FAZER LOGINSheila
—Amiga, no entiendo cómo es posible que parezca que lo ocurrido con la fea del call center y el jefe no te haya afectado. —Lizeth, es que hay algo muy extraño; a mí me consta que esa fea no pudo haber tenido algo con Danilo. —Sheila se retocó el maquillaje viéndose al espejo en el baño de mujeres. —Amiga, es que yo tenía la esperanza de que el CEO hubiera dejado a la esposa para casarte contigo. —Lizeth, se acomodó la camisa para enseñar una buena parte de sus pechos, sin rayar en lo vulgar. —No, eso nunca estuvo en consideración. La realidad es que don Morales es muy bello y casi perfecto, pero mi deseo era su dinero y no su apellido. Es más, no me sirve que se separe, pues es muy posible que la esposa lo deje en la calle. —Sheila se acomoda la ropa interior que le estaba apretando, al igual que la conciencia. —Muñeca, yo suponía que lo amabas; me encantaba ser la alcahueta de esa historia de amor, algo extrema. —Lizeth subió un poco su minifalda, calculando el límite de la cadera. —Yo lo amo con toda mi alma… pero a su dinero; gracias a eso es que he podido pagar mi casa y mis estudios. —Sheila sacudió su hermosa cabellera brillante como rayos del sol. —Se me olvidaba que eres una zorra que todo lo paga con crédi-cuerpo. —Lizeth sacudió su extensa cabellera negra que le llegaba a la cintura. —Mira quién habla, la que tiene ordeñado a tu jefe, el contador general. Deberías tener cuidado de mostrar de más; un día de estos puedes matar de un infarto a ese pobre viejo; la otra vez casi se le salen los ojos cuando te agachaste al frente suyo. —La rubia sonrió esperando una furiosa reacción. —Al menos yo me la gano con más esfuerzo… Es que ha sido muy difícil acostarme con ese vegete que, fuera de feo, es flojo. Siempre me deja iniciada; es el colmo. La última vez me quedé dormida y cuando me despertó le dije que era que me había desmayado de la emoción. —La pelinegra se sentó en un inodoro, sosteniéndose la cabeza con la mano en la mandíbula. Sheila la levantó y la abrazó diciéndole: —Perdón, amiga, no quise ofenderte, tranquila, que únicamente haremos esto hasta que nos graduemos, aguanta, ya falta poco. Lizeth también la abrazó sollozando. —Por supuesto, tan solo me quedan dos años, cuatro meses, tres días y nueve horas; es poco tiempo si estuviera con un galán como don Morales; en cambio, con ese viejito es una eternidad. —Amiga, ten por seguro que algún día recordaremos todas estas penurias a bordo de un lujoso yate, con una botella de champaña francesa, y nos reiremos sin parar. —Sheila la soltó y le limpió las lágrimas. —Ojalá que así suceda y que estemos todavía jóvenes para disfrutarlo. —Lizeth se fue al espejo a arreglarse el maquillaje. —o por lo menos con unos hombres guapos, de un promedio de veinte años y que nos cumplan con todos nuestros requerimientos. —Sheila abrió y cerró rápido las piernas. —Eso sí, pues yo ya estoy cansada de fingir y de decir mentiras para levantar egos; lo que me merezco es que me lleven al cielo. Es que este viejo es abusivo; ¿cómo te parece que me sigue a todo lado? O me llega de sorpresa a la casa o a la universidad; de esa manera me espanta a los otros pretendientes. —La pelinegra se volvió a ajustar el escote. —Es lógico, él es quien paga los semestres y el que te pagó ese enorme busto y está en la obligación de cuidar sus inversiones, no puede dejar que otro reciba los dividendos; parece que no fueras auxiliar contable. —La rubia dejó de acicalarse; consideró que ya lucía bien. —Tengo que comprarme un juguete vibrador para que me calme las ganas; estoy demorada para eso. A propósito, ¿por qué supones que ese desperfecto de Angie no tuvo nada que ver con tu Danilo? —La morena también guardó el maquillaje, para salir a la oficina. Este comentario dejó a Sheila sin aliento, y como un relámpago salió afuera del baño para revisar si no había algún curioso y, al no ver a nadie, cerró la puerta con seguro y arrinconó a su amiga. Con voz de suspenso le expuso: —Amiga, es que yo sé que este señor no estaba en condiciones de cumplirle a una mujer y menos a una como esa. —Ella dio unos pasos atrás apretándose la cara con las manos. —¿Luego qué sucedió? Por favor, cuéntamelo todo. —La auxiliar del contador abrió la boca por la sorpresa. —Es que tengo un problema, mejor dicho, un problemita que en nueve meses va a ser un gran dilema. —Sheila agachó la cabeza y esta vez fue ella la que se sentó en el inodoro. —¡Estás embarazada, qué emoción! —¡Apuesto a que es del CEO! —La amiga saltó de la impresión hasta que se petrificó al notar que ella estaba llorando. —Obvio que es de Morales, hace mucho que no estoy con nadie más; lo que sucede es que supuse que con ese bebé amarraría a mi jefe y el muy imbécil me obligó a abortarlo. —Sheila le pegó un golpe a una pared y luego colocó la frente contra ese muro. —Pues no sé qué decirte; por un lado, un niño no amarra a nadie, excepto a la madre, y por el otro, un hijo es una gran responsabilidad. Es que un embarazo no planeado te puede afectar el futuro; tendrás que salirte de estudiar para cuidarlo; sería mejor que le hicieras caso. —La auxiliar contable expresaba su opinión al tiempo que le colocaba la mano en el hombro para consolarla. —Eso fue lo que me propuso ese estúpido y yo me negué; considero que él tiene el suficiente dinero para que no nos falte nada, por eso yo… —Un ataque de llanto no dejó que Sheila continuara hablando. —¿Qué hiciste, amiga? Por favor, dime. —Lizeth se movía más por la curiosidad y el morbo que por consolar a su supuesta amiga. —Esa noche, me quedé con don Morales, tuvimos sexo tomando licor y, en un descuido suyo, le di la pastilla que él me había comprado para abortar. Es que tenía mucha rabia, y estuve casi segura de que eso lo había asesinado. Pues él se puso pálido y se desmayó golpeándose contra el escritorio; de inmediato yo lo revisé y no respiraba ni tenía pulso. Es que, por el susto, estuve a punto de no volver a trabajar; casi me voy a vivir para siempre con una tía que reside en el campo. Lizeth se quedó petrificada como una estatua; lo único que se le ocurrió decir fue: —Huy, qué áspero, pero a lo hecho, pecho. Sheila dejó escapar un pensamiento: “No puedo dejar a mi hijo desamparado; si se divorcia, su esposa le quitará todo. No me sirve que mi hijo sea pobre; hubiera sido mejor que él fuera muerto, así podría haber reclamado una herencia sustancial mediante una prueba de ADN”. Su amiga sonrió arrugando las cejas y vociferó: —Pues aún todavía puedes eliminar a don Morales o conseguir algún millonario, acostarte con él y achacarle la paternidad.Sheila la miró fijo, con una calma escalofriante. —No necesito otro hombre. Ya tengo un plan.
Lizeth tragó saliva. —¿Qué piensas hacer?
Sheila se levantó, se miró al espejo y sonrió como si nada hubiera pasado. —Voy a asegurarme de que Danilo Morales nunca olvide mi nombre… aunque sea lo último que haga.
DaniloLa puerta se abrió con un chirrido de réquiem. Danilo entendió, antes de ver nada, que entraba a un lugar donde los sueños morían envueltos en plástico: del piso al techo, plástico tenso como piel de tambor, bajo un bombillo que colgaba solo, sin pantalla, como un ojo que no parpadeaba.—Mira nada más quién nos visita —dijo una voz conocida, y el corazón de Danilo dio un vuelco, mitad alivio, mitad terror—. Si es el mismísimo CEO, ¡qué gran honor!—¡Carnitas! —Se abrazaron como viejos amigos, con palmadas fuertes en la espalda.—Uy, don Danilo, qué cagada lo que usted iba a hacer. —El Carnitas negó con la cabeza—. Pero no faltó el sapo. Nunca falta.—¿Sapo?—Hablando del rey de Roma que se asoma —soltó una risa seca, justo cuando la puerta volvió a abrirse.Entró el exguardia que lo había extorsionado desde la primera noche, y que ahora también estaba preso porque había asesinado a Sheila cuando ella extrajo sus ahorros secretos. Traía un papel doblado y una sonrisa que no le l
Danilo seguía encerrado en aquella celda que parecía más un hotel que una prisión, pero en las noches, cuando el silencio se volvía espeso, se reunía con otros ayudantes del cacique. Eran hombres que también cargaban cicatrices invisibles: insultos, golpes, humillaciones. Danilo los observaba con cuidado, sin hablar demasiado, midiendo cada palabra como quien mide gotas de veneno.—¿Otra vez nos mandó a limpiar los baños mientras él se emborracha? —murmuró uno, con la voz cargada de resentimiento.—Y encima se burló de mí, me dijo que parecía su perro —añadió otro, apretando los puños.Danilo fingió indiferencia, pero sus ojos brillaban atentos.—Bueno… —dijo despacio, como quien no quiere arriesgarse—: Yo he visto que ustedes no están muy contentos con él.Los hombres se miraron entre sí, desconfiados. —¿Y qué quieres insinuar, Danilo? —preguntó uno, con tono duro. —Nada… nada. Solo digo que un jefe debería respetar a sus hombres.El silencio se llenó de miradas. Danilo sabía que no
AngieLa tarde caía sobre Bogotá con un cielo gris que anunciaba tormenta. Angie estaba sentada en la sala, con las manos sobre su vientre, que apenas empezaba a notarse. Su madre la miraba con ojos de reproche, mientras el padrastro iba y venía por el pasillo, quejándose entre tragos de aguardiente.—¡Otra vez me robaron en la esquina! —bramó, golpeando la pared—. ¡Todo es por tu culpa, muchacha!—¿Mi culpa? —respondió Angie, confundida—. ¿Qué tengo que ver yo con eso?—¡Si contestaras las llamadas del cacique, nada nos sucedería! Pero no, la señorita se hace la santa y nos deja a merced de esos facinerosos.—Yo no tengo nada que ver con esos hombres. ¿Por qué siempre me culpan de todo?El padrastro soltó una risa amarga y estrelló la botella contra la pared. El vidrio se hizo añicos en el piso, salpicando gotas de licor. —Es que a uno de esos manes se le zafó algo de el cacique manda, muchacha. ¡No te hagas la inocente!La madre, que hasta entonces había guardado silencio con el ros
AngieEl cacique los tenía retenidos en aquella sala oscura, con la pantalla encendida como si fuera un altar de revelaciones, allí con las paredes que parecían sudar humedad; el aire olía a tabaco viejo y a secretos podridos. Angie forcejeaba, los guardias la sujetaban de los brazos y Danilo, con el rostro desencajado, trataba de interceder.—¡Suéltenla! —rugió él, con esa mezcla de autoridad y desesperación que alguna vez le sirvió en las juntas directivas, pero que ahora sonaba más a súplica que a orden.El cacique, sentado en su sillón de cuero gastado, levantó la mano con calma. Su voz grave, casi paternal, llenó la sala: —Hijo, cálmese, que esto le conviene. Mire lo que le voy a mostrar.El aparato comenzó a reproducir el video. Angie, con los ojos abiertos como platos, intentó levantarse, pero los guardias la empujaron de nuevo a la silla.—¡Me quiero ir! ¡No quiero ver eso! —gritaba ella, tratando de golpear la mesa con las piernas, como si pudiera romper la pantalla a patadas
AngieElla estaba en la sala, con la mirada fija en el suelo, mientras su madre la observaba con ese gesto severo que siempre la hacía sentir pequeña.—No vayas —dijo la madre, con voz firme—. No te arrastres, no seas migajera. Ese hombre no merece ni tu visita ni tus lágrimas.Angie levantó la cabeza, con los ojos brillando de rabia contenida.—Madre, ya soy adulta para tomar mis propias decisiones. No voy para arreglar nada, ni para mendigar amor. Voy porque necesito que me deje en paz. Además, me parece extraño que Angelo no aparezca.La madre bufó, cruzando los brazos.—No hagas nada. Deja que todo fluya. Que sigan llegando cosas a la casa, que no falte comida.—No, madre —respondió Angie, con voz temblorosa pero firme—. No voy a recibir nada. Así me toque trabajar hasta el último día del embarazo y durante el posparto, juro que a mi hijo no le va a faltar nada.Se levantó, tomó su bolso y salió sin mirar atrás. El aire de la calle la golpeó como un recordatorio de que estaba sola
DaniloÉl estaba sentado frente al viejo computador del call center de la prisión, tecleando con rapidez mientras inventaba libretos de estafas telefónicas. Sus dedos volaban como si fueran pianistas en un concierto, y cada frase que redactaba era un veneno disfrazado de miel, sin darse cuenta de que el cacique, ese hombre corpulento con tatuajes que parecían serpientes enroscadas, se acercó con una sonrisa que mezclaba amenaza y complicidad. —Felicitaciones, muchacho —dijo con voz grave—. Estás haciendo un trabajo excelente. Por eso tengo varias sorpresas para ti.Danilo levantó la vista, incrédulo. —¿Sorpresas? ¿Qué clase de sorpresas puede haber en este infierno?El cacique le dio una palmada en la espalda mientras le dijo: —Jaja, más de lo que puedas esperar. La primera empieza por alguien que te está esperando en la sala de visitas conyugales; una pista empieza por A.El corazón de Danilo dio un salto. "Angie. Tiene que ser Angie." Pensó levantándose de golpe; la silla chirrió co







