LOGINDaniloLa puerta se abrió con un chirrido de réquiem. Danilo entendió, antes de ver nada, que entraba a un lugar donde los sueños morían envueltos en plástico: del piso al techo, plástico tenso como piel de tambor, bajo un bombillo que colgaba solo, sin pantalla, como un ojo que no parpadeaba.—Mira nada más quién nos visita —dijo una voz conocida, y el corazón de Danilo dio un vuelco, mitad alivio, mitad terror—. Si es el mismísimo CEO, ¡qué gran honor!—¡Carnitas! —Se abrazaron como viejos amigos, con palmadas fuertes en la espalda.—Uy, don Danilo, qué cagada lo que usted iba a hacer. —El Carnitas negó con la cabeza—. Pero no faltó el sapo. Nunca falta.—¿Sapo?—Hablando del rey de Roma que se asoma —soltó una risa seca, justo cuando la puerta volvió a abrirse.Entró el exguardia que lo había extorsionado desde la primera noche, y que ahora también estaba preso porque había asesinado a Sheila cuando ella extrajo sus ahorros secretos. Traía un papel doblado y una sonrisa que no le l
Danilo seguía encerrado en aquella celda que parecía más un hotel que una prisión, pero en las noches, cuando el silencio se volvía espeso, se reunía con otros ayudantes del cacique. Eran hombres que también cargaban cicatrices invisibles: insultos, golpes, humillaciones. Danilo los observaba con cuidado, sin hablar demasiado, midiendo cada palabra como quien mide gotas de veneno.—¿Otra vez nos mandó a limpiar los baños mientras él se emborracha? —murmuró uno, con la voz cargada de resentimiento.—Y encima se burló de mí, me dijo que parecía su perro —añadió otro, apretando los puños.Danilo fingió indiferencia, pero sus ojos brillaban atentos.—Bueno… —dijo despacio, como quien no quiere arriesgarse—: Yo he visto que ustedes no están muy contentos con él.Los hombres se miraron entre sí, desconfiados. —¿Y qué quieres insinuar, Danilo? —preguntó uno, con tono duro. —Nada… nada. Solo digo que un jefe debería respetar a sus hombres.El silencio se llenó de miradas. Danilo sabía que no
AngieLa tarde caía sobre Bogotá con un cielo gris que anunciaba tormenta. Angie estaba sentada en la sala, con las manos sobre su vientre, que apenas empezaba a notarse. Su madre la miraba con ojos de reproche, mientras el padrastro iba y venía por el pasillo, quejándose entre tragos de aguardiente.—¡Otra vez me robaron en la esquina! —bramó, golpeando la pared—. ¡Todo es por tu culpa, muchacha!—¿Mi culpa? —respondió Angie, confundida—. ¿Qué tengo que ver yo con eso?—¡Si contestaras las llamadas del cacique, nada nos sucedería! Pero no, la señorita se hace la santa y nos deja a merced de esos facinerosos.—Yo no tengo nada que ver con esos hombres. ¿Por qué siempre me culpan de todo?El padrastro soltó una risa amarga y estrelló la botella contra la pared. El vidrio se hizo añicos en el piso, salpicando gotas de licor. —Es que a uno de esos manes se le zafó algo de el cacique manda, muchacha. ¡No te hagas la inocente!La madre, que hasta entonces había guardado silencio con el ros
AngieEl cacique los tenía retenidos en aquella sala oscura, con la pantalla encendida como si fuera un altar de revelaciones, allí con las paredes que parecían sudar humedad; el aire olía a tabaco viejo y a secretos podridos. Angie forcejeaba, los guardias la sujetaban de los brazos y Danilo, con el rostro desencajado, trataba de interceder.—¡Suéltenla! —rugió él, con esa mezcla de autoridad y desesperación que alguna vez le sirvió en las juntas directivas, pero que ahora sonaba más a súplica que a orden.El cacique, sentado en su sillón de cuero gastado, levantó la mano con calma. Su voz grave, casi paternal, llenó la sala: —Hijo, cálmese, que esto le conviene. Mire lo que le voy a mostrar.El aparato comenzó a reproducir el video. Angie, con los ojos abiertos como platos, intentó levantarse, pero los guardias la empujaron de nuevo a la silla.—¡Me quiero ir! ¡No quiero ver eso! —gritaba ella, tratando de golpear la mesa con las piernas, como si pudiera romper la pantalla a patadas
AngieElla estaba en la sala, con la mirada fija en el suelo, mientras su madre la observaba con ese gesto severo que siempre la hacía sentir pequeña.—No vayas —dijo la madre, con voz firme—. No te arrastres, no seas migajera. Ese hombre no merece ni tu visita ni tus lágrimas.Angie levantó la cabeza, con los ojos brillando de rabia contenida.—Madre, ya soy adulta para tomar mis propias decisiones. No voy para arreglar nada, ni para mendigar amor. Voy porque necesito que me deje en paz. Además, me parece extraño que Angelo no aparezca.La madre bufó, cruzando los brazos.—No hagas nada. Deja que todo fluya. Que sigan llegando cosas a la casa, que no falte comida.—No, madre —respondió Angie, con voz temblorosa pero firme—. No voy a recibir nada. Así me toque trabajar hasta el último día del embarazo y durante el posparto, juro que a mi hijo no le va a faltar nada.Se levantó, tomó su bolso y salió sin mirar atrás. El aire de la calle la golpeó como un recordatorio de que estaba sola
DaniloÉl estaba sentado frente al viejo computador del call center de la prisión, tecleando con rapidez mientras inventaba libretos de estafas telefónicas. Sus dedos volaban como si fueran pianistas en un concierto, y cada frase que redactaba era un veneno disfrazado de miel, sin darse cuenta de que el cacique, ese hombre corpulento con tatuajes que parecían serpientes enroscadas, se acercó con una sonrisa que mezclaba amenaza y complicidad. —Felicitaciones, muchacho —dijo con voz grave—. Estás haciendo un trabajo excelente. Por eso tengo varias sorpresas para ti.Danilo levantó la vista, incrédulo. —¿Sorpresas? ¿Qué clase de sorpresas puede haber en este infierno?El cacique le dio una palmada en la espalda mientras le dijo: —Jaja, más de lo que puedas esperar. La primera empieza por alguien que te está esperando en la sala de visitas conyugales; una pista empieza por A.El corazón de Danilo dio un salto. "Angie. Tiene que ser Angie." Pensó levantándose de golpe; la silla chirrió co







