Se connecterUn joven afortunado y apuesto, con el dinero suficiente para tener a la mujer que desease, demostraba siempre arrogancia y apatía por los demás, pero es el dueño del corazón más noble y bondadoso que jamás se podría imaginar, siempre ponía las necesidades ajenas primero que las suyas. Ella es una mujer de pocos recursos que la vida le ha jugado de manera amarga y dolorosa, perdió al amor de su vida huyendo de su propio padre que es su eterno verdugo. Con un hijo a cargo y muy pocos recursos, dedica su vida a luchar y vivir en mejores condiciones. El destino dicta que deben estar juntos, a pesar de que todo a su alrededor grite que no. ¿Quién definirá el destino de Amalia? ¿Será capaz Camilo de dejarlo todo por la única cosa que no puede tener?
Voir plusEl mundo se cerró.No de golpe… no con ruido.Sino lento.Pesado.Inevitable.—¡Salgan todos! —ordenó el médico con firmeza—. ¡Ahora!Las manos comenzaron a moverse rápido.Enfermeras. Instrumentos. Una jeringa.Alicia seguía llorando, temblando, resistiéndose incluso cuando su cuerpo ya no tenía fuerzas.—¡No! ¡No, por favor! —su voz se rompía—. ¡No quiero dormir más! ¡Es tu culpa! ¡Es u culpa Mathew! Eso fue lo que terminó de destruirlo. Mathew no opuso resistencia cuando lo empujaron fuera de la habitación.No dijo nada.No luchó.No pidió quedarse.Porque entendió que él era el problema.La puerta se cerró frente a sus ojos.Y algo dentro de él… se vino abajo.No caminó, pero tampoco supo cómo llegó al pasillo.Solo sintió el aire pesado, el pecho apretado y las manos vacías.Y entonces… ya no pudo más.Sus piernas cedieron. El golpe contra el suelo fue seco, pero no le importó, porque el dolor… ya no estaba en su cuerpo. Estaba en otro lado.Más profundo.Más irreversible.—Math
Mientras que Mathew era observado por Alicia atentamente, Roberto estaba por llegar a su apartamento, el que compartía con Annie, solo cuando ella no estaba en misiones. El lugar estaba en silencio y sumido en una profunda oscuridad, sin embargo no era un silencio tranquilo, era uno roto.Las cosas estaban en el suelo, vidrios partidos, un cuadro torcido colgando apenas de un clavo, un cojín desgarrado.Y en medio de todo ese desastre… Annie.Sentada en el piso, con las piernas recogidas contra el pecho, los ojos rojos, la respiración irregular. Había llorado tanto que ya no sabía si le quedaban lágrimas o solo ese vacío espeso que le apretaba el pecho.Roberto no sabía cuánto tiempo llevaba así, ella tampoco lo sabía. La pelirroja solo sabía que él no estaba y eso… dolía más que cualquier otra cosa.Cuando la puerta se abrió, no se movió, pero su cuerpo sí reaccionó, ella enseguida se tensó, porque lo conocía y lo reconocía aún en la distancia. Roberto entró despacio, observando el
El hospital volvió a oler a pérdida.A desvelo.A angustia.Mathew cruzó las puertas automáticas con Alan en brazos.El pequeño estaba aferrado a su cuello, con los ojitos hinchados, la nariz roja y las manos apretadas en la camisa del que consideraba su padre, como si al soltarlo fuera desaparecer.—Papá… —susurraba de vez en cuando, sin atreverse a decir nada más.Mathew no respondía, pero no porque no quisiera, sino porque no podía. Su aspecto… Era devastador.La barba crecida, desordenada, cubría gran parte de su rostro, pero no lograba ocultar la palidez enfermiza de su piel. Tenía los labios resecos, partidos, como si llevara días sin hidratarse correctamente. Sus ojos… estaban hundidos, rodeados de ojeras oscuras, profundas, casi violáceas, como si el sueño hubiese abandonado su cuerpo por completo.Y su mirada…Su mirada estaba rota.No había brillo.No había fuerza.Solo un cansancio que iba más allá del cuerpo.Era un hombre sosteniéndose con lo último que le quedaba.Alan.
El lugar era pequeño, más bien silencioso, demasiado tranquilo para todo lo que Alicia llevaba dentro.Estaba confundida, todavía nadie le había dicho porque ya no vivían en el pueblo, ni como fue que termino en un hospital de lujo, ni porque Roberto se veía más maduro que la última vez que lo vio. ¿Pero cuando había sido la última vez que lo vio? Ni siquiera eso podía recordar. Las paredes de la casa de Roberto estaban cubiertas con recuerdos que ella no podía confirmar si eran reales o inventados por su mente. Fotografías viejas, algunas borrosas, otras más claras. En varias estaba él… pero en ninguna estaba ella.Pero cuando se veía las fotografías de su amado novio, él sonreía.Y eso era suficiente para ella. Alicia estaba sentada en el sofá, con una manta sobre las piernas y una taza de té entre las manos. Sus dedos aún temblaban un poco, pero ya no era por el frío. Era por la sensación constante de no pertenecer del todo a su propia vida. Al menos a la que creía que era suya












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