بيت / Romance / ENCAJE PARA EL CEO / ¿Vivir con él?

مشاركة

¿Vivir con él?

مؤلف: Antonya
last update تاريخ النشر: 2026-06-15 22:20:44

—Es el reglamento, señor Starkov. O eso, o tendré que reportar el incidente a la policía de vivienda como negligencia grave, lo cual arruinaría la reputación de su firma si sale en las noticias —amenazó Grigori con una sonrisa cobarde—. Señorita Sorókina, prepare su sala. El señor Starkov se muda arriba. Ahora mismo.

Grigori se dio la vuelta y huyó por las escaleras antes de que alguno de los dos pudiera estrangularlo.

Nos quedamos solos en el pasillo. Un CEO cubierto de yeso en bóxers y una diseñadora envuelta en una toalla minúscula.

Maksim Starkov soltó un suspiro largo, frotándose las sienes como si le estuviera dando la peor migraña de su existencia. Luego, clavó sus ojos de hielo en mí.

—Voy a subir por mis maletas que no se destruyeron. Si escucho una sola nota de tu música barata, o si encuentro un solo hilo de tus "diseños" en mi espacio, te juro por mi empresa que te demando hasta dejarte en la quiebra, Sorókina.

—Mi sala es un territorio libre de hielo, Starkov —le respondí, sosteniendo su mirada con toda la dignidad que mi toalla me permitía—. Tú eres el invitado. Así que vas a respetar mis reglas. Y la primera regla es: ponte unos pantalones.

—Pantalones es lo único que me queda, vecina —dijo él, con una sonrisa sarcástica y oscura que me erizó los pelos de la nuca—. Pero te advierto algo: no soy un hombre fácil de aguantar.

—Y tú no tienes idea del terremoto que acaba de mudarse arriba, Starkov.

Él dio la vuelta con arrogancia, entrando a su departamento en ruinas. Yo di media vuelta y subí las escaleras corriendo, con el corazón latiéndome a mil por hora.

Iba a compartir mi pequeño y caótico santuario de encaje con un gigante de hielo enfurecido que parecía un modelo de revista erótica. Cerré la puerta de mi departamento, me apoyé contra ella y miré mis maniquíes en ropa interior.

—Chicas —le dije a los maniquíes—, creo que este invierno en Rusia va a estar jodidamente caliente.

*++*+++*+

—¡Mierda, m****a, tres veces m****a! —exclamé, despegándome de la puerta como si tuviera resortes en los talones.

¡No puede ser! Esto es una completa locura.

Giré sobre mí misma y la realidad de mi sala me golpeó como un bofetón de aire siberiano. El caos que cinco minutos antes me parecía "arte en proceso", ahora parecía el vertedero municipal de San Petersburgo. Había cajas de cartón con el logo de Soblazn abiertas, hilos de colores colgando de las lámparas y, lo peor de todo, mi muestrario de tangas de encaje neón colgado estratégicamente sobre el respaldo del sofá donde ese vikingo de mal genio pretendía sentarse.

—¡Las bragas! —chillé al aire, lanzándome de cabeza hacia el sofá—. ¡No puede ver las de encaje de leopardo! ¡Pensará que soy una desquiciada!

Al agacharme, la toalla minúscula cobró vida propia. Escuché un crujido de tela y sentí el aire frío de la sala en partes de mi anatomía que deberían estar bajo llave. Me levanté de un salto, sosteniendo el maldito nudo sobre mi pecho con una mano, mientras con la otra arrojaba los hilos y las telas dentro de una caja vacía.

—¡Muévete, Elena, muévete! —me ordené, corriendo de un lado a otro como una gallina descabezada—. ¡Ese hombre va a subir en cualquier segundo y tienes la casa que parece un burdel en liquidación!

Tropecé con las piernas de Anastasia, mi maniquí favorita, que llevaba puesto un corsé de cuero negro con transparencias. El impacto me hizo tambalear. La toalla se aflojó de nuevo.

—¡Maldita sea, Anastasia, no es momento de sabotearme! —le grité al trozo de plástico, dándole un empujón para esconderla detrás de las cortinas—. ¡Al menos tú tienes ropa puesta! ¡Ayúdame a pensar!

En ese instante, un golpe firme, pesado y metálico resonó al otro lado de la puerta principal. El sonido de una maleta de diseñador impactando contra el suelo.

Me quedé petrificada en medio de la sala, con una tanga rosa fluorescente en la mano izquierda, un rollo de cinta de medir en la boca y la toalla apenas sujeta con el codo derecho.

—Sorókina —la voz de Maksim Starkov atravesó la madera, profunda, ronca y cargada de una impaciencia peligrosa—. Abre la puerta. Ahora.

—¡Un momento! —respondí, o al menos eso intenté, porque la cinta de medir en mi boca hizo que sonara como un muppet estrangulado. Escupí la cinta—. ¡Estoy... arreglando los detalles de tu recepción de cinco estrellas! ¡Dame diez segundos!

—Tengo tres segundos de paciencia, vecina —advirtió él, y el pomo de la puerta comenzó a girar—. Y dos de ellos ya los usé subiendo tus malditas escaleras.

—¡No abras! ¡Que estoy...!

Demasiado tarde. La puerta se abrió de par en par.

Maksim Starkov entró a mi departamento como un emperador romano reclamando tierras conquistadas. Ya no estaba cubierto de yeso, o al menos no tanto. Se había pasado una toalla húmeda por el cabello rubio oscuro, que ahora caía desordenado sobre su frente, dándole un aspecto endiabladamente atractivo y menos militar. Se había puesto unos pantalones de traje negros, pero no se había molestado en abotonarse la camisa blanca por completo. Los tres primeros botones estaban sueltos, revelando la base de su cuello robusto y el inicio de ese pecho que me había dejado sin saliva abajo en el pasillo. Traía una maleta de cuero negro que costaba más que mi coche y toda mi colección de costura junta.

Se detuvo en seco. Sus ojos de hielo recorrieron la sala. Pasaron por las cajas, por el desorden de hilos, por Anastasia asomándose detrás de la cortina, y finalmente se posaron en mí. Específicamente en la tanga rosa que yo aún sostenía en el aire como si fuera una bandera de rendición.

—¿Qué es esto? —preguntó, arqueando una ceja perfecta con una mezcla de diversión y fastidio.

—Es... un concepto —dije, bajando la mano lentamente y escondiendo la prenda detrás de mi espalda—. Bienvenido a mi humilde morada, Starkov. Lamento el desorden, pero no esperaba que el cielo se desplomara hoy sobre tu cabeza.

—Ya veo —comentó él, dando un paso al frente y cerrando la puerta con el talón. Su presencia llenó el espacio de inmediato, haciendo que mis techos altos parecieran diminutos—. Veo que tu concepto de hospitalidad incluye recibirme armada con ropa interior fosforescente y la misma toalla suicida de hace diez minutos.

—¡Es que no me diste tiempo de vestirme! —protesté, dando un paso atrás cuando él se acercó demasiado—. Entraste como un torbellino. Y déjame decirte que tu camisa está mal abotonada. Es inapropiado para un hombre de tu... estatus.

Maksim bajó la mirada a su pecho, luego volvió a mirarme a los ojos, y una sonrisa lenta, ardiente y peligrosamente arrogante apareció en sus labios.

—¿Te distrae mi camisa, Sorókina? —preguntó, con un tono de voz que bajó una octava, volviéndose extrañamente espeso—. Porque a mí me distrae bastante el hecho de que ese nudo sobre tu pecho se está deshaciendo con cada palabra que pronuncias.

—¡¿Qué?! —di un grito ahogado y me miré el pecho. El nudo estaba cediendo—. ¡No mires! ¡Date la vuelta, Starkov! ¡Es una orden!

—No recibo órdenes en un lugar donde yo pago indirectamente los daños, vecina —replicó él, aunque por caballerosidad desvió los ojos hacia el techo, inspeccionándolo con fingido interés—. Aunque debo admitir que tu techo se ve bastante más sólido que el mío. Al menos este no amenaza con bañarme en agua de vainilla.

—Mi baño es una delicia, que lo sepas —dije, caminando de lado hacia el pasillo que llevaba a mi habitación, intentando mantener la toalla en su sitio—. El sofá es todo tuyo. Hay mantas en el armario de la entrada, y por lo que más quieras, no toques las cajas que dicen "frágil". Tienen encajes de seda que tu energía de ogro podría romper.

—No soy un ogro, Sorókina —dijo él, caminando hacia el sofá y arrojando su maleta a un lado—. Soy un hombre práctico que quiere dormir. ¿Dónde se supone que voy a meter mis piernas en este juguete?

Miré mi sofá. Era un mueble de diseño italiano, hermoso, de terciopelo verde esmeralda, pero definitivamente corto para un hombre que rozaba los dos metros.

—Bueno, puedes encogerte un poco —sugerí con una sonrisa traviesa—. Los hombres poderosos saben adaptarse a las crisis, ¿no? Eso dicen en las revistas.

Maksim se sentó en el sofá y el mueble crujió levemente bajo su peso. Estiró las piernas y sus pies pasaron de largo el reposabrazos por lo menos treinta centímetros. Me miró con una expresión que prometía venganza.

—Si mañana amanezco con tortícolis, Sorókina, tu marca de lencería va a patrocinar mis masajes terapéuticos —advirtió, apoyando los brazos en el respaldo. Al hacerlo, su camisa se abrió un poco más, mostrando el torso esculpido—. ¿Vas a quedarte ahí parada compitiendo con tus maniquíes o vas a ponerte algo de ropa? No respondo de mis impulsos si sigues caminando así por mi campo de visión.

—¿Tus impulsos? —repetí, sintiendo un cosquilleo extraño en el estómago. El tono posesivo y ardiente de su voz me aceleró el pulso—. ¿Me estás amenazando, Starkov?

استمر في قراءة هذا الكتاب مجانا
امسح الكود لتنزيل التطبيق

أحدث فصل

  • ENCAJE PARA EL CEO   Desesperada

    ++++Apenas terminé de asimilar el torbellino de pensamientos que me azotaba la cabeza, unos golpes suaves pero decididos resonaron al otro lado de la puerta de madera maciza.Me levanté de la cama de un salto, ajustándome bien la toalla al cuerpo para asegurarme de que no se me cayera nada en el camino. Caminé a pasos rápidos por la alfombra mullida y abrí la puerta. Allí estaba él, impecable a pesar del desastre de la madrugada, vistiendo únicamente un pantalón oscuro y una camisa blanca ligeramente desabrochada en el cuello que dejaba al descubierto su pecho imponente.—Pasa —le dije, haciéndome a un lado para dejarlo entrar.Maksim avanzó con esa elegancia natural que parecía emanar de cada uno de sus poros. Se adentró en la habitación y cerró la puerta a sus espaldas, haciendo que el espacio, por muy gigantesco que fuera, se sintiera diminuto de pronto con su sola presencia.—En un par de horas te traerán ropa limpia de tu talla —anunció él, cruzándose de brazos mientras me obser

  • ENCAJE PARA EL CEO   Mi realidad

    +ELENA+—Vamos a un lugar seguro —respondió Maksim sin despegar la vista del camino, mientras aceleraba por la avenida principal.Me acomodé en el asiento de cuero, abrazándome a mí misma para guardar el poco calor que la calefacción nos ofrecía. Ambos íbamos en batas de baño mojadas, pesadas y chorreando agua sobre el tapizado de su auto de lujo. Ninguno llevaba sus pertenencias.Este auto es demasiado moderno que no es necesario tener llave.El vehículo avanzó durante varios minutos alejándose del centro de la ciudad hasta que el paisaje urbano cambió por completo. La calle asfaltada dio paso a una privada rodeada de árboles gigantescos y luminarias elegantes. Me pegué al cristal de la ventana, alucinada con lo que veía.—Oye, Maksim... ¿aquí no viven únicamente los príncipes o la gente que sale en revistas de millonarios? —pregunté, frunciendo el ceño mientras contemplaba las fachadas iluminadas.Él no contestó. Simplemente aminoró la marcha y se acercó a la entrada de un condomini

  • ENCAJE PARA EL CEO   Nos vamos

    —Maksim... Dios... —jadeó Elena, echando la cabeza hacia atrás contra la pared mientras sus respiraciones se volvían cortas y aceleradas—. Alguien... alguien está afuera...—Que esperen —murmuré, buscando su oído para morder con delicadeza el lóbulo antes de descender con besos ardientes por su cuello—. No existe nada más en este momento. Solo tú y yo.—¡Es que si el vecino entra nos va a ver en una posición nada aerodinámica! —exclamó ella entre jadeos, intentando mantener su tono risueño a pesar de la intensidad que la embargaba—. ¡Dirá que estamos haciendo natación sincronizada!—Cállate y mírame, Elena —ordené suavemente, sujetando su mentón para que sus ojos conectaran con los míos.Mantuve un ritmo constante, profundo y arrollador, sosteniéndola con la fuerza de mis brazos contra la superficie vertical. Ella suspiró con fuerza, rindiéndose del todo a la sensación, apoyando las manos en mi pecho para impulsarse al compás de cada embestida. La fricción, la piel mojada y la urgenci

  • ENCAJE PARA EL CEO   El agua

    Un chasquido metálico resonó con fuerza en el fondo de las tuberías y, de repente, la presión cedió de golpe por otro lado. Un segundo chorro, esta vez mucho más violento, emergió de la pared del lavabo, haciendo que el nivel del agua comenzara a subir con una rapidez ridícula.—¡Maksim! ¡Se está volviendo a llenar! ¡Nos vamos a ahogar de verdad! —gritó Elena, corriendo como una loca por la sala mientras intentaba salvar sus cosas—. ¡Mis bocetos! ¡Mis zapatos! ¡Mis vestidos de marca! ¡¿Qué hacemos?! ¡Tenemos que salir de aquí inmediatamente! No puede ser...De un momento a otro, la corriente que ya nos llegaba casi a las pantorrillas.—¡Sí, vamos a salir de aquí ahora mismo! —exclamé, alcanzándola en dos zancadas. La agarré del brazo con firmeza para detener su carrera desenfrenada—. ¡Olvídate del piso por un segundo y camina! ¡Vamos!—¡No! ¡Mis cosas, Maksim! —chilló ella, intentando zafarse de mi agarre mientras miraba con horror hacia su escritorio empapado—. ¡Ahí está toda la cole

  • ENCAJE PARA EL CEO   Reacciones

    Apreté las mandíbulas hasta que me dolió la cara. Avancé a pasos agigantados, sintiendo cómo el agua acumulada creaba una resistencia ridícula a mis movimientos. Elena venía pegada a mi espalda, agarrándose de la parte trasera de mis boxers con un agarre de náufraga desesperada.—¡No me dejes atrás! —suplicó ella con voz chillona—. ¡Si sale un monstruo marino de la tubería, quiero que te coma a ti primero!—Elena, por el amor de Dios, suéltame la ropa antes de que me dejes desnudo en mitad del océano que armaste en tu propio piso —refunfuñé sin detenerme.Al llegar a la puerta del baño, el espectáculo fue digno de una comedia de terror. La tubería inferior del lavabo había colapsado por completo, lanzando un chorro a presión directamente contra el techo, desde donde el agua caía en una lluvia helada y constante que ya había transformado el mármol en un lago embravecido.—¡Te lo dije! —gritó Elena desde mi hombro, cubriéndose la cabeza con los brazos—. ¡Es una fuente termal, pero al re

  • ENCAJE PARA EL CEO   No es un sueño

    —Hombre terco... —balbuceó de nuevo, apenas entendible esta vez, acomodando la mejilla sobre la almohada mientras curvaba los labios en una pequeña sonrisa traviesa—. Te voy a esconder las llaves del auto... para que no te vayas...Solté una exhalación temblorosa, admirando la soltura con la que dominaba mi mente incluso sin estar consciente. Extendí el brazo y, con una delicadeza que no encajaba con la ferocidad de lo que sentía por dentro, pasé un mechón de cabello suelto detrás de su oreja. La piel de su mejilla estaba suave, tibia, hipnotizante.—No necesito que me escondas nada —le respondí en un susurro tan bajo que pareció confundirse con el rumor del viento afuera—. No me voy a ir a ninguna parte. Estoy atrapado aquí por voluntad propia, maldita sea.Elena pareció reaccionar al sonido grave de mi voz. Soltó un gemido blando de satisfacción y, en un movimiento completamente instintivo, se desplazó sobre el colchón hasta pegar su frente contra mi pecho al descubierto. Buscar el

فصول أخرى
استكشاف وقراءة روايات جيدة مجانية
الوصول المجاني إلى عدد كبير من الروايات الجيدة على تطبيق GoodNovel. تنزيل الكتب التي تحبها وقراءتها كلما وأينما أردت
اقرأ الكتب مجانا في التطبيق
امسح الكود للقراءة على التطبيق
DMCA.com Protection Status