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Capitulo 7

Author: Carla A
last update Petsa ng paglalathala: 2026-08-24 05:35:28

El viernes por la noche, la ciudad brillaba bajo una lluvia fina que reflejaba las luces de neón en el asfalto. En el interior del hotel Ritz-Carlton, el gran salón de eventos estaba decorado con un exceso de cristalería, arreglos florales blancos y una iluminación tenue que buscaba gritar "dinero antiguo". Camila Duarte había hecho exactamente lo que se esperaba de ella: organizar una gala aburrida, predecible y sin alma.

Isabella estaba de pie en el vestíbulo, esperando a que el aparcacoches se llevara el vehículo. Se miró de reojo en uno de los inmensos espejos con marco de pan de oro.

Emilio le había ordenado, casi suplicado con esa falsa condescendencia, que usara algo "discreto". Algo que no llamara la atención, para mantener su perfil de esposa sumisa y arrepentida tras el incidente del café.

Isabella hizo exactamente lo contrario.

Llevaba el vestido rojo. Una creación de seda cruda que se adhería a cada curva de su metro setenta y cinco de estatura. El escote asimétrico dejaba un hombro al descubierto, revelando la piel pálida y perfecta de su clavícula, mientras una abertura lateral en la falda dejaba ver sus largas piernas con cada paso, acentuadas por unos tacones negros de aguja de doce centímetros. Su espeso cabello castaño cobrizo caía en cascadas de ondas salvajes sobre su espalda, y sus ojos avellana, delineados con precisión quirúrgica, brillaban bajo la luz de los candelabros con un verde letal. Sus labios estaban pintados del mismo carmesí que la seda que la envolvía. No parecía una esposa pidiendo perdón; parecía una diosa romana a punto de exigir un sacrificio de sangre.

Cuando Emilio bajó del coche y la vio, su metro ochenta se tensó de inmediato. Su impecable esmoquin negro pareció quedarle pequeño de repente. Los ojos azules de su marido se abrieron con una mezcla de deseo involuntario y rabia contenida.

—Te dije que te pusieras algo discreto, Isabella —siseó Emilio entre dientes, acercándose a ella y tomándola del codo con más fuerza de la necesaria—. ¿Qué demonios pretendes con ese vestido? Pareces una...

—¿Una mujer que no tiene que pedir disculpas por existir? —lo interrumpió ella, su voz suave y aterciopelada cortando el aire—. Suéltame el brazo, Emilio. Hay fotógrafos a tres metros de nosotros. A menos que quieras que la portada de la revista Forbes de mañana sea sobre abuso doméstico, te sugiero que sonrías.

Emilio soltó su codo como si quemara. Tragó saliva, forzó su característica sonrisa encantadora y le ofreció el brazo.

—Hablaremos de tu rebeldía cuando lleguemos a casa —murmuró él, girando hacia las cámaras que empezaban a disparar flashes en su dirección.

Isabella entrelazó su brazo con el de él, regalando a la prensa una sonrisa radiante y deslumbrante.

—No puedo esperar, querido —respondió ella.

Ingresaron al gran salón, donde la crema y nata del mundo financiero ya bebía champán. El murmullo se apagó por un instante cuando la vieron entrar. El contraste era abrumador. Emilio Valcázar, el supuesto genio de los negocios, parecía un simple accesorio al lado del aura imponente, casi radiactiva, que irradiaba Isabella en ese vestido rojo sangre.

A los pocos minutos, Camila apareció entre la multitud. Llevaba un vestido de gasa azul cielo, un diseño recatado de cuello cerrado que, en sus escasos un metro sesenta, la hacía lucir exactamente como lo que quería proyectar: una joven frágil, pura y abnegada. Su cabello rubio ceniza estaba recogido en un moño bajo, y cuando vio a Isabella, la envidia deformó sus facciones por una fracción de segundo antes de volver a colocarse la máscara de cordero degollado.

—Don Emilio, señora Valcázar —saludó Camila, deteniéndose a una distancia prudente. Su mirada se clavó en el escote de Isabella—. El evento fluye a la perfección. La prensa ya está pidiendo sus declaraciones para el discurso principal.

—Excelente trabajo, Camila. Sabía que podía confiar en ti —dijo Emilio, y aunque intentó disimularlo, sus ojos azules acariciaron la figura de su amante con una gratitud asquerosa.

La primera hora de la gala fue un ejercicio de resistencia. Isabella se movió entre los invitados, aceptando felicitaciones por el exitoso trimestre de la empresa, respondiendo con gracia e ingenio mientras Emilio se atribuía cada victoria. Camila orbitaba alrededor de ellos, siempre a un paso de distancia, fingiendo tomar notas, pero asegurándose de rozar el brazo de Emilio cada vez que le entregaba una copa nueva.

El momento culminante llegó cuando Emilio subió al estrado principal. Los reflectores lo iluminaron.

—Damas y caballeros, socios, amigos —comenzó Emilio, con esa voz carismática que tan bien había ensayado—. Este año ha sido monumental para el Grupo Valcázar. Pero nada de esto habría sido posible sin la reestructuración de nuestro proyecto estrella: el Proyecto Fénix.

Isabella, de pie junto a una de las columnas de mármol, tomó un sorbo de su champán. La trampa estaba a punto de cerrarse.

—Muchos creen que las empresas se construyen solo con números fríos —continuó Emilio, y sus ojos buscaron a Isabella entre la multitud por un segundo, un dardo directo y humillante—. Pero yo creo que se construyen con pasión, con frescura y con instinto. Por eso, quiero agradecer públicamente a la persona cuya visión logística y dedicación incansable ha hecho posible la transición del Proyecto Fénix a Duarte Holdings. Pido un aplauso para la señorita Camila Duarte.

El salón estalló en aplausos. Un reflector secundario iluminó a Camila, quien se cubrió el rostro con las manos, fingiendo sorpresa y llorando un par de lágrimas de emoción perfectamente coreografiadas. Emilio le hizo un gesto para que subiera al estrado. Camila lo hizo, y Emilio le besó la mano frente a los trescientos inversores más importantes del país.

Le estaba dando el crédito de la obra maestra de Isabella a su amante. Frente a toda la industria.

Isabella sintió que la sangre le hervía, pero mantuvo la expresión impasible. Dejó que la humillación se transformara en combustible puro. En ese momento, mientras el salón entero aplaudía la farsa, la temperatura de la habitación pareció descender de golpe. El murmullo de los aplausos se apagó lentamente, comenzando desde la entrada del salón y extendiéndose como una ola de frío.

Isabella giró la cabeza.

Allí estaba él.

Dante Ferrara no caminaba; acechaba. Su metro noventa de estatura dividía a la multitud como Moisés partiendo el Mar Rojo. Llevaba un esmoquin negro a medida que delineaba la musculatura tensa de sus hombros y espalda. Su cabello dorado estaba ligeramente despeinado, dándole ese aspecto de león coronado, y sus ojos de plata pura barrieron el salón hasta clavarse directamente en Isabella.

Ignoró por completo a Emilio, que seguía en el estrado con el micrófono en la mano, repentinamente mudo y pálido. Dante avanzó hacia la columna donde Isabella estaba de pie. El aire crepitaba a su alrededor, cargado de una electricidad oscura y peligrosa.

Cuando llegó frente a ella, no hizo ninguna reverencia burlona. No sonrió. Simplemente se detuvo a escasos centímetros, su fragancia a vetiver y pólvora envolviendo a Isabella por completo.

—Te ves... letal —susurró Dante, su voz ronca vibrando solo para ella, mientras sus ojos plateados recorrían el vestido rojo, deteniéndose en la abertura de su pierna y volviendo a sus ojos verdes.

—Es el uniforme adecuado para un funeral, Dante —respondió Isabella, sin retroceder, sosteniéndole la mirada con la misma fiereza.

Emilio bajó corriendo del estrado, dejando a Camila atrás, y se abrió paso a empujones hasta llegar a ellos. Su rostro estaba rojo de ira.

—¡Ferrara! —ladró Emilio, parándose frente a su esposa como si estuviera protegiendo una propiedad—. ¿Qué crees que estás haciendo aquí? Esta es una gala exclusiva para socios. La seguridad te va a escoltar a la salida.

Dante ni siquiera giró la cabeza para mirarlo. Mantuvo sus ojos de plata clavados en Isabella.

—¿Escuchaste algo, Isabella? Juraría que hay un perro ladrando en algún lugar del salón —dijo Dante en voz baja.

Isabella soltó una carcajada suave y cristalina que resonó en el tenso silencio del salón. Emilio apretó los puños, humillado públicamente una vez más por el único hombre al que no podía intimidar.

—Aléjate de mi esposa, Ferrara —siseó Emilio, agarrando el brazo de Isabella con fuerza—. Nos vamos. Ahora mismo.

Dante reaccionó con una velocidad aterradora. Su mano grande y fuerte salió disparada, agarrando la muñeca de Emilio y apretándola sobre el brazo de Isabella hasta que los nudillos de Emilio se pusieron blancos. El rostro de Dante se oscureció, sus ojos plateados volviéndose filos de hielo puro.

—Suéltala —ordenó Dante. No gritó, pero la amenaza en su voz fue suficiente para que a Emilio le temblaran las rodillas.

Lentamente, Emilio aflojó el agarre, retrocediendo un paso, su pecho subiendo y bajando por la respiración agitada. La multitud a su alrededor observaba la escena conteniendo el aliento. Camila había bajado del estrado y miraba todo desde la distancia, aterrorizada por la presencia del CEO de Industrias Sterling.

Isabella se frotó el brazo donde Emilio la había apretado. Miró a su esposo, al hombre que le acababa de robar su trabajo para dárselo a su amante, al hombre que la había tratado de loca y que ahora temblaba de cobardía frente a un verdadero líder.

Había terminado. El juego de las sombras había concluido.

Isabella deslizó su mano hacia su mano izquierda. Con movimientos lentos y deliberados, bajo la mirada atónita de trescientos invitados, se quitó el anillo de diamantes de cinco quilates que Emilio le había dado el día de su boda.

Lo sostuvo entre el pulgar y el índice por un segundo. Emilio la miró, el terror absoluto reemplazando finalmente a la ira en sus ojos azules.

—Isabella... no te atrevas —balbuceó él.

Ella dejó caer el anillo. El pequeño trozo de metal y piedra preciosa rebotó contra el piso de mármol con un clinc metálico que resonó como un disparo en el salón silencioso.

—El discurso fue encantador, Emilio. Espero que Camila sepa cómo manejar la quiebra tan bien como maneja las flores de los centros de mesa —dijo Isabella, su voz proyectándose con una claridad asombrosa—. Ya no soy tu esposa. Y ya no soy tu empleada.

Isabella dio media vuelta. Miró a Dante Ferrara, que la observaba con una mezcla de oscuro orgullo y hambre depredadora.

—Sácame de aquí, Dante. Tengo un contrato que firmar —ordenó ella.

Dante Ferrara esbozó una sonrisa que prometía el infierno. Le ofreció el brazo.

Isabella entrelazó su brazo con el de él y, juntos, caminaron hacia la salida principal. Nadie intentó detenerlos. La multitud se abrió para dejar pasar al lobo y a la reina vestida de rojo. Dejaron atrás a Emilio, petrificado, humillado y solo, mirando el anillo de diamantes abandonado en el suelo, sin tener idea de que la verdadera destrucción de su imperio apenas acababa de comenzar.

Una hora más tarde, las pesadas puertas dobles del ático de Industrias Sterling se cerraron a espaldas de Isabella. La ciudad se extendía bajo sus pies a través de los inmensos ventanales, empapada por la lluvia.

Dante caminó hacia su escritorio de cristal oscuro. Recogió una carpeta de cuero negro y un bolígrafo de oro macizo, y se los tendió.

Sus ojos plateados la devoraron en el silencio de la oficina.

—Los papeles de tu divorcio ya han sido enviados a los juzgados por mi equipo legal. Tu abogada, Helena, ya tiene los fondos asegurados para iniciar la compra hostil en cuanto Fénix colapse —dijo Dante, su voz bajando de tono, volviéndose íntima y peligrosa—. Todo está listo, Isabella. Pero antes de que firmes esto, debes saber que, una vez que pongas tu nombre junto al mío, no hay vuelta atrás. No hay cancelaciones. No hay arrepentimientos. Eres mía, frente a la ley, frente a los socios y frente al mundo.

Isabella tomó el bolígrafo de oro. Sus ojos verdes chocaron contra la plata gélida de los de Dante. Ya no había miedo. Solo había un fuego abrasador que igualaba al de él.

—No he venido a arrepentirme, señor Ferrara. He venido a cobrar.

Apoyó la carpeta sobre el cristal, quitó la tapa del bolígrafo y, sin temblar, firmó el documento que la convertía en la peor pesadilla de Emilio Valcázar.

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