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Almas Atormentadas

Autor: Neng Alfiani
last update Fecha de publicación: 2026-04-04 23:05:23

Arabella regresó a su hogar con una sensación de suciedad impregnada en el cuerpo; no importaba que se hubiera lavado con saña, frotándose con jabón hasta que la piel le quedó al rojo vivo.

La casa que compartía con Christian no era más que una vieja construcción de dos plantas en las afueras de Ashford Falls. Antaño había sido una propiedad majestuosa de la familia de Christian, antes de que su padre falleciera y la herencia se diluyera entre deudas de juego.

En cuanto abrió la puerta, el olor a alcohol la golpeó. Christian estaba desparramado en el sofá de la sala, con la ropa arrugada y el cabello revuelto. Varias botellas de cerveza vacías yacían esparcidas por el suelo.

—¿De dónde vienes? —preguntó Christian sin siquiera mirarla. Su voz sonaba ronca y cargada de sospecha.

—De trabajar. Como siempre —respondió Arabella en un hilo de voz. Intentó cruzar la sala para ir al baño, pero Christian le sujetó la muñeca con fuerza.

—¿Trabajar? ¿Qué clase de trabajo termina pasada la medianoche, Bella? ¿O será que estás trabajando como la puta personal de ese jefe tuyo tan rico?

Arabella se quedó gélida. Era imposible que Christian lo supiera. Imposible. Seguramente solo hablaba por hablar.

—¿A qué te refieres? —preguntó ella, intentando mantener la calma, aunque por dentro el terror la consumía.

—No te hagas la tonta, Arabella. Llamé al número de la casa de tu patrón, pero nadie respondió. —Christian se puso de pie, tambaleándose por la embriaguez.

—El señor Dominic llegó tarde. Me pidió que esperara hasta que se durmiera. El teléfono de esa casa no suena muy fuerte, tal vez no lo escuché.

Christian soltó un bufido despectivo. —Excusas baratas. —Se acercó un poco más y percibió un aroma distinto en el cuerpo de su esposa. No era el jabón económico que ella solía usar, sino un perfume costoso con notas de sándalo.

—¿De quién es ese perfume? —inquirió Christian, entornando los ojos.

—El señor Dominic rocía perfume en las habitaciones antes de dormir. El aroma se me quedó pegado a la ropa.

Durante unos segundos, Christian solo la observó. De repente, su mano voló por el aire y cruzó la mejilla de Arabella con un golpe seco. La joven cayó al suelo; se le partió el labio y un fino hilo de sangre comenzó a brotar de la comisura de su boca.

—¡No me mientas, Arabella! —rugió Christian—. Eres una mujer barata, igual que tu madre.

Esas palabras dolieron más que la bofetada. Su madre era la única persona a la que ella había amado, la única razón por la que aceptó casarse con Christian para cumplir una última voluntad. Ella había muerto un año antes de la boda, pero sus veinte años de servicio cuidando a la familia de Christian hicieron que Arabella se sintiera en deuda.

—No te miento, Christian —susurró ella, conteniendo el llanto.

Christian le pisó el tobillo. No fue con fuerza excesiva, pero lo suficiente para hacerla gemir de dolor. —¿Dónde está tu sueldo? Dámelo ahora.

Con manos temblorosas, Arabella buscó en su bolsillo y le entregó el sobre con su salario semanal. Christian lo arrebató, contó el dinero rápidamente y se lo guardó en el pantalón.

—Esto no es suficiente. Mañana pides más —sentenció tras confiscar todo el dinero de Bella.

—Christian, ese es todo mi sueldo. ¿Cómo voy a pedir más que eso?

—¡Dije que no es suficiente! —Christian estrelló una botella vacía contra el suelo, cerca de los pies de Arabella. Los fragmentos de vidrio saltaron por todas partes. —¿Crees que puedes vivir en esta casa gratis? Esta es mi casa. La herencia de mis padres. ¡Sin mí, no serías más que una indigente!

Arabella no respondió. Se limitó a bajar la mirada, observando los cristales rotos que brillaban en el suelo. En su interior, quería gritar. Quería decirle que era ella quien había pagado las facturas de luz y agua los últimos tres meses, que era ella quien compraba la comida y quien mantenía la casa habitable mientras él solo derrochaba el dinero en bebida y apuestas.

Pero guardó silencio. Sabía que enfrentarse a Christian solo terminaría con más moretones y heridas en su cuerpo.

Christian se retiró a la habitación tras llevarse lo último que quedaba en la billetera de Arabella. Cerró la puerta de un portazo. Ella permaneció sentada en el suelo, recogiendo los pedazos de vidrio uno a uno para no lastimarse los pies más tarde.

Sus lágrimas cayeron sin hacer ruido. Pensó en los dos hombres de su vida: aquel hombre que, sin piedad, le había arrebatado su pureza, y Christian, que la trataba como si fuera basura. Ambos eran igual de hirientes, cada uno a su manera.

En medio del silencio, el viejo celular en su bolsillo vibró. Arabella lo sacó con manos temblorosas. Era un mensaje de un número desconocido.

> "No intentes huir de mí, Arabella. Ya sabes lo que pasará si te atreves a hacerlo". — Dominic Vante.

> 

Sintió náuseas. Quiso estrellar el teléfono contra la pared. Quiso mudarse de ciudad. Quiso desaparecer. Pero no tenía dinero, ni familia, ni un lugar a donde ir. Su madre ya no estaba. De su padre nunca supo nada. La única persona a la que alguna vez consideró familia era la señora Higgins, el ama de llaves de Dominic, quien le había dado el trabajo por pura compasión.

Pero la señora Higgins no sabía que el patrón que ella consideraba bondadoso era, en realidad, un monstruo tras puertas cerradas.

Arabella respondió al mensaje con solo unas palabras: "No voy a huir. Además, ¿a dónde podría ir? No tengo ningún otro lugar".

No tenía elección. Dominic tenía una grabación de lo ocurrido la noche anterior. El hombre la había amenazado con hacerla pública y enviársela a su marido si ella se resistía o dejaba de trabajar en su casa.

Arabella sabía que a Christian quizá no le importara su honor, pero enfurecería al saber que su esposa se había acostado con otro hombre. Y Arabella sabía perfectamente que la furia de Christian podía costarle la vida.

A la mañana siguiente, antes de salir al trabajo, Arabella se detuvo frente al espejo agrietado del baño. Observó su propio reflejo: ojos hinchados de tanto llorar y un hematoma en la mejilla que empezaba a tornarse azulado. Se había convertido en una sombra de lo que fue antes de casarse con Christian.

—No sé qué me prometió Dios para que yo aceptara nacer en este mundo tan cruel.

Mientras se dirigía a la casa de Dominic, el celular de Arabella vibró.

"Si en quince minutos no has llegado, le enviaré la grabación directamente a tu esposo. ¡Recuérdalo!".

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Último capítulo

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