INICIAR SESIÓNGina Moretti creía que un hombre mató a su padre. Jack Romano. El despiadado jefe de la mafia es todo lo que ella odia, y ahora tiene una razón para acercarse a él. Gina entra en el peligroso mundo de Jack con un objetivo: ganarse su confianza, descubrir sus debilidades y hacerle pagar por lo que le quitó. Pero Jack no es el monstruo que esperaba. Cuanto más se acerca Gina a él, más difícil se vuelve separar la venganza del deseo. Él ve la fuerza detrás de su naturaleza tranquila, mientras que ella comienza a ver al hombre oculto bajo su despiadada reputación. Enamorarse de su enemigo nunca fue parte del plan. Tampoco lo fue descubrir que la verdad sobre la muerte de su padre puede no ser nada de lo que le dijeron. Ahora Gina debe decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por venganza, y qué está dispuesta a perder cuando el hombre al que vino a destruir se convierte en la única persona de la que no puede alejarse.
Ver másEl club ya estaba lleno de gente cuando Gina entró con Isabella. Luces azules y rojas parpadeaban entre la multitud. La música retumbaba con tal fuerza que se sentía en el pecho. La gente bailaba pegada, reía a carcajadas y bebía como si la noche no fuera a terminar nunca.
Gina sostenía una copa que aún no había tocado. Solo había venido porque Isabella se negaba a celebrar su cumpleaños sola. La mansión Moretti había estado demasiado silenciosa durante días. Cada habitación aún cargaba con el peso de la ausencia de su padre. Esa noche solo quería que el ruido la distrajera de todo lo demás por unas horas. Isabella la arrastró directamente hacia la multitud, con una amplia sonrisa. “Por fin. Has estado callada todo este tiempo. Es mi cumpleaños, Gina. Se supone que debes divertirte”. “Me estoy divirtiendo, Isa”, dijo Gina. “Mentira”, se rió Isabella y la hizo girar una vez. “Bebe, baila, haz algo”. Gina dio un sorbo. El ardor la ayudó un poco. Dominic se mantuvo cerca, como siempre. No bailó. Simplemente observaba la sala con los brazos cruzados, recorriendo con la mirada cada rostro. Gina captó su mirada y negó levemente con la cabeza. Esta noche no. No quería protección. Quería olvidar. Isabella se inclinó para que Gina pudiera oírla por encima de la música. «Llamé a mi hermano antes. Dijo que tal vez pasaría». Gina apenas reaccionó. «Qué bien». No le importaba el hermano de Isabella. Solo le importaba el ruido que rompía el silencio. Entonces el ambiente cambió. Fue un cambio sutil pero intenso. Los guardias cerca de la entrada se enderezaron. Algunas personas en la barra dejaron de hablar. La multitud pareció moverse sin que nadie dijera una palabra. Gina giró la cabeza. Entró como si fuera el dueño del lugar. Alto. Moreno, con cabello castaño. Hombros anchos bajo una camisa negra que le quedaba demasiado bien. Ojos color avellana fríos como el hielo que recorrieron la sala una vez y luego se fijaron en ella. Todo lo demás se desvaneció. La música. Las luces. La gente. Todo se quedó en silencio en su cabeza. Apretó los dedos alrededor del cristal. Conocía ese rostro. Lo había estudiado en fotos a altas horas de la noche, cuando no podía conciliar el sueño. Había imaginado dispararle entre los ojos incontables veces. Jack Romano. El hombre que mató a su padre. Su corazón dio un vuelco, fuerte. La conmoción la golpeó como un puñetazo. Por un segundo no pudo moverse. No podía respirar. El cristal le pareció demasiado pesado. El club le pareció demasiado pequeño. Entonces, la alegre voz de Isabella interrumpió su voz. —¡Gina! Ahí está. —Isabella la agarró de la muñeca y la atrajo hacia adelante antes de que Gina pudiera detenerla—. Vamos. Quiero que lo conozcas. Las piernas de Gina se movieron solas. Mantuvo la compostura. Hacía mucho tiempo que había aprendido a ocultarlo todo. La conmoción podía esperar. El pánico podía esperar. Obligó a sus hombros a relajarse y a su expresión a mantenerse impasible. Se detuvieron frente a él. De cerca, era aún peor. Más alto y más corpulento. Esos ojos color avellana la miraban fijamente, como si pudiera leer todos sus secretos. Isabella sonrió, completamente ajena a todo. «Gina, este es mi hermano, Jack… Jack, esta es Gina. La amiga de la que te he hablado». Las palabras golpearon a Gina como una segunda bala. ¿Hermano…? El hermano de Isabella. El hombre al que había jurado destruir estaba justo frente a ella, y la chica por la que había empezado a sentir algo era de su sangre. No lo demostró. Levantó la barbilla y lo miró a los ojos sin apartar la mirada. «Hola». Jack no sonrió. Simplemente la miró. La miró fijamente. Su mirada recorrió su rostro, su boca, la forma en que permanecía inmóvil mientras todos los demás se movían a su alrededor. Algo cambió tras esos ojos fríos. Interés. Calor. Algo más oscuro. «Gina», dijo. Su voz era baja. Áspera. Como si no estuviera acostumbrada a hablar de cosas delicadas. —Isabella ha hablado mucho de ti. —Solo cosas buenas, espero —respondió ella con voz firme. Isabella rió y entrelazó su brazo con el de Gina. —Claro que solo cosas buenas. Es la mejor, y es callada, pero se da cuenta de todo. Un poco como tú, la verdad. A Jack se le esbozó una leve sonrisa, casi una mueca. Siguió mirando a Gina. —Los callados suelen ser los más peligrosos. Gina sostuvo su mirada. —Depende de con quién estén callados. Algo brilló en sus ojos. ¿Aprobación o deseo? Aún no lo sabía. Dominic apareció a su lado como una sombra. No habló, pero la tensión que emanaba de él era palpable. Jack lo miró brevemente, lo analizó y lo desestimó con la misma rapidez. Como si Dominic no valiera ni un segundo de su tiempo. Isabella seguía hablando, llenando el espacio con palabras alegres sobre la fiesta y lo contenta que estaba de que Jack hubiera aparecido. Gina apenas la oía. Solo sentía la intensidad de la atención de Jack. No la había apartado de su mirada ni una sola vez. La música cambió. Algo más lento. Las luces se atenuaron. Jack extendió la mano. No a Isabella. A ella. «Baila conmigo». No era una pregunta. Gina miró su mano. Fuerte y firme. La misma mano que probablemente había apretado el gatillo contra su padre. O que lo había ordenado. Sintió un nudo en el estómago, pero mantuvo la compostura. Isabella la empujó suavemente, con una sonrisa demasiado amplia. «Ve. No es tan aterrador como parece. Casi siempre». Gina puso su mano en la de él. Sus dedos se cerraron alrededor de los de ella, cálidos y firmes. Se inclinó lo suficiente para que solo ella pudiera oírlo. Su aliento rozó su oreja. Su voz se volvió aún más grave, áspera y segura. —No te irás de este club sin bailar conmigo.El mensaje de Isabella llegó en la tarde.«Nuevo club, mi hermano lo acaba de comprar, y abre esta noche, vienes conmigo. Sin excusas.»Gina se quedó mirando la pantalla durante un largo rato. Su pulgar se detuvo sobre el teclado. Cada parte de ella sabía que esto era otro paso más profundo dentro del mundo de Jack. Cada parte de ella también sabía que no podía decir que no.Ayudaba a sus planes.Escribió de vuelta.«¿A qué hora?»Isabella respondió casi de inmediato.«Paso por ti a las nueve. Ponte algo que haga que la gente se quede mirando. Mi hermano va a querer que estés ahí.»Gina dejó el teléfono y exhaló lentamente. Su estómago se sentía tenso. Se dijo a sí misma que era solo estrategia. Acercarse más. Aprender más. Mantener el control.Casi se lo creyó.Para cuando el auto de Isabella se detuvo frente a su edificio, Gina había elegido un vestido negro que se ajustaba a su cuerpo y dejaba los hombros al descubierto. Simple. Filoso. Mantuvo el maquillaje limpio y el cabello sue
Gina no durmió mucho.Cada vez que cerraba los ojos veía la foto en su teléfono. Su propio rostro, capturado desde las sombras, entrando a su edificio. La leyenda debajo de ella se asentaba en su pecho como una piedra.«Siempre consigo lo que quiero.»Para la mañana, sus ojos se sentían secos y su cuerpo inquieto. Se duchó, se vistió de negro sencillo, y se sentó en el borde de la cama un largo rato con el teléfono entre las manos. El mensaje seguía ahí. No lo había respondido. No sabía cómo responderlo.Dominic había tenido razón en algo. Jack Romano ya se le había metido bajo la piel.Necesitaba hablar con él. En serio esta vez.Gina encontró a Dominic en la pequeña oficina en la parte trasera de la propiedad Moretti que su padre solía usar. La habitación aún olía levemente a cigarros viejos y cuero. Dominic estaba sentado detrás del escritorio con dos teléfonos frente a él y una pila de papeles. Tenía las mangas arremangadas. Sus hombros se veían tensos.Había estado manejando todo
Gina sintió un nudo en la garganta.La mano de Jack seguía apoyada en la pared junto a su cabeza. El calor de su cuerpo la envolvía como una segunda piel. Podía oler el whisky en su aliento y el aroma limpio de su piel. Su boca estaba tan cerca que si alguno de los dos se movía un centímetro, todo habría terminado.Sintió su propio pulso latiendo con fuerza en su cuello. Sus dedos se presionaron con fuerza contra la fría pared a sus espaldas. Sentía cada nervio de su cuerpo demasiado despierto.Los ojos de Jack volvieron a posarse en su boca. El deseo en ellos era ahora evidente. Se acabaron los juegos. Se acabó la distancia cautelosa.A Gina se le revolvió el estómago. El odio aún ardía en su pecho, pero estaba mezclado con algo más intenso que le oprimía la piel. Necesitaba irse. Necesitaba recordar por qué había venido.Colocó ambas manos sobre su pecho desnudo y empujó.No con fuerza. Solo lo suficiente.Jack la dejó. Retrocedió lentamente, como si le costara algo. Su respiración
La pregunta de Jack quedó suspendida en el aire entre ellos.Gina no respondió de inmediato. Mantuvo la mirada fija en la suya y dejó que el silencio se prolongara. Estaba lo suficientemente cerca como para que ella pudiera ver la pequeña cicatriz cerca de su clavícula. Lo suficientemente cerca como para que el calor de su pecho desnudo le rozara la piel.Tenía dos opciones: retroceder y perder terreno, o quedarse y jugar.Se quedó.—Estás muy seguro de ti mismo —dijo ella.La boca de Jack se curvó lentamente—. Tengo que estarlo.—¿Y si dijera que no?—Sabría que mentías. Sus ojos se posaron en sus labios por un segundo, luego volvieron a subir. —Anoche me miraste como si ya tuvieras un plan. La gente con planes no viene a mi villa solo por cortesía.Gina ladeó la cabeza—. Quizás me gustan los lugares peligrosos.—O los hombres peligrosos.—No te creas tanto.Jack rió entre dientes. El sonido era bajo y áspero. Se giró, volvió a coger el vaso de whisky y bebió un sorbo sin apartarse
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