Inicio / Hombre lobo / EL ALFA COLOMBIANO / 5; EXTRAÑAS CONSECUENCIAS

Compartir

5; EXTRAÑAS CONSECUENCIAS

Autor: Jarrisson
last update Fecha de publicación: 2026-02-12 23:05:27

ALBERTO

El paisaje se tiñó de rojo y no solo por los colores del alba, sino también por Jairo, quien sucumbía en el suelo, exhalando su último aliento con la esperanza de que alguno de sus compañeros llegara a salvarlo.

—Los quiero ver solo en huesos. —ordenó el cacique, señalando a Mariana y Alberto, quienes se abrazaban agónicos.

—Aguarda, padre, quedamos en que la secuestraríamos —interrumpió el hijo del chamán, dejándosele notar un raro interés en ella.

Mariana se dejó invadir por el temor y no pudo entender lo que seguían hablando, todo empeoró cuando sintió que Alberto estaba dejando de respirar. mientras el seguía recordando su primera cita, aquel día que salvó al niño de ser atropellado y que fue reconocido por ella, quien emprendió la fuga.

—Espera, —Alberto le grito, al tiempo que intento correr sin transformarse en lobo, —por favor, déjame explicarte.

Todo lo que le mencionó fue inútil; ella se encerró en la casa. Lo siguiente que recuerda es que los vecinos lo vigilaban, así que lo único que pudo hacer fue golpear la puerta, saludando.

—Buenas. —Ni siquiera sabía qué decir o hacer en caso de que ella saliera. Intento oler el interior de la vivienda, era complicado porque un caño de aguas negras que se encontraba a unos metros le bloqueaba los aromas; sin embargo, pudo olfatear que ella se encontraba sola.

Esa casa tan pequeña, con las paredes de madera vieja, el piso en tierra a medio compactar y los cables de la luz a la vista, le produjeron náuseas al compararla con las mansiones de su padre. Hubiera sido muy fácil derribar la puerta o al mejor estilo del lobo malo, soplar hasta tumbar y solo hubiera bastado con un bostezo.

De pronto su desosiego fue cortado por un olor dulzón que sacudió el aire, que provenía del interior; sin duda alguna era de Mariana. Su aroma le producía una suave corriente que lo arrullaba, que le empezaba en el estómago y le recorría todo el cuerpo hasta que se le salía en suspiros.

—¿Mariana, te encuentras bien? —preguntó tratando de abrir la puerta, pero los vecinos no dejaban de observar.

«De seguro ya debieron haber llamado a la policía», pensó el Lobo, «es mejor que me largue, no quiero tener problemas con la ley, no traje dinero para arreglar y en caso de alguna complicación me tocaría llamar a mi padre, quien debe estar molesto por llevar días sin ir a su mansión.»

Alberto se marchó, agachando la cabeza, para que los vecinos no le vieran su cara de angustia. Dobló en la primera esquina y salió corriendo, transformándose completamente en lobo. Saltó a un techo, desde donde se devolvió a la casa de Mariana.

Aunque los vecinos aún estaban en la calle o en las ventanas y el sol iluminaba, no se pudo contener y se lanzó para entrar por el techo del hogar de su amada. Lo único que se le ocurrió fue entrar tan rápido que nadie se percatara de que un lobo rompía las tejas. Como si fuera adivino, eso sucedió, y los vecinos chismosos que quedaban apenas vieron algo negro que rompió unas tejas. Y por supuesto que eso los motivó a golpear en la casa de los Ariza.

Adentro, el ambiente contrastaba con la belleza de Mariana; un olor a humedad se le metía por la nariz, aunque no le bloqueaba el suave aroma que le aceleraba el corazón más que el de cualquier hembra de la manada en temporada de celo y que provenía de una humana. No quiso asustarla, por eso, saludó muy suavemente.

—¡Hola! —ni siquiera el eco le respondió.

Siguió el rastro de su Mariana, sus huellas quedaban grabadas en el suelo y lo guiaron a ella, quien se encontraba tirada contra la pared, lavada en sangre.

—No puede ser tal vez se desmayó del susto. —estas palabras se le escaparon, aunque estaban lejos de la verdadera causa.

— ¡Abran, es la policía! —golpearon en la puerta los dos agentes, quienes eran rodeados por un séquito de curiosos.

«No puede ser, ¿qué hago?», se cuestionó Alejandro, “no debí haber entrado”

Los débiles latidos de Mariana lo sacaron de su reflexión.

«Debo llevarla al médico, parece que fuera a estirar la pata». El lobo no alcanzó a terminar su pensamiento cuando escuchó que derribaban la puerta.

Pudo haber huido dejándola tirada, de seguro los policías la llevarían al hospital más cercano, pero no, en un impulso alzó a Mariana, llevándosela en sus mandíbulas, saltando fuera de la casa por la misma teja rota por donde entró, y se fue corriendo lo más que le permitió la incómoda carga y los disparos de los agentes.

No descansó hasta que llegó donde había dejado su auto y esa fue otra sorpresa, como si fuera un sitio embrujado, este había desaparecido sin dejar rastro. Poco tiempo después descubrió que se lo habían robado una banda delincuencial del sector, haciéndolos pagar con creces.

Le tocó seguir su marcha incierta, a la vez que el barrio se llenaba de los refuerzos policiales, se transformó en humano, agradeció llevar esa ropa elástica que se adaptaba a sus transformaciones para no parecer un loco exhibicionista.

—¡Por favor, ayúdenme! —les rogó a unos policías que patrullaban en una moto —. Mi esposa se cayó en el baño, necesito llevarla con urgencia.

—¡Quieto, no se mueva, usted se ve sospechoso! —Los policías se bajaron del vehículo, apuntando con sus armas.

—Miren, estoy desarmado, mi mujer está enferma —la sentó en un andén, para mostrar que no les representaba amenazas, —por favor, llamen a una ambulancia.

—Ya la llamamos, pero primero déjese requisar—, el policía lo cogió sin dejar de apuntarlo para revisarlo. En un instante, los reflejos le primaron, arrebatándole el arma, lo levantó lanzándolo contra unas paredes, e inmediatamente cargó contra el oficial que conducía la motocicleta.

Se subió a ese vehículo amarrándose a Mariana con la correa del policía e inició la fuga, quemando las ruedas, sin darse cuenta de que uno de los oficiales recobraba el sentido y estaba llamando refuerzos con su comunicador.

Ya próximo a salir del barrio para coger por una autopista, se encontró frente a frente con una patrulla policial, quienes, al reconocer el vehículo, les exigieron que se detuvieran y al no acatar la orden, les dispararon.

A Alberto se le bloqueaban las ideas al escuchar cómo las balas rozaban sus orejas, lo que más le angustiaba era la posibilidad de que algún proyectil hiriera a su preciada carga. Entonces, como si una hada mágica le susurrara una idea, se le ocurrió una salvación de último momento. Aceleró la moto a fondo con rumbo hacia la autopista, marcando un gran poste como blanco, pero se le atravesó un taxi, que freno la moto con el capo, pero a ellos los catapultó por los aires.

—Piensa rápido. —se dijo a sí mismo, para no congelarse en una situación tan extrema. De nuevo se transformó en el enorme lobo negro, por fortuna Mariana quedó bien asegurada a su espalda y no se apartó de su lomo. Él, con sus cuatro patas, soportó el golpe, utilizándolo para que le diera impulso para seguir corriendo entre los veloces carros que transitaban la autopista, pero su desespero aumentó al sentir el ruido de un helicóptero policial.

Continúa leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la App

Último capítulo

  • EL ALFA COLOMBIANO   175; DECISION FINAL

    Pasaron meses muy complejos y amargos; Mariana y Alberto vivían entre el odio y el amor, se besaban con furia, se gritaban con ternura, mientras los niños crecían rápido, aprendían a transformarse, a cazar y a meditar. El tiempo del embarazo fue difícil y el parto peor, aunque superado por la irritabilidad de la dieta que se prolongó por los siguientes meses, transformando el ambiente celestial del matrimonio en un infierno inaguantable.Alberto empezó a sentirse viejo, cansado y muy frustrado. A veces miraba el mar y pensaba en lo que pudo ser: el Alfa más poderoso, temido y respetado, que ahora era un padre que cocinaba arepas y cambiaba pañales.Una noche no aguanto mas el mal ambiente y se escapo al bar de la isla, donde Bebió solo y lloró en silencio.—¿Qué te sucede?Alberto levantó la cabeza al escuchar una voz conocida. —Hermano, ¿que haces aqui?—Lo mismo que tú, estoy aburrido con la vida que escogí; es que no es como lo esperaba y es que no lo quería; me dejé llevar por los

  • EL ALFA COLOMBIANO   174; VILLA DE LOBOS

    Como el soplido del viento que arranca las hojas de los árboles cuando llega el otoño, así pasaron los días. Los lobos no pudieron comprar una isla, pero adquirieron un enorme terreno en la selva del Carare; Mariana aceptó acompañarlos para ayudar con el desarrollo de sus hijos.Todos los días Alberto la observaba desde lejos, con el corazón encogido; había preparado el discurso mil veces, pero cuando la tenía cerca, todo se le desmoronaba, pero este encuentro sería diferente.—Mariana —dijo, acercándose con cautela—. Necesito hablar contigo.Ella lo miró sin detenerse. —¿Ahora sí quieres hablar? ¿Después de hacerle un hijo a Natalia y vivir con Renata como si fueran pareja?—No fue así. Es que Renata me ayudó cuando estaba roto. Y Natalia… fue un error. Un error que me dio un hijo, sí, pero nunca fue amor.—¿Y yo qué soy? ¿La madre de tus hijos? ¿La boba que estaba dispuesta a todo por ti, incluso volverme una loba?Alberto bajó la cabeza. El sol le quemaba la nuca, pero no tanto com

  • EL ALFA COLOMBIANO   173: DESENLAZANDO

    MARIANAlas diferentes imágenes de la ciudad parecía que pasaban en fotogramas, casas de ladrillo, de lata, edificios, parques, luces que se asemejaban cometas dejando una estela. Entretanto Mariana hacía lo posible para aguantar el esfuerzo de cargar a sus hijos y de no dejarse caer del lomo de Alberto mientras corría por las avenidas y callejones, saltando techos y terrazas para llegar a donde ella no tenía ni la más mínima idea. Sin embargo, no se le ocurría más opción de ir a menos que saltara a un destino sin su tal vez amado.—¿a dónde vamos? —pregunto ella.—me hubiera gustado llevarlos a un lugar seguro, pero primero debo crear ese lugar. —Alberto continuó moviendo sus cuatro patas, desplazándose a gran velocidad.—llévame mejor a donde mi tía, ahí estaré bien, por unos días.—no mi amor, lo siento, tengo que hacer algo, si no lo hago, en ningún sitio estarás a salvo.—¿qué es?—Otro duelo.—Qué feo, no vayas, es muy peligroso y, en caso de que pierdas, ¿nos matarán?—ese fue

  • EL ALFA COLOMBIANO   172; EL COMBATE EPICO

    | ALBERTOEl cielo castigaba a la tierra escupiéndole sus kamikazes gotas de lluvia que, al golpear el suelo, le arrancaban pedazos, generando pequeñas explosiones de lodo, justamente en lo que se transformaba esta calle de este nuevo barrio que aún no tenía sus vías con pavimento. Aunque el tiempo parecía detenido en el instante en que Mariana y Alberto encontraban de nuevo sus miradas, fue como si de sus pechos saliera un rayo de luz que los conectara, rompiendo todos los sucesos que los había separado, y en sus oídos les pareció escuchar una delicada música angelical. Hasta qué ocho haces de luz rasgaron el horizonte, enseñando a un enorme jaguar que blandía sus poderosas garras, embistiendo a Alberto, que, aunque se alcanzó a mover esquivando un daño fatal, fue alcanzado a herir en el pecho.—Cacique, déjalo, por favor, déjalo, es Alberto, no tiene nada que ver con Natalia. —Suplico Mariana, con el llanto, escapándosele por los ojos.—No me importa, este es uno de ellos y de los p

  • EL ALFA COLOMBIANO   171; ESCAPE EN LA TORMENTA

    MarianaLa noche cambió en un segundo; la brisa empezó a resoplar y el cielo a iluminarse por unos segundos, al compás de la llovizna que pronto se multiplicó en una gruesa lluvia que castigaba las viejas tejas de zinc.—La verdad es que no quiero retornar al resguardo.—Mi niña, te vuelvo a repetir, es por tu seguridad y la de tus hijos; os aseguro que no le voy a hacer nada, no me sobrepasaré, a menos que su merced lo deseara.—Cacique, se lo agradezco, pero ya no, sé que ya no hay riesgos; el clan de los lobos ahora es liderado por la madre de Alberto y por Natalia, y ellos me dejaron en claro que estamos a salvo.—Me parece que pecas de crédula, de taimada y de… no me recuerdo la palabra, es que no se puede confiar en los lobos y para ellos tus hijos son rivales.—No puede ser, yo sé que no es posible.—Ya sabes que tengo la experiencia del trasegar en mis centurias.—Pues no sé… Aguarda, cacique Chanco, ¿hueles eso?—Por supuesto que sí, es el olor a cancha, a pelo de perro mojad

  • EL ALFA COLOMBIANO   170; EL FUEGO TAMBIEN RECUERDA

    AlbertoLa prisión ardía como si el infierno hubiera firmado un contrato con el concreto. Las llamas no solo lamían los muros: los devoraban con hambre antigua, como si quisieran borrar cada historia escrita en sus pasillos. El humo se arrastraba como una serpiente ciega, buscando pulmones que asfixiar, memorias que borrar.Alberto y Juan corrían, transformados en lobos, buscando una salida. Sus cuerpos cubiertos de pelaje negro y gris, sus ojos brillando como carbones encendidos. El calor era sofocante, como si el aire se hubiera convertido en sopa hirviendo. Cada respiro era una tortura. El humo les llenaba la garganta como ceniza líquida. El corazón les latía como tambores de guerra, no solo por la carrera, sino por la ansiedad de escapar, por la certeza de que algo más estaba ocurriendo.—¿Cómo puede arder así? —gruñó Juan entre jadeos—. Esto es hormigón y acero. Debería quemarse más lento, no tiene lógica.Alberto no respondió, únicamente se concentró en mover sus patas que golpe

Más capítulos
Explora y lee buenas novelas gratis
Acceso gratuito a una gran cantidad de buenas novelas en la app GoodNovel. Descarga los libros que te gusten y léelos donde y cuando quieras.
Lee libros gratis en la app
ESCANEA EL CÓDIGO PARA LEER EN LA APP
DMCA.com Protection Status