INICIAR SESIÓNUn techo colapsado, una toalla suicida y el invierno más caótico de San Petersburgo. Elena Sorókina es un torbellino caótico que diseña lencería atrevida. Maksim Starkov es un frío e implacable CEO obsesionado con el control. No tienen nada en comun, hasta que la tubería de la tina de Elena colapsa a medianoche y destruye por completo el techo del dormitorio de Maksim, dejándolo sin casa, cubierto de yeso y en bóxers. Por culpa de las leyes del edificio y una ciudad sin hoteles libres, Maksim se ve obligado a mudarse a la sala de Elena. Ahora, este imponente gigante de hielo tendrá que sobrevivir a una convivencia forzada en un departamento lleno de encajes, hilos y maniquíes provocativos. Él exige orden. Ella es el desastre en persona. Pero entre reclamos en paños menores y una tensión sexual insoportable, el fuego entre el CEO y la diseñadora amenaza con derretir todas sus reglas.
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Dicen que San Petersburgo es la Venecia del Norte por sus canales románticos y su arquitectura neoclásica imperial. Lo que no te dicen los folletos turísticos es que, si te mudas a uno de esos majestuosos edificios del siglo XIX, la fontanería también es del siglo XIX.
—¡Eres libre, Elena! ¡Libre! —me grité a mí misma, contemplando el caos de mi nueva sala.
Había cajas de cartón por doquier, tres maniquíes semidesnudos alineados como un ejército de plástico y rollos de encaje rojo, negro y esmeralda desparramados sobre la alfombra. Mi marca de lencería, Soblazn, finalmente tenía un cuartel general digno. El departamento era costoso, sí, pero era el logro de mi vida.
Para celebrar el inicio de mi imperio del erotismo textil, decidí que me merecía un homenaje. Serví una copa generosa de vino tinto, caminé hacia el baño y abrí la llave de la tina. Mientras el agua caliente se mezclaba con una cantidad industrial de burbujas con aroma a vainilla, puse mi lista de reproducción de pop dramático a todo volumen.
Me desvestí, tirando la ropa al suelo con total libertad, y me deslicé en el agua. Cerré los ojos, saboreando el calorcito mientras afuera la ciudad estaba a quince grados bajo cero. Me sentía una reina. Una reina que, desafortunadamente, creía que cantaba como una diva de la ópera.
—¡Yaaaa no quiero ser tuuuuuu ssssecreeetooo! —grité a todo pulmón, usando la esponja como micrófono, mientras agitaba las piernas, levantando olas de espuma—. ¡Ssssoy la dueñaaaa de tu lenceríiiiaaaa!
De repente, la música se cortó. No porque se acabara la batería, sino porque un sonido espantoso, un crujido sordo proveniente de las entrañas del suelo, hizo que las paredes temblaran.
¡¡¡CRAAAAACK!!!
Me congelé con la esponja en el aire.
—¿Qué demonios...? —murmuré.
El agua de la tina comenzó a bajar a una velocidad anormal, como si un monstruo subterráneo se la estuviera tragando. Segundos después, un estruendo brutal sacudió el edificio. Un golpe seco, masivo, seguido del sonido inconfundible de escombros colapsando. Y justo después, un rugido de furia masculina que atravesó las paredes desgarradas.
—¡¿PERO QUÉ COÑO FUE ESO?! —bramó una voz ronca, profunda y con un eco de dolor infernal justo debajo de mí.
El pánico se apoderó de mi sistema nervioso. Salté de la tina, resbalándome dos veces con el jabón. El agua se había filtrado por completo. Miré a mi alrededor buscando ropa, pero mis maletas estaban cerradas en la sala. Desesperada, agarré la única toalla disponible: un pedazo de tela blanco y minúsculo que apenas me cubría desde la mitad del pecho hasta la mitad del muslo. Si respiraba hondo, enseñaba el ombligo. Si caminaba rápido, enseñaba el pasaporte.
Salí del departamento, abrí la puerta principal y bajé las escaleras del pasillo común a toda velocidad, descalza y temblando por el frío del mármol. Llegué al piso de abajo y comencé a golpear la puerta del departamento 3B como si me persiguiera un oso siberiano.
—¡Hola! ¡¿Hay alguien vivo?! ¡Lo siento! ¡¿Estás bien?! —gritaba, aporreando la madera.
La puerta se abrió de golpe con tanta fuerza que casi me da en la nariz.
Me quedé sin aire. Pero no por el susto, sino por la visión apocalíptica y jodidamente erótica que apareció frente a mí.
El hombre que abrió la puerta era un gigante de casi un metro noventa, con hombros tan anchos que bloqueaban todo el pasillo. Tenía el cabello rubio oscuro revuelto y completamente cubierto de un polvo blanco de yeso. Sus ojos, de un azul grisáceo tan frío que helaban la sangre, me clavaron una mirada asesina. Estaba pálido de la rabia, con la mandíbula cuadrada tan apretada que juraría que escuché crujir sus dientes.
Pero lo peor o lo mejor, según el ángulo puramente anatómico, era su vestimenta. Bueno, la falta de ella. El hombre vestía únicamente unos bóxers negros ajustados que dejaban al descubierto un pecho esculpido, unos abdominales marcados que parecían de mármol y unas piernas kilométricas de atleta. Todo su cuerpo escultural estaba salpicado de polvo de construcción y agua sucia.
—¿Tienes... idea... de lo que acabas de hacer? —articuló, con una voz que vibró en mi pecho. Cada palabra era un témpano de hielo.
—Yo... esto... —bajé la mirada involuntariamente hacia sus bóxers, luego subí a sus ojos—. ¿Estás cubierto de... mi techo?
—No. Estoy cubierto de tu agua de baño y del techo de mi dormitorio —rugió él, dando un paso hacia el frente, obligándome a retroceder contra la pared del pasillo—. Estaba durmiendo. Plácidamente. Mañana tengo una auditoría de fusión de mil millones de rublos. Y ahora, mi cama es un vertedero de escombros históricos.
—¡Fue un accidente! —chillé, cruzando los brazos sobre mi pecho para asegurar la toalla traicionera—. Escuché un ruido extraño y luego el agua simplemente desapareció...
—¡Desapareció encima de mi cabeza! —me interrumpió, elevando la voz—. ¿Quién demonios eres y por qué cantas tan mal mientras destruyes propiedad privada?
—¡Soy Elena! Elena Sorókina, tu nueva vecina de arriba. ¡Y no canto mal, era el clímax de la canción! Además, ¿por qué estás en ropa interior en el pasillo? Es inapropiado.
El hombre soltó una carcajada seca, carente de cualquier pizca de gracia.
—¿Inapropiado? Me cayó una tonelada de yeso encima mientras dormía, Sorókina. Mi pijama pasó a mejor vida. ¿Y tú me hablas de propiedad? Mírate. Vas vestida con una servilleta.
—¡Es una toalla! Y me la puse por emergencia para ver si estabas muerto. De nada, por cierto, por preocuparme por tu miserable vida.
—Hubiera preferido morir aplastado antes que escuchar tu interpretación de esa canción pop barata —escupió él, pasándose una mano por el cabello, lo que hizo que cayera más polvo blanco sobre sus hombros perfectos.
En ese momento, unos pasos rápidos resonaron en la escalera. Era Grigori, el administrador del edificio, un hombre calvo y regordete que respiraba como si hubiera corrido un maratón.
—¡Por los santos de Rusia! ¡¿Qué ha pasado aquí?! —exclamó Grigori, tapándose los ojos al vernos—. Señor Starkov... Señorita Sorókina... ¿por qué están... semidesnudos en el pasillo?
—Pregúntele a la soprano del cuarto piso —dijo el gigante, cruzándose de brazos, lo que hizo que sus bíceps se marcaran de una forma que debería ser ilegal—. Su tina acaba de demoler mi habitación.
Grigori se asomó por el hombro de Starkov hacia el interior del departamento 3B. El panorama era desolador: se veía la cama matrimonial sepultada bajo pedazos gigantes de concreto, tuberías oxidadas goteando y un charco de agua con espuma de vainilla cubriendo el suelo de madera fina.
—Oh, no, no, no... Esto es un desastre mayor —gimió Grigori, sacando un pañuelo para secarse el sudor de la calva—. Las tuberías principales del bloque B colapsaron. El seguro del edificio cubrirá los daños, pero... esto tardará semanas.
—¿Semanas? —Starkov dio un paso hacia Grigori, intimidándolo con su altura—. Escúchame bien. Soy Maksim Starkov. CEO de Starkov Inversiones. No puedo vivir en una ruina. Llame a un hotel de cinco estrellas ahora mismo y páselo a la cuenta del seguro.
—Ese es el problema, señor Starkov —tartamudeó el administrador, retrocediendo—. Hay un foro económico internacional en San Petersburgo esta semana. Todos los hoteles, desde los de lujo hasta los hostales de mala muerte, están completamente llenos. No hay una sola cama libre en la ciudad.
—¿Me está diciendo que el CEO de la firma más importante de la ciudad tiene que dormir en la calle por culpa de esta mujer? —preguntó Maksim, señalándome con un dedo acusador.
—¡Oye! ¡Que tengo nombre! —protesté, ajustándome la toalla que amenazaba con deslizarse—. Y a mí también se me cortó el agua. ¡Soy una víctima de la infraestructura soviética!
—Usted es la causante, señorita Sorókina —intervino Grigori con severidad—. Y según el reglamento interno firmado en su contrato de mudanza, cláusula 14, sección B: "Si un inquilino causa daños estructurales que dejen inhabitable otra vivienda del complejo y no hay alojamiento externo disponible, el causante deberá proveer refugio inmediato al afectado hasta que se dictamine una solución".
El pasillo se quedó en un silencio sepulcral. Solo se escuchaba el goteo del agua sucia abajo.
Maksim y yo nos miramos. Sus ojos se abrieron con horror absoluto. Los míos probablemente parecían platos de sopa.
—Ni hablar. No —dijo Maksim con voz cortante—. Prefiero dormir en mi auto.
—Su auto está en el estacionamiento subterráneo, señor Starkov, el cual acabamos de inundar y cerrar por peligro eléctrico —sentenció Grigori—. Además, tengo que cortar el agua principal de ambos departamentos por los próximos tres días para evitar que el edificio se caiga a pedazos.
—¡¿Tres días sin agua?! —grité—. ¡Tengo que lavar mis telas! ¡Tengo una entrega de lencería la próxima semana!
—¿Lencería? ¿Eres costurera? —Maksim me miró de arriba abajo con desprecio elitista.
—Diseñadora de lencería de alta gama, pedazo de hielo —lo corregí, clavando mis dedos en mis caderas, olvidando por un segundo que sostenía la toalla. Un pequeño deslizamiento de la tela me obligó a recomponerme a toda prisa, poniéndome roja como un tomate.
Maksim desvió la mirada rápidamente, aclarándose la garganta. Por primera vez, pareció notar que yo estaba prácticamente desnuda y que el aire acondicionado del pasillo estaba haciendo estragos en mi anatomía.
—Grigori, esto es ridículo —dijo Maksim, tratando de mantener la compostura de hombre de negocios—. No voy a compartir departamento con una loca caótica que diseña calzones y destruye techos.
—¡Me voy a venir, me vengo en tu boca! —chillé arqueando la espalda con violencia, contrayendo todo mi cuerpo en un espasmo incontrolable.—Vente en mi boca —rugió él contra mis labios íntimos justo en el momento en que estallaba, tragándose mis jugos y mis gritos en una vorágine ciega de placer que me dejó completamente vacía, temblando de pies a cabeza sobre las sábanas revueltas.Sin darme un segundo para recuperar el aliento ni para cerrar las piernas, Maksim se deslizó hacia arriba por el colchón con los labios y la barbilla brillantes por mi humedad. Me arrastró con él, pegando su pecho sudoroso al mío y enterrando la cara en mi cuello mientras respiraba tan pesado y desbocado como yo.—¿Ves cómo no puedes vivir sin esto? —susurró él con una sonrisa arrogante y triunfante contra mi piel, rozando su pene duro y palpitante contra mi vientre dolorido por el éxtasis.—Eres un maldito vicio imposible de soltar... —admití con la voz rota, pasándole los brazos por los hombros y arañánd
Rugió él como una bestia, dándome tres embestidas más seguidas, ciegas y finales, antes de soltar un bramido gutural contra mi cuello.Se vació dentro de mí con una violencia desesperada, bombeando su leche caliente y espesa en oleadas continuas que me quemaban el fondo del vientre mientras yo estallaba en mil pedazos, sacudida por espasmos violentos que me hacían temblar entera. Nos quedamos ahí, pegados contra los azulejos mojados, jadeando pesadamente, empapados de sudor, agua y fluidos, con el corazón retumbándonos en el pecho al mismo ritmo acelerado mientras el mundo exterior dejaba de existir por completo.*El agua de la ducha se fue cerrando hasta convertirse en un goteo seco que resonaba en el silencio del baño. Salimos de la cabina de cristal envueltos en vapor, con la piel roja por la fricción y el calor acumulado, y caminamos directamente hacia la habitación principal sin importarnos el rastro de humedad que íbamos dejando sobre las alfombras y el piso de madera.Nos desp
—La verdad que no te vas a ir a ninguna parte, Elena —repitió él con la voz áspera, pegando mi espalda contra los azulejos mientras el agua caliente nos empapaba el pelo y la piel—. Deja de pensar en lo que pasará mañana o en lo que le dirás a tu padre. ¿Por qué te empeñas en arruinar el ahora?—Porque mi vida no es un juego de fin de semana para ti, Maksim —le reproché, intentando mantener la distancia a pesar de que el calor de su cuerpo contra el mío me derretía cualquier rastro de voluntad—. Tengo una familia, tengo responsabilidades fuera de estas cuatro paredes de cristal.—Y me tienes a mí —zanjó él sin admitir réplica, tomando mi barbilla con la mano empapada para obligarme a mirarlo a los ojos—. Estoy aquí, mojado como un idiota en medio de mi propia regadera, porque no pienso dejar que te alejes.—Eres insoportable cuando te pones así de intenso —bufé con un suspiro pesado, cruzando los brazos bajo el chorro de agua aunque la tensión en mis hombros empezaba a ceder.Maksim s
El beso no tuvo nada de dulce; fue un reclamo hambriento, áspero y desesperado que me sacudió desde los pies hasta la cabeza. Sus labios se abrieron paso con fuerza, devorándome la boca mientras su mano libre me bajaba con violencia por la espalda, pegando mi pelvis contra su dureza para recordarme exactamente lo que había estado extrañando durante estas dos largas semanas.—Maldito seas, Maksim... —jadeé contra sus labios cuando me dio un respiro de milisegundos, intentando empujarle el pecho con las palmas abiertas—. Hace quince días que no te dignabas a aparecer por aquí y ahora llegas exigiendo...—¿Exigiendo? —me interrumpió él con la voz ronca, pegando su frente a la mía mientras respiraba tan agitado como yo—. Yo no exijo, Elena. Yo reclamo lo que es mío por derecho propio. Y tú me perteneces desde el primer día.—¡No soy de nadie! —le grité con fiereza, aunque el tembleque en mi voz delataba lo mucho que me temblaban las piernas bajo la falda—. No soy un trofeo más de tu colec






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