FAZER LOGINAl día siguiente, Arabella llegó a la casa de Dominic mucho más temprano de lo habitual. No porque quisiera, sino porque Christian la había echado de casa justo después del desayuno —si es que se podía llamar desayuno a dos rebanadas de pan duro y un vaso de agua del grifo.
—No vuelvas hasta que tengas el dinero —dijo Christian mientras encendía un cigarrillo. El humo llenó la pequeña sala de estar—. Esta noche iré al casino. Si no traes al menos un tercio de tu sueldo mensual, no esperes que te abra la puerta.
Arabella se limitó a asentir. Ya se le habían agotado las palabras para responder.
Al llegar a la mansión, la atmósfera era diferente. Coches de lujo estaban aparcados en la entrada: Mercedes, BMW y un Ferrari de un rojo intenso. Arabella nunca había visto tantos desde que empezó a trabajar allí.
La señora Higgins la recibió en la cocina con el ceño fruncido.
—El señor Dominic está celebrando una reunión de negocios con varios socios. Hoy necesito que ayudes a preparar la comida. Hay dos inversores extranjeros y él quiere que todo sea perfecto.
—Sí, señora. Haré lo que sea necesario.
Todo el día estuvo ocupada en la cocina: cortando verduras, preparando canapés, vigilando la temperatura del vino. La señora Higgins supervisaba cada detalle con ojos de halcón. No había tiempo para pensar, ni para sentir miedo. Solo trabajo. Solo su cuerpo moviéndose por inercia.
Por la tarde, cuando los invitados se marcharon, Arabella se quedó limpiando el comedor. Los platos sucios se amontonaban en el fregadero. Los lavaba uno a uno, con las manos enrojecidas por el agua caliente y el jabón.
—Has trabajado duro hoy.
Arabella se sobresaltó. Dominic estaba apoyado en el marco de la puerta. Se había quitado la corbata y llevaba las mangas de la camisa subidas hasta los codos. Su aspecto era relajado, pero su mirada seguía siendo alerta, como la de un lobo acechando a su presa.
—Señor Dominic —murmuró ella bajando la vista—. Perdón, aún no he terminado de limpiar...
—No importa, déjalo para después. —Dominic entró en la cocina y, de repente, el espacio amplio pareció encogerse—. Quiero hablar contigo.
Arabella dejó la esponja. Tenía las manos húmedas y temblorosas, así que las ocultó tras el delantal.
—¿De qué se trata, señor?
—De tu marido. —Dominic se sentó en una de las sillas y cruzó las piernas—. He mandado a alguien a investigarlo.
El corazón de Arabella se disparó.
—Señor, ya le dije, por favor no se meta...
—Christian Hale —la interrumpió él, ignorando su protesta—. Proviene de una familia rica, pero su padre malgastó la fortuna en juego y mujeres. Christian ha heredado esos vicios, además del alcohol. Tiene deudas de juego que rondan los ciento veinte millones, repartidas en tres lugares diferentes. El mes pasado casi lo matan los usureros por no pagar. Menos mal que tú pagas la luz y el agua, o ya le habrían embargado la casa.
Arabella guardó silencio. Lo sabía, por supuesto. Pero escuchar aquellos dichos con la frialdad de un informe comercial hacía que todo sonara aún más triste y desesperado.
—¿Sabes qué es lo curioso? —sonrió Dominic—. Christian no tiene poder de nada. Sin tu dinero, no es más que un fracasado que vive a costa de la mujer a la que maltrata cada noche.
—Señor, se lo suplico... no le haga daño —sus ojos se llenaron de lágrimas. No era porque lo amara, sino porque sabía lo que sucedería si esos dos hombres chocaban. Ambos eran crueles. Christian lo era con puños y botellas; Dominic, con dinero y poder.
—No le haré daño... al menos no todavía —dijo él—. Pero quiero que hagas algo por mí.
—¿Qué más quiere, señor? —su voz apenas era un susurro.
—Quiero que seas mis ojos y oídos en tu casa. Quiero que me informes de todo lo que hace Christian: con quién juega, dónde pide dinero prestado, qué planes tiene. Si colaboras, me aseguraré de que nunca más tengas que temerle.
—¿Qué quiere decir exactamente...? —preguntó ella confundida, sin comprender del todo sus intenciones.
—Haré que se endeude aún más. Luego compraré todas sus deudas a los prestamistas. A partir de ese momento, me deberá la vida a mí. Y cuando alguien me debe, hace exactamente lo que yo le ordeno. —Dominic se recostó en la silla—. Incluso divorciarse de ti, si eso es lo que quiero.
Esas palabras cayeron como un rayo. ¿Divorciarse? ¿Dominic quiere casarse conmigo? No, eso era imposible. Seguro que significaba otra cosa.
—Señor... no entiendo.
—No necesitas entender. Solo necesitas obedecer. —Dominic se levantó y se acercó a ella. Le levantó la barbilla con los dedos, obligándola a mirarlo a los ojos—. Sabes, Arabella, empiezo a estar harto de ti.
Aquella frase dolió más que cualquier golpe. ¿Harto? ¿Después de todo lo que me ha hecho?
—Pero aún no he terminado contigo —continuó—. Hay algo en ti que me atrae. Quizás sea esa mirada siempre resignada. O la forma en que lloras en silencio. O tal vez que eres la única mujer que nunca me ha pedido nada, salvo una libertad que jamás pienso darte.
Está loco, pensó ella. Este hombre está realmente enfermo.
—Esta noche te quedarás a dormir aquí —ordenó—. Llamaré a Christian y le diré que tienes que quedarte hasta tarde por el evento. No sospechará nada; está demasiado ocupado pensando en sus apuestas.
—Pero señor... mi marido me pidió más dinero —respondió ella, nerviosa y asustada.
—Te daré el dinero. El doble de lo que te pide. Pero con una condición. —Dominic le acarició los labios con el pulgar. Un gesto extrañamente suave viniendo de quien la había humillado tantas veces—. No le dirás que el dinero viene de mí. Le dirás que es una prima extra por las horas extras que te dio la señora Higgins. ¿Entendido?
Arabella asintió. Había aprendido que oponerse a él solo alargaba su sufrimiento.
—Bien. —Él retiró la mano—. Ahora ve a darte una ducha. Hueles a detergente y no me gusta. Esta noche vendrás a mi habitación. Y esta vez quiero que no te quedes callada. Quiero que grites. Quiero que finjas que lo disfrutas. ¿Puedes hacerlo?
El estómago se le revolvió. Fingir que disfruto siendo violada por él. Era una petición nueva, aún más degradante que las anteriores.
—Lo... lo intentaré, señor.
Dominic sonrió. Esa misma sonrisa que jamás llegaba a sus ojos.
—Eres una buena chica, Arabella. Tu marido tiene suerte de tenerte... aunque no se lo merece. Y yo tampoco. Pero a ninguno nos importa lo que es "merecer", ¿verdad? Aquí solo importa quién es más fuerte.
Se dio la vuelta y salió de la cocina, dejándola sola con la montaña de platos sucios y la certeza de lo que le esperaba esa noche.
Arabella se apoyó en el borde del fregadero. Miró hacia el alto techo, donde colgaba una lámpara de cristal hermosa y fría. Antes creía en la justicia. Creía que Dios veía todo y que castigaría a los malos. Pero ¿dónde estaba Dios cuando Dominic me arrebató mi cuerpo? ¿Dónde estaba cuando Christian me golpeaba? ¿Dónde estaba cuando rezaba cada noche pidiendo una muerte que nunca llegaba?
Suspiró hondo y volvió a coger la esponja. Porque era lo único que podía hacer. Lavar platos. Limpiar la casa. Ser un objeto útil para los demás. Hasta que un día, cuando este cuerpo ya no sirviera más, moriría. Y entonces todos dirían: "¿Arabella? Ah, sí, la criada tan trabajadora... Pobrecilla."
Las semanas posteriores al accidente de Matteo trajeron consigo cambios significativos en la relación entre Dominic y sus hijos. Ya no aparecía únicamente los fines de semana; comenzó a pasarse también durante los días laborales, aunque fuera de forma breve: para almorzar junto a Matteo, llevar a Isabella a la universidad o simplemente tomar un café en la terraza trasera de la residencia de los Hale mientras charlaba de negocios con Christian.Lucas continuaba sin confiar del todo en él. Observaba minuciosamente cada uno de sus movimientos y analizaba cada palabra que salía de su boca. No obstante, empezaba a reparar en pequeños detalles innegables: Dominic nunca llegaba con las manos vacías —traía fruta para Bella, libros para Lily o el café predilecto de Christian—. Jamás olvidaba expresarle su gratitud a Bella por cuidar de Matteo, ni dejaba de indagar sobre la evolución de Matteo, los estudios de Isabella o cualquier novedad en la vida cotidiana de la familia.Una tarde, Lucas leí
Matteo permaneció internado en el hospital durante tres días. Lucas no se apartó de su lado ni un solo instante, salvo para asearse y comer. Christian y Bella se turnaban para visitarlo, trayéndole comida y ropa limpia. Isabella también acudía todas las tardes, acomodándose junto a la cama de Matteo para leerle un libro o simplemente charlar. Lily le había hecho un dibujo a Matteo —una casa con un jardín y un sol sonriente— y lo pegó en la pared de la habitación.Al cuarto día, el médico dio el alta a Matteo. Lucas ayudó a su hermano a incorporarse, cargó la bolsa con sus pertenencias y lo condujo hasta el automóvil. Aunque aún se notaba algo débil, Matteo ya era capaz de caminar por su propia cuenta.Al llegar a la residencia, Bella ya tenía acondicionada la habitación de Matteo con sábanas limpias y una almohada mullida. Asimismo, le preparó una reconfortante sopa de pollo y pan tostado. Matteo comió con apetito, pese a que las molestias por el mareo persistían de vez en cuando.—De
Ese día, Ashford Hills fue azotado por una tormenta inusual. La lluvia caía con furia desde muy temprano, acompañada por intensas ráfagas de viento que hacían bambolear con violencia los árboles en el jardín de la familia Hale. De tanto en tanto, los relámpagos cruzaban el cielo, seguidos por el estruendo retumbante de los truenos. Las luces de la casa parpadearon en varias ocasiones, pero no llegaron a apagarse.Lucas permanecía sentado en el salón, contemplando el ventanal empapado por el agua. Aguardaba noticias de Matteo, quien había salido rumbo al campus por la mañana. Con las calles probablemente anegadas, a Lucas le carcomía la preocupación de que su hermano no pudiera regresar a salvo.El teléfono celular vibró. No era un mensaje de Matteo, sino de un número desconocido.«¿Lucas Hale? Soy amigo de Matteo, me llamo Dito. Matteo sufrió un accidente en la carretera. La motocicleta derrapó porque el asfalto estaba resbaladizo y se lo llevaron al hospital. Tienes que venir de inme
Pasaron varias semanas desde aquel encuentro en la cafetería, y Dominic comenzó a mostrar una transformación evidente. Ya no se limitaba a enviar mensajes o realizar llamadas; ahora viajaba a Ashford Hills de manera constante, sin faltar un solo fin de semana. A veces permanecía sentado en la terraza trasera de la casa de los Hale, conversando con Matteo sobre motores y automovilismo; otras veces paseaba por el jardín junto a Isabella, escuchándola hablar entusiasmada sobre sus estudios universitarios y sus anhelos. En ocasiones, simplemente se quedaba en silencio en el salón, saboreando la calidez familiar que jamás había experimentado.Lucas lo observaba todo desde la distancia. Si bien no confiaba plenamente en Dominic, tampoco podía negar que el hombre se estaba esforzando de corazón. Llegaba siempre puntual, escuchaba con genuina atención, no forzaba las situaciones ni exigía nada a cambio. Tan solo estaba allí, como una presencia sutil que, poco a poco, comenzaba a ser aceptada.
Pasaron del siete días desde aquella conversación telefónica, y Lucas permanecía sentado en el salón de su casa, contemplando la pantalla de su celular con sentimientos encontrados. Dominic le había escrito de nuevo, proponiéndole esta kali un encuentro más preciso. Ya no sería en Madrid, sino en Ashford Hills, dalam una zona neutral: una cafetería pequeña y poco concurrida en las afueras de la ciudad.«Estaré por Ashford Hills este fin de semana. Quisiera reunirme contigo, con Matteo y con Isabella. Deseo darles una explicación de todo y pedirles perdón frente a frente. No espero que me perdonen, solo pido una oportunidad para hablar».Lucas repasó el mensaje una y otra vez. Sabía perfectamente que debía poner al tanto a Matteo y a Isabella, pues les correspondía a ellos decidir si deseaban ver a Dominic o no.Esa misma tarde, Lucas los reunió a ambos en el salón. Christian y Bella se sumaron a la cita, ocupando un sofá independiente para brindarles respaldo emocional sin entrometers
Dos semanas transcurrieron desde el regreso de Lucas procedente de Madrid. Dos semanas que sembraron una profunda metamorfosis en el seno de la familia Hale. Aquella atmósfera cargada de tensión y secretos se fue disipando paulatinamente para dar paso a una calidez hogareña. Matteo ya se sentía plenamente integrado en la casa; se había habituado a la dinámica cotidiana —los desayunos y cenas en conjunto, y los ratos de esparcimiento junto a Lily en el jardín trasero—. Incluso comenzó a colaborar con Lucas en el mantenimiento de la motocicleta y a familiarizarse con la mecánica, un afecto paternal y formativo que jamás conoció al lado de Dominic.Isabella solía frecuentar la residencia con regularidad. Ella y Matteo estrecharon lazos con rapidez, asemejándose a dos hermanos que la vida por fin reunía tras largos años de distanciamiento. Con frecuencia se les veía sentados en la terraza posterior, charlando animadamente sobre su infancia, sobre sus respectivas madres y sobre el porvenir







