del cuello.

El mismo que ella llevaba.

Sus dedos rozaron suavemente el marco.

—Esto es...

Su voz se quebró.

No pudo terminar la frase.

Ben, que estaba de pie detrás de ella, se acercó despacio.

Su mirada se posó sobre el retrato con una profunda emoción.

—Fue el último retrato que nos tomamos antes de que desaparecieras.

Stephanelle permaneció en silencio.

Observaba a la niña que había sido alguna vez.

Una pequeña rodeada de personas que la amaban.

Una vida de la que no conservaba ningún recuerdo.

—¿Ustedes...

Tragó saliva con dificultad.

—...nunca me olvidaron?

Ben negó lentamente con la cabeza.

Su respuesta fue inmediata.

—Ni un solo día.

Aquellas pocas palabras llegaron directamente al corazón de Stephanelle.

Giró ligeramente el rostro para ocultar sus lágrimas.

Durante todos esos años había pensado que nadie la había buscado.

Que nunca había sido importante para nadie.

Pero estaba equivocada.

Entonces Charles se acercó a un antiguo baúl de madera colocado en un rincón de la habitación.

Lo abrió con cuidado.

En su interior había numerosas cajas cuidadosamente envueltas.

Decenas de ellas.

Stephanelle miró el baúl con asombro.

—¿Qué es todo esto?

Charles tomó una pequeña caja entre sus manos.

Su sonrisa estaba llena de tristeza.

—Cada año, en tu cumpleaños, comprábamos un regalo para ti.

Bajó la mirada hacia los paquetes.

—Siempre tuvimos la esperanza de poder entregártelos algún día.

Stephanelle sintió un nudo en la garganta.

Se acercó lentamente.

Una caja.

Luego otra.

Y otra más.

Había muchísimas.

Veinticinco cajas.

Veinticinco cumpleaños esperando su regreso.

Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas sin que pudiera detenerlas.

Por primera vez en toda su vida, comprendió lo que se sentía al saber que alguien la había esperado durante todo ese tiempo.

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