LOGINLa resaca del triunfo sobre Julián, Emilio y la antigua junta directiva era una mezcla de adrenalina y un cansancio profundo que se había asentado en los huesos de Isabella. Como nueva Co-Presidenta, su agenda de las últimas cuarenta y ocho horas había sido un torbellino de auditorías, firmas y reestructuraciones de personal.
Era viernes por la tarde. Isabella estaba sentada en su despacho, redactando
El trayecto desde el Grand Hotel Cénit hasta la torre de Industrias Sterling se llevó a cabo en el interior de la limusina blindada, sumido en un silencio que ya no era tenso ni expectante, sino denso y cargado de una intimidad absoluta. A través de los cristales tintados, Isabella observaba cómo las luces de la capital se desdibujaban por la velocidad. La lluvia fina que había comenzado a caer le daba a la ciudad un aspecto melancólico, pero dentro de aquel habitáculo de cuero y caoba, el calor era casi palpable.Dante estaba sentado a su lado. No la soltaba. Su mano grande y cálida envolvía la de ella, el pulgar trazando círculos lentos e hipnóticos sobre el diamante y la esmeralda de su anillo de bodas. No hacían falta palabras. Habían sobrevivido al fuego cruzado, a las traiciones de cuello blanco y a las balas reales. El imperio era suyo.Cuando el vehículo descendió por la rampa subterránea del rascacielos y se detuvo frente al ascensor privado, Lorenzo les abrió la puerta con u
Las brasas en la inmensa chimenea de piedra de Monteclaro se habían extinguido por completo, dejando únicamente un pequeño montículo de cenizas grises. Era el único rastro físico que quedaba del contrato prematrimonial que había dictado las reglas de su supervivencia.La luz del amanecer se filtraba por los inmensos ventanales de la fortaleza nevada, bañando la habitación en tonos dorados y fríos.Isabella despertó lentamente, sintiendo un peso cálido y firme sobre su cintura. El brazo de Dante la rodeaba con una posesividad instintiva incluso en sueños, manteniéndola anclada a su pecho desnudo. Ella se giró con cuidado para no despertarlo.El rostro de Dante, siempre tenso y calculador frente al mundo, estaba completamente relajado. Las líneas de preocupación que solían marcar su frente habían desaparecido. Isabella levantó una mano y trazó suavemente la línea de su mandíbula, sintiendo el leve roce de la barba de un día.Había comenzado este viaje buscando un escudo, un arma corpora
El silencio era abrumador. El único sonido era el crepitar de los troncos en la chimenea, proyectando sombras danzantes sobre el rostro tenso de Dante.Isabella miró el contrato. Allí estaba su seguridad. Su garantía de independencia. Su mente, entrenada durante años para calcular riesgos y mantener el control absoluto, le gritaba que mantener esa póliza de seguro era lo más lógico. El contrato era la muralla de hielo que la protegía de que alguien más volviera a lastimarla como lo había hecho Emilio.Pero al levantar la vista y ver los ojos de plata de Dante, llenos de esa adoración oscura, obsesiva e incondicional, el hielo de su corazón se resquebrajó de manera definitiva.Dante había cambiado copas envenenadas por ella. Dante se había enfrenta
La noche cayó sobre Monteclaro, envolviendo la fortaleza en un silencio absoluto, roto únicamente por el silbido del viento contra los grandes ventanales.Después de una cena ligera, Isabella se sentó frente a la chimenea, descalza, con un suéter de punto holgado. El whisky había relajado sus músculos, pero su mente seguía alerta. Dante había estado ausente durante la última hora, encerrado en el estudio privado de la cabaña.Cuando finalmente salió, Isabella notó que no llevaba una copa en la mano. Llevaba una pesada carpeta de cuero negro.Dante caminó hacia el salón con pasos medidos. Su rostro, siempre inescrutable y seguro, ahora mostraba una rigidez diferente. Se detuvo frente a la pequeña mesa de centro de madera rústica, justo delan
La resaca del triunfo sobre Julián, Emilio y la antigua junta directiva era una mezcla de adrenalina y un cansancio profundo que se había asentado en los huesos de Isabella. Como nueva Co-Presidenta, su agenda de las últimas cuarenta y ocho horas había sido un torbellino de auditorías, firmas y reestructuraciones de personal.Era viernes por la tarde. Isabella estaba sentada en su despacho, redactando los nuevos lineamientos para los puertos del sur, cuando las puertas dobles se abrieron.Dante entró. No llevaba su habitual traje de tres piezas. Vestía un suéter de cuello alto negro, un abrigo de lana oscura y pantalones de vestir. Su mera presencia cambió la presión barométrica de la habitación.—Guarda eso —ordenó Dante, deteniéndose frente al escrito
Dos días después de su nombramiento como Co-Presidenta, Isabella decidió que había un último cabo suelto que debía atar antes de poder mirar exclusivamente hacia el futuro.No se lo dijo a Dante. Era algo que tenía que hacer sola.A media tarde, su chófer detuvo el sedán blindado frente a los altos muros de hormigón y alambre de púas del Centro Penitenciario Federal de Mínima Seguridad.Isabella cruzó los controles de seguridad con la frialdad de quien asiste a una reunión de rutina. Fue escoltada hasta una pequeña sala de visitas separada por un cristal grueso.Minutos después, la puerta del otro lado se







