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CAPITULO 2; LA PREMIADA

Autor: Jarrisson
last update Data de publicação: 2026-02-12 00:06:51

Angie

Pasé todo el día con un punzón en el vientre y un apretón en la garganta por la ansiedad que me producía esperar el momento en que por primera vez entrara a la oficina de mi CEO. Me imagino que estará en su escritorio con tan solo una flor roja cubriéndole el cuerpo de dios griego, y con una botella en la mano de un delicioso coñac. Cuando me vea, susurrará: —mi Angie sigue, que yo soy tu premio.

A pesar de que a veces mi hermanastro me lleva a casa, hoy se le ocurrió hacerlo. Es probable que no le llegue para pagarme lo que me debe y por eso quiera llevarme a otro lugar para evitar una espera. Intente hacerle mala cara, pero me causa gracia verle los gestos que hace cuando por primera vez, en lugar de correr para subirme en esa moto que es más mía que suya, le digo que mejor se marche, que me voy sola porque tengo que hacer una vuelta.

Después de tanta espera, al fin suena el timbre de salida; nunca un día había sido tan largo. Este sonido chirriante es mágico, produce que en un segundo todos los trabajadores desaparezcan; ojalá así fueran para empezar labores.

Yo, en cambio, me quedo; fue muy difícil despegarme de mis amigas; me tocó esconderme un rato debajo del escritorio; no quería que de pronto alguna se me pegara a esta cita. Después que noto que ya todos se han marchado, salgo y me dirijo a ese pasillo que conduce a la oficina del jefe, que parece alargarse al infinito. A medida que me acerco, me siento mareada y la ansiedad me abruma; mejor decido hacer una parada en el baño que queda en la mitad de ese interminable corredor. No me arrepiento de entrar, lo necesitaba; es que me excedí bebiendo mucho de lo que me dieron mis amigas, un trago que parece ser fuego líquido. Además de que no pude almorzar por los nervios de mi encuentro, es que me parecía tener un nudo en el estómago, por eso me siento débil.

Me observo en el espejo del baño; como siempre, no me reconozco. Es que soy tan diferente a mi imagen mental que a mi reflejo. Por más que peino mi enmarañado cabello, me retoco el maquillaje intentando no caer en excesos, debido a que varias veces me han dicho cara de payaso.

Me dan ganas de mejor dejar las cosas de ese tamaño y marcharme para mi casa, pero mejor aprieto el puño y respiro hondo, automotivándome; le digo al espejo: —Vamos, Angie, tú puedes, este es tu momento, lo tienes que aprovechar.

Alcanzo a escuchar unos golpes que vienen de la oficina de mi jefe, don Morales; eso me saca de mis angustiosas reflexiones. Tanteo a mirar con precaución, sin salir; me escondo detrás de la salida del baño. Me asombra ver que Sheila, la detestable secretaria, sale de ahí con sus piernas largas y temblorosas, nada parecido al caminar tambaleante que usa con frecuencia y que parece que se va a partir; incluso se tropieza con la pared y casi cae antes de irse a tomar el ascensor.

—¡Sí! —se me escapa de la emoción; la partida de la secretaria significa que él se quedó solo. Quizás para darme mi anhelado premio. Me erizo al pensar en qué debo hacer cuando llegue a laborar al otro, cuando acuda a la oficina, si llegaré dándole un beso al frente de todos y echaré del trabajo a la porquería de Sheila. Supongo que no será bien visto que la esposa del jefe tenga que llamar a los clientes. Así que lo mejor será que mi querido invente un nuevo puesto para mí más adecuado o me albergue en una hermosa mansión con piscina, donde solo tendré la obligación de aguardar su llegada para colmarlo de amor o recibir de él detalles y otras cosas.

Imaginándome estos sucesos, tomo fuerzas para no desmayarme. Retomo el camino por ese largo pasillo, cogiéndome de las paredes como si no tuviera fuerza. Al llegar a la oficina, me quedo acariciando la puerta; una corriente helada me recorre el cuerpo erizándome el cabello. Debido a que al otro lado está mi amor platónico. La cobardía me llega de golpe para atraparme, empujándome al confort de la huida; decido que no soy capaz ni de golpear y mejor me devuelvo.

—Espera, Angie, deja la bobada, ya estás aquí, no desaprovecharás esta oportunidad de encarrilarte con semejante galán. —Me expongo a mí misma para darme ánimos. —Después de todo, no sería mi primera vez, pues ya estuve con el baboso de Miguelito, asqueroso remedo de hombre, ese, cómo lo detesto. Fue mi novio únicamente para ganar una apuesta y yo, como toda ingenua, le entregué mi pureza. —Doy media vuelta volviendo a mi objetivo.

—Aunque no patines en el pasado, aprieta las caderas, devuélvete y golpea la puerta; si es necesario, rómpela junto con todos mis miedos. —Me aconsejo; es algo que aprendí cuando era vendedora puerta a puerta, es automotivación para proteger la actitud ganadora.

Funciona, pues me hago caso. Voy y golpeo varias veces, y nadie me responde; la oficina parece estar vacía. Arremeto con más fuerza; puede que por querer dar una impresión de decencia golpeara pasito y, a pesar de que casi me parto la mano golpeando, él no me abre ni contesta. Es posible que a mi galán se le olvidara nuestro compromiso; desde luego que es un CEO muy ocupado o quién sabe qué asunto lo embolató. Mejor me dispongo a marcharme, pero escucho un quejido que me detiene; me parece que viene de dentro de la oficina. Eso me empuja a girar la perilla de la cerradura y esta voltea sin resistencia, abriendo la puerta.

Entro mirando el interior; me sorprenden los trofeos y cuadros con diplomas. Doy pasos gatunos para entrar con cautela, saludando: —Buenas tardes, jefe, ¿cómo se encuentra?

Es como un destello que no puedo creer que lo veo; sucede, casi como en mi fantasía. Resulta que mi jefe está acostado en el escritorio, sin nada de ropa que lo cubra; lo único que tiene es una botella de vidrio medio desocupada.

—¡Oh! Jefe, no puedo pensar que usted sea tan atrevido. —susurro a la vez que finjo mirar hacia otro lado para no admirar su bello cuerpo, que muchas veces imaginé tocar.

—Aunque podemos ir más lento, quizás si me invita un helado primero. Sabe, jefe, no soy de esas y esto se puede interpretar como un acoso laboral. Por supuesto que si dejara de ser su empleada y me convirtiera en su mujer, por ejemplo, eso puede considerarse legal, supongo. —Termino con una risa nerviosa, y me volteo esperando que me agarre por la espalda, que me gire y refriegue contra su ser, pero me quedo esperando en medio de un silencio que no percibo. Vuelvo a mirarlo, ¡caray!, es un espectáculo; se nota que hace mucho ejercicio; escuché que fue campeón de natación. Me sonrojo al darme cuenta de que lo estoy mirando a él en sus partes privadas; me da vergüenza pensar que me juzgue como una pervertida, así que prefiero mirar su rostro rápidamente para ver sus expresiones, y un escalofrío helado me recorre de pies a cabeza. Él está inexpresivo y pálido.

—Señor Morales, ¿está muerto? —le pregunto como si, de estar de este modo, sería capaz de contestar. Decido revisarlo, apretándole la muñeca, y me asusto al constatar que no tiene pulso. Saco mi celular recordando que está sin minutos, como siempre. Mejor intento hacerle los primeros auxilios; le pego en el corazón, le muevo los brazos y le hago respiración boca a boca mezclada con caricias; es que no aguanto. Pero esto le sirve a mi blanco nieves, quien mágicamente revive, abriendo sus hermosos ojos verdes; al fin se los aprecio bien, ya que siempre anda con esas gafas negras que le hacen parecer un agente secreto. Se levanta un poco, y luego gatea en el piso, dirigiéndose a la papelera donde vomita sin descanso; después se acuesta en la alfombra, mirándome con su carita tierna, para luego volverse a quedar dormido.

—Jefe, don Morales. —Intento despertarlo y nada funciona. Hace mucho frío en esta oficina; no encuentro algo para arroparlo. Se me ocurre vestirlo y descubro que su ropa está mojada, supongo que por sus fluidos. Lo único que se me ocurre es mantenerlo caliente como vi en una telenovela, usando mis prendas como cobijas y mi cuerpo como calefactor. Aunque la experiencia me encanta, no me puedo quedar aquí; puedo jurar que mi madre me reprenderá muy fuerte. Sin embargo, podría ser un día memorable; de seguro valdrá la pena cada segundo. Los regaños y golpes de mi mamá los soportaré con la fuerza que me den estos recuerdos; desde luego que en estos tiempos modernos, ¿qué es de un momento mágico, sin una fotografía que los transporte de manera más vivida de vuelta en ese instante? Así que tomo mi celular y casi lleno la memoria con fotos y videos de los dos, jugando con los ángulos, las posiciones y los filtros.

De esa forma debí de haber descargado el aparato, ya que no sonó la alarma que siempre me despierta para alistarme a ir a trabajar. En vez de eso, nos despertó el ruido de los murmullos y del sonido de las cámaras de los teléfonos móviles que estaban grabando y publicando en las redes sociales la escandalosa imagen del CEO dormido en el suelo de su oficina, con la empleada del mes. Protegiéndose del frío y la desnudez únicamente con las prendas del uniforme de la teleoperadora.

—¡Qué bochorno!

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