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Diez años esperándola: ¡se divorció!
Diez años esperándola: ¡se divorció!
Auteur: Mausí

Capítulo 1

Auteur: Mausí
Cuando Violeta regresó a casa, se escuchaba el agua de la ducha en el baño.

Una joven bajaba del segundo piso con la ropa interior de León entre los brazos.

Al verla, la mujer se presentó con cautela:

—Hola, señorita Ferrer. Soy Viviana Salazar, la nueva asistente del señor Montiel.

Violeta sonrió.

—Lo sé. Eres su nueva novia. La semana pasada hasta te llevó de viaje al extranjero.

Viviana negó rápidamente con la cabeza.

—Me ha entendido mal. Usted es la esposa del señor Montiel. Él jamás haría algo que pudiera lastimarla.

Violeta no sabía si Viviana realmente lo ignoraba o simplemente fingía inocencia.

Todo su círculo social sabía que ella y León habían pasado de ser la pareja perfecta que todos envidiaban en la universidad a un matrimonio miserable, sostenido solo por las apariencias.

Las infidelidades de León eran cosa de todos los días. Y ella, que alguna vez había sido la mujer a la que más amaba y consentía, ahora era una esposa abandonada y despreciada.

De los dieciocho a los veintiocho años, había pasado diez años a su lado, y ahora todo se había convertido en ruinas.

—Eres especial. León nunca había traído a otra mujer a casa.

La casa de Residencial Bellavista era el hogar que Violeta y León habían comprado cinco años atrás, cuando se casaron.

Una chispa de alegría brilló en los ojos de Viviana mientras explicaba con suavidad:

—El señor Montiel había bebido demasiado, así que lo traje de regreso en auto.

¿Acompañaba a su jefe a cenas de negocios, él terminaba borracho y ella ni siquiera probaba una gota de alcohol?

Además, León tenía un chofer particular.

Violeta no la desenmascaró.

Llevaba dos meses sin ver a León.

Dos meses atrás, el día que cumplió veintiocho años, había cenado sola en el restaurante de un hotel de cinco estrellas. Allí se encontró por casualidad con él cenando a la luz de las velas con una modelo.

Se acercó y le dio una bofetada. Fuera de sí de rabia, lo llamó asqueroso y sinvergüenza.

León se limitó a sonreír con frialdad.

—Violeta, ¿por qué no te miras al espejo y ves en qué te has convertido?

Después rodeó la cintura de la modelo con un brazo y se fue con ella a una suite del último piso para acostarse con ella.

Aquella noche, Violeta regresó a aquella casa vacía y destrozó todo lo que encontró a su paso.

Luego se miró al espejo y apenas se reconoció. De pronto, rompió a llorar desconsoladamente.

¿Cómo había terminado así?

¿Cómo se había convertido en una mujer consumida por el resentimiento y la desesperación?

Después de aquel día, Violeta se fue de la casa y León tampoco volvió a buscarla.

Poco después, ella se enteró de que él había terminado con la modelo.

No esperaba que tan pronto apareciera otra mujer.

Ese día, Violeta había regresado con los papeles del divorcio.

León seguía duchándose. Viviana se acercó a la puerta del baño y llamó suavemente.

—Señor Montiel...

Violeta vio de reojo cómo se abría la puerta. Ruborizada, Viviana le entregó la ropa.

Violeta se dio la vuelta y subió las escaleras.

***

Mientras recogía sus cosas, encontró en un cajón el anillo de compromiso que León le había dado.

Cinco años atrás, León se había arrodillado frente a ella con aquel anillo en la mano para pedirle matrimonio.

Ese día era su cumpleaños número veintitrés. León le había prometido con absoluta sinceridad:

—Amor, te haré feliz toda la vida.

La Violeta de entonces jamás habría imaginado que, cinco años después, ella y León llegarían al punto de no soportar ni siquiera estar frente al otro, mucho menos decirse una palabra.

Violeta no se llevó el anillo.

Cuando volvió a bajar, encontró a León en el sofá, vestido con un pijama holgado y con las piernas cruzadas, como si nada le preocupara.

Viviana se acercó con un vaso de agua para aliviarle la resaca. Él la tomó por la cintura y ella se ruborizó.

Violeta habló con calma:

—León, firma los papeles del divorcio.

El hombre se detuvo a mitad de tomar el agua y giró la cabeza para mirarla.

Soltó la cintura de Viviana y entonces vio los documentos sobre la mesa de centro.

Se rio con frialdad.

—¿Qué juego estás intentando hacer esta vez?

—Ya no tengo interés en seguir perdiendo el tiempo contigo. Firma y terminemos esto en paz.

—¿Terminar esto en paz?

León pareció haber escuchado el chiste más absurdo del mundo.

—No puedes tener hijos, y me has hecho perder tantos años. ¿Y ahora crees que basta con firmar el divorcio para marcharte?

Violeta mantuvo el rostro inexpresivo.

—Si voy a tener un hijo contigo, me da miedo que nazca con todas las enfermedades de transmisión sexual que puedas tener.

Cuando se trataba de herirse con palabras crueles, Violeta y León siempre habían estado a la par. Ninguno tenía piedad del otro.

A esas alturas, Violeta ya estaba demasiado acostumbrada como para sentir algo.

León también la observó con frialdad.

—Señor Montiel...

Viviana habló de repente con timidez.

—No quiero molestarlos. Me voy, señor Montiel.

León miró la intensa nevada al otro lado de los ventanales.

—Está nevando mucho y las calles están resbaladizas. No es seguro que conduzcas en estas condiciones. Busca una habitación y quédate aquí esta noche.

Viviana miró a Violeta y dijo con cierta incomodidad:

—Pero... ¿no será demasiado? La señorita Ferrer...

—No pasa nada.

León la interrumpió. Luego volvió a mirar a Violeta y dijo sin expresión:

—Primero tengo que revisar el acuerdo. Después hablaré con mi abogado. Ya puedes irte.

***

Al salir de la casa, Violeta sintió que el viento helado y la nieve le golpeaban el rostro. Los copos se derritieron sobre su piel, y el frío le enrojeció la punta de la nariz y los ojos.

Recordó que, al comienzo de su relación con León, había nevado con la misma intensidad.

La escuela estaba de vacaciones. La noche anterior, ella le había enviado un mensaje:

"León, te extraño muchísimo."

A la mañana siguiente, al salir de casa, lo encontró cubierto de nieve, sonriendo mientras abría los brazos hacia ella.

Incluso le había hecho un muñeco de nieve.

Era blanco, redondo y regordete, y llevaba la gorra de béisbol que ella le había regalado.

Pero ahora...

Aquel muñeco se había derretido.

Y el León que la amaba también había desaparecido.

La fuerte nevada dificultaba el paso y el pavimento estaba resbaladizo.

Violeta conducía con mucho cuidado, pero parecía que ese día nada le salía bien.

Sin darse cuenta, terminó chocando por detrás contra un auto de lujo.

Al bajar de su vehículo, vio que el chofer del otro auto abría la puerta trasera con respeto.

Un hombre vestido con un traje completamente negro bajó del vehículo.

Al verle el rostro de facciones marcadas, Violeta se quedó paralizada. Le resultaba vagamente familiar.

—¿Bruno?

Bruno Echeverría era uno de los mejores amigos de León.

A diferencia de aquellos hijos de familias poderosas que habían crecido rodeados de privilegios, Bruno provenía de una familia humilde. Durante la universidad, pese a contar con becas y ayudas económicas, tuvo que trabajar en varios empleos para mantenerse.

Nadie habría imaginado que aquel joven que alguna vez no tuvo nada ni contó con respaldo alguno acabaría convirtiéndose, años después, en uno de los hombres más ricos e influyentes de aquel círculo de familias adineradas.

Bruno también había asistido a la boda de Violeta y León cinco años atrás. Incluso había sido el padrino principal de la boda.

Con su rostro de facciones refinadas y expresión fría, solo le había dicho:

—Felicidades.

En cinco años, el porte de Bruno se había vuelto todavía más frío e imponente.

Caminó hacia Violeta bajo la nieve. Al detenerse frente a ella, su mirada serena y distante se volvió aún más penetrante contra el blanco paisaje.

—¿Cómo saliste sola? ¿Dónde está León?

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