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Capitulo 6

Penulis: Carla A
last update Tanggal publikasi: 2026-08-24 05:25:16

La mañana del miércoles avanzaba con una lentitud exasperante. En la tranquilidad de su despacho en la mansión, Isabella acababa de presionar la tecla de envío. Un correo encriptado voló hacia la bandeja de entrada de su abogada, Helena. No contenía palabras, solo los números de cuenta que terminarían de ahorcar a Emilio cuando llegara el momento. Cerró la computadora portátil, ocultando cualquier rastro de la guillotina que estaba construyendo, y se frotó las sienes.

Faltaban cuarenta y ocho horas para la Gala Anual de Inversores.

Isabella llevaba un elegante conjunto de pantalón y blusa de seda en tono esmeralda que resaltaba el verde de sus ojos avellana. Su cabello castaño cobrizo estaba recogido en una coleta baja, perfecta y sin un solo cabello fuera de lugar. Se puso de pie para servirse una taza de café negro cuando escuchó el suave pero insistente golpeteo en la puerta entreabierta de su despacho.

No era Emilio. Emilio nunca tocaba la puerta de esa manera vacilante.

Isabella giró lentamente, con la taza de porcelana humeante entre sus manos.

Allí estaba Camila Duarte.

La asistente llevaba una blusa de seda blanca, impecable y delicada, combinada con una falda lápiz en tono beige. Su metro sesenta la hacía ver como una muñeca de porcelana frágil frente a la imponente biblioteca de roble oscuro del despacho. Sostenía un pesado muestrario de telas y una tableta digital contra su pecho. Sus grandes ojos marrones se abrieron con esa expresión de falsa inocencia que a Isabella ya le revolvía el estómago.

—Señora Valcázar, disculpe que la interrumpa en su casa nuevamente —dijo Camila, entrando sin esperar invitación—. Don Emilio me pidió que viniera.

Isabella no se inmutó. Mantuvo su postura firme, dominando el espacio con su metro setenta y cinco, y le dio un sorbo a su café antes de responder.

—¿A qué debo el honor de tu visita esta vez, Camila? ¿Se perdieron más documentos en el trayecto de la oficina a mi casa?

Camila esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Dejó caer el pesado muestrario sobre el impecable escritorio de Isabella, un gesto de invasión territorial que no pasó desapercibido.

—No. Esta vez vengo por la Gala Anual del viernes —respondió la rubia, abriendo el muestrario para revelar docenas de recortes de terciopelo y satén—. Emilio me ha encargado personalmente la organización de los detalles. Los centros de mesa, la mantelería, la selección del menú VIP... Dijo que usted estaba demasiado ocupada con sus "números" y que últimamente el estrés la tiene muy irritable. Quería quitarle este peso de encima.

Isabella sintió que una vena le latía en el cuello. Organizar los detalles de la Gala Anual era, desde hacía tres años, su terreno exclusivo. Era el evento donde ella brillaba como la perfecta anfitriona, la compañera indiscutible del imperio. Emilio no solo le estaba robando la empresa; le estaba entregando su papel público a su amante.

—Qué considerado de su parte —dijo Isabella, su voz tan fría que podría haber congelado el aire de la habitación—. Y qué diligente eres tú, Camila, asumiendo tareas de decoración que claramente exceden la descripción de tu puesto como asistente.

Camila acarició una muestra de satén rojo con sus dedos pequeños y esmaltados, levantando la vista hacia Isabella con una audacia nueva. Al estar solas, la máscara de la pobre empleada asustada comenzaba a resbalarse.

—Emilio confía mucho en mi buen gusto, señora Valcázar. De hecho, me dijo que mis elecciones son mucho más cálidas, más... acogedoras que las suyas. Usted tiende a ser muy fría, muy minimalista. A él le gusta sentirse cómodo. Especialmente ahora.

Isabella dejó su taza de café sobre el escritorio. La furia amenazaba con romper su control, pero no le daría el gusto.

—Elegir servilletas no te convierte en la señora de la casa, Camila. Te convierte en la organizadora de eventos —replicó Isabella, con una sonrisa afilada que destilaba pura condescendencia—. Disfruta tu momento eligiendo centros de mesa. Es el único tipo de decisiones que Emilio te dejará tomar sin supervisión.

Camila apretó la mandíbula. El golpe a su orgullo fue directo.

—Usted se cree superior, ¿verdad? —siseó Camila, dando un paso hacia Isabella, su tono agudo perdiendo toda la dulzura—. Piensa que porque su nombre está en un acta de matrimonio, tiene el control. Pero Emilio me cuenta todo. Me habla de lo vacía que se siente esta casa. De lo agotador que es fingir que son felices.

—¿Y tú crees que eres la solución a sus problemas? —Isabella soltó una carcajada suave, desprovista de humor—. Eres un capricho, Camila. Un pasatiempo para masajearle el ego. Cuando la Gala termine y los inversores exijan resultados reales, a Emilio no le importará de qué color elegiste la mantelería. Necesitará a alguien que sepa sostener su trono. Y tú, querida, apenas puedes sostener ese muestrario sin temblar.

Los ojos marrones de Camila brillaron con una rabia oscura y venenosa. Había intentado humillar a Isabella en su propio territorio y estaba perdiendo la batalla. Isabella podía leer la mente de la otra mujer: Camila necesitaba una victoria, necesitaba que Emilio la viera como la víctima y a Isabella como el monstruo.

De repente, el sonido de las pesadas puertas principales abriéndose resonó en el pasillo, seguido por los pasos firmes y reconocibles de Emilio sobre el piso de mármol.

Los ojos de Camila se clavaron en la puerta del despacho y luego bajaron hacia la taza de café humeante que Isabella había dejado en el borde del escritorio.

Todo ocurrió en un milisegundo.

Camila agarró la taza de porcelana. En lugar de arrojarla hacia Isabella, la inclinó deliberadamente hacia sí misma, derramando el café hirviendo directamente sobre su inmaculada blusa de seda blanca.

El líquido oscuro manchó la tela al instante, quemándole la piel. Camila soltó un grito desgarrador, genuinamente doloroso, y dejó caer la taza al suelo, donde se hizo añicos con un estruendo ensordecedor. Las gotas de café salpicaron los documentos y el suelo de madera lustrada.

—¡Ahhh! ¡Por Dios, quema! —chilló Camila, tropezando hacia atrás, agarrándose el vientre manchado mientras sollozaba a todo pulmón.

Los pasos en el pasillo se aceleraron hasta convertirse en una carrera.

Emilio irrumpió en el despacho. Su metro ochenta llenó el umbral. Sus ojos azules escanearon la escena: los pedazos de porcelana rota, el café derramado, Isabella de pie frente al escritorio con una expresión de absoluta incredulidad, y Camila, encogida en el suelo, llorando desconsoladamente con la blusa arruinada.

—¡Camila! —gritó Emilio, cayendo de rodillas junto a su amante. Sus manos acariciaron el rostro de la rubia con una desesperación que cortó la respiración de Isabella—. ¿Qué pasó? ¿Estás bien? ¡Dios mío, estás quemada!

—¡Yo... yo no quería hacerla enojar! —gimoteó Camila, aferrándose a la solapa del traje de Emilio, escondiendo el rostro contra su pecho mientras su cuerpo temblaba—. ¡Le mostré las telas para la Gala y ella... ella me dijo que yo no era nadie! ¡Que me largara! Y luego... luego agarró la taza y...

Camila dejó la frase en el aire, interrumpida por un sollozo magistral.

El silencio en el despacho se volvió letal. Emilio levantó la mirada hacia Isabella. El rostro de su esposo, el hombre por el que ella había dado los últimos tres años de su vida, estaba distorsionado por una furia ciega, un odio que jamás le había dirigido.

—¿Le tiraste café hirviendo? —siseó Emilio, su voz baja y temblorosa de rabia—. ¿Te volviste completamente loca, Isabella?

—Emilio, no seas estúpido —respondió Isabella, sintiendo que el pecho se le oprimía ante la magnitud de la injusticia—. Yo no la toqué. Ella misma agarró la taza y se la volcó encima cuando te escuchó llegar. Es una actuación patética.

—¡Cállate! —bramó Emilio, poniéndose de pie de un salto, dejando a Camila en el suelo. Avanzó hacia Isabella hasta acorralarla contra la estantería—. ¡Mírala! ¡Está quemada, llorando en el suelo, y tú sigues mintiendo! Estás enferma de celos. No soportas que ella sea útil, no soportas que yo le haya dado una simple tarea de decoración porque tú estás demasiado amargada para hacerla.

—Abre los ojos, Emilio —dijo Isabella, manteniendo la barbilla alta, negándose a retroceder a pesar de que el corazón le martillaba contra las costillas—. Te está manipulando.

—¡La única manipuladora aquí eres tú! —Emilio golpeó el escritorio con el puño cerrado, haciendo temblar el muestrario de telas—. Estás destruyendo la paz de mi casa. Estás humillando a mis empleados. Eres un monstruo calculador, Isabella. Y no voy a tolerar este comportamiento un segundo más.

Emilio respiró agitadamente, sus ojos azules inyectados en sangre. Luego, señaló a Camila, que seguía llorando en el suelo.

—Pídele perdón —ordenó Emilio.

Isabella sintió que el mundo entero se detenía. El aire abandonó sus pulmones.

—¿Qué? —susurró ella.

—Lo que escuchaste. Pídele perdón ahora mismo, Isabella. Discúlpate por atacarla y por insultarla, o te juro que hoy mismo hago que te saquen de esta casa y de mi empresa. No voy a permitir que la lastimes por tu inestabilidad mental.

La humillación le quemaba la garganta como ácido. Isabella miró a Camila. Por encima del hombro de Emilio, la rubia levantó la mirada. A través de las lágrimas, Camila le dirigió a Isabella una sonrisa microscópica, rápida y letal. La sonrisa de quien sabe que acaba de ganar la partida.

Isabella miró a Emilio. Vio la determinación en su rostro. Vio cómo la había descartado por completo.

Podía gritar. Podía intentar defenderse. Podía decirle la verdad sobre la empresa fantasma en ese mismo momento. Pero si lo hacía, Emilio se pondría a la defensiva, blindaría sus cuentas y ella perdería la oportunidad de recuperar el imperio.

Tragar veneno. Tenía que tragar veneno una vez más.

Lentamente, Isabella apretó los puños a los costados de su cuerpo hasta que las uñas se clavaron en sus palmas, casi sacando sangre. Obligó a sus músculos faciales a relajarse, matando cualquier chispa de luz en sus propios ojos avellana, volviéndolos vacíos, como espejos sin reflejo.

—Camila... —La voz de Isabella salió rasposa, casi irreconocible—. Te ofrezco una disculpa. No fue mi intención... alterarme de esta manera. Estaba equivocada.

Camila dejó escapar un suspiro tembloroso y asintió, secándose las lágrimas falsas con el dorso de la mano.

—La disculpo, señora Valcázar. Entiendo que debe ser muy duro para usted... sentirse tan desplazada —murmuró la amante, hundiendo el cuchillo hasta el fondo.

Emilio asintió, satisfecho con su demostración de poder. Ayudó a Camila a ponerse de pie, la rodeó por la cintura con delicadeza protectora y miró a Isabella con profunda repulsión.

—Voy a llevarla a la clínica para que le revisen esa quemadura. No quiero verte cuando regrese. Quédate en esta habitación y piensa en lo que has hecho, Isabella. A partir de hoy, Camila organizará la Gala, y tú asistirás solo para sonreír y mantener las apariencias. Si vuelves a cruzar la línea, se acabó.

La pareja salió del despacho. El murmullo consolador de Emilio hacia Camila se fue desvaneciendo por el pasillo, seguido por el sonido de la puerta principal cerrándose.

Isabella se quedó sola.

El silencio de la mansión volvió a caer sobre ella, pero esta vez, no la asfixió. La abrazó. Se arrodilló lentamente junto a los pedazos de la taza de porcelana rota y el café derramado. No había derramado ni una sola lágrima. El dolor se había extinguido, reemplazado por un vacío absoluto y una claridad aterradora.

Emilio creía que le había ganado. Creía que la había humillado y puesto de rodillas.

Isabella se puso de pie, su rostro reflejando una calma mortal. Caminó hacia el cajón inferior de su escritorio, sacó el teléfono desechable y marcó un número. Ya no dudaría. Ya no esperaría más.

—Habla Ferrara —contestó la voz profunda y rasposa al primer tono.

—La Gala Anual es este viernes, Dante —dijo Isabella, su voz fría como el hielo—. Quiero que estés allí. Y quiero que lleves el contrato. Te daré el imperio Valcázar, y luego... lo quemaremos todo hasta los cimientos.

Una risa baja, oscura y vibrante resonó al otro lado de la línea. Dante Ferrara había estado esperando exactamente esta llamada.

—Prepárate, reina mía. El infierno está a punto de desatarse.

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