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Capítulo 8

Autor: Carla A
last update Fecha de publicación: 2026-08-24 05:48:01

El sonido de la lluvia golpeando contra los inmensos ventanales de cristal despertó a Isabella. Durante unos segundos, mantuvo los ojos cerrados, esperando percibir el habitual olor a colonia amaderada de Emilio o el roce de las sábanas de seda egipcia de la mansión Valcázar. En su lugar, el aroma a café recién molido y a sándalo flotaba en el ambiente.

Abrió los ojos. Se encontraba en la inmensa suite de invitados del penthouse de Dante Ferrara.

La habitación era una obra maestra del diseño minimalista en tonos carbón y gris oscuro, muy diferente a los colores pastel y dorados que Emilio la había obligado a usar en su antigua casa. Isabella se sentó en el borde de la cama, frotándose el rostro. No era un sueño. La noche anterior, había dejado caer su anillo de bodas frente a trescientos inversores, había abandonado a su esposo y había firmado un documento que la unía legal, financiera y maritalmente al depredador más temido del país.

Tomó el teléfono móvil nuevo que Dante le había entregado la noche anterior. La pantalla brillaba con docenas de notificaciones de alertas de noticias.

"Escándalo en la Gala Valcázar: El abandono público de Isabella y la sombra de Industrias Sterling." "¿Jaque mate a Emilio Valcázar? Su esposa abandona el barco del brazo de su mayor rival."

Isabella sonrió. Una sonrisa genuina, afilada y liberadora. Bloqueó la pantalla y se levantó.

A los pies de la cama, cuidadosamente doblado, había un albornoz de felpa negra. Se lo puso, envolviéndose en su calidez, y salió de la habitación.

El penthouse de Dante era un reflejo exacto de su dueño: inmenso, frío, imponente y sin adornos innecesarios. Caminó por el pasillo de suelo de pizarra negra hasta llegar a la cocina de concepto abierto.

Dante Ferrara estaba allí.

Llevaba unos pantalones de chándal negros que colgaban bajos en sus caderas y una camiseta de algodón gris ajustada que marcaba cada músculo de su espalda y sus hombros anchos. Estaba descalzo, apoyado contra la isla de mármol negro, leyendo un informe en su tableta mientras sostenía una taza de café expreso. Su cabello dorado estaba revuelto, dándole un aspecto indomable y peligrosamente atractivo que aceleró el pulso de Isabella por una fracción de segundo.

Al escuchar sus pasos, Dante levantó la vista. Sus ojos de plata, incluso bajo la luz pálida de la mañana, tenían la intensidad de una tormenta de nieve.

—Buenos días, socia —saludó Dante, su voz ronca y matutina vibrando en el espacio—. Tienes café en la cafetera. Y, antes de que lo preguntes, no; la prensa no sabe que firmaste un acta de matrimonio anoche. Todavía.

Isabella caminó hacia la cafetera, consciente de que la mirada de Dante seguía cada uno de sus movimientos. Se sirvió una taza y se apoyó en la isla, frente a él.

—¿Y cuándo planeas lanzar esa bomba, Dante?

—Cuando el Proyecto Fénix empiece a sangrar —respondió él, dejando la tableta a un lado y mirándola fijamente—. Mis analistas revisaron el código que alteraste en los registros de aduana. Es una obra de arte, Isabella. En catorce días, cuando el primer cargamento de acero intente cruzar el puerto, el sistema lo bloqueará. Emilio tendrá que pagar medio millón de dólares diarios en multas de retención.

—Dinero que no tiene, porque lo gastó inflando los dividendos falsos para los inversores —completó Isabella, dándole un sorbo al café negro—. Y cuando eso pase, Camila Duarte será la responsable legal.

Dante se inclinó sobre la isla de mármol, acortando la distancia entre ellos. Isabella pudo sentir el calor de su cuerpo irradiando a través del frío del penthouse.

—Eres letal —murmuró Dante, y había una oscura admiración en su tono que a Isabella le erizó la piel—. Pero Emilio no se va a quedar de brazos cruzados. Sus abogados ya están intentando contactarte. Tu antiguo número de teléfono no ha dejado de sonar en toda la noche. Va a intentar anular la transferencia de Fénix alegando que estabas bajo estrés emocional. Me informaron que anoche mismo ordenó a su equipo de relaciones públicas que filtraran el rumor de que estás sufriendo un colapso nervioso.

Isabella apretó la mandíbula. Por supuesto. El gaslighting de Emilio no se limitaba a las paredes de la mansión; iba a usarlo para destruirla públicamente.

—No le va a funcionar —dijo ella, con frialdad—. Helena, mi abogada, ya tiene los informes psiquiátricos que prueban mi perfecta salud mental, fechados hace dos días. Emilio va a cavar su propia tumba si intenta usar esa carta en los tribunales.

Dante asintió lentamente, sus ojos plateados bajando hacia los labios de Isabella antes de volver a subir.

—Me gusta que siempre vayas dos pasos por delante. Por eso, a partir de hoy, no usarás nada que te haya comprado él.

Dante empujó una pequeña caja forrada en terciopelo negro sobre el mármol, junto con una tarjeta de crédito de titanio sin límite, grabada con el nombre Isabella Ferrara.

Isabella abrió la caja. En el interior descansaba un anillo. No era el diamante ostentoso y vulgar que Emilio le había dado para presumir. Era un anillo antiguo, de platino sólido, coronado por una esmeralda de corte cuadrado, flanqueada por dos diamantes negros. Era elegante, pesado e intimidante.

—Es el anillo de mi abuela —explicó Dante, su voz volviéndose repentinamente seria—. En esta industria, las alianzas se huelen a kilómetros. Si vas a ser mi esposa, el mundo debe saber que no eres un trofeo que gané anoche, sino la reina a la que le acabo de entregar mi imperio. Póntelo.

Isabella tomó el anillo. El metal frío se deslizó por su dedo anular izquierdo, encajando a la perfección. Al mirarlo, sintió que el último vestigio de la sumisa "Doña de los Valcázar" desaparecía. Acababa de sellar un pacto con el diablo, y el anillo era la prueba.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, el ambiente en la mansión Valcázar era un infierno.

Emilio caminaba de un lado a otro en el salón principal, todavía con el esmoquin de la noche anterior puesto. La pajarita colgaba deshecha de su cuello y sus ojos azules estaban inyectados en sangre.

El suelo de mármol estaba cubierto de pedazos de cristal. Había destrozado tres jarrones durante la madrugada al darse cuenta de que Isabella no había vuelto. Sus llamadas caían directamente al buzón de voz. Su abogada, Helena Vargas, le había enviado un escueto correo electrónico informándole que ahora representaba a Isabella en el proceso de separación de bienes.

—Emilio, por favor, siéntate —suplicó Camila desde el sofá de cuero blanco. Llevaba una bata de seda que le quedaba grande y tenía los ojos hinchados de llorar—. Me estás asustando. Isabella solo está haciendo un berrinche. Va a volver. ¿A dónde más podría ir?

Emilio se detuvo en seco y la fulminó con la mirada.

—¿Un berrinche? —rugió él, su voz perdiendo todo el encanto—. ¡Se fue del brazo de Dante Ferrara, Camila! ¡Ferrara! El hombre que lleva cinco años intentando comprar mi empresa por partes. Isabella no hace berrinches. Si se fue con él, es porque está planeando algo.

—Pero nosotros tenemos el Proyecto Fénix —intentó calmarlo ella, levantándose y acercándose para frotarle el brazo—. Tú mismo lo dijiste. Es la joya de la corona. Mientras yo tenga Duarte Holdings, ella no puede tocarnos. Tenemos el control.

Emilio la miró. Por un segundo, evaluó a la mujer que tenía enfrente. Camila era dócil, era hermosa y le alimentaba el ego. Pero no era Isabella. Si había una crisis en el mercado, Camila no sabría ni por dónde empezar a leer un balance. Un escalofrío de pánico genuino recorrió su espina dorsal. Había estado tan ciego por su propio narcisismo que había olvidado quién solucionaba sus desastres.

El teléfono de Emilio sonó. Era el director de la junta de inversores.

Emilio contestó, forzando su mejor tono profesional.

—¿Roberto? Sí, buen día. Lo de anoche fue solo un malentendido, Isabella está pasando por un...

—Cállate, Emilio —lo interrumpió la voz áspera del anciano inversor al otro lado de la línea—. Las acciones de Valcázar amanecieron con una caída del doce por ciento por el espectáculo que diste anoche. El mercado está aterrado por la renuncia de tu esposa. Quiero que arregles esto. Hoy mismo. O convocaré a una votación de emergencia para destituirte como CEO.

La línea se cortó. Emilio dejó caer el teléfono sobre la mesa de centro. El color abandonó su rostro por completo.

Había pasado tres años creyendo que él era el rey indiscutible de su imperio. Pero ahora, mirando la mansión vacía y las acciones en caída libre, Emilio Valcázar estaba a punto de descubrir, de la peor manera posible, el frío que hace cuando te quitan el trono.

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