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Capítulo 5

Autor: Carla A
last update Fecha de publicación: 2026-08-24 05:16:29

A la mañana siguiente, Isabella despertó antes de que el sol iluminara la mansión. Emilio dormía profundamente a su lado, con la respiración pausada y el rostro relajado de un hombre que cree tener el control absoluto de su universo. Isabella lo observó por un momento en la penumbra. Ya no sentía asco, ni rabia, ni dolor. Solo sentía la misma precisión clínica que experimentaba al analizar el balance de una empresa al borde de la quiebra.

Se levantó sin hacer ruido, se dio una ducha rápida y se vistió con un traje sastre de lana fría en color gris plomo. Salió de la casa antes de las siete de la mañana, dejando una nota escueta en la isla de la cocina: “Fui al médico. Tenías razón, necesito revisar mi estrés. Te veo en la noche.”

Era la excusa perfecta. Emilio interpretaría esa nota como una bandera blanca, una confirmación de que su manipulación de la noche anterior había funcionado.

Pero el taxi que Isabella tomó no se dirigió a ninguna clínica, sino a un discreto edificio de oficinas en el distrito financiero, hogar del bufete de abogados más implacable de la ciudad.

Helena Vargas la esperaba en su despacho. Con más de cincuenta años, el cabello corto y plateado, y una reputación de destrozar fortunas en los tribunales, Helena había sido la mentora de Isabella en temas de derecho corporativo mucho antes de que Emilio apareciera en su vida.

—Isabella —saludó Helena, sirviendo dos tazas de café negro—. No sueles llamar a mi línea personal a las tres de la madrugada a menos que alguien esté a punto de ir a la cárcel o de perder muchos millones.

Isabella se sentó y sacó de su maletín el disco duro encriptado, deslizándolo sobre el escritorio de cristal.

—Ambas cosas, Helena, si jugamos bien nuestras cartas. Necesito que redactes mis papeles de divorcio.

Helena no parpadeó. Tomó su café con total naturalidad.

—Si te estás separando de Valcázar, asumo que quieres la mitad de todo.

—Quiero mucho más que la mitad —corrigió Isabella, su voz firme y desprovista de emoción—. En ese disco duro están las pruebas de que Emilio ha modificado los estatutos del corporativo para desviar el sesenta por ciento de los activos del Proyecto Fénix a una empresa fantasma a nombre de su amante, Camila Duarte.

Helena arqueó una ceja, finalmente sorprendida, y conectó el disco a su ordenador portátil. Mientras leía rápidamente los documentos, una sonrisa depredadora se formó en sus labios.

—Es un idiota —murmuró la abogada—. Dejó un rastro digital enorme. Puedo congelar sus cuentas por fraude marital hoy mismo.

—No. Todavía no —la detuvo Isabella, inclinándose hacia adelante—. Alteré los códigos aduaneros y los algoritmos de riesgo financiero del proyecto. En un par de semanas, el mercado fluctuará y los contenedores quedarán retenidos. Duarte Holdings colapsará por las multas y los intereses diarios. Cuando eso pase, quiero que presentes la demanda de divorcio, acusando a Emilio de negligencia fiduciaria. La junta directiva entrará en pánico, las acciones de Valcázar se desplomarán, y entonces... yo haré una oferta de compra hostil.

Helena se quitó las gafas de lectura y miró a Isabella con una mezcla de respeto y genuina preocupación.

—Es una estrategia brillante y letal, Isabella. Pero para absorber las acciones en medio de un desplome, vas a necesitar un capital líquido masivo. Y si tus bienes con Emilio están en disputa por el divorcio, ningún banco te va a prestar ese dinero. Te van a aplastar antes de que puedas comprar. Necesitas un tiburón, un inversor monstruoso que te respalde económicamente y blinde tu jugada.

Isabella tomó un sorbo de café.

—El tiburón ya está esperando, Helena. Solo necesitaba asegurarme de que los cimientos legales para la destrucción de Emilio estuvieran listos.

—¿Quién es el suicida que se va a meter en esta guerra?

—Dante Ferrara.

El nombre cayó en el despacho como un yunque. Helena abrió los ojos de par en par. Conocía a Dante Ferrara; todo el mundo en la ciudad temía a ese hombre.

—Si te alias con Ferrara —advirtió Helena en voz baja—, Emilio no solo perderá la empresa. Va a quedar social y financieramente aniquilado. Ferrara no deja prisioneros. Pero ten cuidado, Isabella... el precio que hombres como él cobran por su ayuda suele ser el alma.

—Ya perdí el alma en esta farsa de matrimonio —respondió Isabella, poniéndose de pie y abotonándose el saco—. Prepara los papeles, Helena. Yo me encargaré de lidiar con Dante Ferrara.

Isabella regresó a la mansión a media tarde. Encontró el salón principal lleno de enormes ramos de rosas blancas. Emilio estaba allí, sirviéndose un trago de whisky con aire triunfal. Al verla, dejó el vaso y se acercó a abrazarla con una calidez que le revolvió el estómago.

—Leí tu nota, mi amor —dijo Emilio, besándole la frente—. Me alegra tanto que me hayas escuchado. ¿Qué te dijo el médico?

—Que estoy exhausta, Emilio. Que mi estrés está al límite y que debo dejar de sobrepensar las cosas —recitó Isabella, bajando la mirada para interpretar a la perfección el papel de la esposa arrepentida y vulnerable.

—Te lo dije —suspiró él, abrazándola más fuerte, inflado por su propio ego—. Te exiges demasiado, Isabella. Pero no te preocupes, yo me ocuparé de todo. Relájate. Por cierto... —Emilio se separó un poco y le entregó un sobre grueso, con un sello de cera del gremio empresarial—. Este viernes es la Gala Anual de Inversores. Será la noche más importante del año, presentaremos la transición operativa de Camila a toda la industria.

Isabella tomó el sobre. Sus dedos rozaron el relieve de la tarjeta.

—¿Quieres que vaya? —preguntó suavemente, sabiendo exactamente lo que él respondería.

—Por supuesto. Necesito a mi hermosa esposa a mi lado para las fotos de la prensa —sonrió Emilio, acomodándole un mechón de cabello detrás de la oreja—. Pero, por favor, ponte algo discreto. Nada que altere tus nervios ni llame demasiado la atención. Ya sabes cómo se pone la gente con los rumores.

Ponte el vestido rojo, Isabella. Mañana empezamos a quemar su imperio. Las palabras de Dante en la tarjeta resonaron en la mente de Isabella, un eco oscuro y seductor.

—Seré exactamente la esposa que mereces que el mundo vea, Emilio —prometió Isabella, regalándole una sonrisa frágil.

Emilio le dio un último beso antes de volver a su despacho, completamente convencido de que tenía a Isabella en la palma de su mano, ignorando que acababa de firmar su propia sentencia de muerte.

Isabella subió a su habitación, cerró la puerta y miró la tarjeta de invitación a la gala. El viernes. Faltaban solo tres días. Tres días para dejar que Emilio subiera a la cima del mundo frente a toda la industria, justo antes de empujarlo al vacío.

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