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CAPÍTULO 8

last update Fecha de publicación: 2024-10-26 07:30:15

La noche cayó sobre el Hotel Romaní cargada de un frío húmedo que parecía filtrarse por las juntas de la madera y asentarse en la médula de los huesos. El viento en las copas de los pinos había cesado, dejando tras de sí un silencio denso y expectante, apenas interrumpido por el goteo constante del hielo que se derretía en las canaletas del tejado.

En el pasillo de servicio del primer piso, Enrico avanzaba con la bandeja de la cena sostenida por una sola mano, mientras con la otra ajustaba obsesivamente el cuello de su camisa. El sudor frío le cubría la nuca a pesar de la baja temperatura.

Enrico siempre se había enorgullecido de su control. Su uniforme impecable, su sonrisa calculada y su capacidad para leer las debilidades de los huéspedes le habían permitido moverse por el Hotel Romaní como un espectador privilegiado, intocable para las excentricidades de Eliot Garden o los caprichos del personal de servicio. Pero en las últimas cuarenta y ocho horas, esa fachada de seguridad se había agrietado.

El peso de lo sucedido esa mañana tras la galería de calderas quemaba en su memoria. Sabía que las palabras susurradas a Sebastián no habían sido tan discretas como creía. El temor a que Joshua descubriera la relación con su hijo lo devoraba por dentro, transformando su aplomo habitual en una paranoia constante. Cada mirada cruzada en los pasillos le parecía un juicio; cada murmullo, una acusación.

Al doblar la esquina hacia la cocina, Enrico se chocó casi de frente con Johan.

La muchacha estaba de pie junto al alacena, limpiando una cubertería de plata con un trapo seco. Al escucharlo llegar, levantó la cabeza despacio. Sus ojos oscuros lo examinaron de arriba abajo con una fijeza incómoda, deteniéndose en la mano de Enrico, que temblaba sutilmente sobre el borde de la bandeja de madera.

—Llevas veinte minutos para traer cuatro tazas del comedor, Enrico —dijo Johan con voz llana, carente de inflexión—. Y el café ya se ha enfriado.

—La señora Vance pidió té de hierbas adicional —mintió Enrico de inmediato, intentando recuperar su tono profesional, suave y distante. Sin embargo, su voz sonó más aguda de lo habitual.

Johan dejó el trapo sobre la mesa y dio un paso hacia él. Había algo en la compostura de la chica que resultaba inquietante; siempre presente en los momentos justos, siempre observando desde los rincones oscuros del vestíbulo.

—Estás distante, Enrico —señaló ella, ladeando levemente la cabeza—. Desde ayer caminas por los pasillos como si esperaras que alguien te agarrara del hombro. Tu cabeza no está en el trabajo. Ni en este hotel.

—Tengo mucho trabajo, Johan, eso es todo —respondió él, apretando la mandíbula—. El señor Garden exige rigor con los nuevos huéspedes y la calefacción de la segunda planta sigue fallando.

—No es la calefacción lo que te preocupa —susurró Johan, acercándose tanto que Enrico pudo oler la lavanda rancia de su uniforme—. Sé lo que pasa cuando alguien guarda secretos en esta casa. Las paredes se vuelven más delgadas, Enrico. Y las cosas que intentas ocultar terminan haciendo demasiado ruido.

Enrico la esquivó con un movimiento brusco, dejando la bandeja sobre la mesa de trabajo con un golpe sordo que hizo tintinear la porcelana.

—Ocúpate de tus tareas, Johan —siseó entre dientes, saliendo de la cocina sin mirar atrás.

Pero la presión no venía solo de las sospechas humanas.

A medida que la noche avanzaba, la atmósfera del hotel se volvió densa, casi sofocante. La presencia de Abraham, fortalecida por la proximidad de la luna llena y la brecha abierta en la habitación 204, comenzó a proyectarse más allá de los espejos de la segunda planta. El ente no poseía una omnipotencia física ilimitada; su influencia dependía estrictamente de los resquicios del mundo real, operando como un parásito que solo podía distorsionar aquello que ya existía: los reflejos del azogue, el temblor de las sombras proyectadas por las lámparas y, sobre todo, las cargas de miedo y culpa que albergaban los habitantes del edificio.

Abraham jugaba con los rincones oscuros de la conciencia.

En el corredor que conducía a la habitación de Joshua y Sebastián, la luz de los apliques de pared parpadeaba en un ritmo desigual. Las sombras proyectadas por las molduras de madera, estiradas por el parpadeo de las llamas, adoptaban contornos pasajeros que imitaban figuras humanas entrelazadas en la penumbra, formas fugaces que se deshacían de inmediato ante cualquier intento de enfoque directo.

Para Sebastián, el encierro en su habitación era una tortura psicológica insoportable. Sentado en el borde de su cama, el muchacho de quince años escuchaba los crujidos de la estructura con el corazón desbocado. Cada vez que cerraba los ojos, no veía la oscuridad, sino la sonrisa helada de Enrico, mezclada con el terror a la reacción de su padre si el secreto salía a la luz.

De pronto, un murmurro suave rozó la madera de su puerta, alimentado por el eco de sus propios remordimientos.

—Sebastián...

El chico se puso en pie de golpe. Conocía esa voz. Era el reflejo distorsionado de los susurros de Enrico en el depósito.

—Sebastián... ven al pasillo... tu padre no está mirando...

Movido por una mezcla de deseo desorientado y pánico al rechazo, Sebastián caminó hacia la puerta y giró el pomo de bronce.

El pasillo exterior estaba desierto y sumido en una penumbra azulada. No había nadie frente a su habitación. Sin embargo, al mirar hacia el gran espejo ovalado que colgaba al fondo del corredor, el corazón del muchacho se detuvo.

El espejo no creaba una ilusión de la nada; simplemente torcía la óptica de la realidad existente, superponiendo la silueta real de Enrico —que pasaba a lo lejos— con la memoria del miedo del chico, proyectando en el vidrio la imagen de ambos siendo observados y descubiertos por una sombra colérica que cobraba los rasgos deformados de Joshua.

Sebastián dejó escapar un ahogado grito de terror y dio dos pasos atrás, tropezando con el marco de su puerta.

—¡Sebastián! ¿Qué demonios haces ahí fuera a estas horas?

La voz real de Joshua retumbó desde el interior de la habitación. El hombre maduro salió al pasillo, con la chaqueta de lana sobre los hombros y el rostro cruzado por la severidad y el cansancio.

El chico no pudo responder. Apuntó con un dedo tembloroso hacia el espejo del fondo, pero al mirar de nuevo, la luna de cristal solo devolvía el reflejo ordinario del pasillo vacío y la luz vacilante de las lámparas.

Joshua miró a su hijo con una mezcla de consternación y sospecha creciente. Llevaba días notando la rigidez del chico, los roces sutiles con el sirviente rubio y la mirada evasiva de Enrico cada vez que servía la mesa. La culpa y la vergüenza que flotaban entre ambos eran tan evidentes que la tensión en la mesa familiar se había vuelto insostenible.

—A tu habitación. Ahora mismo —ordenó Joshua con una frialdad que sonó como una condena.

Desde las sombras del fondo del pasillo, oculta tras el recodo de las escaleras de servicio, la figura de Abraham observaba la escena desde el azogue estático de un pequeño espejo decorativo. Las grietas de su rostro parpadeaban con una luz plateada y enferma.

El ente no moldeaba la materia a su capricho, pero sabía exprimir cada grieta del alma humana. La culpa, la vergüenza y los deseos reprimidos de los huéspedes eran las verdaderas rendijas por donde la penumbra comenzaba a doblegar los cimientos del Hotel Romaní.

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Último capítulo

  • Déjate llevar   EPÍLOGO

    Seis meses después del colapso del Hotel Romaní, los periódicos regionales de la capital dejaron caer el caso del Valle de las Nieblas en el olvido periodístico. Para las autoridades provinciales y el departamento de policía, la tragedia quedó archivada en un expediente burocrático bajo una explicación técnica y conveniente: un incendio de proporciones catastróficas originado por una falla estructural fortuita en una edificación centenaria de madera, agravado por la repentina deflagración de un antiguo depósito de gas instalado en las galerías inferiores.Ningún informe oficial hizo mención a las toneladas de azogue hirviente que brotaron de las cañerías, a las anomalías geométricas de los pasillos ni a las extremidades pálidas que intentaron arrastrar a los huéspedes hacia el interior de los cristales. La versión oficial convirtió el horror en un triste accidente del pasado.Sin embargo, en la realidad de la materia, la noche de las superficies pulidas dejó cicatrices imborrables en l

  • Déjate llevar   CAPÍTULO 24

    La noche devoró al Hotel Romaní en una tormenta incandescente de llamas rubíes y humo denso, blanco y metálico.Desde la linde del bosque de pinos ancestrales, a un centenar de metros de la fachada que se desmoronaba, los sobrevivientes contemplaban el colapso definitivo del imperio de los Garden. El detective Roger Vance, con su gabardina envolviendo apretadamente el muñón de su brazo derecho —cauterizado por el azogue y chamuscado por el calor de la pira—, permanecía arrodillado sobre la pinocha húmeda, abrazando contra su pecho a su esposa Elsa y a su hija Luna. La mujer sollozaba en silencio, cubriendo el rostro de la joven para evitar que viera caer las vigas de la mansión.A un lado, el agente Jackson yacía sentado contra el tronco de un abeto, con la placa de policía parcialmente derretida sobre el pecho, el uniforme cubierto de hollín y la mirada perdida en un trance catatónico; las balas gastadas de su revólver yacían desparramadas en la hierba. Johan, más atrás, tiritaba bajo

  • Déjate llevar   CAPÍTULO 23

    El gran vestíbulo no era una vía de escape; era la falsa promesa de un cauce. Las corrientes de mercurio que serpenteaban furiosas bajo las lamas del parqué no buscaban la libertad fuera de la edificación, sino que convergían como ríos de plata líquida hacia un punto nodal en la cima de la escalera señorial: la suite principal de Eliot Garden, el sanctasanta del patriarca donde el pacto de 1898 había sido sellado con sangre y geometría.Para comprender la naturaleza de lo que iban a enfrentar, la jerarquía de la maldición debía quedar clara: la Cámara de Reflexión era el continente, el sótano donde latía el Espejo Maestro, la superficie que gobernaba toda la red de azogue extendida por el hotel. Pero la suite del piso superior guardaba el origen y el fin de todo. Allí se alzaba el Espejo Primigenio, el núcleo absoluto, el ojo ciego por donde el Hotel Romaní había mirado por primera vez al abismo al final del siglo pasado. Destruir el Espejo Maestro en los subterráneos había debilitado

  • Déjate llevar   CAPÍTULO 22

    El colapso de la empuñadura de plata en las galerías subterráneas no erradicó la maldición del Hotel Romaní; la atomizó en millones de esquirlas incontrolables. Al romperse la columna vertebral del Espejo Maestro, la masa acumulada de azogue no retrocedió hacia las entrañas de la tierra, sino que fue expulsada hacia la superficie con la furia de una arteria reventada. El fluido mercurial se filtró por las viejas tuberías de plomo, los conductos de ventilación cubiertos de hollín, los huecos de los montacargas y las grietas centenarias de la madera de roble, transformando el edificio entero en una inmensa trampa refractaria. El hotel dejó de ser una estructura física de muros y tejados para convertirse en un laberinto de espejismos donde la lógica del espacio y la frontera entre la materia y la penumbra colapsaron definitivamente.Cualquier superficie capaz de devolver aunque fuera una fracción de reflejo dejó de actuar como un objeto inerte. Los imponentes cristales de las ventanas que

  • Déjate llevar   CAPÍTULO 21

    El estruendo del bastón de ébano de Eliot al estrellarse contra la piedra base resonó en la profundidad del subterráneo como el chasquido sordo de un trueno congelado. La empuñadura de plata tallada se fracturó en mil esquirlas incandescentes, liberando una marea de azogue puro, una masa líquida y reluciente que desafió la gravedad de la Tierra: no fluyó hacia las grietas del suelo, sino que comenzó a elevarse en ondas hirvientes y luminosas hacia la bóveda de la antecámara. La geometría perfecta que había sostenido la arquitectura maldita del Hotel Romaní durante casi un siglo colapsó en un pestañeo, abriendo una grieta vertical, limpia y atronadora en el tejido mismo que separaba el plano de la materia del mundo de los espíritus.En ese umbral geométrico, suspendidos sobre el abismo de plata donde la carne caliente de los vivos y la sombra helada de los muertos se fundían en una sola neblina de luz fosforescente, Nick y Abraham quedaron atrapados frente a frente.Ya no había un cuerp

  • Déjate llevar   CAPÍTULO 20

    El aire en la antecámara del subterráneo había dejado de pertenecer a la atmósfera terrestre. Se había transformado en un fluido denso, cáustico y helado que cristalizaba la saliva en los labios antes de que las palabras pudieran formarse. El vapor verdoso del mercurio brotaba con la presión violenta de un géiser a través de las grietas del suelo de piedra volcánica, bañando la cueva con una iluminación enferma y pulsante que proyectaba sombras monstruosas sobre las paredes abovedadas.Eliot Garden dio dos pasos hacia adelante, arrastrando la pierna tullida mientras sus nudillos, blancos por la tensión, se aferraban con rabia a la empuñadura de plata de su bastón de ébano. El viejo patriarca observaba el rostro del forastero —el recipiente humano que su nieta política y la culpa habían arrastrado al hotel—, pero sus pupilas veladas por las cataratas, la vejez y una ambición enfermiza ya no buscaban la carne joven del muchacho de la capital. Intentaban descifrar el espíritu ancestral qu

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