INICIAR SESIÓN
+ELENA+
Dicen que San Petersburgo es la Venecia del Norte por sus canales románticos y su arquitectura neoclásica imperial. Lo que no te dicen los folletos turísticos es que, si te mudas a uno de esos majestuosos edificios del siglo XIX, la fontanería también es del siglo XIX.
—¡Eres libre, Elena! ¡Libre! —me grité a mí misma, contemplando el caos de mi nueva sala.
Había cajas de cartón por doquier, tres maniquíes semidesnudos alineados como un ejército de plástico y rollos de encaje rojo, negro y esmeralda desparramados sobre la alfombra. Mi marca de lencería, Soblazn, finalmente tenía un cuartel general digno. El departamento era costoso, sí, pero era el logro de mi vida.
Para celebrar el inicio de mi imperio del erotismo textil, decidí que me merecía un homenaje. Serví una copa generosa de vino tinto, caminé hacia el baño y abrí la llave de la tina. Mientras el agua caliente se mezclaba con una cantidad industrial de burbujas con aroma a vainilla, puse mi lista de reproducción de pop dramático a todo volumen.
Me desvestí, tirando la ropa al suelo con total libertad, y me deslicé en el agua. Cerré los ojos, saboreando el calorcito mientras afuera la ciudad estaba a quince grados bajo cero. Me sentía una reina. Una reina que, desafortunadamente, creía que cantaba como una diva de la ópera.
—¡Yaaaa no quiero ser tuuuuuu ssssecreeetooo! —grité a todo pulmón, usando la esponja como micrófono, mientras agitaba las piernas, levantando olas de espuma—. ¡Ssssoy la dueñaaaa de tu lenceríiiiaaaa!
De repente, la música se cortó. No porque se acabara la batería, sino porque un sonido espantoso, un crujido sordo proveniente de las entrañas del suelo, hizo que las paredes temblaran.
¡¡¡CRAAAAACK!!!
Me congelé con la esponja en el aire.
—¿Qué demonios...? —murmuré.
El agua de la tina comenzó a bajar a una velocidad anormal, como si un monstruo subterráneo se la estuviera tragando. Segundos después, un estruendo brutal sacudió el edificio. Un golpe seco, masivo, seguido del sonido inconfundible de escombros colapsando. Y justo después, un rugido de furia masculina que atravesó las paredes desgarradas.
—¡¿PERO QUÉ COÑO FUE ESO?! —bramó una voz ronca, profunda y con un eco de dolor infernal justo debajo de mí.
El pánico se apoderó de mi sistema nervioso. Salté de la tina, resbalándome dos veces con el jabón. El agua se había filtrado por completo. Miré a mi alrededor buscando ropa, pero mis maletas estaban cerradas en la sala. Desesperada, agarré la única toalla disponible: un pedazo de tela blanco y minúsculo que apenas me cubría desde la mitad del pecho hasta la mitad del muslo. Si respiraba hondo, enseñaba el ombligo. Si caminaba rápido, enseñaba el pasaporte.
Salí del departamento, abrí la puerta principal y bajé las escaleras del pasillo común a toda velocidad, descalza y temblando por el frío del mármol. Llegué al piso de abajo y comencé a golpear la puerta del departamento 3B como si me persiguiera un oso siberiano.
—¡Hola! ¡¿Hay alguien vivo?! ¡Lo siento! ¡¿Estás bien?! —gritaba, aporreando la madera.
La puerta se abrió de golpe con tanta fuerza que casi me da en la nariz.
Me quedé sin aire. Pero no por el susto, sino por la visión apocalíptica y jodidamente erótica que apareció frente a mí.
El hombre que abrió la puerta era un gigante de casi un metro noventa, con hombros tan anchos que bloqueaban todo el pasillo. Tenía el cabello rubio oscuro revuelto y completamente cubierto de un polvo blanco de yeso. Sus ojos, de un azul grisáceo tan frío que helaban la sangre, me clavaron una mirada asesina. Estaba pálido de la rabia, con la mandíbula cuadrada tan apretada que juraría que escuché crujir sus dientes.
Pero lo peor o lo mejor, según el ángulo puramente anatómico, era su vestimenta. Bueno, la falta de ella. El hombre vestía únicamente unos bóxers negros ajustados que dejaban al descubierto un pecho esculpido, unos abdominales marcados que parecían de mármol y unas piernas kilométricas de atleta. Todo su cuerpo escultural estaba salpicado de polvo de construcción y agua sucia.
—¿Tienes... idea... de lo que acabas de hacer? —articuló, con una voz que vibró en mi pecho. Cada palabra era un témpano de hielo.
—Yo... esto... —bajé la mirada involuntariamente hacia sus bóxers, luego subí a sus ojos—. ¿Estás cubierto de... mi techo?
—No. Estoy cubierto de tu agua de baño y del techo de mi dormitorio —rugió él, dando un paso hacia el frente, obligándome a retroceder contra la pared del pasillo—. Estaba durmiendo. Plácidamente. Mañana tengo una auditoría de fusión de mil millones de rublos. Y ahora, mi cama es un vertedero de escombros históricos.
—¡Fue un accidente! —chillé, cruzando los brazos sobre mi pecho para asegurar la toalla traicionera—. Escuché un ruido extraño y luego el agua simplemente desapareció...
—¡Desapareció encima de mi cabeza! —me interrumpió, elevando la voz—. ¿Quién demonios eres y por qué cantas tan mal mientras destruyes propiedad privada?
—¡Soy Elena! Elena Sorókina, tu nueva vecina de arriba. ¡Y no canto mal, era el clímax de la canción! Además, ¿por qué estás en ropa interior en el pasillo? Es inapropiado.
El hombre soltó una carcajada seca, carente de cualquier pizca de gracia.
—¿Inapropiado? Me cayó una tonelada de yeso encima mientras dormía, Sorókina. Mi pijama pasó a mejor vida. ¿Y tú me hablas de propiedad? Mírate. Vas vestida con una servilleta.
—¡Es una toalla! Y me la puse por emergencia para ver si estabas muerto. De nada, por cierto, por preocuparme por tu miserable vida.
—Hubiera preferido morir aplastado antes que escuchar tu interpretación de esa canción pop barata —escupió él, pasándose una mano por el cabello, lo que hizo que cayera más polvo blanco sobre sus hombros perfectos.
En ese momento, unos pasos rápidos resonaron en la escalera. Era Grigori, el administrador del edificio, un hombre calvo y regordete que respiraba como si hubiera corrido un maratón.
—¡Por los santos de Rusia! ¡¿Qué ha pasado aquí?! —exclamó Grigori, tapándose los ojos al vernos—. Señor Starkov... Señorita Sorókina... ¿por qué están... semidesnudos en el pasillo?
—Pregúntele a la soprano del cuarto piso —dijo el gigante, cruzándose de brazos, lo que hizo que sus bíceps se marcaran de una forma que debería ser ilegal—. Su tina acaba de demoler mi habitación.
Grigori se asomó por el hombro de Starkov hacia el interior del departamento 3B. El panorama era desolador: se veía la cama matrimonial sepultada bajo pedazos gigantes de concreto, tuberías oxidadas goteando y un charco de agua con espuma de vainilla cubriendo el suelo de madera fina.
—Oh, no, no, no... Esto es un desastre mayor —gimió Grigori, sacando un pañuelo para secarse el sudor de la calva—. Las tuberías principales del bloque B colapsaron. El seguro del edificio cubrirá los daños, pero... esto tardará semanas.
—¿Semanas? —Starkov dio un paso hacia Grigori, intimidándolo con su altura—. Escúchame bien. Soy Maksim Starkov. CEO de Starkov Inversiones. No puedo vivir en una ruina. Llame a un hotel de cinco estrellas ahora mismo y páselo a la cuenta del seguro.
—Ese es el problema, señor Starkov —tartamudeó el administrador, retrocediendo—. Hay un foro económico internacional en San Petersburgo esta semana. Todos los hoteles, desde los de lujo hasta los hostales de mala muerte, están completamente llenos. No hay una sola cama libre en la ciudad.
—¿Me está diciendo que el CEO de la firma más importante de la ciudad tiene que dormir en la calle por culpa de esta mujer? —preguntó Maksim, señalándome con un dedo acusador.
—¡Oye! ¡Que tengo nombre! —protesté, ajustándome la toalla que amenazaba con deslizarse—. Y a mí también se me cortó el agua. ¡Soy una víctima de la infraestructura soviética!
—Usted es la causante, señorita Sorókina —intervino Grigori con severidad—. Y según el reglamento interno firmado en su contrato de mudanza, cláusula 14, sección B: "Si un inquilino causa daños estructurales que dejen inhabitable otra vivienda del complejo y no hay alojamiento externo disponible, el causante deberá proveer refugio inmediato al afectado hasta que se dictamine una solución".
El pasillo se quedó en un silencio sepulcral. Solo se escuchaba el goteo del agua sucia abajo.
Maksim y yo nos miramos. Sus ojos se abrieron con horror absoluto. Los míos probablemente parecían platos de sopa.
—Ni hablar. No —dijo Maksim con voz cortante—. Prefiero dormir en mi auto.
—Su auto está en el estacionamiento subterráneo, señor Starkov, el cual acabamos de inundar y cerrar por peligro eléctrico —sentenció Grigori—. Además, tengo que cortar el agua principal de ambos departamentos por los próximos tres días para evitar que el edificio se caiga a pedazos.
—¡¿Tres días sin agua?! —grité—. ¡Tengo que lavar mis telas! ¡Tengo una entrega de lencería la próxima semana!
—¿Lencería? ¿Eres costurera? —Maksim me miró de arriba abajo con desprecio elitista.
—Diseñadora de lencería de alta gama, pedazo de hielo —lo corregí, clavando mis dedos en mis caderas, olvidando por un segundo que sostenía la toalla. Un pequeño deslizamiento de la tela me obligó a recomponerme a toda prisa, poniéndome roja como un tomate.
Maksim desvió la mirada rápidamente, aclarándose la garganta. Por primera vez, pareció notar que yo estaba prácticamente desnuda y que el aire acondicionado del pasillo estaba haciendo estragos en mi anatomía.
—Grigori, esto es ridículo —dijo Maksim, tratando de mantener la compostura de hombre de negocios—. No voy a compartir departamento con una loca caótica que diseña calzones y destruye techos.
++++Apenas terminé de asimilar el torbellino de pensamientos que me azotaba la cabeza, unos golpes suaves pero decididos resonaron al otro lado de la puerta de madera maciza.Me levanté de la cama de un salto, ajustándome bien la toalla al cuerpo para asegurarme de que no se me cayera nada en el camino. Caminé a pasos rápidos por la alfombra mullida y abrí la puerta. Allí estaba él, impecable a pesar del desastre de la madrugada, vistiendo únicamente un pantalón oscuro y una camisa blanca ligeramente desabrochada en el cuello que dejaba al descubierto su pecho imponente.—Pasa —le dije, haciéndome a un lado para dejarlo entrar.Maksim avanzó con esa elegancia natural que parecía emanar de cada uno de sus poros. Se adentró en la habitación y cerró la puerta a sus espaldas, haciendo que el espacio, por muy gigantesco que fuera, se sintiera diminuto de pronto con su sola presencia.—En un par de horas te traerán ropa limpia de tu talla —anunció él, cruzándose de brazos mientras me obser
+ELENA+—Vamos a un lugar seguro —respondió Maksim sin despegar la vista del camino, mientras aceleraba por la avenida principal.Me acomodé en el asiento de cuero, abrazándome a mí misma para guardar el poco calor que la calefacción nos ofrecía. Ambos íbamos en batas de baño mojadas, pesadas y chorreando agua sobre el tapizado de su auto de lujo. Ninguno llevaba sus pertenencias.Este auto es demasiado moderno que no es necesario tener llave.El vehículo avanzó durante varios minutos alejándose del centro de la ciudad hasta que el paisaje urbano cambió por completo. La calle asfaltada dio paso a una privada rodeada de árboles gigantescos y luminarias elegantes. Me pegué al cristal de la ventana, alucinada con lo que veía.—Oye, Maksim... ¿aquí no viven únicamente los príncipes o la gente que sale en revistas de millonarios? —pregunté, frunciendo el ceño mientras contemplaba las fachadas iluminadas.Él no contestó. Simplemente aminoró la marcha y se acercó a la entrada de un condomini
—Maksim... Dios... —jadeó Elena, echando la cabeza hacia atrás contra la pared mientras sus respiraciones se volvían cortas y aceleradas—. Alguien... alguien está afuera...—Que esperen —murmuré, buscando su oído para morder con delicadeza el lóbulo antes de descender con besos ardientes por su cuello—. No existe nada más en este momento. Solo tú y yo.—¡Es que si el vecino entra nos va a ver en una posición nada aerodinámica! —exclamó ella entre jadeos, intentando mantener su tono risueño a pesar de la intensidad que la embargaba—. ¡Dirá que estamos haciendo natación sincronizada!—Cállate y mírame, Elena —ordené suavemente, sujetando su mentón para que sus ojos conectaran con los míos.Mantuve un ritmo constante, profundo y arrollador, sosteniéndola con la fuerza de mis brazos contra la superficie vertical. Ella suspiró con fuerza, rindiéndose del todo a la sensación, apoyando las manos en mi pecho para impulsarse al compás de cada embestida. La fricción, la piel mojada y la urgenci
Un chasquido metálico resonó con fuerza en el fondo de las tuberías y, de repente, la presión cedió de golpe por otro lado. Un segundo chorro, esta vez mucho más violento, emergió de la pared del lavabo, haciendo que el nivel del agua comenzara a subir con una rapidez ridícula.—¡Maksim! ¡Se está volviendo a llenar! ¡Nos vamos a ahogar de verdad! —gritó Elena, corriendo como una loca por la sala mientras intentaba salvar sus cosas—. ¡Mis bocetos! ¡Mis zapatos! ¡Mis vestidos de marca! ¡¿Qué hacemos?! ¡Tenemos que salir de aquí inmediatamente! No puede ser...De un momento a otro, la corriente que ya nos llegaba casi a las pantorrillas.—¡Sí, vamos a salir de aquí ahora mismo! —exclamé, alcanzándola en dos zancadas. La agarré del brazo con firmeza para detener su carrera desenfrenada—. ¡Olvídate del piso por un segundo y camina! ¡Vamos!—¡No! ¡Mis cosas, Maksim! —chilló ella, intentando zafarse de mi agarre mientras miraba con horror hacia su escritorio empapado—. ¡Ahí está toda la cole
Apreté las mandíbulas hasta que me dolió la cara. Avancé a pasos agigantados, sintiendo cómo el agua acumulada creaba una resistencia ridícula a mis movimientos. Elena venía pegada a mi espalda, agarrándose de la parte trasera de mis boxers con un agarre de náufraga desesperada.—¡No me dejes atrás! —suplicó ella con voz chillona—. ¡Si sale un monstruo marino de la tubería, quiero que te coma a ti primero!—Elena, por el amor de Dios, suéltame la ropa antes de que me dejes desnudo en mitad del océano que armaste en tu propio piso —refunfuñé sin detenerme.Al llegar a la puerta del baño, el espectáculo fue digno de una comedia de terror. La tubería inferior del lavabo había colapsado por completo, lanzando un chorro a presión directamente contra el techo, desde donde el agua caía en una lluvia helada y constante que ya había transformado el mármol en un lago embravecido.—¡Te lo dije! —gritó Elena desde mi hombro, cubriéndose la cabeza con los brazos—. ¡Es una fuente termal, pero al re
—Hombre terco... —balbuceó de nuevo, apenas entendible esta vez, acomodando la mejilla sobre la almohada mientras curvaba los labios en una pequeña sonrisa traviesa—. Te voy a esconder las llaves del auto... para que no te vayas...Solté una exhalación temblorosa, admirando la soltura con la que dominaba mi mente incluso sin estar consciente. Extendí el brazo y, con una delicadeza que no encajaba con la ferocidad de lo que sentía por dentro, pasé un mechón de cabello suelto detrás de su oreja. La piel de su mejilla estaba suave, tibia, hipnotizante.—No necesito que me escondas nada —le respondí en un susurro tan bajo que pareció confundirse con el rumor del viento afuera—. No me voy a ir a ninguna parte. Estoy atrapado aquí por voluntad propia, maldita sea.Elena pareció reaccionar al sonido grave de mi voz. Soltó un gemido blando de satisfacción y, en un movimiento completamente instintivo, se desplazó sobre el colchón hasta pegar su frente contra mi pecho al descubierto. Buscar el







