INICIAR SESIÓNArabella solo quería ser una buena esposa y una servidora que no causara problemas. Una sola noche destruyó ambas cosas a la vez. Christian, su esposo, la llamó prostituta. Dominic, su amo, se encargó de demostrarlo. Arabella permaneció en silencio; no por miedo, sino porque no tenía ningún otro lugar a donde ir.
Ver másUna lluvia torrencial azotaba la ciudad de Ashford Falls mientras Dominic Vante conducía a toda velocidad. Tenía la cabeza embotada por el alcohol, pero el dolor en su pecho pesaba mucho más. Olivia, la mujer que había amado durante tres años, le había sido infiel con su propio mejor amigo. Dominic apretaba el volante, conteniendo una furia que le hervía en la sangre.
El club nocturno de esa noche había sido su último refugio. Tres vasos de whisky, dos tequilas y una botella de cerveza habían caído sin una pizca de comida que los acompañara. Su cuerpo se tambaleó al entrar en la lujosa mansión de estilo victoriano en la exclusiva zona de The Hills. Una casa demasiado silenciosa para alguien con el corazón destrozado.
El reloj marcaba la una de la madrugada. Dominic esperaba que todo el servicio se hubiera marchado ya. Sin embargo, en la cocina, una luz permanecía encendida tenuemente.
—¿Señor Dominic? —la voz de la mujer sonó vacilante.
Dominic se giró. Tras la encimera de mármol, una joven permanecía de pie con un uniforme de sirvienta impecable. Llevaba el cabello azabache recogido hacia atrás, su rostro estaba fresco, sin maquillaje, dan sus ojos eran redondos y de un marrón profundo. Parecía una cierva que acababa de notar la presencia del cazador.
—¿Quién eres tú? —balbuceó Dominic, con el aliento pesado por el alcohol.
—Arabella, señor. La nueva empleada. Empecé la semana pasada.
Dominic parpadeó. Recordaba vagamente que su mayordomo, el señor Higgins, le había mencionado la contratación de nuevo personal doméstico. Pero había estado demasiado absorto en sus negocios y en su drama amoroso como para prestar atención.
—¿Acaso no te vas a casa? —preguntó con brusquedad mientras se masajeaba las sienes.
—El señor Higgins me pidió que me quedara, ya que usted suele volver tarde y podría necesitar un té caliente.
Dominic soltó una risa seca. Higgins siempre era demasiado atento. —No necesito té. Lo que necesito es…
Dominic no terminó la frase. Se quedó mirando a Arabella más de lo debido. Había algo perturbador en ella. No era solo su belleza, sino esa mirada débil y sumisa; a Dominic le fascinaba eso.
—¿Estás casada? —preguntó de repente.
Arabella se sobresaltó. —Perdone, ¿qué dijo, señor?
—El anillo en tu dedo anular. ¿Estás casada? —repitió él.
—Sí, señor. Me casé hace tres meses —respondió Arabella, apretando su alianza matrimonial.
—Te casaste hace solo tres meses y tu marido permite que trabajes como sirvienta en casa ajena, incluso dejando que no regreses a estas horas de la madrugada... ¿acaso no se preocupa por ti?
Arabella bajó la mirada. —Mi esposo no tiene empleo, señor. Y tenemos deudas que saldar.
—Pero él no debería ser así contigo, o tal vez... ¿es que no te ama? —la pregunta de Dominic dejó a Arabella estupefacta.
—Lo siento, pero no es así, señor —respondió ella intentando negarlo.
—¿Entonces cómo es? —Dominic frunció el ceño, incrédulo ante la respuesta.
Él soltó un bufido y se acercó. El olor a alcohol invadió el espacio personal de Arabella. La mujer retrocedió un paso, pero su espalda ya chocaba contra el frigorífico.
—Tranquila, estamos en la misma situación, Arabella... porque a mí también me acaban de traicionar —susurró Dominic con voz ronca—. Mi mujer me engañó. ¿Y sabes qué siento ahora? Ira. Una rabia que quiero curar de la forma equivocada.
—Señor Dominic, está borracho. Es mejor que le prepare un té…
—No quiero té —sentenció él, continuando su avance hacia ella.
Dominic la sujetó por la muñeca. Ella dio un brinco, intentando zafarse, pero el agarre era demasiado firme. El cuerpo alto y robusto de Dominic acorraló a Arabella contra el borde de la mesa de la cocina.
—¡Señor, suélteme! ¡Se lo ruego, señor, estoy casada! —exclamó Arabella con la voz trémula.
—No me importa —respondió Dominic, apretando más su agarre mientras ella forcejeaba.
—Ayuda… por favor… —la voz de Arabella temblaba de puro terror.
Dominic vio el miedo en sus ojos. Por un instante, vaciló. Pero el alcohol y la herida en su alma le susurraron otra cosa: que herir a alguien más lo haría sentir más fuerte; que tener el control sobre el cuerpo de alguien era el antídoto para la impotencia que sintió cuando Olivia se marchó.
Él ignoró las súplicas. —Deja de resistirte —dijo con frialdad—. No saldrás herida si obedeces.
Arabella se mordió el labio hasta casi sangrar. Las lágrimas brotaron con fuerza. Durante toda su vida se había acostumbrado a la resignación: ante su madre enferma, ante la familia de Christian que los ayudó, ante el matrimonio concertado que la unió a un hombre alcohólico. Pero esta noche, por primera vez, sentía un pavor absoluto. Porque su pureza estaba a punto de ser arrebatada por un extraño.
Dominic la arrastró hacia la sala de estar. Las luces automáticas se encendieron de forma tenue al detectar el movimiento. El sofá de cuero negro en el centro de la estancia se convirtió en el testigo mudo del acto atroz cometido por Dominic Vante.
—Señor, deténgase… se lo ruego, haré lo que sea, pero esto no… —sollozaba Arabella, con las manos temblando violentamente.
Dominic no respondió. Se desató la corbata lentamente y comenzó a desabotonar su camisa. No era solo lujuria; quería saborear el miedo de la mujer frente a él. Quería sentir que él tenía el poder.
—Dijiste que llevas tres meses casada —dijo Dominic con voz plana—. Pero suplicas como una jovencita que nunca ha sido tocada. ¿Es que tu marido jamás te ha puesto la mano encima?
La pregunta fue como una bofetada. Arabella enmudeció. Christian, en efecto, jamás la había tocado como esposo. Christian solo la tocaba en sus arrebatos de ira: para golpearla, para empujarla. ¿Pero intimitas? Jamás. Su matrimonio era solo una formalitas en un papel.
—¿O es que acaso todavía eres virgen? —Dominic sonrió con cinismo—. ¿Qué clase de marido deja que su mujer trabaje hasta tarde y no la toca en absoluto?
—Señor Dominic, por favor… puede despedirme, pero no haga esto…
—¿Despedirte? —Dominic negó con la cabeza—. No. Acabo de perder a una mujer esta noche. No voy a perder la oportunidad de tener a otra.
Con un movimiento brusco, la forzó sobre el sofá. Arabella gritó, pero la casa era demasiado grande y los muros demasiado gruesos. Nadie la escucharía.
Dominic le tapó la boca con la palma de la mano. —Si sale un solo sonido más de tu boca, te lastimaré de verdad.
Aquella noche, por primera vez en sus veintidós años de vida, Arabella sintió cómo su cuerpo le era arrebatado por alguien que no era su marido. Lloró sin emitir sonido. Guardó silencio, despojada de toda fuerza. Y cuando Dominic terminó, simplemente se levantó, se arregló la ropa y dijo con frialdad:
—Límpiate. ¡Y recuerda! Si renuncias o informas a la policía bajo acusaciones de robo, o si hablas de este asunto, diré que fuiste tú quien me sedujo. ¿Quién crees que tendrá más credibilidad? ¿Un joven y rico empresario o una pobre sirvienta como tú?
Arabella no dijo nada. Tenía la ropa rota y el cuerpo destrozado, pero lo que más la hería era la realidad de que no había sido su marido quien tomó su pureza, sino un extraño.
Dominic caminó hacia las escaleras que llevaban a su habitación, pero se detuvo en el tercer peldaño. —Ah, una cosa más. Mañana por la noche volverás a hacer horas extras. Aún no he terminado contigo.
Las semanas posteriores al accidente de Matteo trajeron consigo cambios significativos en la relación entre Dominic y sus hijos. Ya no aparecía únicamente los fines de semana; comenzó a pasarse también durante los días laborales, aunque fuera de forma breve: para almorzar junto a Matteo, llevar a Isabella a la universidad o simplemente tomar un café en la terraza trasera de la residencia de los Hale mientras charlaba de negocios con Christian.Lucas continuaba sin confiar del todo en él. Observaba minuciosamente cada uno de sus movimientos y analizaba cada palabra que salía de su boca. No obstante, empezaba a reparar en pequeños detalles innegables: Dominic nunca llegaba con las manos vacías —traía fruta para Bella, libros para Lily o el café predilecto de Christian—. Jamás olvidaba expresarle su gratitud a Bella por cuidar de Matteo, ni dejaba de indagar sobre la evolución de Matteo, los estudios de Isabella o cualquier novedad en la vida cotidiana de la familia.Una tarde, Lucas leí
Matteo permaneció internado en el hospital durante tres días. Lucas no se apartó de su lado ni un solo instante, salvo para asearse y comer. Christian y Bella se turnaban para visitarlo, trayéndole comida y ropa limpia. Isabella también acudía todas las tardes, acomodándose junto a la cama de Matteo para leerle un libro o simplemente charlar. Lily le había hecho un dibujo a Matteo —una casa con un jardín y un sol sonriente— y lo pegó en la pared de la habitación.Al cuarto día, el médico dio el alta a Matteo. Lucas ayudó a su hermano a incorporarse, cargó la bolsa con sus pertenencias y lo condujo hasta el automóvil. Aunque aún se notaba algo débil, Matteo ya era capaz de caminar por su propia cuenta.Al llegar a la residencia, Bella ya tenía acondicionada la habitación de Matteo con sábanas limpias y una almohada mullida. Asimismo, le preparó una reconfortante sopa de pollo y pan tostado. Matteo comió con apetito, pese a que las molestias por el mareo persistían de vez en cuando.—De
Ese día, Ashford Hills fue azotado por una tormenta inusual. La lluvia caía con furia desde muy temprano, acompañada por intensas ráfagas de viento que hacían bambolear con violencia los árboles en el jardín de la familia Hale. De tanto en tanto, los relámpagos cruzaban el cielo, seguidos por el estruendo retumbante de los truenos. Las luces de la casa parpadearon en varias ocasiones, pero no llegaron a apagarse.Lucas permanecía sentado en el salón, contemplando el ventanal empapado por el agua. Aguardaba noticias de Matteo, quien había salido rumbo al campus por la mañana. Con las calles probablemente anegadas, a Lucas le carcomía la preocupación de que su hermano no pudiera regresar a salvo.El teléfono celular vibró. No era un mensaje de Matteo, sino de un número desconocido.«¿Lucas Hale? Soy amigo de Matteo, me llamo Dito. Matteo sufrió un accidente en la carretera. La motocicleta derrapó porque el asfalto estaba resbaladizo y se lo llevaron al hospital. Tienes que venir de inme
Pasaron varias semanas desde aquel encuentro en la cafetería, y Dominic comenzó a mostrar una transformación evidente. Ya no se limitaba a enviar mensajes o realizar llamadas; ahora viajaba a Ashford Hills de manera constante, sin faltar un solo fin de semana. A veces permanecía sentado en la terraza trasera de la casa de los Hale, conversando con Matteo sobre motores y automovilismo; otras veces paseaba por el jardín junto a Isabella, escuchándola hablar entusiasmada sobre sus estudios universitarios y sus anhelos. En ocasiones, simplemente se quedaba en silencio en el salón, saboreando la calidez familiar que jamás había experimentado.Lucas lo observaba todo desde la distancia. Si bien no confiaba plenamente en Dominic, tampoco podía negar que el hombre se estaba esforzando de corazón. Llegaba siempre puntual, escuchaba con genuina atención, no forzaba las situaciones ni exigía nada a cambio. Tan solo estaba allí, como una presencia sutil que, poco a poco, comenzaba a ser aceptada.


















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