MasukMientras tanto, en la mansión de la manada, un médico revisaba a Lila con expresión preocupada. Ella yacía inconsciente en la cama principal, con el cabello pegado a la frente por el sudor y el cuerpo temblando ligeramente. El termómetro marcaba una temperatura mucho más alta de lo que cualquier humana debería soportar.—Alfa… su temperatura no es normal —dijo el médico, revisando de nuevo los signos—. Está por encima de lo que un cuerpo humano puede tolerar sin colapsar. Si no la llevamos al hospital de inmediato, su sistema puede fallar. Es posible que convulsione y las secuelas sean devastadoras.Alfonso se acercó, con el rostro tenso. Tomó a Lila en brazos con cuidado, pero al contacto sintió que su piel quemaba. El calor era tan intenso que casi la soltó por reflejo.—¡Alfa, ¿qué está sucediendo?! —preguntó el médico, alarmado.—¡Debemos irnos hacia el hospital! —ordenó Alfonso, apretando a Lila contra su pecho a pesar del ardor—. ¡Ahora!Mientras bajaba las escaleras con ella e
Mientras tanto, en el hospital, el ambiente era de puro caos controlado. El doctor y dos enfermeras trabajaban con prisa alrededor de la cama de Elena. Ella había sufrido un paro cardíaco segundos antes y ahora yacía pálida, con el pecho subiendo y bajando apenas gracias a las máquinas. Sara permanecía de pie a un lado, con los ojos muy abiertos, y las manos temblando.—¡Por favor, doctor, salve a mi hermana! —suplicó con la voz rota—. No la deje morir… le ruego.Dairus, que estaba al otro lado de la cama, la miró confundido, frunciendo el ceño.—¿Por qué estás tan preocupada ahora? —preguntó en voz baja, pero con dureza—. Se supone que eran enemigas. Hace apenas días la traicionaste. ¿Qué cambió de repente?Sara apenas sonrió, pero fue una sonrisa amarga y cansada. No apartó la mirada de Elena.—No lo entenderías… —respondió en un susurro—. Cuando hay sangre de por medio, todo se convierte en fraterno. No importa cuánto odio haya habido. Ella es mi hermana. Y estoy arrepentida. Más
La gruta comenzó a temblar con una violencia que parecía nacer desde las entrañas mismas de la tierra. Las rocas se agrietaron con un crujido profundo y empezaron a caer sobre los humanos que habían entrado a saquear. Gritos de pánico se mezclaron con el estruendo de piedras que rodaban y el eco de las runas brillaban con una luz dorada cegadora. Algunos hombres quedaron atrapados bajo los escombros; otros intentaron salir corriendo, pero los lobos ya los esperaban afuera, transformados y listos.Era como si la tierra misma hubiera despertado para defender lo que le pertenecía. El suelo se levantaba en oleadas, empujando a los invasores hacia fuera. Las paredes de la gruta se cerraban y se abrían de forma impredecible, aplastando a quienes intentaban cargar más oro. Un viento frío y antiguo sopló desde el interior, arrastrando polvo y monedas por el aire. Los gammas atacaron con furia renovada. Como si se hubieran llenado de nuevo de esa fuerza que habían perdido en el intento de defe
La tensión en la gruta era casi palpable. El aire parecía contaminado, se sentía espeso , casi irrespirable, Alejandro, frustrado por la resistencia de la roca, elevó su arma y disparó al cielo. El estruendo retumbó entre las paredes de piedra y Lila se estremeció de inmediato, mirando a Alfonso.—¡Alejandro, basta! —advirtió ella. —vas a lograr que estas tierras se enfurezcan, que la diosa Luna se enfurezca.Él se giró hacia ella con los ojos inyectados en furia. Con un gesto, ordenó a uno de sus hombres que apuntara directamente a la cabeza de Alfonso. Luego se dirigió hacia Lila, la tomó del mentón con fuerza y la obligó a mirarlo.—¡Que estupideces que dices! Estos salvajes han lavado tu brillante cerebro. En algún momento pensé que me querías… que estabas enamorada de mí —escupió con desprecio—. Pero eres una simple zorra que se ha ido con el mejor postor. Ahora entiendo por qué estás con este perro. Solo te interesa el tesoro de esta manada. Lo único que siempre te importo fue
Llegaron a la entrada de la gruta principal bajo la luz rojiza del cielo que parecía sangrar. El lugar era un pasaje oscuro y antiguo, custodiado por rocas cubiertas de musgo y runas que brillaban débilmente. Alejandro empujó a Alfonso con el cañón de su arma, obligándolo a avanzar.—Abre la gruta —ordenó con voz fría—. Sé que solo tú puedes hacerlo. No me hagas repetirlo.Alfonso miró la entrada sellada. Su cuerpo aún dolía por las heridas de la batalla, pero el peso en su pecho era mucho mayor. Lila, a su lado, temblaba de rabia y miedo.—No lo hagas, Alfonso —suplicó ella, con la voz quebrada—. No les des nada, Alfonso, si lo haces, cualquier esperanza se habrá perdido, por favor.Él giró la cabeza hacia ella. Sus ojos grises, ahora claros, se llenaron de una ternura dolorosa.—Las riquezas no se comparan con el color de tus ojos mientras estén abiertos, Lila. No tengo nada de qué preocuparme si tú estás a salvo. Comenzaremos de nuevo mi amor, tranquila.Alejandro rodó los ojos, y
Al fondo del horizonte, las luces de los faros cortaban la noche como cuchillos afilados. Alejandro lideraba la caravana de camionetas blindadas, acelerando sin piedad hacia la frontera de la manada. El rugido de los motores se mezclaba con risas groseras, el clic metálico de armas cargadas y órdenes gritadas en la oscuridad. Sara, sentada en el asiento del copiloto, apretaba los puños contra sus piernas hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Cada kilómetro era una traición más profunda, un peso que le aplastaba el pecho. Sabía que estaba llevando a su propia gente hacia la destrucción.En la manada, los gammas se alinearon con rapidez bajo las órdenes de Beta Dalton. Sus rostros reflejaban determinación, sin embargo no estaban completos, por la maldición su número se había reducido notablemente. Eran menos. Mucho menos. El cielo rojo parecía burlarse de ellos, tiñendo todo con un tono sangriento que anunciaba el desastre.El ataque comenzó sin aviso.Una ráfaga de fuego brot







