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El ogro

Author: Antonya
last update publish date: 2026-06-15 22:22:01

—Te estoy advirtiendo —corrigió él, y sus ojos brillaron con una intensidad que me hizo olvidar el frío de San Petersburgo—. Soy un hombre dominante, Elena. Me gusta el orden, el control y tener las cosas en su sitio. Y tú eres el caos en persona. El caos es tentador, pero también me agota la paciencia. Ve a vestirte antes de que decida que la toalla estorba en mi nueva sala.

El corazón me dio un vuelco. La mezcla de su arrogancia ejecutiva con ese descaro tan sexy me dejó sin palabras.

—¡Eres un desvergonzado! —exclamé, sintiendo las mejillas arder—. ¡Me voy! ¡No me mires!

Corrí hacia mi habitación y cerré la puerta con pestillo, apoyando la espalda contra la madera. Dejé salir todo el aire que había estado reteniendo. Mi habitación estaba igual de caótica: telas por todas partes, bocetos en las paredes y mi cama matrimonial deshecha.

—Tranquila, Elena, es solo un hombre —me dije a mí misma, tirando la toalla sobre la cama—. Un hombre gigante, rubio, con ojos de infarto y unos abdominales que podrían cortar el encaje más fino... ¡No! ¡Concéntrate! Es el enemigo que te quiere demandar.

Me puse lo primero que encontré: unos pantalones de pijama de franela con estampados de ositos polares fumando pipa (un regalo ridículo de mi amiga Polina) y una sudadera gris tres tallas más grande que me quedaba como un camisón. Me recogí el cabello en un moño alto usando un lápiz y salí dispuesta a ponerle límites al invasor.

Cuando regresé a la sala, me detuve en seco.

Maksim se había quitado los zapatos y estaba acostado de lado en mi sofá. Tenía un brazo doblado bajo la cabeza y los ojos cerrados. Su rostro, sin la tensión de la furia de abajo, se veía increíblemente varonil, casi pacífico. El contraste entre sus pantalones de sastre caros y mis ositos polares en la alfombra era digno de una comedia de enredos.

Me acerqué de puntillas, intentando no hacer ruido con mis calcetines peludos. Quería recuperar la caja de las tangas neón antes de que abriera los ojos. Me agaché junto al sofá, estirando la mano hacia el suelo para recoger la prenda que se había caído.

—Si intentas asfixiarme con esa prenda rosa mientras duermo, Sorókina, te aseguro que tengo mejores reflejos de los que crees —dijo una voz grave y somnolienta.

Me pegué un susto tremendo y caí de sentón sobre la alfombra. Maksim abrió un ojo, mirándome desde arriba con una sonrisa de suficiencia.

—¡No te estaba asfixiando! —protesté desde el suelo, cruzando las piernas—. Estaba recuperando mi propiedad intelectual. Esta tanga es un prototipo secreto.

—Un prototipo bastante brillante —comentó él, abriendo ambos ojos y acomodándose en el sofá para mirarme mejor. Su mirada bajó hacia mis pantalones—. ¿Osos polares? ¿En serio? 

—¡Son cómodos! —defendí, abrazando mis rodillas—. Además, estamos en Rusia, Starkov. Hace un frío del demonio afuera y mi calefacción no es tan potente como la tuya, aparentemente.

—Tu calefacción está bien —dijo él, y su mirada se volvió flotante, recorriendo mi rostro sin maquillaje, mi cabello desordenado y deteniéndose en mis labios—. Lo que no está bien es el tamaño de este sofá. Mis pies están congelándose.

—Bueno, puedo traerte unos calcetines de lana que me tejió mi abuela —ofrecí, con una ocurrencia repentina—. Son grises, gruesos y huelen un poco a naftalina, pero te mantendrán los pies calientes.

Maksim soltó una risotada corta, un sonido limpio que me aceleró el pecho.

—Eres una molestia, Sorókina —dijo, estirando una mano hacia mí.

Pensé que me iba a apartar o a pedir que me fuera, pero sus dedos largos y cálidos se enredaron suavemente en un mechón de cabello que se había escapado de mi moño. El contacto me dejó inmóvil. Su pulgar rozó la línea de mi mandíbula con una delicadeza que no encajaba con su fachada de hombre implacable.

—Una molestia muy ruidosa —susurró, y su tono de voz se volvió extrañamente tierno, aunque sus ojos seguían destilando ese fuego posesivo—. Pero hueles a vainilla. Todo tu departamento huele a ti. Va a ser difícil trabajar aquí mañana con este aroma en mi nariz.

—Puedes usar una mascarilla —sugerí en un susurro, incapaz de moverme, hipnotizada por la cercanía de su rostro—. O puedes irte a dormir al coche inundado.

—Tentador —murmuró él, acercándose un poco más hacia el borde del sofá, obligándome a levantar la cabeza para mantener el contacto visual—. Pero creo que prefiero quedarme aquí y asegurarme de que no vuelvas a cantar esa canción espantosa. Si lo haces, tendré que buscar una forma muy efectiva de callarte, Elena.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo piensas hacerlo, Starkov? —desafié, con mi vena caprichosa ganando la batalla—. ¿Me vas a poner una multa? ¿Vas a comprar mi marca para cerrarla?

—Tengo métodos más... físicos en mente —respondió él, y su pulgar rozó la comisura de mi labio inferior, enviando una descarga eléctrica directo a mi columna—. Métodos que implican que uses menos ropa de osos polares y más de esa lencería que guardas en las cajas.

Me quedé sin respiración. La tensión en la sala se volvió tan espesa que casi podía tocarse. Su mano seguía en mi rostro, cálida, posesiva, dominante. Yo quería apartarme, quería decirle que era un arrogante, pero mi cuerpo no respondía. Estaba completamente enredada en el magnetismo de mi vecino de abajo.

Justo cuando él iba a acortar la distancia entre nosotros, el sonido ensordecedor de mi teléfono celular rompió el encanto. La melodía de llamada era, para mi absoluta desgracia, la misma canción pop dramática a todo volumen.

¡¡¡YAAAA NO QUIERO SER TUUUUU SSECREEETOOO!!!

Maksim cerró los ojos con una mueca de dolor físico, soltando mi rostro de golpe.

—Apaga eso antes de que lo tire por la ventana —gruñó, hundiéndose de nuevo en el sofá y tapándose la cara con el brazo.

—¡Es mi papá! —dije, gateando rápidamente hacia la mesa de centro para agarrar el teléfono—. ¡Tengo que contestar! Si no lo hago, pensará que me secuestró la mafia local.

Contesté la llamada a toda prisa, alejándome unos pasos hacia la cocina.

—¡Papá! ¡Hola! —dije, intentando sonar normal.

—¡Elenita! ¡Mi niña! —la voz atronadora de Dmitri Sorókin resonó a través del altavoz, tan fuerte que estoy segura de que Maksim la escuchó perfectamente desde el sofá—. ¡Estaba viendo las noticias del clima de San Petersburgo! ¡Dicen que los edificios del centro están teniendo problemas con la congelación de tuberías! ¿Cómo está mi pequeña diseñadora estrella? ¿Todo seco por allá?

Miré de reojo hacia la sala. Maksim Starkov se había quitado el brazo de la cara y me estaba mirando con una ceja levantada, una sonrisa burlona grabada en los labios.

—Eh... bueno, papá —titubeé, jugando con el cordón de mi sudadera—. Seco, lo que se dice seco... el techo de mi vecino de abajo no está. Tuvimos un pequeño... percance con la tina.

—¡¿Un percance?! —el grito de mi padre casi me rompe el tímpano—. ¡Elena Dmítrievna! ¡Te dije que revisaras los empaques antes de mudarte! ¡Esos malditos edificios viejos son de papel! ¿A quién inundaste? ¿Es un anciano? ¿Necesitas que vaya con la llave inglesa a arreglar el desastre y a pedir disculpas?

—¡No, no, papá! ¡No vengas! —dije rápidamente, sintiendo el pánico de imaginar a mi robusto padre mecánico enfrentándose al CEO de Starkov Inversiones en mi sala—. No es un anciano. Es... un hombre. Joven. Mi vecino de abajo.

—¿Un hombre joven? —el tono de mi padre cambió de inmediato, volviéndose sospechoso y protector—. ¿Qué tipo de hombre? ¿Está siendo grosero contigo? Porque si ese sujeto te levanta la voz, voy para allá ahora mismo en la camioneta y le enseño modales tradicionales rusos. ¡Nadie hace llorar a mi hija!

Maksim, que evidentemente estaba escuchando cada palabra, se incorporó lentamente en el sofá. Se cruzó de brazos, mostrando esos bíceps perfectos, y me lanzó una mirada desafiante, como diciendo: "Atrévete a decirle que te grité".

—No, papá, de verdad —dije, sudando frío—. Es muy... educado. Un caballero. De hecho, como su departamento quedó inhabitable por el agua... el administrador del edificio me obligó a... alojarlo en mi sala por unos días.

Un silencio sepulcral llegó desde el otro lado de la línea. Sabía exactamente lo que estaba pasando por la mente de Dmitri Sorókin.

—¡¿QUÉ?! —el rugido de mi padre fue tan fuerte que juraría que Anastasia se movió detrás de la cortina—. ¡¿Un hombre extraño durmiendo bajo el mismo techo que mi princesita?! ¡Voy para allá ahora mismo! ¡Polina me dio la dirección! ¡Llegó en cuarenta minutos!

—¡Papá, no! —grité, pero la línea ya se había cortado.

Miré la pantalla del teléfono con horror. Mi padre venía en camino con su temperamento de oso siberiano y una probable llave inglesa en la mano.

Giré hacia la sala. Maksim se puso de pie, estirando su imponente figura con una elegancia que me puso los pelos de punta. Caminó hacia mí, deteniéndose a solo unos centímetros, obligándome a mirar hacia arriba otra vez.

—Así que... ¿un caballero educado? —preguntó con una sonrisa peligrosa, atrapándome entre su cuerpo y la barra de la cocina—. Parece que tu padre quiere tener una conversación conmigo, Elena.

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